Videoplay

Publicado en por rottenmind

 

Los ocho años de matrimonio habían hecho madurar a Analía, pero no parecían haber sucedido lo mismo con su marido que, casi diez años mayor, había modificado sus hábitos como si fuera un chiquilín.

Desde los primeros meses de casados, había tenido que soportar que este se reuniera los domingos por la tarde con sus amigos para ver en directo los partidos de fútbol, debiendo estar atenta a sus pedidos de gaseosas o aperitivos según la hora del partido pero, desde principios de aquel año, Lucas descubrió que podían jugar campeonatos de fútbol con la Play Station y adquiriendo esos programas y los controles necesarios, pasaban por lo menos cinco horas entretenidos de tal forma que, no siendo ya espectadores pasivos y sí jugadores activos, los abstraían de cualquier otra actividad, lo que de alguna manera la favorecía a ella que, ya liberada de servirles de mucama, se apartaba totalmente de ellos para dedicarse a sus cosas.

Aquella tarde estival, calurosa a pesar de la lluvia y como estaban particularmente bullangueros por la adquisición de un nuevo juego, se había metido en la piecita de atrás que, separada por un patio de la casa, servía de lavadero y cuarto de costura y planchado.

Inclinada sobre el canasto de plástico, estaba separando la ropa de color cuando sintió en su grupa la presencia insoslayable de una entrepierna masculina y un par de brazos la sujetaron los hombros para alzarla contra un pecho que, instantáneamente, se dio cuenta no era el de su marido. Todos sus sentidos se pusieron en alerta y ya iba a intentar una natural resistencia, cuando los fuertes brazos del hombre se pusieron en movimiento; el uno para taparle la boca con la mano y el otro atravesado sobre el pecho para asir apretadamente uno de sus senos.

Esa natural predisposición que tienen las mujeres para distinguir aromas, le hizo individualizar el particular perfume de Adrián, uno de los amigos de Lucas que, dos años mayor que ella, le hacía experimentar turbadores cosquilleos en el bajo vientre con sólo verlo.

No era que fuera una calentona, pero la rutina de los años había conducido al matrimonio a sostener una relación sexual mecanizada que dependía, casi siempre, de la predisposición cada día menos entusiasta de su marido. Ella comprendía que a los cuarenta y tres años, el ardor del hombre no podía ser necesariamente el de cuando se casaran, pero esa baja en el rendimiento sexual de Lucas coincidía con la exacerbación de sus deseos que, a los treinta y cinco años, se encontraban en la cúspide de su furor y se manifestaban en los violentos sofocones que la hacían sudar frío, obligándola a una autosatisfacción que no practicaba desde su lejana adolescencia y que, a pesar de conseguir eyacular, la dejaba con la amarga frustración de haber hecho algo sucio.

Todo eso cruzó por su mente en el instante de ser abrazada estrechamente por Adrián y, aunque un resto de recato la mandaba a ofrecer un poco de entusiasmo en su resistencia, sólo se limitó a refunfuñar una protesta bajo el apretón de la mano pero obedeciendo blandamente cuando el hombre la guió en los dos pasos que los separaban de la mesada.

Viendo que al parecer ella no iba a gritar, el corpulento joven sacó la mano de la boca para conducirla junto a la otra y entre las dos abrieron diestramente la botonadura de la solera para luego sacar a los senos de la prisión del corpiño. La boca golosa de Adrián desplegaba una batería de besos y lamidas por su nuca y cuello al tiempo que le murmuraba quedamente cuanto la deseaba y de qué forma era capaz de hacerla gozar.

Si bien no llegara al nivel de la promiscuidad, hasta los veintisiete años no se había privado sexualmente de nada y las sensaciones que colocaba en su cuerpo la fortaleza del hombre la retrotraían mentalmente a algunas de sus relaciones más profundas e intensas.

Seguramente, Adrián sabía que dispondrían de tiempo antes de que sus compañeros tomaran en cuenta que el había abandonado el cuarto porque no era su turno de jugar, ya que parecía no tener apuro alguno y sus manos se engolosinaban en los pechos de la mujer. Sin ser exuberante y gracias las dos horas diarias que dedicaba al gimnasio para tonificar su musculatura y descargar ansiedades, el cuerpo de Analía era realmente tentador y sus pechos una de sus rotundas virtudes.

De tamaño más que regular, se mantenían sólidos y sólo su peso les daba una comba natural en tanto que en su vértice, las dilatadas aureolas cubiertas de una fina capa granulosa daban sostén a los pezones que, oscuramente marrones, se alzaban con un grosor inusual. Mientras restregaba la entrepierna contra sus nalgas, la manos del hombre no se limitaban a una simple sobadura de los pechos sino que los dedos se clavaban rudamente en las carnes y ante un mimoso ronroneo de Analía, las tenazas de los dedos índice y pulgar de cada mano se dedicaron a encerrar entre ellos las mamas para iniciar un lento retorcimiento que, conforme ella arqueaba su cuerpo por el placer que eso le otorgaba, se vio complementado con el roce de las fuertes uñas que luego se clavaron profundamente en la carne, arrancándole un lastimero gemido que evidenciaba su satisfacción.

La mansa aceptación de la mujer, hizo ver al hombre que era el momento de realizar aquello por lo que había venido; bajándole la falda para que cayera a sus pies y en una primera demostración de violencia, destrozó de un tirón la débil tanga para dejar al descubierto la pujanza de los glúteos. Horas de gimnasio daban una consistencia extraordinaria a las nalgas que, libres absolutamente de estrías y celulitis, lucían su tersa protuberancia.

 Alucinado por la comprobación de lo que provocativamente prometían bajo las faldas pero sin dejar de cebarse en los senos con la mano, extrajo de la bragueta el falo amorcillado. Arreciando con los besos y chupones al cuello, condujo con la mano a la verga para recorrer la hendidura entre las nalgas hasta hacerla tomar contacto con el sexo y en ese momento, la hizo inclinar sobre la mesada para que la vulva se le ofreciera en plenitud.

Ya fuera por naturaleza o por la intensidad con que lo había trajinado en sus casi veinte años de sexo, el órgano se mostraba bastante más abultado de lo normal, aun en una mujer casada, pero esa protuberancia rojiza mantenía su raja prieta y sólo el agujero vaginal se esbozaba un poco dilatado. Hábilmente, el hombre condujo la verga como si fuera un pincel a lo largo del sexo para que ese frotamiento terminara por endurecerla y eso produjo en Analía una conmoción tal, que le pidió susurrante que la poseyera de una vez.

En parte porque aun no había adquirido la rigidez necesaria o porque quisiera sumirla en la desesperación antes de penetrarla, él siguió unos momentos más con aquellos enajenantes roces hasta que, flexionando las piernas para equiparar la diferencia de estatura, embocó la verga en la vagina y, muy lentamente, empujó.

Seguramente era por los años que llevaba conociendo un solo miembro o tal vez porque se hubiera acostumbrado a una paulatina degradación en el de su marido, pero lo cierto era que, ese falo que apenas atravesaba los esfínteres vaginales, ya la sumía en una desesperación inédita por el tamaño que presagiaba. Instintivamente y sin que el hombre se lo indicara, inclinó el torso para que este cupiera en el hueco de la pileta y asiéndose firmemente con las manos al juego de canillas, elevó aun más la grupa para acomodarse mejor y así recibir a la verga en toda su plenitud.

Aun así, el tronco que seguía al terso glande, superaba largamente a todo cuanto ella conociera y sentía, como si fuera una adolescente, que su roce iba lacerando y desgarrando los suaves tejidos del canal vaginal en una penetración tan honda que semejaba no tener fin. Sin proponérselo, bramaba reciamente con los dientes apretados y a pesar de eso, elevaba y meneaba la grupa como invitando a ser socavada aun más, ocasión que aprovechó Adrián para tomarla por las caderas y dando un empellón final, penetrarla hasta que la verga invadió al cuello uterino.

El dolor-goce era tan hondo que, cegada por él y el ansia desesperada de ser sometida aun más violentamente, abrió las piernas cuanto pudo y sacudió la pelvis con una vehemencia que sorprendió al amigo de su marido quien, tratando de complacerla, tomó una de sus piernas para elevarla hasta que la rodilla descansó sobre la mesada y con esa dilatación, la penetración se hizo total; como un martinete carneo, el falo entraba y salía con un ritmo enloquecedor al compás que marcaba la fortaleza del vaivén con los chasquidos de las pieles estrellándose sonoramente.

Analía anhelaba alcanzar un orgasmo que se correspondiera con tan magnífica cópula y entonces, poniendo todo el ardor de su entusiasmo, arengó al hombre para que la hiciera acabar de una vez, cosa que sucedió al cabo de unos minutos de tan satisfactorio coito y que en ella produjo esa mentada “pequeña muerte” del éxtasis final.

Casi metida por entero dentro de la pileta, acezaba quedamente mientras el hombre aun seguía traqueteando en la encharcada vagina y dejaba escapar un prematuro suspiro de alivio, cuando aquel retiró la verga del sexo, para, todavía chorreante de sus jugos, apoyarla contra el haz fruncido del ano. Incapaz de reaccionar, sintió como el inmenso falo separaba los esfínteres anales para ir adentrándose lentamente en la tripa.

Un resto de conciencia le hizo recordar donde se encontraba y a costa de un sollozó ahogado, reprimió el grito estentóreo que reclamaba su pecho y mordiéndose los labios, aguantó a pie firme la embestida del hombre. No era virgen analmente, pero tampoco una práctica que sostuviera muy seguido, a pesar de que ejercitarla le proporcionaba placeres tan profundos e intensos como los del sexo.

Normalmente, la distensión de esos músculos no le producía dolor alguno y la lisa superficie del recto aceptaba el deslizamiento de los miembros, pero aquí nuevamente imperó el tamaño desusado del de Adrián. Una especie de estilete pareció clavarse en el nacimiento de la espina dorsal para recorrerla eléctricamente hasta incrustarse en su nuca y desde allí, esparcir esa mezcla inefable de dolor-goce por su mente para luego descender hasta las mismas entrañas, círculo vicioso que fue repitiéndose cada vez que el hombre daba uno de esos fuertes empellones que llevaban a sus largos testículos a chocar contra el sexo inflamado.

Algo como un fuego la obnubilaba, pero conseguía discernir que junto a ese sufrimiento que la crispaba y le impedía proferir la menor queja, una chispa de goce se encendía para hacerle recuperar el placer del placer por el placer mismo; una fuerza animal y salvaje la hacía disfrutar de la monstruosa sodomía y entonces, sin siquiera tener conciencia de que lo hacía, animarse y exigir al hombre que la penetrara hasta acabarle dentro del recto.

Inclinándose sobre ella como un fauno mitológico, Adrián apresó los colgantes senos para utilizarlos como riendas y tomar el impulso final que lo llevaría a proclamar al advenimiento de su eyaculación que, cuando llegó, se descargó en tibios chorros espasmódicos dentro de la tripa.

Jadeante por la intensidad física y psicológica de esa cópula ansiada pero no requerida, se dejo estar un momento en esa posición con los ojos cerrados y cuando recuperó totalmente sus facultades, comprobó que el hombre, con el simple trámite de cerrar su bragueta, había dado por terminado el asunto y desparecido de su cercanía. Aun conmovida pero satisfecha, enjugó con una toalla su entrepierna y ano y rebuscando entre la ropa usada, encontró una bombacha lo suficientemente limpia para, tras ponérsela, con un hondo suspiro dichoso, poner en marcha el lavarropas mientras escuchaba desde la casa las risotadas y maldiciones de los hombres, absortos en sus infantiles juegos.

 

 

 

 

 

 

 

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