Nuptiis intermissis

Publicado en por rottenmind

 

Después de esperar una hora y media, Liliana se ha reunido finalmente con su prima Irene a quien, proveniente de Tucumán, ha reconocido por una bandana azul que aquella lleva puesta, ya que a pesar de ser muchachas grandes que rondan la treintena, no se ven desde los siete u ocho años, cuando vivían en Buenos Aires y antes de que su padre emigrara por razones de trabajo a Tierra del Fuego  e, imitándolo al poco tiempo, el tío Carlos lo hiciera al noroeste.

Las convoca el casamiento de otra prima que sí conocen por ser hija de una tía materna que vive desde siempre en Mendoza y con quien se han reunido individualmente en diversas oportunidades; es extraño aquello de conocer a un pariente tan cercano y tratarlo afectuosamente sin haberlo visto jamás o sólo a través de multitudinarias y borrosas fotografías viejas.

Contemplándose con cariño y luego de un abrazo fraterno y besos en las mejillas, espiándose secreta y furtivamente para confirmar si el paso de los años ha influido positiva o negativamente en la otra, suben a un taxi donde, tan cercanas, Liliana comprueba que la belleza del rostro fresco de su prima conserva un dejo infantil que hace encantadora su sonrisa y el hecho de mantenerse soltera su edad, no habla a favor de los tucumanos, ya que su figura, sin ser espectacular, posee y con generosidad, las cosas donde deben estar y las esculturales piernas denotan que su actividad de modelo la mantiene ágil y esbelta.

Por su parte y catándola con otros ojos e intenciones, la modelo encuentra que el matrimonio no ha influido físicamente en su prima, ya que a pesar de tener un chico ya grandecito, luce muy bien su espigada figura, tal vez un poco flacucha para su gusto, a excepción de los senos a los que el amamantamiento parece haberle conferido cierto volumen que se manifiesta en los desasosegantes movimientos gelatinosos que deja  ver el entreabierto escote.

Aparentado mutua indiferencia y cruzando frases banales comunes entre viajeros, arriban al hotel en el cual hicieran reservas por Internet para encontrarse con la desagradable sorpresa que les han reservado equivocadamente un cuarto matrimonial y que, por la escasez de plazas debido a la afluencia turística con motivo de la fiesta de la vendimia, no hay posibilidad de cambiarlo a otro con dos camas.

Pensando positivamente que será solamente por un par de noches, suben al cuarto para asearse y prepararse para dar una vuelta por el centro de esa ciudad que no conocen antes de cenar; recuperando aquella confianza de sus primeros años en los que no sólo jugaban en la Pelopincho desnuditas o compartían la bañera, van desembarazándose de aquella ropa que acumula horas y kilómetros de sudores y otras yerbas propias de las mujeres, a la par que conversan confiándose cosas de la vida, la una como modelo profesional con larga trayectoria en todo el noroeste pero que nunca ha querido entrar al mundillo porteño y la otra, refiriéndole los avatares del temprano casamiento a causa de un embarazo nunca admitido pero que toda la familia comentara a sotto voce, su aburrida vida como ama de casa gracias a la holgura económica de su marido, casi quince años mayor que ella, que pasa casi todo su tiempo en las varias empresas que posee y en definitiva, termina confiándole a su prima la angustia de padecer de una abstinencia que las buenas costumbres y moral no le permiten quebrantar pero que ya la está volviendo loca.

El que Irene esté en la ducha, es lo que le da coraje para confiarle aquello que nadie sabe a excepción de sí misma y al salir esta envuelta en un toallón y mientras la reemplaza bajo el agua, Irene toma la posta al justificar su comentada soltería que en realidad es resultado de su cambiante preferencia sexual y ya considerándolo como una especie de deporte o hábito adquirido, es ella quien elige cómo, cuándo y con quién hacerlo o en que momento o durante cuánto tiempo y su estado de calmada lucidez que le otorga esa libertad le dice cuanta razón tiene al no haberse atado jamás a alguien.

Todavía intercambiando confidencias, se visten y dejando de lado el paseo por lo avanzado de la hora, bajan a tiempo para la cena en el comedor del propio hotel; la hora y media de la comida, la aprovechan para enterarse de casi los mismos hechos cotidianos a lo largo de su vida adulta, las conducen a una encrucijada sobre que temperamento adoptar, la una con su soltería y una carrera exitosa a la que los años están cerrándole el camino y la otra a decidirse sobre qué hacer con su matrimonio.

Tres mil ochocientos kilómetros unen más que separan a las primas que, recuperada aquella afectuosa relación de veintitrés años atrás, suben al cuarto al tiempo que no cesan en aquellas anécdotas que fueran forjando, de forma tan disímil, una misma conclusión; derrengada y ya semidormida por la falta de sueño - y seguramente esas copitas de vino que acompañaran la cena -, Liliana se desnuda rápidamente para colocarse esa larga camiseta que utiliza como camisón y mientras Irene sigue parloteando sobre las expectativas para el día de mañana, se acuesta entre las frescas sábanas y a poco, se hunde en un profundo sueño.

Encantada porque su prima haya sucumbido a ese vino especialmente fuerte que ella eligiera y que en la amenidad de la charla consumiera casi todo, Irene la ve arrebujarse primero para luego ir adoptando esa posición muy común en las mujeres, como es la de descansar de medio lado boca abajo mientras una pierna se mantiene estirada y la otra se encoge confortablemente hacia el abdomen; dejando transcurrir pacientemente los minutos, Irene va acomodando la ropa que se quita parsimoniosamente hasta quedar absolutamente desnuda y luego rebusca en su maleta algo que oculta debajo de la almohada.

Para comprobar la profundidad del sueño de su prima, va deslizando de él la sábana que lo cubre y al ver su grupa oferente, se acerca para descubrir que, insólitamente, la entrepierna de Liliana se encuentra totalmente libre de prenda alguna; fascinada por el espectáculo y la posibilidad que le brinda esa situación, moja sus dedos índice y mayor con abundante saliva y muy delicadamente, los apoya contra la hendidura del sexo que cede blandamente ante la mínima exigencia.

El secreto de su soltería es un lesbianismo que se le manifestara ya en sus primeros años adolescentes y que tras comprobar que esa desviación no era una cuestión de elección sino que amaba a las mujeres con todo su ser, se entregó a la  homosexualidad con fervor pero sin comprometer su imagen pública con escándalos o situaciones que dieran lugar a las habladurías; sin comprometerse, se daba el gusto de saborear los mejores sexos juveniles de que la proveía su academia de modelaje y nunca dejaba que su pasión o la de las circunstanciales amantes progresara alimentando sueños o enamoramientos de las jovencitas.

En el caso de Liliana, está contradiciéndose en cuanto a discreción, pero el hecho es que ni bien viera a esa pariente después de tantos años, quedara impactada por su porte gentil y la delicadeza de sus rasgos fisonómicos, proponiéndose hacerla suya de todas las formas posibles a que pueden recurrir dos mujeres ya entrando a la treintena, con la seguridad que, por su histérica ansiedad sexual, su prima se le entregaría totalmente pero con la seguridad de que veinticuatro horas después se separarían quizás para siempre.

Llevando los dedos a su nariz, olfatea cuidadosamente los humores que se mezclaron con la saliva e impactan de tal manera en su pituitaria, que se inclina sobre la unión de las nalgas con el sexo y ante los efluvios naturales que emanan de la vagina, estira la lengua para rozar apenas la tibia piel humedecida; es la enésima vulva conque su lengua toma contacto, pero seguramente por el hecho de tener un parentesco tan cercano o  porque Liliana la sedujera tan sólo verla, siente que aquello va a ser distinto y mágico.

El toque es tan sutil que la otra mujer ni acusa recibo y eso la alienta para hacer que la lengua efectúe un lerdísimo recorrido desde el nacimiento de la hendidura entre las nalgas, comprobando la tersa lisura del fondo para arriba así como la ineludible presencia del ano que, fuertemente rosado y apenas oscurecido en el centro, donde confluye el haz fruncido de los esfínteres, sobre el que sí, se detiene unos momentos, para estimularlo con la punta de la lengua tremolante y ver con satisfacción como ante el húmedo roce, comienzan a distenderse invitadoramente.

Invitación a la que desecha por ser demasiado temprano para eso y sigue su periplo exploratorio hasta traspasar un cortísimo periné tras el cual se enfrenta a la apertura vaginal que parece haber respondido instintivamente a las caricias y, dilatada, se abre como una boca alienígena de disparejos bordes enrojecidos a través de la cual fragantes mucosas han escurrido y se acumulan en diminutas gotas; aquello ya es demasiado y a riesgo de despertarla prematuramente, abre con muchísimo cuidado los labios mayores para regodearse con el espectáculo siempre igual y siempre diferente de un sexo femenino.

En el caso de Liliana y a pesar de ser mujer parida, con más de diez años de lo que ella supone debería ser una discreta práctica sexual y a pesar del tamaño respetable de la vulva, las carnes no aparecen como demasiado baqueteadas y desde el mismo capuchón que cubre a un ponderable clítoris, los labios menores se abren en dos delicadas líneas paralelas que, fruncidas, forman luego grandes lóbulos en su parte baja y desde allí confluyen a formar una corona de lábiles tejidos alrededor del agujero; lo que sí resulta notable es el profundo hueco del óvalo que, de tonos nacarados, muestra un gran meato y debajo, muy evidentes, los cuatro circulitos de las glándulas que proveen lubricación al sexo y líquido a las eyaculaciones.

A pesar de estar cautivada, se obliga pensar que tiempo al tiempo y soltando los labios que vuelven a cerrarse, comienza un leve frotar de los dedos sobre el tubito del clítoris y cuando Liliana emite una especie de gruñido mimoso, se dice que está en el buen camino, tras lo cual comienza a alternarlo con cautas exploraciones estregando las carnes hasta que estas se distienden naturalmente y los dedos comienzan a friccionar los húmedos frunces hasta la oscura caverna vaginal y cuando considera que  por su subido color rojizo ya está lo suficientemente excitados, casi tímidamente, va introduciendo el dedo mayor en la vagina.

En la profundidad de su sueño, Liliana cree estar teniendo otro de aquellos sueños eróticos que se convierten en húmedos al despertar tras haber expulsado profusas y fragantes mucosas vaginales; encantada en su inconsciencia de estar  disfrutando sexualmente aunque fuera en forma virtual, gruñe satisfecha a la par que encoge más la pierna como para facilitar tan exquisita caricia; al producirse eso, Irene se detiene alarmada pero el movimiento insinuante le dice que la mujer está disfrutándolo, por lo que hace al dedo buscar en la concavidad de la cara anterior y sin dificultad encuentra ya inflamada aquella callosidad que con la excitación aumentará de tamaño y con ello el goce  de su prima.

La vista oferente de la grupa puedo más que su mesura y en tanto estimula al punto G, lleva la lengua tremolante entre los poderosos cachetes de las nalgas para tomar contacto con el ano; ya no hay prudencia y la lengua no sólo viborea sobre los rosáceos tejidos, sino que se envara para intentar una mínima penetración al tiempo que, ya desmandada, añade otro dedo para ejecutar cadenciosos movimientos copulatorios; Liliana ya no cree estar viviendo un sueño dentro de otro sueño, sino que tiene la certeza de que eso que se mueve exquisitamente en su sexo es un par de hábiles dedos y lo que la provoca analmente, una eficaz lengua que se introduce minimamente entre los esfínteres.

Ciertamente, quien la está violando - si esa es la palabra -, no puede ser otra que Irene y súbitamente la verdad se revela como una explosión, entendiendo cabalmente las referencias de su prima a la abundancia de parejas a que se ha referido pero sin especificar sexo; primero la invade una natural repulsión e indignación pero, rápidamente, entendiendo que lo está disfrutando después de esa sequía sexual en la sumiera su marido, se dice por qué no, si ambas son adultas y no sería factible que esa relación circunstancial las pusiera en evidencia y tomara estado público.

Tampoco quiere demostrar a la mujer su entusiasmo ante la perspectiva de una relación inédita que desde ya considera será deliciosa por lo que los dedos y la lengua le anticipan y fingiendo que está más inconsciente de lo que se supone, se deja estar pero permitiéndose emitir sonidos que evidencian ese goce; complacida de que su prima reaccione inconscientemente a sus reclamos, mientras multiplica la mínima sodomía de la lengua hasta penetrar la tripa un par de centímetros, Irene forma con los dedos una cuña que, como si fuera un pene, penetra la vagina hasta que los nudillos le impiden ir más allá.

El placer que Liliana experimente es infinito y mientras farfulla confusamente su goce, inicia un leve meneo de la pelvis que su prima interpreta cabalmente y exaltada, intensifica la penetración; al ver como el anillo de esfínteres vaginales cede complaciente a los dedos, suma tanto al pulgar como al meñique para despaciosamente ir introduciéndolos al sexo y así entre los mimosos lamentos de Liliana que mantiene cerrados los ojos no ya fingiendo inconsciencia sino por el placer que la inunda y presintiendo que va a protagonizar el primer fisting de su vida, siente con un sufrimiento exquisitamente voluptuoso como los nudillos transponen la entrada para luego, formando un puño con los dedos, deslizarse cuidadosamente por la vagina como un impetuoso ariete hasta chocar contra el fondo.

Aunque dolorosa, esa es la mejor penetración que experimentara en su vida y la mujer la convierte en maravillosa al inicia un leve vaivén que sus acompasados quejidos convierten en rítmico; con los puños apretados y mordiéndose los labios ante esa extraña mezcla de dolor-goce que la supera por lo estupenda, siente como su prima vuelca toda su experiencia lésbica al juguetear con los dedos en su interior, tanto afilándolos para que, resbalando en las mucosas avasallen la estrechez del cuello uterino como abriéndose luego desmesuradamente para estregar las paredes cual una araña monstruosa del placer o como cuando se esmeran contra la ya abultada almendra del punto G.

Mezclando ayes con gemidos y suspiros, siente como desde lo más profundo de sus entrañas el orgasmo comienza a crecer casi tumultuosamente y pronto, sufriendo al experimentar esa impresión de que lobos hambrientos hinquen sus colmillos en los músculos para despegarlos de los huesos y arrastrarlos hacia el caldero hirviente de sus entrañas, menea la pelvis y trasero vigorosamente, con lo que Irene se esmera en darle a la penetración la categoría de una verdadera cogida y cuando ella expulsa los caldos jugos chasqueantes a través de la muñeca de su prima, esta colabora en extraerlos con los dedos y angurrienta, se abalanza sobre el sexo para degustar con fruición la evidencia líquida del orgasmo.

Extenuada y dolorida, ya que el fisting ha dejado un mágico pulsar en sus entrañas como muestra de la magnífica cópula, deja que Irene la haga dar vuelta boca arriba y abriéndole las piernas, se concentre en juguetear sobre todo el sexo con labios y lengua  y, cuando al alzar los ojos mientras se satisface chupeteando al todavía inflamado clítoris, se encuentra con esa mirada que testimonia su complacencia, trepa ágilmente por sobre su cuerpo y arrastrando la mojada camiseta hasta descansar encima suyo; Liliana ya ha decidido a dar ese paso que ha pensado como alternativa para sus necesidades y que nunca se atreviera a dar, en parte por ese resquemor natural a acostarse con otra persona del mismo sexo y aunque ella consideraba que en el caso de las mujeres no sucede lo mismo que con los hombres, que ejecutan actos homosexuales, como chupar miembros  o ser sodomizados y en cambio ellas no hacen nada que no harían con un hombre sin perder su feminidad, el saber que pronto tendrá entre sus labios los de su prima la atemoriza pero, contagia de la exaltación de Irene se saca por la cabeza la arrugada camiseta, expectante de la actitud de la mujer

Sin embargo, no puede evitar poner su mejor sonrisa de seducción en invitador asentimiento a los requerimientos de Irene y así, con miradas pícaras y cómplices en las que la lujuria pone un acento especial, dejan salir sus lenguas que como ávidas serpientes se buscan y, sin la ayuda de los labios, se trenzan en una húmeda batalla en la que las salivas entremezcladas representan un aporte importante ya que, semi ahogadas por el líquido que su glotonería incrementa, tienen que detenerse a respirar y entonces, los labios se acercan como imantados para unirse en un perfecto encaje.

Jamás en su vida, Liliana ha pensado en cómo sería besar a otra mujer pero ahora, con toda su calentura acumulada y potenciada por el tremendo goce que le proporcionara ese fisting inaugural, envuelve entre sus labios los deliciosamente maleables de su prima mientras ejerce una suave succión que es respondida por esta para que la imbricación de las bocas sea perfecta; todavía siente en los labios y lengua de Irene el resabio a sus propios jugos vaginales y excitada por eso, se aferra a su nuca para hundir en esa boca los suyos y trenzarse así en una sesión interminable de besos que cada vez la calientan más.

Ambas gimen y gruñen por tanta excitación y entonces es Irene quien toda la iniciativa y, sin dejar de besarla pero aflojando la intensidad, deja que sus manos busquen los senos de su prima para comenzar a sobarlos y estrujarlos con tal cariño que a poco, es la misma Liliana quien busca los pechos de su prima para ejecutar similar tarea; poniéndose de costado como en un acuerdo tácito y ya con menos vehemencia pero mayor concentración en lo que hacen, mientras juguetean con bocas y lenguas intercambiando susurradas palabras de pasión, soban concienzudamente los senos y ponen especial empeño en pellizcar y retorcer delicadamente los experimentados pezones, lo que va incrementando su excitación hasta que nuevamente Irene conduce la batuta y, abandonando temporariamente la boca suplicante de su prima, baja por el cuello hasta los estremecidos pechos para después de deambular un poco sobre la morbidez de la carne temblorosa, aplicar la boca a envolver un pezón.

Aquí sí Liliana expresa su conformidad de viva voz mientras acaricia la cabeza de Irene como para incitarla a multiplicar aquella delicia y así siente como la boca que chupeteaba suavemente la mama, ahora la ciñe entre, los labios para succionar al grueso pezón como un hambriento bebé que quisiera extraerle a la fuerza su jugo materno y ella experimenta la misma sensación de cuando aquello lo hiciera su pequeño, provocándole una excitación tal que por momentos creía estar acabando.

Tal vez Irene sepa de eso, porque, ahora fustiga al pezón con toda la fuerza de su lengua tremolante haciéndolo oscilar elásticamente de un lado al otro y luego matiza el castigo con fuertes chupones que, multiplican su efectividad por lo que los dedos índice y pulgar de su mano hacen retorciendo y presionando dolorosamente al del otro pecho.

Sorprendida por el soberbio placer que está obteniendo, Liliana permanece extática unos momentos para después reaccionar y alargando sus manos, también macera los pechos colgantes de su prima pero cuando esta comienza a alternar las succiones con dolorosas mordidas de los dientes mientras estira las mamas hasta lo imposible y clava los filos romos de sus uñas en el otro, se incorpora alarmada, separándose de ella mientras la increpa duramente al recriminarle que la haya confundido con una puta y no la respete como una mujer casada que sólo quiere darse un gusto, especialmente por el parentesco que las une.

Abochornada por lo que ha dejado hacerle a su prima y por lo que ella misma estuviera a punto de hacer, fascinada por ese nuevo imperio de placeres que se le ofrecía, permanece arrodillada en la cama mientras cubre su cara con las manos y estalla en sollozos acongojados, a los que prontamente Irene se esfuerza por calmar, diciéndole que en ningún momento a deseado abusar de ella y que lo que hiciera ha sido impulsado por la tremenda atracción que siente por ella y, al tiempo que la rodea con sus brazos para tranquilizarla con suaves caricias de sus manos, le suplica que la perdone y le permita y se permita ser tan felices cómo a su edad se merecen.

Aunque sabe que aquello será efímero, Liliana se dice que se merece acceder a eso que siempre le estuviera vedado y al parecer le proporcionará placeres ni siquiera imaginados, especialmente porque cuenta con la discreción de estar haciéndolo con alguien tan íntimo; realmente, ella misma se pregunta el por qué de su reacción intempestiva ante la violencia del sexo y desea fervientemente conocer el ciclo completo de una verdadera relación lésbica; sin embargo, decide sacar provecho de esa circunstancia para ir accediendo despaciosa y gozosamente a todo lo que imagina y ser ella misma protagonista privilegiada al poder poseer también a tan hermosa mujer como es su prima.

Por eso es que, fingiendo ceder en su zozobra, aplaca el hondo hipar del pecho y secándose las lágrimas que en su momento fueran ciertas, deja que Irene la estreche contra sí a la vez que besa tiernamente su frente, sus mejillas, su nariz y finalmente, asiéndole en rostro entre las manos, deposita cálidos besos menudos en sus labios entreabiertos; esta vez no existe esa gula voraz de momentos antes y en cambio, como respetando la temerosa timidez de la mujer casada, Irene va besándola dulcemente y con muchísima calma, por lo que, a poco,  aferrándose a su cintura con una mano, Liliana responde a los besos con es misma prudencia pero abarcando no sólo el rostro de la mujer sino que llega a escarbar con la lengua detrás de sus orejas y se extiende con labios y lengua al cuello.

Contenta con ese asentimiento implícito, Irene la imita y pronto las dos se besan mutua y prolíficamente como si estuvieran relevando hasta el mínimo rasgo de la otra y en tanto  los dedos de la lesbiana vuelven a buscar los senos agitados de su prima, insólitamente, esta separa un tanto la pelvis para llevar una mano a la entrepierna de Irene en evidente búsqueda de profundizar el contacto; sorprendida por la actitud, la lesbiana profundiza los besos y al tiempo que vuelve a hacer que los dedos martiricen la mama, le susurra sordamente que la masturbe.

A pesar de que en los últimos tiempos ella es una firme devota de esa práctica a raíz de su calentura, nunca lo ha hecho en otra mujer, pero esa mismo impulso ancestral que la hiciera llevar la mano a ese lugar, pone sapiencia en los dedos y, cautamente, encontrando el mórbido acolchado del prominente Monte de Venus, se desliza sobre él y pronto toma contacto con el  tubito carneo que se hunde en la rendija; ese roce que efectuara tantísimas veces sobre el suyo, adquiere de pronto una cualidad extraña que la paraliza por un momento y en tanto Irene se ceba en su boca, prudentemente va presionándolo hasta encontrar el borde del capuchón de piel y sin siquiera meditarlo, hunde el dedo en él buscando la ovalada cabecita que la confunde por el tamaño desproporcionado que tiene.

Tocar de esa manera la parte más sensible que tiene una mujer sin ser la suya, la pone frenética y luego de frotar repetidamente al clítoris, provocando que Irene, tras aferrar solidamente su nuca para incrementar la presión de las dos bocas, alterne el retorcer al pezón con hundir dolorosamente las uñas en él al tiempo que se abre lentamente de piernas para favorecer la acción de su mano, ocasión que ella no desaprovecha y restregando duramente el suave acolchado hirviente de los colgajos interiores, consigue llegar donde la espera la oscura caverna de la vagina.

Desesperada por ser penetrada, pero sin dejar de besarla y martirizar al pecho, su prima se deja caer lentamente hacia atrás arrastrándola con ella y ya sabiendo cuál es su propósito, a la vez que se pliega a la carnicería de besos, chupones y lambeteos que ella le propone, Liliana entierra en el húmedo agujero a índice y mayor unidos; la sensación es inefable, porque aquello que hiciera cientos de veces en sí misma se torna mágico; el intenso calor de las carnes, las espesas mucosas que las saturan y la presión intencional de los músculos contra los dedos, la enardecen y librando una verdadera batalla con labios y lengua contra los de la otra mujer resbalando en las salivas mezcladas que mojan los alrededores de las bocas, busca con los dedos el bultito del punto G y encontrándolo muy cerca de la entrada, se entrega con denuedo a frotarlo con ambos dedos, haciendo que cuando uno se encoge en el roce el otro se estira y de ese modo inicia un verdadero rascado que exalta a Irene.

Separándola de sí en un arrebato de pasión, le dice que ha llegado el momento de concretar y que es el momento justo para hacer un sesenta y nueve, con lo que las dos saldrán satisfechas; pesar de su calentura y disposición, Liliana duda ante la perspectiva de tener en su boca al oloroso sexo de su prima, pero aquella no le da tiempo para cavilaciones y saliendo diestramente de debajo suyo, la coloca boca arriba.; aun jadeante por la falta de aliento causada por el frenesí de los besos, Liliana ve como su prima, luego de limpiarse del rostro los restos de saliva y sudor, se coloca invertida sobre su cara para limpiarle amorosamente ese mismo pastiche, tras lo cual, comienza a excitarla en menudos besos apenas húmedos la cara y cuando ella extiende los brazos hacia atrás para acariciarle la cabeza y atraerla hacia sí, busca con la lengua entre los labios entreabiertos y cosquillea en sus encías.

A Liliana le encanta esa diferencia del sexo entre mujeres, donde cada vez se recomienza desarrollando la seducción y el erotismo como si fuera la primera, sin esa brusquedad con que los hombres enfrentan las segundas partes como si el pudor y la respetabilidad femenina hubiera desaparecido al entregárseles totalmente, convirtiéndose por eso en meras prostitutas sin paga; comprendiendo su inexperiencia, asume que debe imitar a su mentora en todo cuanto haga en ella y por eso, mientras se sumen en una nueva sesión de besos de contenida pasión, alarga las manos para llevarlas desde la cabeza de su prima a buscar la bamboleante masa de los senos, toda vez que esta a tendido las suyas sobre el pecho para comenzar a sobar lentamente sus tetas.

Tener entre los dedos la maciza morbidez de los senos perfectos de Irene que, a pesar del aparente traqueteo que deben haber sufrido - o disfrutado - en estos años, no tienen esa flaccidez que adquieren en las mujeres paridas y que han amamantado; sin verlos, capta su solidez y percibe al  tacto la superficie de las aureolas que, medianamente grandes, ostentan una aparente cantidad de esos quistes sebáceos que actúan como transmisores eléctricos de sensaciones y también lo promesa jugosa de un par de gruesos pezones.

Dándose cuenta del ansia que las habita, a ella que por experiencia sabe qué, cómo y cuando exigirla y a Liliana por el anhelo secreto de conocer un apareo lésbico, termina con los besos y desliza su boca a lo largo del cuello de su prima y en consecuencia, esta también lleva su lengua y labios a conocer la curva de la tráquea, llega a los hoyuelos que forma la unión de las clavículas, enjuga la capa de sudor y finalmente, remedándola, va recorriendo la planicie ruborosa del pecho ya cubierto de un fino salpullido; las manos no han cesado de estrujar los carnosos pechos y estos se convierten en un desafío para ambas que, zangoloteando con la lenguas sobre ellos, asciende la una y desciende la otra hasta alcanzar las aureolas, pulidas y alzadas como otro pequeño seno las de Liliana y oscuras y cubiertas de gránulos las de Irene.

Enardecida y olvidada de que es una respetable ama de casa y madre, sumida en el vórtice de la pasión más intensa que experimentara en su vida y realmente ajena a que es a su prima  quien desea someter, sólo atenta a un reclamo animal; Liliana explora cuidadosamente con la lengua la poblada aureola relevando cada gránulo y en tanto siente que Irene está haciendo lo mismo en las suyas, soba intensamente las firmes carnes hasta que siente la boca de Irene apoderándose de una mama y al tiempo que goza del lento pero intenso mamar, busca el pezón para azuzarlo con la lengua hasta comprobar su sólida firmeza y, extasiada, lo introduce entre los labios para iniciar hondas succiones que la satisfacen y cuando la otra mujer señala el comienzo de otra etapa, combinando con los labios la acción de los dientes que, sin lastimar, se hincan incruentamente en la carne para estirarla como deseando comprobar sus límites, se adhiere a la acción y juntas, se martirizan recíprocamente pero obteniendo de esa práctica un placer inconmensurable.

Las dos parecen enajenadas, alienadas por algún demonio que las lleva a agredirse de tal forma y así, en medio de mimosas quejas y broncos bramidos de goce, alternan de un pecho al otro a la vez que los dedos complementan las bocas con retorcimientos y la tortura de las uñas; esa locura está alimentada por el único objetivo que las impulsa desde un principio y final e increíblemente, es Liliana quien toma la iniciativa y separando la boca del seno baja a explorar las anfractuosidades del abdomen.

Satisfecha porque ella demuestre su verdadera personalidad subyacente, Irene también desciende al torso e imitándola con labios y lengua, recorre la suave superficie hasta arribar a la comba de esa pancita ya inevitable a su edad y fijándole una pauta sobre su futuro proceder, se desliza por el tobogán que la conduce a encontrar el comienzo de un fino bigotito velludo  del que degusta el sudor acumulado y en tanto siente como Liliana ya viborea con la lengua sobre su mondo Monte de Venus, busca con la lengua al clítoris que sus yemas ya excitaran anteriormente.

A pesar de la excitación que la invade, las tufaradas que surgen de la entrepierna le recuerdan en tropel qué cosas pasan por un sexo femenino y todavía reluctante, sigue azotando morosamente el gordezuelo bulto pero finalmente el deseo y lo que su prima esta haciendo con la lengua sobre el clítoris la deciden y casi golosamente se abalanza para fustigar al ya crecido de Irene y así, siente por primera vez qué se siente al abrevar en una vulva y saborear aquellos jugos que, repentinamente, le saben a néctar

El sexo de otra mujer mirado desde ese ángulo es totalmente distinto a lo que conoce a través de espejos o fotografías; verdaderamente tentada por esa especie de alfajor de muelle carnosidad al que atraviesan como una herida los bordes amoratados de los labios mayores y en tanto trata de abrir los cachetes de las nalgas con una mano, lleva dos dedos a separarlos para encontrar lo que, por conocido no deja de impresionarla.

Su ignorante impericia le hace maravillarse por el espectáculo que se le ofrece y mira fascinada esa puntilla fruncida que son los labios menores ocupando casi todo el hueco hasta la misma entrada a la vagina que late como una desdentada boca alienígena y sintiendo como Irene, tras acomodarle las piernas por debajo de sus axilas para mantener oferente a toda la zona erógena, trepida con la lengua sobre sus tejidos internos, hace tremolar la lengua como cuando en ocasiones satisficiera a su marido por el ano y la sensación que recibe al contacto con los tibios tejidos que se abaten  ante sus azotes es fenomenal; nunca hubiera imaginado que aquello que enloquece a los hombres fuera a satisfacerla tanto y llevando toda la boca a encerrar esa verdadera espuma epidérmica para succionarla con vehemencia, aferra sus manos a cada nalga para mantenerlas lo más separadas posible.

La posición superior favorece a Irene que, saciándose en las carnes de la vulva, hunde tres dedos a la vagina para llevarlos rápidamente a instalarse sobre el ahora hinchado promontorio del punto G y ante las exclamaciones de contento de su prima, ahogadas por el rabioso chupar de esta a su sexo, va penetrándola como un verdadero martinete, al tiempo que lleva al dedo pulgar de la otra mano a estimular el ano, ya empapado de su saliva y de los jugos que fluyen de la vagina; realmente, Liliana está gozándolo como pocas veces lo hiciera en su vida e imitándola en un acto casi sádico, también hunde sus dedos a la vagina a la vez que es su largo dedo mayor el que  busca a tientas y penetra decididamente al ano de la mujer a la vez que la boca ejerce un movimiento masticatorio sobre los inflamados tejidos.

Ya no le importa estar expresando la ansiedad de su frustración sexual con otra mujer y dando expansión a su íntimo goce homosexual, encuentra un placer especial en sodomizar manualmente a su prima, al tiempo que disfruta de la misma sodomía que toda la experiencia de Irene hace sensacional y quien, en un momento determinado, detiene su accionar para rebuscar  aquello que escondiera bajo la almohada; Liliana capta esa detención pero se ve sorprendida cuando siente sobre la boca inflamada de la vagina, la presión de algo liso y grueso que sólo puede ser un consolador.

Paralizada por un instante y en tanto recupera el aliento de su fervoroso chupar al sexo, espera expectante lo que sucederá y gratamente, comprueba que algo cuya dimensión no puede calcular pero que la satisface va separando los músculos vaginales y en tanto la boca de Irene vuelve a ensañarse con el clítoris, se da cuenta de que, aunque la elasticidad de los músculos hayan soportado placenteramente la mano entera de su prima, la consistencia semi rígida de aquello la hace temer por su tránsito y, efectivamente, la sensibilidad de su piel capta no sólo el grosor creciente del falo, sino todas las anfractuosidades que lo pueblan y con un gemido dolorido, aguanta a pie firme las excoriaciones y desgarros epidérmicos en tributo a tanto goce masoquista.

Asintiendo vigorosamente entre los dientes apretados por el sufrimiento, experimenta una nueva sensación en la que el dolor provoca el goce y todo se retroalimenta con el paso de la tremenda verga; como enloquecida entierra la boca en el sexo chorreante de su prima para asir con labios y dientes los ardorosos tejidos y volver a saciarse en aquella fantástica masticación que a su vez enardece a la otra mujer.

Casi como en una vindicta, vuelve a enterrar los dedos en la vagina pero esta vez y remedando a Irene cuando ella estaba desvalida, sigue introduciéndolos hasta el freno de los nudillos y entre el aliento entusiasta de su prima, incitándola a hacerle un buen fisting, forma una especia de cuña y va girando la mano hasta que, casi vertical, consigue trasponer el obstáculo y agregando con cuidado a pulgar y meñique, se adentra en una especie de caldosa funda afiebrada.

No puede  dar crédito a lo que está haciendo y al placer sádico que experimenta al sentir como sus dedos restriegan al débil conducto y es entonces que el dolor le hace prestar atención a lo que Irene está haciendo con el consolador, ya que, después de llegar negligentemente hasta el fondo de la vagina, continúa con al presión y la ovalada cabeza separa al estrecho conducto del cuello para luego raspar suavemente contra el endometrio; eso la enfurece y cuando cierra los dedos en un puño para arremeter contra las carnes, su ira se convierte en pavor al sentir como al retirar el falo con  la misma despaciosa prudencia, en la superficie de este van abriéndose finísimas escamas que irritan la piel ya lacerada.

Su prima comprende esa actitud de rebeldía y enojo pero en aras al sadomasoquismo que como una herencia genética parece habitarlas, le pide que aguante a aprenda disfrutar del sufrimiento hasta convertirlo en placer; Liliana ya ha comprobado que en algunas ocasiones el dolor de ciertas partes ha sido el hilo conductor hacia el goce como así también el hacer sufrir a su marido con determinadas brusquedades en el miembro, testículos y ano en ocasión de hacerle sexo oral y notando que la rasposidad de la verga va haciéndosele agradable, envuelve con las piernas que su prima mantiene separadas bajo el torso alrededor de su espalda y presiona con los talones  en movimiento copulatorio y separando un tanto la cabeza  de entre las nalgas, maneja aun mejor la mano para iniciar un verdadero coito a la vez que con dos dedos de la otras busca al ano para hundirlos en él, en explicita respuesta afirmativa.

De esa forma, se hunden en un vórtice placer y dolor que las va enajenando hasta que, casi al unísono, convierten los rugidos, ayes y bramidos en premiosos anuncios de sus orgasmos hasta que, finalmente, ensañándose la una en la otra de manera salvaje, evacuan sus líquidos alivios en chasqueantes sonoridades de los jugos escapando de los sexos a través de los monstruosos ocupantes.

Fatigadas por el esfuerzo físico y la intensidad de los orgasmos, permanecen durante unos momentos como fusiladas en la misma posición en que la explosión del placer las sorprendiera, en un entrevero de brazos y piernas transpirados del que van surgiendo despaciosamente y casi instintivamente, se buscan recíprocamente hasta descansar una en brazos de la otra en mansa relajación; paulatinamente, recuperan la calma y el aliento y con ello el balbuceo de palabras y frases amorosas confundidas con loas y alabanzas a sus respectivas virtudes amatorias, pero cuando Liliana fantasea con planes hacia futuros encuentros como aquel, Irene la vuelve a la realidad, diciéndole que aquella situación no se repetirá jamás y entonces deben aplicarse con sus mejores fuerzas a darse mutuamente todo el placer que la pasión les dicte, sin revisiones de moral o recato, pensando que es su venganza la vida por mantenerlas separadas tantos años siendo tan iguales sexualmente.

Recuperando la razón que la certidumbre de no volverla a ver jamás le hiciera ignorar, se deja envolver entre sus brazos cariñosos y con todo su ser, física y psicológicamente palpitando por ella, acerca sus labios a los de Irene para rozarlos tenuemente y aquello vuelve a encender la mecha del polvorín que albergan; implícitamente de acuerdo en que el casamiento no contará con su presencia, ya que las horas que las separan antes que sus aviones partan a tan lejanos destinos sólo deben ser ocupadas en propio beneficio, vuelven a sumirse en una calmada sesión de besos en los que el juego de las lengua trenzándose exclusivamente entre ellas ocupa un papel preponderante la tibieza de sus cuerpos acurrucados les trasmite una sensación de unidad formidable, como si ambas fueras miscibles y sus seres se fundieran recíprocamente.

Sabiendo que disponen hasta las tres de la tarde del día siguiente, le dan tiempo al tiempo y muy parsimoniosamente, dejan a sus manos actuar por sí solas, como manejadas por el instinto y así, al juego moroso de labios y lenguas, se une un perezoso deambular de los dedos en exquisitas exploraciones al cuerpo de la otra, tal como debería haber comenzado todo; por primera vez, Liliana cobra conciencia de la verdadera belleza del cuerpo de su prima y aquella de la capacidad de esa hermosa ama de casa para adaptarse a tan difícil situación, demostrando que el lesbianismo ha permanecido subyacente en su mente y cuerpo  por toda una vida y que ahora, liberada de aquel freno psicológico, desea recuperar con creces y en una oportunidad que nunca se repetirá, todo el tiempo perdido y ella está dispuesta a compensarla de todo aquello.

Casi involuntariamente, sus dedos se dirigen a la entrepierna de Liliana y tras rascar suavemente el fino bigotito hirsuto, explora por encima la vulva que ha vuelto a ceñir los labios y se presenta tal y como la viera hace poco más de una hora pero, no bien comienza a excitar superficialmente al clítoris, como deseando llevarle la delantera, se aparta de su boca para bajar diligente al pecho en donde, tras admirar arrobada las magníficas tetas, comienza a sobarlas tiernamente a la vez que la lengua trepidante fustiga a los pezones con cierto vigor; realmente, para ella es la primera vez que lo hace pensándolo fríamente y no respondiendo a los estímulos de la calentura provocada.

Es así como Irene la ve colocarse muy suavemente sobre ella y en tanto las manos estrujan sin dureza los senos, la lengua se aplica desmañadamente, como en cualquier novata, a azotar las mamas al tiempo que se distrae recorriendo golosa la morbidez de las carnes; es que el hacerlo concientemente, realmente la excita al pensar cómo se regalará con la belleza de aquel cuerpo y uniendo al pensamiento la acción, busca con los labios un pezón para comenzar a mamarlo con la gula de un bebé hambriento a la vez que pulgar e índice de la mano que encierra al otro seno, rodean al pezón para efectuarle un delicado rotar entre ellos; su prima está asombrada por esa transformación de una crisálida en una hermosa mariposa  que, con instintiva sapiencia sexual, como todas las mujeres, la está haciendo vivir la experiencia inédita de convertir a una heterosexual en incontinente lesbiana.

Liliana, por su parte, sólo piensa en satisfacerse en aquella mujer encantadora a la no verá jamás y de quien anhela llevarse un recuerdo imperecedero del cual espera participe su prima; los gránulos que pueblan las aureola la sacan de quicio y no se conforma con vapulearlos reciamente con  la punta afilada de la lengua sino que aplica el filo de los dientes para sentir toda su  minúscula prominencia y después, abriendo la boca toda, los encierra como un exquisito bocado para succionarlo apretadamente hasta hacer gemir a su prima y eso la satisface, por lo que efectúa lo mismo sobre el inflamado pezón en el que llega a hincar los dientes en imitación a lo que sus uñas hacen con el otro.

Obnubilada por el goce que obtiene flagelando a la mujer, estira la otra mano para buscar el promontorio pelado del Monte de Venus y tras deslizarse sobre él, inicia un moroso acto de masturbación a lo largo de la vulva, obteniendo un fervoroso sí mascullado entre dientes por su prima, por lo que la boca se desliza al valle entre los senos y desde allí, emprende un lento periplo por el hueco en el centro del abdomen, lamiendo y sorbiendo la leve capa de sudor acumulada y al llegar al hueco del ombligo, se detiene unos instantes para explorarlo con la punta de la lengua tremolante, escurriendo luego a la pancita y trepando la leve comba, resbala por la pendiente hacia el promontorio mondo del Monte de Venus.

Hasta allí llegan las tufaradas que su prima expulsa en fragantes flatulencias de la vagina, lo que la inspira para seguir al encuentro del sexo; Irene abre las piernas encogidas y así, separándose un tanto, observa el esplendor de la vulva que, hinchada, deja escapar los bordes de los frunces interiores y separando los labios mayores con dos dedos, contempla arrobada el rosáceo conglomerado de tejidos a los que ya conociera pero que desde ese ángulo adquieren un aspecto diferente, más vulnerables y lleva la punta de la lengua a la búsqueda del formidable clítoris que ha adquirido un volumen desmesurado y escapa del capuchón, casi semejando el dedo meñique de un chiquilín.

Tras fustigarlo con la punta de la lengua en medio de las exclamaciones gozosas de la mujer, lo envuelve con los labios para someterlo a verdaderas succiones tal como si fuera un diminuto pene a la vez que dos de sus dedos, tras estimular la entrada a la vagina, se hunden despaciosamente en ella y tras un movimiento semicircular por el que explora los ardientes y mojados tejidos, busca instintivamente la callosidad que encuentra en el hueco de la cara anterior para comenzar a frotarla tan cadenciosa como insistentemente; el repetido meneo de la pelvis de su prima facilita las cosas y pronto ya son cuatro los dedos que recorren curiosamente voraces toda la vagina en tanto suplanta la boca por el dedo pulgar de la otra mano para bajar a casi masticar al conjunto de fruncidos tejidos a lo que mojan los jugos naturales y que ella degusta con avariciosa ansiedad.

Evidentemente, su inexperiente pero instintivo accionar es eficaz, ya que Irene incrementa el ondular del cuerpo y proyecta la pelvis contra la boca y los dedos en medio de roncas exclamaciones de goce en las que proclama su contento por lo que está haciéndole, indicándole que no cese hasta hacerle alcanzar un nuevo orgasmo; el verdadero propósito de Liliana es ese, para sentir el caldoso jugo vaginal escapando entre los dedos y saborearlo como el elixir que para ella supone y así, en medio de los corcovos y rugidos de su prima mientras ella multiplica el esfuerzo de boca, lengua y dedos, una riada caliente inunda el conducto chasqueando entre los dedos para volcarse sobre su lengua que transporta glotona la olorosa mucosidad a la boca para engullirla con fruición.

A pesar de los hondos suspiros satisfecho y las entrecortadas alabanzas que le prodiga, esa acabada parece potencia a Irene quien, incorporándose hasta quedar arrodillada frente suyo, entre torpes caricias que le provoca la pesadez del intenso orgasmo, le anuncia que ahora es su turno y haciéndola recostar, toma de debajo de la almohada un consolador que impresiona a Liliana por su tamaño y extraña conformación, ya que, de unos cincuenta centímetros de largo y unos cinco de grosor, parece medianamente flexible por su contextura traslúcida que deja ver en su interior una estructura vertebrada y lo más notable son los dos glandes que componen cada punta y por su aspecto semejan ser iguales a un pene verdadero.

Instalándose a su frente le alza las piernas abiertas  y las encoge hasta que las rodillas tocan sus senos y pidiéndole que las sostenga así con las manos, se inclina para dejar caer una abundante cantidad de saliva sobre el sexo y, sin demasiados prolegómenos, estriega la ovalada cabeza a lo largo de toda la vulva, especialmente arriba del clítoris y cuando ve la mirada de angustiosa espera en ojos de Liliana, va embocando la cabeza en la vagina para, sin prisa ni pausa alguna, ir penetrándola; al contrario del otro consolador, este es perfectamente liso, lo que hace a su piel y músculos, sentir sin dolor, todos  los detalles de su conformación y, a pesar de ser tanto o más grueso que el otro, va deslizándose maravillosamente en su interior hasta la estrechez del cuello.

La garganta atenazada por el temor, deja escapar un profundo suspiro y al tiempo que  regala  a su prima con la más espléndida sonrisa, ve como aquella dobla al consolador en un ángulo casi recto y este conserva su forma por el artilugio que la sostiene y entonces, acuclillándose y abriendo las piernas, asienta los pies junto a sus caderas para luego ir descendiendo el cuerpo hacia el falo que conduce con una mano; exhibiendo una sonrisa tan esplendorosa como la suya, sigue bajando para que verga vaya penetrándola limpiamente hasta que Liliana siente al sexo de su prima restregando el suyo.

Siendo esa su posición preferida porque le permite manejar la situación cuando está arriba, alienta a su prima para que comience y aquello resulta tan estupendo cómo lo imaginaba, ya que cuando esta inicia un leve galope sobre la verga, la que está en su interior se mueve a ese mismo compás y aunque es más leve, experimenta la sensación de estar siendo penetrada; acomodándose mejor, suelta sus piernas para hacerlas envolver la cintura de Irene  y con los talones va empujándola contra el falo mientras ella comienza un rempujar que se acomoda al compás con que su prima se penetra.

Pronto encuentran un ritmo que las place y en entonces cuando, sin cesar con el meneo de la pelvis, Irene se inclina sobre ella para asir sus tetas oscilantes entre los dedos e iniciar un placentero sobar que la hace alargar sus brazos para alcanzar las bamboleante de la mujer y corresponder a tan deliciosos toques; aparte de los gemidos naturales que despierta la gran verga en sus entrañas, casi no cambian palabra pero sus ojos que no se apartan un momento, expresan toda la loca pasión que la une y bajo su influencia, los sobamientos van convirtiéndose en estrujones y el oscilar de los cuerpos en la cópula va haciéndose cada vez más intenso.

Irene sabe sobradamente qué hacer en una montada de ese tipo y saliendo de la verga para cambiarle el ángulo con destreza, se arrodilla, y volviendo a penetrarse hondamente, echa los brazos hacia atrás y en esa posición ejecuta una maravillosa danza por la que su pelvis se balancea adelante y atrás con cierta violencia que hace a la parte que ocupa la vagina de Liliana, comportarse como un verdadero pene que acompaña los embates de su prima; demostrando su habilidad, no sólo rempuja contra Liliana quien a su vez la acompaña proyectando el cuerpo contra ella sino que, además, ejecuta una especie de danza árabe por la que mueve las caderas en forma circular con lo que el falo en el interior de ambas se mueve aleatoria y eficazmente, ya que los rugidos de las dos acompañan al silente baile.

Fatigada por el esfuerzo, Irene va deteniendo tan placentero movimiento e incorporándose, le tiende  las manos a Liliana y pidiéndole que la acompañe porque ahora le toca a ella, se deja caer hacia atrás con el tremendo falo aun en su interior;  esta comprende el proceso y va acomodándose para quedar arrodillada; ahora sí quiere  ocupar realmente ese lugar y, elevando el torso, endereza al consolador en dirección puesta para que restriegue mejor su punto G y bajando paulatinamente el cuerpo, lo siente introduciéndose a la vagina y, tal como lo previera, el roce contra la callosidad le resulta fantástico.

Olvidada ya de su prima, y en busca del goce propio, se mantiene erguida apoyando las manos en los riñones y flexionando las rodillas, inicia un galope devastador para su carnes a causa no sólo del espectacular tamaño del consolador sino a los movimientos adelante y atrás que ella le confiere; para su interior, admite que esa cuota de sadomasoquismo no sólo no le disgusta sino que le place enormemente y llevando un dedo exploratorio a la hendidura, busca el pequeño promontorio que rodea al ano y muy despaciosamente, va introduciendo al recto su dedo mayor, lo que junto a los embates que Irene le propina desde abajo, hacen incalculablemente deliciosa esa cópula.

La lesbiana la deja desfogarse unos minutos y luego, acariciándole los senos saltarines, va aquietando su ímpetu al tiempo que le sugiere que, sin salir del falo, vaya dándose vuelta para efectuar los mismos movimientos; cuando lo hace en lerda rotación, ella va adecuando el ángulo de la verga y así, cuando Liliana, encantada por esa nueva postura, se ase con las manos a sus piernas extendidas e inclinándose ejecuta una magnífica cogida que repercute en ella reciamente, estimula con el pulgar ese ano oferente para, entre frases de contento de su prima, sodomizarla duramente con el dedo.

El ama de casa no termina de agradecer al destino por aquella boca que para ellas no existirá y que le ha permitido acceder al maravilloso mundo del lesbianismo, pero si eso la alegra, no imagina que lo mejor aun está por llegar y se concreta, cuando Irene la detiene por un momento para salir de abajo suyo y tomando la otra mitad del falo que cobijara en su interior, aun mojado por sus espesas mucosas, lo dobla en U para apoyar la testa sobre el ano y presionando vigorosamente, entre exclamaciones doloridas pero satisfechas a la vez de su prima, lo introduce a la tripa..

Aquello es una posibilidad con la que fantasea recurrentemente y por fin, Irene está concretando su primera doble penetración de la forma más exquisita, ya que en la medida que una mitad se desliza en la tripa, retira despaciosamente la de la vagina, con lo que en realidad, nunca tiene en su interior a las dos juntas y ese juego le parece fantástico por la manera en que los esfínteres se dilatan y contraen; inclinándose aun más para darse impulso, ejecuta un movimiento por el que se hamaca adelante y atrás contribuyendo a la penetración y entonces, viéndola tan entusiasta, Irene comienza a morigerar la extracción, con lo que, para contento de su prima, esta siente como los dos falos se rozan a través de las delgadas paredes del intestino y la vagina.

También se percata de qué, insólitamente, está elaborando otro orgasmo y sintiendo el desgarro habitual de los músculos que parecieran ser arrancados de los huesos para ser arrastrados al caldero de las entrañas, lo proclama voz en cuello para que Irene no sólo no cese en la magnífica cogida sodomita sino que le intensifique y pronto, rugiendo y bramando como una fiera en celo, junto al placer de la doble penetración, siente como su cuerpo expulsa los jugos uterinos que se vierten en sonoros chasquidos sobre el falo y chorrean abundantes por los muslos fatigados.

 

Fatigadas, agotadas y derrengadas por el esfuerzo físico y también por los orgasmos, tras caer desarticuladas en la cama como muñecas de trapo, reptando sobre las sábanas humedecidas de salivas, sudores y jugos vaginales, consiguen juntarse abrazadas para, entre mimosas frases apasionadas, prometerse una cantidad inagotable de sexo en esas horas que les restan y que disfrutaran como única, ya luego no volverán a verse jamás.

 

 

 

 

 

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