Mi jefe y su hijo

Publicado en por rottenmind

 

 

Elsa estaba contenta. A sus treinta y seis años, soltera, con todo el compromiso de mantenerse a sí misma pero sin responsabilidades hacia terceros que coartaran su libertad, tal vez ese nuevo trabajo de secretaria ejecutiva en aquella productora le permitiría consolidar sus ahorros para ir cimentando un buen pasar en el futuro.

Su jefe, el dueño de la empresa, aparentaba ser un hombre tranquilo, sereno y de buenos modales. Poseedor de la que, según sus propias manifestaciones, era una sólida fortuna cuya mayor parte guardaba en un banco de los Estados Unidos y que consiguiera gracias a sus negocios dentro del automovilismo deportivo, a los cincuenta años había instalado la productora de programas de televisión, no porque fuera una meta en sí misma sino porque, gracias a contratos prebendarios de publicidad con el gobierno de turno, tenía la oportunidad de incrementar su capital sin inversión alguna y con muy poco trabajo.

En realidad, la coordinación estaba en manos de su hijo Ezequiel al cual respondía un verdadero productor a quien contrataran con un suculento sueldo. El resto del personal era el mismo que en cualquier empresa comercial y no excedía las quince personas.

Una de las obligaciones de su trabajo era la dedicación full-time, es decir que, además de las naturales de cualquier secretaria, debía concurrir a reuniones de trabajo fuera de la empresa y los días de grabación hacerse presente en el Estudio para atender a los invitados en calidad de anfitriona.

Aunque le costó adaptarse a ese ritmo, el modificar su rutina de solitaria solterona por la de conocer gente importante y famosa, más las cenas con que normalmente se gratificaba el equipo al término de cada jornada, hacía que esperara ansiosamente cada grabación.

 

Al cabo de veinte días, Oscar la llamó a su oficina y después de indicarle que cerrara la puerta con llave, le pidió que le hiciera compañía en aquel largo sillón en forma de L en un rincón del gran despacho. Después de manifestarle lo impresionados que estaban todos por su dedicación y habilidad para manejarse en ese ambiente desconocido para ella y escuchar amablemente, no sólo su contento sino también algunas sugerencias para hacer aun más eficientes ciertos detalles de coordinación, sin perder la sonrisa que lo hacía seductoramente atractivo aun a su edad, le dijo francamente que esperaba que su eficiencia no se limitara solamente a lo laboral.

Desde los veinte años en que se iniciara como recepcionista, muchos hombres habían pasado por entre sus piernas para permitirle escalar posiciones por “mérito propio” y casi desde el primer día esperaba el avance de Oscar, pero no imaginaba que él propiciara aquello en pleno mediodía, hora en que estaba presente casi todo el personal. También tenía en claro que no era una chiquilina que podría zafar de la situación escudada en su castidad ofendida y prefirió que el silencio acompañado de una cómplice sonrisa supliera su indecisión sobre que actitud adoptar.

Asumiendo que aquello se trataba de un asentimiento, él se corrió en el asiento hasta quedar a su lado y con esa eficiencia que da la costumbre, desabotonó rápidamente la blusa para dejar al descubierto las elaboradas copas del corpiño. Ella tenía como una especie de adicción por la suntuosidad de la lencería y aquel sostén era una clara muestra de eso; trabajados alamares bordados trazaban caprichosos meandros sobre la delicadeza de una finísima tela que mostraba sus trasparencias en lugares estratégicamente calculados y su vista hizo brillar lujuriosos los ojos del hombre.

Inclinándose hacia ella, llevó su boca a explorar la recamada superficie y en tanto los labios succionaban la prenda, los hábiles dedos fueron acariciando y sobando los senos. A Elsa le gustaba sentir el roce de la tela estregando los pechos y dejó escapar un reprimido gemido de deseo que él interpretó cabalmente para, desprendiendo el broche que unía las copas al frente, liberar los pechos de su prisión.

Elsa era de pequeña talla y sus dones se correspondían equilibradamente para proporcionarle una agradable figura. Claro que los años, más de veinte, en que los senos soportaran las fricciones y estrujamientos de cientos de manos, les habían aportado una sólida consistencia casi musculosa a la ya natural compacta masa para que aun lucieran plenos y empinados.

Entre otros, eran uno de lo secretos orgullos de la mujer y se esmeraba en mantenerlos en esas condiciones mediante masajes con cremas rejuvenecedoras que afirmaban los tejidos, especialmente los de las aureolas que se elevaban lisas y pulidas como otro pequeño seno en cuyo vértice los pezones se alzaban puntiagudos y rosados.

La belleza de los senos alucinó a Oscar y la punta de la lengua se estiró como un tierno estilete para recorrer morosamente la blanca piel mientras las yemas de los dedos de una mano realizaban parecida tarea en el otro, alternando las caricias con suaves apretujones, como probando la consistencia de las carnes.

Dejándose caer sobre el acolchado respaldo y suspirando hondamente por lo que la caricia llevaba a sus entrañas, ayunas de sexo desde hacía más de cuatro meses, incitaba quedamente al hombre al tiempo que sus dedos se hundían en el corto cabello entrecano y cuando la otra mano se aventuró a lo largo de la pierna por debajo de la falda, elevó sus caderas para que la prenda pudiera ser subida hasta más allá de las ingles.

La predisposición de Elsa alentó al hombre y arrodillándose a su frente, tras separarle las piernas, se abalanzó sobre la entrepierna que cubría una bombacha haciendo juego con el corpiño. Por sobre la fragancia de la costosa esencia a la que siempre olía la mujer, un leve tufo marino brotaba de la prenda y cuando él acercó los labios, comprobó que, a pesar del refuerzo, la bombacha estaba humedecida.

La lengua le sirvió para corroborar que lo que hería su olfato no era otra cosa que los fluidos vaginales provocados por la excitación y entonces la boca toda su abrió para asir al tejido entre los labios y succionar ávidamente el jugo femenino. Paralelamente, sus manos iban corriendo la delicada prenda hacia abajo y cuando llegó a los muslos, separó la cabeza para arrastrar la bombacha hasta más debajo de las rodillas.

Ante su vista quedó expuesto un sexo que superaba lo que él imaginara de la pequeña mujer; absolutamente depilado, el Monte de Venus se elevaba huesudo para dar la bienvenida al nacimiento de una vulva carnosa, delicadamente rosada como en todas las rubias auténticas y que en el borde de la rendija, lucía el grueso costurón de los labios mayores de tonos morados, en cuya iniciación asomaba la caperuza de un largo tubo epidérmico que albergaba al clítoris.

La lengua tremolante recorrió todo el largo del sexo para finalmente recalar en el triángulo carnoso. Con esa habilidad intrínseca de las mujeres para desnudarse, Elsa había terminado de bajar la trusa hasta sacarla por los pies y, abriendo las piernas, encogido la derecha hasta asentar el pie sobre el asiento. Con esa apertura, facilitó a Oscar poder pasar un brazo alrededor del muslo para, con índice y pulgar de la mano, encerrar la carnosidad que rodeaba al clítoris y presionando, elevar esta para que la lengua se abatiera vibrante sobre él.

Verdaderamente, Oscar era un virtuoso de la minetta y así lo confesó sordamente su secretaria cuando sintió como los labios colaboraban con la lengua y en una combinación extraordinaria de lambeteos con fuertes succiones, sometía la excrecencia a un delicioso chupeteo que iba sacando de quicio a Elsa.

Asida reciamente al borde con las manos engarfiadas, daba a su pelvis un movimiento copulatorio que convertía en fantástica a la succión y comprendiendo que la mujer deseaba que la hiciera acabar, separó con los dedos los labios mayores para acceder a la maravilla que era su interior; el pálido nacarado casi blanco del fondo del óvalo, se elevaba en los bordes en unas filigranas que fruncían a los labios menores y que, hacia los bordes, adquirían un subido morado con tintes negruzcos.

Tras abrevar en esos meandros hasta saciar su sed de los fragantes humores, hizo bajar a la lengua ondulante como la de un ofidio hasta los tejidos que orlaban la fourchette para trepidar unos momentos sobre la entrada a la vagina que a ese estímulo se dilató blandamente, permitiéndole hurgar en ese primer tramo que oficia de vestíbulo a los verdaderos esfínteres y sorber con fruición las mucosas.

Conmovida por la profundidad de la minetta, Elsa iba ladeando el cuerpo como para recibir aun con mayor comodidad todo cuanto el hombre quisiera hacerle y este, comprobando la entrega total de su secretaria, volvió a subir hacia el clítoris que los dedos no cesaran de restregar y, al tiempo que lo introducía en la boca para no sólo chuparlo sino también recurrir al auxilio de los dientes en un mordisqueo enloquecedor que hacía vibrar a la mujer, introducir dos dedos a la vagina.

Fuera por los meses de abstinencia o porque verdaderamente lo que estaba haciéndole el hombre era fantástico, Elsa estaba gozándolo como desde hacía mucho tiempo no lo hacía y sentía rebullir en su pecho y vientre emociones largamente olvidadas. Sin importarle cómo y dónde estaba haciéndolo, expresaba su contento con angustiosos ayes de placer mientras le suplicaba a su jefe que la hiciera alcanzar un buen orgasmo y este no la defraudó,

En tanto labios, lengua y dientes hacían una verdadera carnicería sobre el pene femenino, Oscar imprimió a la mano un cadencioso impulso por el que los dedos se hundían hasta el fondo de la vagina y tal torsión al brazo, que los dedos rastrillaban todo el interior, rascando reciamente sobre las mucosas que lo lubricaban.

Los empellones de Elsa eran convulsos y apoyaba su cara de costado sobre el respaldo mientras de su boca abierta surgían ayes y lamentos de agónico placer hasta que, en un momento mágico, se envaró rígidamente expectante hasta que el útero abrió las compuertas de la satisfacción y un río de jugoso fluido se derramó por la vagina, empapando los dedos del hombre en tanto ella proclamaba el advenimiento de su alivio.

Sin que Elsa lo advirtiera, el hombre había desprendido sus pantalones y con ellos en los tobillos, se dejó caer en el asiento junto a ella y acariciando su cabeza, la guió hacia su entrepierna al tiempo que le ordenaba que lo chupara. En realidad eso era lo que ella imaginara cuando él la convocara a su lado después de hacerle cerrar la puerta, pero había sucedido a la inversa y le estaba profundamente agradecida por haberle proporcionado ese alivio tras los meses de abstinencia.

Acomodándose en el asiento, se inclinó para mirar la verga que el hombre sostenía entre sus dedos y lo que vio le agradó; sin ser desmesuradamente grande, tenía un largo respetable y su grosor no parecía que fuera a ocasionarle problemas. Desplazando las manos de Oscar, dejó que sus dedos recorrieran la verga de arriba abajo, comprobando que aun no estando del todo erecta, las protuberancias y venas de su superficie pondrían al coito una pequeña cuota de ese masoquismo que la habitaba.

En tanto masturbaba suavemente al falo con los dedos, su boca exploró la húmeda piel de los testículos para sorber los jugos olorosos y luego la boca fue ascendiendo por el tronco hasta llegar al lugar donde el prepucio le ofrecía el primer obstáculo; remangándolo delicadamente, lengua y labios se dieron cita para recorrer succionantes al profundo surco que ocultaba y cuando terminó de hacerlo, los labios abarcaron al glande desde su base.

El óvalo era realmente grande y tras oprimirlo con los labios en tanto la mano masturbaba reciamente al tronco, fue ascendiendo hacia la punta con tiernos pero a la vez vigorosos chupones. El tener en su boca una verga de ese tamaño la obnubilaba y poniendo énfasis en el movimiento, inició un corto vaivén por el que  chupaba reciamente la delicada cabeza hasta que en un momento dado, desbordada ella misma por el deseo, abrió aun más la boca para introducirla tan hondo que le provocó un principio de arcada.

Dominándola, cerró los labios e imprimió a la cabeza un cadencioso movimiento por el que la verga casi salía de su boca para luego volver a introducirla hasta el fondo y así, se prodigó en intensas chupadas hasta que el hombre le anunció la proximidad de su eyaculación. El resultado previsible la enajenaba y con dedos y boca se prodigó en la mamada hasta sentir como se derramaba en impetuosos chorros espasmódicos una espesa simiente a la que fue degustando con fruición de elíxir.

Minutos después y mientras terminaba de retocar su maquillaje, Oscar alabó sus virtudes amatorias al tiempo que le decía que, como él tenía arranques de deseo imprevisibles y ella debería estar dispuesta siempre a satisfacerlo, le pedía que no utilizara más ropa interior, por lo menos en horario de trabajo.

 

Habían transcurrido casi cuarenta minutos desde que entrara al despacho y comprobó con alivio que la mayoría del personal se había retirado a almorzar. Sin embargo, una natural mojigatería le hacía sentir como que quienes aun quedaban la observaban con suspicacia y al cruzarse con Ezequiel, supo que este no era ajeno a lo que sucediera en la oficina de su padre por la mirada lascivamente cómplice con que acentuó una oficiosa pero socarrona pregunta sobre si se encontraba bien.

Con la cortés indiferencia habitual en ella, respondió al joven con la misma maliciosa intención que nunca se había sentido mejor, para luego reintegrarse a su escritorio. En tanto se serenaba, analizó lo sucedido y se dijo que, aunque en horarios más discretos, no era la primera vez que lo hacía con un superior y que, a su edad, tenía la suficiente tranquilidad de espíritu como para no tener que rendir cuentas a nadie de sus acciones privadas.

De esa manera transcurrió el resto del día y aunque en los subsiguientes y casi con precisión cronométrica, Oscar la citó a su oficina para que ella, sin otro inconveniente que retocar su labial, le hiciera una completa pero rápida felación, las relaciones no habían llegado más allá.

En ese ínterin, fue acostumbrándose a no usar ropa interior, pero aun le parecía que todos sabían que estaba prácticamente desnuda. También y por sugerencia de Oscar, para tener más libertad en las felaciones había recogido su largo y lacio cabello rubio en una cola de caballo que, con el calor del verano, no le desagradaba.

Así y en ese status-quo hipócrita en el que todos sabían pero simulaban ignorar lo que sucedía en esas visitas cotidianas al despacho del jefe, fueron pasando los días en los que Elsa se preguntaba si por alguna razón Oscar no profundizaba las relaciones en un verdadero acto sexual y la respuesta vino de la forma esperada pero no como ella lo imaginaba.

 

Como casi todos los días de programa, alrededor de las siete de la tarde se preparaba a partir rumbo al estudio junto al grupo afectado a las grabaciones, cuando Oscar le anunció que ellos no lo harían y por el tono de su voz se dio cuenta de que esa sería tal vez la noche especial que esperaba.

Luego que todos partieran y el resto del personal se fuera retirando, su jefe le ordenó cerrar con llave la puerta de la empresa y cuando ella entró al despacho dispuesta a darle y darse un gusto, encontró que Ezequiel no había salido con los demás.

Iba a retirarse mientras pedía disculpas por estar interrumpiendo lo que ella creía era una conversación entre padre e hijo, cuando este le dijo que se había quedado a causa suya. Con un extraño presentimiento y una sensación nerviosa de pájaros revoloteando en su vientre, escuchó la orden de su jefe de quitarse la liviana solera de organza y al ensayar una airada respuesta, aquel se concretó a encender la televisión y poner en marcha la video casetera.

Pasmada y con una nitidez que la avergonzaba, se vio a sí misma protagonizando las diferentes relaciones sexuales que sostuviera con el hombre y estallando en un silencioso llanto provocado por la humillación, lo maldijo sordamente al tiempo que le recriminaba haberla usado como una prostituta para satisfacer su perversa concupiscencia.

No era que a su edad no fuera capaz de sostener lo que suponía que sucedería, pero lo que la llenaba de culpa y mortificación era la bajeza del acto y que todos en la oficina supieran que cosas era capaz de hacer en la intimidad, degradándola como mujer.

Poco a poco fue cediendo en su enojo y, al tiempo que comprendía la inutilidad de su negativa, accedió blandamente a que Ezequiel la fuera despojando del vestido para luego conducirla al amplio sillón donde ya se encontraba su padre.

Este había aprovechado su momento de rabieta para ir desnudándose y ahora estaba repantigado en el esquinero del sillón. Dejándola instalada entre las piernas abiertas de su padre, el muchacho se había retirado para desnudarse y rebuscar en el placard a la búsqueda de algo que Elsa no alcanzó a visualizar a través de sus pestañas cubiertas de lágrimas.

El hecho de estar totalmente desnuda la hacía sentirse desprotegida y vulnerable pero la desnudez de los hombres le daba al acto un carácter orgiástico que no sólo la atemorizaba sino que ponía en el fondo de su vientre una rara ansiedad y en su mente las más variadas fantasías encendían un loco e inexplicable deseo.

La vista de la ya conocida verga la atrajo irremisiblemente y en tanto la sobaba tiernamente entre los dedos para hacerle alcanzar la dureza acostumbrada, la boca se dirigió golosa a lamer y chupetear la arrugada superficie de los testículos. Nunca lo había hecho con dos hombres pero la aparente pasividad de Ezequiel le restaba expectativa y como siempre que estaba ante un miembro masculino, el deseo pudo más que la cordura y el recato.

Después de escupir abundantemente en su mano, hizo que aquella se deslizara sobre esa lubricación a lo largo de tronco en una lenta masturbación que llevaba los dedos a estregar al terso glande con movimientos envolventes. Entretanto, alternaba los lambeteos al escroto con intensas chupadas y a apresar entre los labios la delicada piel para estirarla en engullentes tirones.

Absorta en la mareante felación, no había advertido que Ezequiel se acomodara detrás de ella y recién tuvo conocimiento de su presencia cuando la lengua del muchacho se deslizó vibrante sobre el nacimiento de la hendidura entre las nalgas.

Uno de los motivos de orgullo de Elsa era la rotunda redondez de sus glúteos que ella mantenía con agotadores ejercicios y que ahora parecían haber subyugado el muchacho. Si el contacto de la lengua con su cóccix la había hecho estremecer, los dedos separando las nalgas la llenaban de expectativas y cuando la lengua acompañada por los labios se adentró en el barranco para tremolar y chupetear la oscurecida piel del fondo, dejó la deliciosa tarea de chupar la verga para expresarle su contento con repetidos asentimientos que incitaron al joven.

Azuzada por la pasión, ascendió rápidamente por el tronco para abrir la boca y engullir la cabeza de la verga. Lo que Ezequiel ejecutaba entre sus nalgas se acercaba a la exquisitez; la lengua viboreaba intensamente y al llegar a los frunces del ano, pareció adelgazar su punta para que escarbara delicadamente en los esfínteres que ante ese estímulo fueron cediendo lentamente. Aunque era afecta al sexo anal, lo que más le gustaba era esa sensación que le estaba produciendo el muchacho, en la que la tripa se sensibilizaba hasta el punto de hacerle experimentar esa picazón que antecede a la defecación y que ponía un punto de crispación en sus riñones.

Meneando nerviosa sus caderas, expresaba su complacencia por lo que hacía la boca y esta, en retribución a su mansedumbre, fue deslizándose por el perineo para luego abrevar en el agujero de la vagina. Las manos de Ezequiel elevaron su grupa para hacer más accesible su posición y entonces, la boca toda se dedicó a chupetear los dilatados labios de la vulva, haciendo un verdadero estropicio en los colgajos carnosos.

A pesar de lo terrible de ser violada por dos hombres a la vez, Elsa no podía negar que estaba gozando como nunca lo había hecho y esmerándose en la succión al padre mientras lo masturbaba reciamente con la mano, alentó al hijo a siguir con aquello. Complaciéndola, Ezequiel llevó la boca a chupetear no sólo los labios enrojecidos sino que hasta el mismo clítoris sufrió los embates de lengua y labios, en tanto que un dedo pulgar se hundía demandante dentro de la vagina.

Agotada por la intensidad con que succionaba la verga, Elsa se dio un respiro para dejar que las dos manos, ascendiendo y descendiendo mientras giraban en sentidos encontrados masturbaran apretadamente a Oscar quien en medio de rugidos satisfechos alababa sus condiciones prostibularias. Ese tratamiento groseramente descortés que en otro momento la hubiera hecho encrespar de ira, no la disgustó y recibiéndolo como un halago ante su voluntariosa entrega, incentivó al muchacho a que fuera por más.

Para su contento, el joven no la decepcionó y pronto encontró que la punta oval de un falo se apoyaba en su vagina para luego, lentamente, ir penetrándola. La verga que ocupaba sus manos y boca era de un tamaño respetable y aunque nunca la hubiera sentido dentro de ella, la de Ezequiel superaba a la de su padre.

Seguramente por consideración, el muchacho no parecía querer forzarla y le penetración se extendía despaciosamente como para no lastimarla. Con todo y a pesar poder contar por cientos los miembros que la penetraran en sus más de veinte años de sexo, esta superaba a cuanto hubiera conocido, no sólo por su extensión sino por el grosor que, a pesar de los cuidados del hombre, separaba sus músculos con tal vigor que gemía sordamente al sentirla hundirse dentro de la vagina.

Crispada por el dolor-goce, continuaba masturbando a Oscar pero condicionaba el movimiento de sus manos a la velocidad con que su hijo la sometía. El falo rígidamente endurecido del joven parecía no tener fin, ya que al llegar al fondo del canal vaginal, desplazó las aletas de la cervix e ingresó reciamente al cuello uterino. Eso nunca le había sucedido y el sufrimiento atenazó su garganta mientras que al influjo de su agónico gemido, el joven inició un movimiento tan lerdo como el anterior para ir retirando el miembro.

Cuando lo sintió totalmente afuera, un suspiro de alivio escapó involuntariamente de su boca pero esa sensación fue efímera, ya que Ezequiel, tras observar como los esfínteres vaginales mostraban el rosado interior para volver a contraerse, apoyó nuevamente el glande sobre ellos, trasponiéndolos fácilmente pero esta vez la penetración no tuvo la delicadeza de la inicial sino que empujó violentamente hasta que los testículos se estrellaron contra su sexo.

Sin poderlo evitar, un sollozo escapo de su pecho pero fue rápidamente contenido por la urgencia de Oscar quien, al verse relegado a un segundo plano, le exigía que continuara chupándolo hasta hacerlo acabar. Su hijo había alcanzado un cierto ritmo en la penetración y tras cuatro o cinco de esos empellones en que sacaba la verga enteramente para volverla a introducir, dejaba que el ariete de deslizara en un cadencioso vaivén dentro del sexo, cosa que acalló los gemidos de la mujer.

Superados los dolores iniciales, Elsa encontraba que el falo le estaba haciendo conocer niveles desconocidos del goce y obedeciendo a una súbita angurria, atacó vorazmente la verga para succionarla con tanta pasión que arrancó un bramido de asentimiento en el hombre quien le anunció la proximidad de su eyaculación.

La simultaneidad del goce la cegaba, especialmente cuando comenzó a percibir en Oscar la rigidez que prenunciaba la expulsión seminal. Acrecentando la profundidad de los chupones y en tanto acariciaba los testículos de su jefe, consiguió que pronto aquel derramara en su boca el ya familiar gusto a almendras dulces de su esperma.

Aun estaba dando los últimos chupeteos a la verga, cuando Ezequiel se inclinó sobre ella para asirla por los pechos y de ese modo arrastrarla con él hacia atrás. Con el falo removiéndose en su interior, comprendió lo que pretendía el muchacho y acomodando sus piernas, quedó ahorcajada a su pelvis.

Esa era la posición que disfrutaba más por el papel activo que le permitía demostrar todas sus dotes sexuales. Un movimiento ondulatorio del cuerpo, hacía que la pelvis se desplazara adelante y atrás para sentir mejor como la verga la socavaba y encontrado ese ritmo, dio a sus rodillas una flexión por la que se elevaba y descendía en una jineteada que fue intensificándose en la medida en que Ezequiel colaboraba con violentos empellones de sus caderas hacia arriba.

Con los ojos cerrados por la intensidad del disfrute mientras todavía sentía en su boca el dulce almizcle del semen, se dejó estar en un alucinante galope hasta que el joven fue guiándola con sus manos para que se diera vuelta sin sacar al miembro de su sexo. El lento girar, hacía que la ruda verga estregara todos y cada uno de los músculos vaginales desde ángulos que, por insólitos, le eran más placenteros.

Cuando estuvo enfrentada a él, la hizo inclinar para poder asir entre sus dedos los senos colgantes en tanto arreciaba con los empellones hacia arriba. Apoyando las manos en los hombros del muchacho, quebró la cintura para iniciar un movimiento pélvico por el que esta giraba casi circularmente al tiempo que ascendía y bajaba flexionando las rodillas. Verdaderamente, aquello era fantástico y estaba gozándolo como pocas veces lo hiciera en su dilatada práctica del sexo.

Por fin había encontrado un ritmo cadencioso por el que su cuerpo se mecía al compás de los empellones de Ezequiel y así, con los ojos cerrados por el placer mientras de su boca surgían palabras de aliento para el hombre que servían para estimularse a sí misma, se entregó a una cópula de soberbio goce. El estupendo trabajo de las manos de Ezequiel en sus pechos, sobando y estrujando las carnes en tanto los dedos retorcían reciamente los pezones, la hacía sumergirse en un tiovivo de mareante disfrute, cuando se sintió asida por las caderas.

Ella no ignoraba que el hecho de mantener sexo con dos hombres a la vez, cosa que jamás había hecho pero con la que había fantaseado siempre, indefectiblemente la conduciría a un momento en que sería penetrada por ambos y eso la desasosegaba, desconociendo la reacción de su cuerpo y si lo aguantaría.

Aparentemente, Oscar no deseaba forzarla y tras juguetear por unos momentos en el sexo alrededor del falo de su hijo, llevó los dedos a estimular delicadamente sus esfínteres anales. No era virgen analmente y sostenía esa práctica habitualmente con sus parejas, encontrando que, en ciertas oportunidades, le era más excitante y satisfactoria que por la vagina, Sin embargo, su temor residía en lo que los dos falos podían hacer simultáneamente dentro suyo.

Con suave ternura, Oscar fue trazando lentos círculos en la periferia del ano y las yemas, lubricadas por abundante saliva, fueron relajando al prieto haz de tejidos hasta que, sin provocarle dolor alguno y sí un gozoso calorcito, un largo dedo fue introduciéndose al recto. Ante esa instigación, Elsa comprimió aun más los músculos vaginales que manejaba a su antojo y la recia carnadura de la verga se le hizo insoportablemente satisfactoria.

Durante unos momentos, Oscar siguió sodomizándola con el dedo hasta que, acuclillándose detrás de ella, apoyó la cabeza del glande sobre el ano y, lentamente, fue penetrándola hasta que los testículos comprimieron el perineo. Aun gustándole el sexo anal, el pene de Oscar era lo suficientemente grande como para hacerla estremecer, con el añadido de que a su paso rozaba reciamente contra el de su hijo, separados apenas por los delgados tejidos de la tripa y la vagina.

Aquello la hacía bramar de dolor pero este sólo era comparable con el inmenso placer que le proporcionaban las dos vergas socavándola, haciéndole sentir toda la contundencia de su tamaño. Como siempre que el goce la superaba, su boca se llenaba de saliva y ante los poderosos embates de los falos dentro de ella, su boca se abría en un grito mudo para dejar que esta manara entre la comisura de los labios y tras resbalar hasta el mentón, cayera en delgadísimos hilos babosos sobre el pecho de Ezequiel, quien, asombrado por la entereza de la pequeña secretaria a esa doble penetración, se esmeró con dedos y uñas en someter los senos ya inflamados.

Elsa creía estar arribando a la consumación del sexo más exaltadamente maravilloso que disfrutara en su vida, pero aun no sabía que Oscar le tenía preparada una sorpresa; a pesar de no haber acabado, el sexo novedosamente desmesurado, había hecho que las glándulas de la mujer enviaran cantidades de jugos lubricantes y estos, teniendo salida a través de la vagina, excedían el falo de Ezequiel para surgir con sonoros chasquidos.

Percatado de eso, Oscar sacó la verga del recto y embocándola junto a la de su hijo en la vagina, empujó. Ni en su más alocada fantasía, Elsa hubiera imaginado que sería penetrada por el sexo con dos vergas, y menos de ese tamaño y contextura. La conmoción que eso le producía era tal que sentía como la saliva la ahogaba y junto con los sollozos de su pecho, le producía hondas arcadas mientras que de sus ojos brotaban lágrimas que corrían por sus mejillas. Instintivamente, su cuerpo inició un intento de huída pero las fuertes manos de Ezequiel la sujetaron para que el padre terminara de inmovilizarla con sus manos por las caderas.

La masa inmensa de las dos vergas llenaba por completo el canal vaginal y la consecuente distensión muscular le provocaba dolores fortísimos, pero sobreponiéndose al sufrimiento, descubrió, allá en el fondo, el nacimiento de un nuevo tipo de placer. Inconscientemente, lo asoció con el masoquismo, ya que era la misma intensidad del dolor la que alimentaba esa nueva fuente de goce.

No era la primera vez que Oscar poseía a una mujer de esa forma y sabía que debía darle tiempo para reponerse del shock. Cuando verificó que todo su miembro acompañaba al de su hijo en el interior, se detuvo por un momento para que los músculos de Elsa fueran adaptándose a esa dilatación y al sentir como esta se relajaba de la crispación inicial al tiempo que les suplicaba que lo hiciera lentamente para no lastimarla, se dijo que ya estaba a punto e inició un lento movimiento hacia atrás y adelante que fue respondido por desgarradores bramidos en los que ella proclamaba su satisfacción con fervientes y repetidos asentimientos.

Prudentemente, los hombres habían sincronizado sus movimientos para que, cuando una verga salía, la otra se introducía, pero ante los imperiosos reclamos de mayor satisfacción por parte de la insaciable mujer, hicieron coincidir sus rempujones y los dos falos, convertidos en un monstruoso ariete, socavaron profundamente a Elsa.

Definitivamente, el intenso martirio que significara la introducción de los penes había devenido en la más extraordinaria sensación de placer como nunca antes hombre alguno le proporcionara y ajustando el ondular de su cuerpo a la cópula, fue comprobando como se gestaba en sus entrañas el advenimiento del orgasmo, por lo que, proclamándolo a voz en cuello al tiempo que los azuzaba insultándolos groseramente, experimentó la conmoción de una eyaculación cuya intensidad la dejaba sin aliento y, en tanto que sentía derramarse en su interior la cálida marea del esperma de ambos hombres, la magnitud del estallido de placer la sumió en la más deliciosa modorra.

 

 

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