La montaña energiza

Publicado en por rottenmind

 

Llevaban tres días vagabundeando por las montañas sin encontrar un lugar que las satisficiera del todo. No era que esas zonas de las sierras cordobesas fueran feas, por el contrario; eran hermosas y esa misma belleza que las convirtiera en las preferida por los turistas, hacía imposible encontrar un lugar para acampar que no estuviera lleno de gente, automóviles y motos, lo que junto al griterío de los chicos y la bullanguería de la música no los convertía en sitios elegibles para descansar en paz.

Habían soportado esas incomodidades las dos noches anteriores pero esa mañana decidieron que no descansarían hasta poder instalar su carpa en un lugar que reuniera las condiciones de tranquilidad por las que habían partido de Buenos Aires.

No era que Emilia, Carla y Andrea fueran de esas personas apegadas al naturismo que odian los conglomerados urbanos, pero todo un año laboral intenso y las exigencias de los trabajos prácticos de su tercer año de Arquitectura las habían agotado y por eso, cargando sus mochilas, buscaban encontrar suficiente calma en algún remanso de silencio que les permitiera disfrutar de la soledad que buscaban.

Pasado el mediodía y cuando ya desesperaban por encontrar alguna arboleda en la que refugiarse de ese sol que caía como plomo líquido, al trasponer una cresta, casi milagrosamente, apareció ante sus ojos un pequeño valle que parecía sacado de una película; las escarpadas laderas se veían cubiertas por coposos árboles y en el centro, una diminuta pradera de verdes pasturas era atravesada por un arroyuelo cristalino.

Desconfiando de su propia suerte, escudriñaron atentamente en busca de alguna presencia humana, pero el lugar parecía absolutamente desierto a excepción de ocasionales cantos de pájaros. Bajando cuidadosamente por las anfractuosidades de la sierra, quince minutos más tarde descansaban rendidas a la sombra de un árbol a la vera del arroyo.

Era tal el cansancio que les dejara el trabajoso descenso que, cubiertas de transpiración, sin siquiera intentar armar la carpa, habían tendido una lona y ahora descansaban en ese oasis soñado. Casi intimidadas por lo bucólico del paisaje, comentaron lo afortunadas que habían sido al encontrarlo y luego de un rato, Emilia tomó la iniciativa. Convencida de que estaban solas en ese lugar paradisíaco, fue desnudándose y no paró al quedar en ropa interior, sino que quitándosela y arrojándola junto al bollo de ropa sucia, corrió hacia el agua para zambullirse de bomba en las límpidas aguas.

Reapareciendo inmediatamente y con el agua llegándole a la cintura, expresó su alegría con jubilosos chillidos al tiempo que las invitaba a acompañarla. Carla ya estaba desnudándose pero Andrea aun tenía un prurito de recato porque, aunque fueran compañeras de la Facultad, no eran en realidad amigas íntimas y aun delante de aquellas, nunca se había desnudado en su presencia.

Claro que, ante la insistencia de las chicas y al ponderar el hecho de que fueran precisamente mujeres quienes la acompañaban, le hizo desear realmente refrescar su cuerpo dolorido con las frescas aguas del arroyo. Sacándose la ropa llena de polvo, verificó que verdaderamente su ropa interior estaba empapada de sudor para luego correr junto a sus compañeras y zambullirse en el río.

El frescor del agua que corría mansamente la reconfortó y pronto se encontraba chapoteando alegremente como las chicas. Era la primera vez que se bañaba desnuda y la libertad que eso le otorgaba a su cuerpo no tenía comparación con ninguna otra cosa que hubiera experimentado antes. Es que el agua, al deslizarse entre los pechos y entrepierna descubiertos, semejaba como ágiles e invisibles dedos que acariciaran su piel y eso colocaba un inquieto escozor en el fondo de su vientre.

Andrea no era una muchacha sexualmente activa, ya que no tenía novio ni alentaba a sus compañeros masculinos en ese sentido. Tampoco se encontraba en las antípodas; le gustaban los hombres y había tenido tres ocasionales relaciones en las cuales conociera las delicias y hasta pequeñas perversidades del sexo, pero ahora, enfocada en sus estudios y decidida a recibirse lo antes posible, no estaba para perder el tiempo con esas nimiedades pero sí, sabía reconocer cuando su cuerpo le expresaba sus urgencias, como ahora.

Diciéndose que la ocasión ni el lugar eran propicios para solucionar ese tipo de manifestaciones como solía hacerlo en la intimidad, salió del agua para tenderse sobre la lona boca abajo y disfrutar del sol. El cansancio, la larga caminata o el calor, contribuyeron para que cayera en una pesada modorra que le permitía escuchar como entre algodones los escandalosos chapoteos de sus amigas y más tarde la conversación que sostenían cercanas a ella.

En un momento dado, unas cosquillas extrañas comenzaron a producirse sobre su piel, tanto en las piernas como en el cuerpo y atribuyéndolo a insectos que revolotearían en el lugar, hizo torpes movimientos para espantarlos pero los cosquilleos continuaron y cuando se dio vuelta para ahuyentar a los bichos, se encontró con que Emilia y Carla estaban una a cada lado suyo y la primera exhibía en su mano una cola de zorro, ese yuyo plumoso que abunda en las montañas.

Con pícara morisqueta y cuando ella se volvió a dejar caer tranquilizada, Emilia dirigió la punta del pasto hacia sus pechos para deslizarla suavemente sobre ellos en tanto le preguntaba sibilinamente si le gustaba. A pesar de sus veintitrés años, Andrea era poseedora de una candorosa credulidad y creyendo que se trataba de un juego, asintió alegremente, por lo que Carla se sumó a este y entre ambas pasearon por todo su cuerpo ramilletes de esos pastos plumosos, haciendo hincapié en excitar sus senos, el bajo vientre, el interior de los muslos y la misma entrepierna.

La suavidad del pasto le provocaba cosquillas de distinto tenor, desde las que le hacían apretar los codos contra en cuerpo por lo hilarante de la caricia hasta las que se clavaban en sus entrañas y columna vertebral y que ella reconocía como de excitación sexual.

Arrodilladas a su lado, las muchachas parecían gozar con los meneos y contracciones que sacudían su cuerpo en medio de sonoras carcajadas y súplicas para que no le hicieran más cosquillas, hasta que Emilia, mientras Carla excitaba particularmente su sexo, se inclinó sobre ella para asir acariciante su cabeza entre las manos y depositar un húmedo beso en sus labios abiertos en una sonrisa.

Nunca había sido besada por una mujer y por un momento eso le produjo una crispación que la paralizó, ocasión que aprovechó la muchacha para envolver sus labios en un beso succionante al tiempo que una lengua dura y carnosa se introducía en su boca. Su intento por desasirse fue tan vano como ineficaz, ya que Emilia, más alta y vigorosa que ella, le impedía todo movimiento aferrándola por las muñecas al tiempo que apoyaba el torso contra su pecho. Tampoco le quedaba el recurso del pataleo porque Carla, asentada sobre sus muslos le imposibilitaba hacerlo.

Teniéndola a su merced y a pesar de que ella intentaba gritar e insultarlas, Emilia profundizó el besuqueo al que ella se resistía pero en un momento dado, fuera por resignación o porque realmente lo sentía así, autónomamente, su boca comenzó a responderle a esa otra demandante y con resollados suspiros se hundieron en una vorágine de besos, lambidas y chupeteos.

Ciertamente, Andrea sentía que los besos de Emilia no sólo sacudían sus entrañas sino que, tal vez a causa de ser una mujer, ponían un grado superlativo de perversidad en sus pensamientos y con un hondo suspiro satisfecho, se aflojó para desasirse de las manos que la atenazaban y abrazar el cuerpo desnudo de su amiga.

Todo era nuevo para ella y el cuerpo transpirado que parecía escurrirse bajo sus dedos, poseía una tersura y temperatura como la de ningún hombre con quien hubiera estado. También los senos sólidos y pesados que restregaban los suyos contribuían a excitarla y obedeciendo a un impulso inexplicable para ella, llevó una mano a explorar esa suave carnosidad.

Andrea sabía sobradamente de los sobamientos y estrujamientos con que los hombres se satisfacían en sus pechos y que ella reproducía en sus solitarias masturbaciones, pero otra cosa era hacerlo en un seno femenino que no fuera suyo. El estrujar la mórbida masa, ponía una picazón, un punto ardiente en el fondo de su vagina y en tanto se esmeraba en una batalla de lenguas y labios con su antagonista, los dedos buscaron la excrecencia de los pezones para atenazarlos entre pulgar e índice.

Ante su entusiasta respuesta, Emilia fue girando lentamente su cuerpo hasta quedar invertida sobre ella y así, mientras más se sumergían en el vórtice de la pasión, las manos de ambas maceraban y sobaban tierna o reciamente los senos.

Tampoco Carla había permanecido como una mera asistente para impedirle moverse y ahora se encontraba acostada entre sus piernas que ya, libres de la opresión, había encogido y abierto instintivamente. La deliciosa morocha alternaba las caricias de sus manos a los muslos con largos lengüetazos y succionantes chupones que extendió a las nalgas de Andrea, contribuyendo a incrementar su excitación.

Todo parecía formar parte de un ensayado ballet y tanto los besos como la acción de las manos en sus senos, encontraban su correspondencia en lo que hacía Carla en la entrepierna; todo estaba sucediendo pero no se concretaba nada, hasta que, sin una orden explícita se movieron al unísono, la una descendiendo a los senos y la otra alojándose sobre el humedecido sexo.

La lengua de Emilia, como un lerdo caracol perverso, recorrió vibrante las colinas estremecidas de los pechos, ascendiendo lentamente hacia sus vértices donde, encontrando la superficie de las aureolas, estimuló delicadamente esas excrecencias sebáceas que se conectan directamente con las glándulas. Para Andrea la sensación era deliciosa, de una dulzura que colocaba una plétora de saliva en su boca y cuando el órgano tremoló sobre los pezones tratando de abatirlos como comprobando su elasticidad, creyó morir de dicha, una dicha nueva, luminosa y jubilosa que parecía ocupar todo su cuerpo de gratas sensaciones desconocidas.

Observando la prolija alfombra rectangular en que estaba recortado el fino vello púbico, Carla aposentó el húmedo interior de sus labios en el mismo nacimiento, sobre el abultado Monte de Venus. A pesar de ese recorte, los vellos eran suaves y se pegaban a la piel como un brillante tapiz dorado que demostraba la autenticidad de su cabello rubio.

La vulva apenas se alzaba como una combada prominencia y en su centro, los labios mayores se apretaban en una fina raja cuyos bordes tomaban un subido tono rojizo. Ese aspecto casi infantil sorprendió a la voluptuosa morocha y la lengua se proyectó ávidamente sobre esa rendija que, a su estímulo y demostrando el estado de excitación de Andrea, se dilató mansamente. Recorriéndola en perezosos lengüetazos de arriba abajo, fue logrando su separación para dejarle ver la caperuza de un clítoris no demasiado notable y surgiendo desde el interior, un arrecife coralino de suaves tejidos arrepollados que, en la parte baja, coronaba con una red de delicadas carnosidades la ceñida apertura de la vagina.

Separando con los dedos índices los labios mayores, introdujo la lengua serpenteante sobre los fruncidos pliegues que rodeaban al pulido óvalo y supo del placer que estaba proporcionando a su amiga por los estremecimientos que agitaron su pelvis. Es que en verdad Andrea estaba conmovida, ya que nunca había permitido a sus novios-amantes que gozaran bucalmente con su sexo.

Diciéndose cuan equivocado se puede estar con aquello que se desconoce, encontraba en ese cunni-lingus que Carla le estaba realizando, uno de los placeres más exquisitos de que disfrutara y viendo ante sus ojos los senos bamboleantes de Emilia, no pudo sustraerse a su embrujo. Los pechos de la muchacha no eran grandes pero sí sólidos y con forma de una alargada pera en cuyas puntas se destacaba la presencia de dos largos pezones.

Una tormenta de nuevas sensaciones la sacudía y entre lo que estaban haciendo, Carla en el sexo y Emilia en los senos, su mente se desbocaba en lujuriosas fantasías. Apresando entre los dedos los oscilantes senos, pudo comprobar la turgencia de sus carnes y tras un arrebato por el cual los estrujó reciamente, atrajo hacia su boca el vértice para rodear con los labios al largo pezón y mamarlo con una dulzura de lactante que el entusiasmo fue transformando en recios chupones.

Si fuera dable que alguien las observara, el espectáculo era soberbio; como tres bacantes estilizadas de un cuadro de Rubens, con el fondo paradisíaco del valle y el arroyuelo, ejecutaban un juego de cuerpos, brazos y piernas en el que era evidente la perfección de las carnes jóvenes. Elásticas y mórbidas, las tres jóvenes se entrelazaban sudorosas para proporcionarse placer en medio de sordas y susurradas exclamaciones de goce y contento.

Carla ya no se limitaba a sorber y lamer los colgajos de los labios menores sino que la boca toda se aplicaba a recorrer la vulva por entero en una exquisita combinación de lengua, labios y dientes haciendo presa de cualquier excrecencia, desde el ya erecto clítoris hasta la tierna embocadura a la vagina, a la cual penetraba la punta afilada de la lengua para sorber las mucosas que emanaba.

Ensimismada en la dulce lactancia los senos de su amiga mientras los estrujaba como aquella hacía con los suyos, estregando entre los dedos al pezón que la boca no chupaba, Andrea dejaba escapar ahogados gemidos y ayes de satisfacción que al introducir Carla dos dedos a la vagina se transformaron en entrecortados jadeos. Es que la muchacha se estaba aplicando con denodado empeño y en tanto los dos finos y largos dedos se curvaban para rascar delicadamente la alfombra de mucosas vaginales, la boca se dedicó a excitar el clítoris; la lengua rebuscaba por debajo del capuchón epidérmico para estimular la puntita rosada en tanto que pulgar e índice encerraban el tubito para restregarlo en una vigorosa masturbación y ya en el paroxismo, lo introdujo totalmente a la boca para chuparlo con una intensidad que conmovía a su dueña por el mordisqueo que ejecutaban los dientes.

Un frenesí de pasión como nunca le sucediera con hombre alguno sacudía a Andrea quien sentía bullir en su pecho y vientre un calor que burbujeaba como lava hirviente y por eso, cuando Emilia modificó su posición para colocar sobre su cara la olorosa carnadura de su entrepierna, involuntaria pero salvajemente excitada, se aferró a los torneados muslos para llevar su boca a tomar contacto con ese sexo que la convidaba.

Lejos estaba aquella natural aprensión que siempre le había hecho juzgar a ese acto como repugnante; es que el deseo la abrumaba y esa vulva palpitante, depilada y oscura que cubría una fina patina de transpiración y seguramente también esas exudaciones glandulares que la excitación coloca en el sexo de la mujeres, la atraía más allá de lo razonable.

El ennegrecido costurón por el que escapaban los bordes fruncidos de los pliegues interiores no le causaba repulsa y sí un ansia irrefrenable por conocer su sabor. Avida, la lengua se proyectó para que su punta, afilada, se deslizara a lo largo de la raja y los jugos que la cubrían hicieran explotar sus papilas de placer. El sabor agridulce expandió sus narinas y anhelante, hizo tremolar la lengua para que se hundiera exploratoria dentro del sexo femenino.

El deglutir esos jugos pareció enajenarla y en tanto disfrutaba como nunca de lo que los dedos de Carla hacían en su vagina mientras sentía como toda ella parecía irse al conjuro de la boca martirizando exquisitamente al clítoris, con una sabiduría que desconocía poseer, los labios dúctiles se afanaban en encerrar entre ellos las tiernas carnes mientras la lengua hurgaba inquisitiva a la búsqueda de los abundantes frunces que rodeaban al óvalo.

Golosamente entreabrió con los dedos los labios mayores para hundir la boca en las carnes ardientes, lamiendo, chupando y degustando casi histéricamente ese nuevo néctar agridulce que le supo como una verdadera bebida de los dioses. Ensimismada por la deliciosa tarea, no había percibido que Carla de apartara por un momento de ella.

Rebuscando en su mochila, la fogosa morocha había extraído un conjunto de finas tiras que formaban un arnés y a cuyo frente campeaba la contundencia de un falo artificial. Este era verdaderamente formidable e imitando en todo a uno verdadero, exhibía fuertes anfractuosidades y gruesas venas en toda su extensión que, sí superaba largamente a la de cualquier falo humano. Colocándoselo diestramente por sus cierres de velcro, volvió a acomodarse arrodillada entre las piernas de la muchacha y poniéndole las piernas encogidas contra sus pechos, aproximó el órgano bestial a la vagina.

Andrea nunca había dado al sexo una prioridad absoluta y si bien se prestaba a sostener sexo, el entusiasmo no era una de sus características y prefería adoptar un papel pasivo que se aproximaba a la indiferencia. El sentir contra su sexo el conocido contacto de un glande la puso en alerta y a pesar de la especie de furia con que había atacado el sexo de su amiga con el evidente propósito de alcanzar su orgasmo haciéndose alcanzar a aquella, la forma oval presionando la vagina la hizo crispar.

No era tan mojigata como para ignorar la existencia de consoladores e imaginó que si sus amigas eran lesbianas, necesariamente deberían utilizar esos artefactos, pero al sentirlo en carne propia, un respingo temeroso la estremeció y abandonando el sexo de Emilia por un instante, esperó ansiosa la penetración.

Carla se había encargado de lubricar con abundante saliva su sexo y ahora, pretendiendo hacerla gozar y no sufrir el coito, iba haciendo entrar la verga muy lentamente, milímetro a milímetro y centímetro a centímetro. Andrea sentía como el consolador iba separando sus carnes y a pesar de la áspera superficie, su contacto no sólo no le disgustaba sino que ponía un acento de perverso placer en su pecho.

Semi paralizada por la expectativa, hundía sus dedos en las nalgas de Emilia quien comprendía el por qué de su crispación y aguardaba pacientemente su reacción. Cuando por fin todo el falo estuvo en su interior y la punta siliconada rozaba insólitamente la entraba al cuello uterino, proclamó fervientemente su satisfacción por semejante penetración con repetidos asentimientos y al tiempo que alentaba a la otra muchacha a profundizar la cópula, volvió a ocupar su boca en la entrepierna de Emilia.

Aferrada a sus muslos, Carla se daba impulso y su pelvis se proyectaba como una catapulta contra el sexo, haciendo que la verga entrara y saliera como un pistón, socavando profundamente el canal vaginal. Andrea experimentaba por primera vez la sensación de ser violada pero en vez de provocar en ella un rechazo por su implicancia, compelía su cuerpo para que ondulara y de esa manera conseguir que el roce del falo se hiciera más salvaje.

Consecuentemente, su boca se había hecho más exigente; chupaba y mordisqueaba el sexo de Emilia con verdadera saña y así, fundidas unas en las otras se debatieron en medio de gemidos, ayes, lamentos y sollozos de alegría hasta que Emilia expresó la llegada de su orgasmo. Una gula ambiciosa por conocer lo ignorado, hizo que la muchacha multiplicara su afán y entre exclamaciones jubilosas de la otra mujer, recibió en su boca el baño tibio de los jugos uterinos.

Al deglutirlos, comprendió por qué el sexo oral era tan codiciado por los hombres; un caldo salobre en principio, fue revelándose con un resabio ácido que finalmente develó el fondo dulcísimo de un sabor único e indefinible.

Jadeando ruidosamente mientras le agradecía el modo en que la había hecho eyacular, Emilia se tendió a su lado sobre la loneta y entonces, viendo que esa etapa ya estaba cumplimentada, Carla fue acomodándola para iniciar algo completamente distinto; sin cesar en su cansino hamacarse, fue bajándole la pierna izquierda a un lado en tanto que le estiraba la derecha para dilatar más aun la apertura y de esa manera profundizar la penetración.

Verdaderamente, la sensación era maravillosa, ya que toda la verga se introducía en la vagina hasta que la copilla plástica que sustentaba el portento se estrellaba ruidosamente contra su vulva a causa de los jugos que, aun sin haber acabado, rezumaba en abundancia el sexo. Alentándola a que la penetrara más y mejor, ella se acomodó para quedar apoyada en sus brazos encogidos mientras recostaba la cabeza de lado para poder observar como la magnífica morocha la poseía.

A pesar de que Emilia fuera quien tomara la iniciativa en su seducción, Carla parecía ser quien tenía la voz cantante en ese sexo homosexual o por lo menos demostraba poseer un espíritu más masculino, ya que, todo su delicado pero vigoroso cuerpo aparentaba estar al servicio de la posesión; esbelta y alta como una modelo, bajo la tostada piel exhibía una musculatura propia de una atleta que ahora, con una rodilla en tierra y sosteniéndole la pierna apoyada en su hombro, apoyaba firmemente su otro pie en el suelo para que, flexionando la pierna, su cuerpo se hamacara despaciosamente en un vaivén que evidenciaba la contundencia de los pechos que oscilaban carnosos a ese compás.

Su rostro era la cabal demostración de su metamorfosis; calmo e inexpresivo de ordinario, con esa circunspección serena de algún ancestro nativo que daba un tinte moreno a la piel, ahora lucía esplendorosamente inflamado por la lujuria más viciosa. Sus ojos verdes refulgían de apetito venéreo con una expresión demoníaca en tanto sus narinas se dilataban y cerraban como los hollares de un animal para atrapar el aire y la boca, mórbida y plena, se entreabría en una sonrisa malévola al tiempo que dejaba escapar un oscuro ronquido de satisfacción. Todo aquello estaba enmarcado por su larga y ondulada melena negra cuyos rizos se pegaban como lúbricas serpientes a la piel transpirada.

Lejos de amilanarse por la incontinencia de su amiga, pareció contagiarse de ella y en tanto colaboraba separando las piernas cuando podía para sentir aun mejor el martinete que la penetraba, le reclamó imperiosamente que no sólo no amenguara en su posesión sino que la sometiera totalmente para hacerle alcanzar el anhelado orgasmo.

Eso pareció darle piedra libre a la espléndida muchacha que, asiéndola con sus fuertes brazos por las caderas, terminó de darla vuelta boca abajo y alzándole la grupa hasta que quedara oferente ante ella, volvió a penetrarla desde atrás. La brusquedad de la maniobra había sorprendido a Andrea quien, desprevenida, sentía como su cara y pechos rozaban fuertemente contra la rústica loneta y sin embargo, el ángulo con que el falo la penetraba, le hacía sentir cosas indescriptiblemente placenteras.

La textura del consolador era muy parecida a la de un falo verdadero y su rígida consistencia era superior pero no la lastimaba; por el contrario, la conmocionaba sentir como la tersa cabeza siliconada hurgaba dentro del canal vaginal y como traspasaba las delicadas aletas que protegían la entrada al cuello uterino. Emocionada al experimentar por primera vez tanta satisfacción al ser penetrada con tanto vigor como no lo hiciera hombre alguno, se apoyó en los brazos encogidos y elevando cuanto pudo la grupa, acompasó el ondular de su cuerpo al vaivén de Carla.

Deslumbrada por las sensaciones que esa cópula antinatural y salvaje le provocaba, se preguntó como podía haber sido tan estúpida al menospreciar despectivamente la práctica del sexo lésbico. Conseguida la cadencia del coito como si fuera un mecanismo perfectamente ensamblado, se dejó llevar por el entusiasta galope de la otra muchacha, hasta que sintió como en su interior se gestaban las espasmódicas contracciones que preanunciaban su orgasmo y proclamándolo en voz alta junto a los gemidos y ayes que desde hacía rato expresaba su boca, colaboró denodadamente para conseguirlo y cuando aquel detonó, allá, en lo más profundo de sus entrañas, se debatió frenéticamente hasta que el estallido de sus humores la dejó sin aliento y envarándose en un deliciosa crispación, se desplomó mientras sentía fluir el alivió a través del sexo.

Durante un rato permaneció inanimada en el dulce entresueño que provoca la modorra del agotamiento, sintiendo como aun sus entrañas se contraían convulsivamente para que manara lentamente el desahogo hormonal. Aparte del aire que mecía suavemente los pastos, sintió como las manos diligentes de las otras muchachas se esmeraban para enjugar de su piel restos de saliva y transpiración, poniendo especial acento en limpiar cuidadosamente la entrepierna de cualquier vestigio líquido que rezumara la vagina.

Perezosamente, se dejaba estar bajo el delicado manipular de las chicas y ronroneaba mimosamente cuando sus dedos exploraban regiones particularmente sensibles. Eso se extendió por un tiempo que no pudo mensurar hasta que nuevamente los labios de Emilia rozaron los suyos mientras sus manos se deslizaban angurrientas sobre la piel. La suave sensibilidad de los dedos hurgaba en los más remotos recovecos, despertando no sólo esas cosquillas propias de la excitación que no tienen nada de jocosas, sino también fuertes escozores que recorrían su columna vertebral como fluidos eléctricos y encendían nuevamente las ascuas ardientes del fogón de sus entrañas.

Emilia se dejó escurrir a lo largo del pecho, el abdomen y el vientre con un lento chupeteo hasta arribar a la entrepierna, donde la punta afilada de la lengua fustigó repetidamente la excrecencia del clítoris, pero no se entretuvo demasiado tiempo en esa deliciosa caricia, sino que, hábilmente, fue colocándole las tiras del arnés que utilizara Carla.

Esa situación terminó de despabilarla y pronto comprendió qué había provocado el frenesí de la muchacha cuando la poseyera. Las delgadas tiras aterciopeladas convergían hacia delante para sostener una elástica copilla de plástico a cuyo frente emergía el portento del falo artificial, pero era su interior el que le proporcionaba sensaciones jamás experimentadas; todo el hueco cóncavo, estaba cubierto de finas puntas flexibles de silicona que, de distinto largo según las zonas, estregaban deliciosamente las carnes sin lastimarlas en una masturbación que se adentraba entre los labios de la vulva y sometían al irritado clítoris, procurándole una irritante crispación que la complacía.

Pero lo más notable y que ella no hubiera imaginado nunca, era que en la parte baja de la copilla, se erigía otro pene, más chico, curvado y con una chata cabeza redondeada, que Emilia fue alojando dentro de la vagina. La sensación era inefable; no había palabras para describir lo que aquella verga dentro de su cuerpo y las puntas siliconadas restregando la vulva hasta el mismo fondo nacarado del óvalo, le producían. Realmente, parecía que el falo formara parte de ella y al menor movimiento, lo desacostumbrado de esas caricias la hacía estremecer de gozo.

Aun trataba de imaginar lo que la mujer pretendía de ella, cuando esta se acuclilló sobre su ingle con las piernas abiertas y, descendiendo, fue introduciendo el consolador en su vagina. Ahora sí Andrea comprendía lo que quería, pues aquella era una de sus posiciones preferidas, solo que el movimiento del otro pene dentro suyo estregando al Punto G y las puntas arañando íntegramente su sexo, le añadían una cuota de perversión a la cópula.

Con esa agilidad que da la experiencia y la habitualidad, Emilia se inclinó sobre ella para asir entre las manos su cara y depositar un beso tan tierno como profundo en su boca al tiempo que le pedía la hiciera tan feliz como ella imaginaba que lo haría. Ella nunca había reparado en la belleza pura de los rasgos de su compañera, pero ahora, teniendo tan sólo a centímetros ese rostro al que ya amaba, se perdía en la contemplación de los claros ojos grises que destacaban la espesura de las largas pestañas o se deleitaba con la fineza de la corta y equilibrada nariz mientras anhelaba la perfecta morbidez de esos labios grandes y maleables que la besaban con tanta suavidad como un pájaro libando en una flor.

Simultáneamente a esa emoción, los movimientos que la otra muchacha hacía con su pelvis tal como si esta se moviera independientemente, la llevaban a experimentar sentimientos que ni imaginara poseer. Es que al impulso con que aquella se penetraba con el falo portentoso, moviendo las caderas adelante y atrás, abajo y arriba, Andrea sentía realmente como si fuera ella quien la estuviera sometiendo y el miembro se convertía en una prolongación suya, cosa que reforzaba el pene que socavaba su vagina y las puntas que excedían a cualquier satisfacción que experimentara en el clítoris.

A la acción dulcemente devastadora de sus labios y lengua trabados en incruenta lucha con los suyos, Emilia sumaba un trabajo soberbio de sus manos palpando sus senos; comenzando con un acariciante roce por el que las palmas relevaban su superficie exploratoriamente, verificando el perímetro de las aureolas y la consistencia de los pezones que al sólo contacto cobraron mayor dureza, fue agregando el lento sobar de los dedos que paulatinamente fue convirtiéndose en un rudo estrujamiento.

Todo era tan nuevo para Andrea que no daba crédito a cuanto gozaba con aquel coito por el que otra mujer se penetraba con estoica vehemencia tal como ella acostumbraba hacer con sus ocasionales amantes mientras se cebaba en sus pechos, proporcionándole tan exquisitas vaharadas de deseo que le era imposible reprimir las encendidas palabras de satisfacción ni los jadeos y sollozos que acudían a su boca independientemente de su voluntad.

Ante sus ojos alucinados se bamboleaban casi al unísono los magníficos senos de la otra muchacha y en tanto su pelvis se alzaba y descendía acompasándose simultáneamente con el galope de Emilia, sus manos buscaron los pechos para someterlos a dulces estrujones que, de una forma misteriosa para ella, fueron convirtiéndose en pellizcos a los pezones para luego encerrarlos entre pulgar e índice en rudos retorcimientos que arrancaron excitados gemidos en su amiga, inspirándola para que, sádicamente, clavara sus afiladas uñas en las irritadas mamas.

Ahora era ella quien estaba en dominio de la situación y esa circunstancia colocó una perversa obsesión en su mente oscurecida por el deseo; poseedora de una habilidad que desconocía, aferró por la cabeza a su amante y ladeando bruscamente el cuerpo, la hizo caer a su lado para ubicarse rápidamente entre sus piernas. Sin oposición alguna, Emilia se prestó mansamente para que le separara las piernas y arrodillándose frente a la entrepierna, tomara entre sus dedos al magnífico príapo cuya rígida consistencia pudo comprobar por primera vez y con un afán de masculina prepotencia, lo apoyó en la embocadura del sexo que aun rezumaba las secreciones de la lubricación natural y empujó.

Seguramente que Emilia, ya ducha en esas lides, comprimía los músculos de la vagina para que la verga se hiciera sentir en toda su dimensión y pujaba como si pretendiera demorar la penetración, pero precisamente esa resistencia era la que se transmitía a lo largo del miembro, provocando en Andrea la misma sensación que si este formara parte de su anatomía y el pene que alojaba en su interior la socavaba más en tanto las puntas comprimían gozosamente todo su sexo.

La muchacha envolvió sus largas piernas a las caderas para hacer que los talones oprimieran sus nalgas y así, apoyando los brazos sobre la loneta a cada lado de Emilia, inició un instintivo balanceo que elevó su sensorialidad a niveles que jamás imaginara, penetrando mientras se sentía penetrada y sojuzgando a la otra mujer como si fuera un hombre con un vigor que desconocía poseer.

Su pelvis parecía moverse independientemente de su voluntad en un instintivo coito que perturbaba su mente con pensamientos de salvajes reminiscencias animales. Conociendo el desdoblamiento que estaba produciéndose en ella, Emilia estiró sus brazos para aferrarla por los hombros e inclinarla hacia su pecho al tiempo que le exigía en murmuradas súplicas que chupara sus senos.

Asiendo las mamas estremecidas entre sus manos, fue sometiéndolas a cariñosos apretujones, permitiendo a su boca solazarse en el chupeteo a las dilatadas aureolas y los largos e hinchados pezones. Así entreveradas, parecieron encontrar el ritmo de una cadenciosa cópula que las sumergía en una vorágine de alienante felicidad y fue en ese momento que Carla se sumó a ellas.

Colocándose detrás, inició un lerdo periplo de sus manos sobre la espalda de Andrea e inclinándose hasta que los senos rozaron cosquilleantes su piel, las deslizó hacia el frente para sujetar reciamente entre los dedos los pechos oscilantes al tiempo que su boca besuqueaba con ardor a lo largo de la columna vertebral.

Andrea no conseguía mensurar el nivel de goce que ese aditamento agregaba a las sensaciones desconocidas pero agradabilísimas que estallaban en sus entrañas e incrementando casi con saña el chupeteo y mordisqueo a los senos, profundizó aun más la intensidad del coito con el consiguiente beneplácito de Emilia quien la azuzó para que la penetrara más y más en medio de jadeos y exclamaciones de placer.

Carla no se limitaba al manoseo y besuqueo, sino que estregaba contra ella la plenitud de su anatomía, haciéndole comprobar que aun mantenía el arnés en su entrepierna por la forma en que el falo frotaba la hendidura entre las nalgas. Adaptándose al meneo de su pelvis en la penetración a Emilia, su boca fue descendiendo a lo largo de la columna para regodearse en la zona lumbar y luego hundirse en el cañadón entre las nalgas a las que separó con las manos para permitirle deslizarse en su fondo hasta ubicar el latente frunce de los esfínteres anales.

Celosa guardiana de su virginidad anal, se había resistido sistemáticamente a cualquier caricia en ese sentido pero ahora, el viboreante tremolar de la lengua de su amiga ponía un nuevo tipo de excitación en el fondo de sus entrañas que la compelía a desearlo cada vez más. La fina punta se movía como un estilete, primero alrededor de la negra plegadura para luego ir acercándose al centro y ese contacto, suavizado por la tibieza de la saliva, puso como un pulso eléctrico similar al de las urgencias defecatorias pero mucho más caliente y picante que la hacía crisparse con el consecuente beneficio para Emilia ya que ella recibía los respingos de sus caderas.

Las manos no se llamaban a sosiego y en tanto la lengua hacia esas maravillas en el ano, filtrándose entre las tiras y la copilla, los dedos de Carla recorrían urgentes los tejidos del sexo acompañando a las puntas siliconadas. Una histérica necesidad de acabar la inundaba por completo y el goce pareció alcanzar su punto límite cuando la muchacha, con extremo cuidado y suavidad, introdujo muy de a poco, milímetro a milímetro, su largo dedo pulgar dentro del recto.

Andrea siempre había imaginado que la sodomía le produciría dolores tremendos y en un acto reflejo, contrajo los esfínteres, pero se dio cuenta de que el dedo ya la había penetrado en toda su longitud sin ocasionarle sufrimiento alguno y sí, un goce desconocido, ni mejor ni peor que el del sexo vaginal, pero definitivamente diferente y extremadamente placentero.

La favorecida por aquel boceto de sexo anal era Emilia, quien recibía gozosa los embates con que Andrea la penetraba y veia con asombro como aquella joven que hasta poco más de una hora era completamente virgen de sexo lésbico, ahora no sólo lo aceptaba, complaciéndola a ella con una cópula propia de una lesbiana consumada, sino que distraía la boca de sus senos para alentar agradecida a Carla por lo que estaba haciéndole en sexo y ano.

La lujuriosa muchacha se dijo que ya estaba bien de aquel precalentamiento y acuclillándose detrás de la grupa, apoyó la punta del falo artificial contra los dilatados esfínteres y empujó despaciosamente, dejando que el sólo peso del cuerpo sirviera de empuje.

El grito estridente de Andrea se perdió en la soledad del valle y Emilia tuvo que esforzarse para retenerla con los pies enganchados en su cintura y las manos asiendo férreamente los hombros convulsos de la muchacha. En realidad, el intento de huída y el grito, sólo habían sido reacciones reflejas de Andrea ante el sufrimiento de una siempre temida y fantaseada sodomía, pero la actitud contenedora de Emilia y el hecho de comprobar que la verga había penetrado totalmente en la tripa como por un conducto natural y sin ocasionarle el menor daño, le proporcionaron una satisfacción inédita.

Había oído hablar de las dobles penetraciones, pero las creía propias de seres aberrantes cuya incontinencia les impedía satisfacerse normalmente, pero la sensación de tener ocupadas plenamente sus entrañas por esas vergas que se movían estregando sus carnes al tiempo que ella sometía a Emilia, le pareció maravillosa.

Proclamándolo así a sus amantes, les pidió que sincronizaran los movimientos para evitar herirse y sacarle más provecho aun a esa cópula que le parecía estupendamente satisfactoria. Poco a poco, fueron encontrando la armonía en los movimientos y consubstanciadas como un solo ser, sin dar descanso a las manos y bocas en el acompañamiento a la labor de los falos, se sumieron en una saturnal de sexo y pasión que sólo terminó cuando, casi al unísono, pregonaron sus respectivas eyaculaciones orgásmicas y así, en medio de arrumacos y mimos, confundidas en una maraña de cuerpos, brazos y piernas, se hundieron en el sopor bendito de la satisfacción total.

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