La Casa 2

Publicado en por rottenmind

Pasado el momento de la euforia inicial, emprende el camino de regreso y cuando llega al suelo escucha unos discretos aplausos. Dándose vuelta sorprendida, ve aproximarse a un hombre profundamente atractivo. Alto y atlético como un jugador de basquet vistiendo un pequeño pantaloncito fruto de un viejo jean cortado desprolijadamente, exhibe una blanca sonrisa en su rostro atezado rodeado de una amplia cabellera rubia que el sol nimba a sus espaldas.

Con una reverencia versallesca que, sin saber por qué le resulta ridícula, se presenta como Harry y, sin darle tiempo a reaccionar, le pregunta con sorna si su escultura le ha resultado divertida. Turbada como una chiquilla pillada en falta, trata de disculparse por su insolencia en jugar con una obra de arte pero él despeja su vergüenza restándole importancia a aquella actitud.

Tomándola de un brazo, la conduce a un rincón donde hay un techado parcial que protege sus herramientas. Asiéndola por la cintura, la alza como a una criatura y la sienta sobre el sólido banco de trabajo luego de lo cual saca un termo y dos tazas de una gaveta y, sirviendo el café caliente, propone un humorístico brindis por el encuentro.

Aunque la efervescente alegría de Brigitte no le ha permitido aburrirse desde que llegó a la casa, este gigantón le inspira tanta bonhomía, tanto optimismo que se siente contagiada por él e inmediatamente se trenza en una conversación banal, tal vez un poco estúpida pero que va elevando el espíritu un poco alicaído de Marcela.

Mientras el sol ha incrementado su fuerza y el calor le templa el cuerpo, ella va confiándole al gigante la tristeza que la ha invadido desde la muerte de su padre y por qué el arte se ha convertido en su única forma de expresión a falta de personas en las que volcarse en amor.

A medida que la confidencia crece en profundidad, Harry se ha ido aproximando a Marcela y esta siente que la fortaleza del cuerpo va transmitiéndole velados mensajes que su sensualidad decodifica encendiendo las adormiladas brasas de su vientre y el calor que emana de la piel del hombre, sumado al de los rayos del sol, comienzan a sumirla en una agobiante expectativa que trata de disimular en medio de  las carcajadas con que acoge las ocurrencias del americano.

Cuando él envuelve con las manos enormes su estrecha cintura, siente correr un estremecimiento a lo largo de todo el cuerpo y la risa se congela en su boca. Mirándolo dubitativamente con una media sonrisa, ve como aquel se inclina y posa, levemente, los labios en su boca entreabierta. Incapaz de defenderse y sin saber si realmente quiere hacerlo, deja que él siga adelante y sus labios responden maleables a la presión de la boca, aceptando el beso que, conforme los dos van incrementando su excitación, se hace más duro y las lenguas se desplazan, retrocediendo y avanzando de una boca a la otra como dos espadachines en combate.

En forma autónoma, sus manos se deslizan por el torso musculoso, acariciando y rasguñando tenuemente la fuerte piel cobriza hasta donde el breve short del hombre se lo permite y ella no se opone cuando aquel desliza los tiradores del carpintero, dejando su torso al descubierto. El tamaño de los pechos parecen enardecer al hombre, que incrementa la succión de su boca y las manos se apoderan de los senos, sobándolos con tierna solicitud.

Apoyando sus manos en el banco, se recuesta apoyada en los brazos tras empujar la cabeza del hombre hacia su pecho. Los senos, en gelatinosos estremecimientos se alzan oferentes a la boca del Harry que, sin hesitar, rodea a uno con su boca desmesuradamente abierta envolviendo al pezón y succionándolo apretada y suavemente, mientras su mano se dedica a estrujar entre los dedos al del otro seno en cadenciosos retorcimientos.

Aunque siente que todos sus órganos arden en llamas, todavía guarda cierta aprensión hacia el hombre, primero con el que tendría una verdadera relación sexual pero el contacto vigoroso de la boca apremiante sobre sus pechos la va sacando de quicio y, aferrándose a la cabeza de Harry, se deja caer sobre la superficie del banco.

Con sólo inclinarse un poco más, el hombre acompaña a su cuerpo sin despegar la boca de los senos y cuando Marcela comienza a dejar escapar sordos gemidos entre sus labios entreabiertos, él levanta sus piernas abiertas para apoyarlas sobre sus hombros y con las caderas alzadas, siente cuando él la despoja del carpintero.

Bajando nuevamente su cuerpo hasta el banco y abriéndole las piernas hacia los costados, él apoya la verga sobre la entrada a la vagina a la sazón repleta de jugos que rezuman entre los pliegues y presionando sin prisa y sin pausa, ella va sintiendo como el falo, muchísimo más grande que los artificiales del necesaire, va rompiendo todo a su paso.

Un dolor inmenso va subiendo desde su vientre y mientras siente como sus tejidos se desgarran y laceran por la dureza del roce, su pecho se cierra como falto de aire, boqueando ansiosamente por los hollares dilatados de la nariz y los dientes apretados contienen apenas el bramido que enronquece su garganta. Entonces sí, como un dulce bálsamo para su sufrimiento, cálidas oleadas de placer suplantan al dolor y mientras busca la boca del hombre con la suya, su pelvis comienza a ondular, estrellándose fuertemente contra la de él en un coito de inexplicable dulzura.

Envolviendo las piernas alrededor del cuerpo musculoso, arremete furiosamente hacia delante y mientras siente como el falo penetra más allá de su canal vaginal y unas súbitas ganas de orinar van carcomiendo su vejiga y riñones sin poderlas satisfacer, la plétora de mucosas que inundan su útero comienza a derramarse chasqueando ruidosamente al escapar entre las carnes que se estriegan y su pensamiento se oscurece con la llegada del orgasmo.

Flotando en la semi inconsciencia, nota como el hombre la estira a lo largo del banco y, ubicándose entre sus piernas, deja que su lengua enjugue la tibieza del flujo y los labios van sorbiéndolo al tiempo que succionan y acarician las carnes del sexo. Lentamente, vuelve a repechar la cuesta del deseo y su escalada le es tan grata que siente como cada intersticio de sus músculos da lugar a los tiernos arañazos del goce.

 Su boca deja escapar guturales gruñidos de satisfacción a la par que ya no sólo es la boca de Harry la que traquetea en su sexo sino  que dos dedos inmensos  se aventuran dentro de la vagina y, acompasándose al ritmo que imponen labios y lengua, van penetrándola mientras hurgan en su interior a la búsqueda de algo que resulta ser una pequeña dureza en la cara anterior  y que a su intenso roce va llevándola a un estado de angustia  indecible, y roncando ásperamente, siente como otra vez su vientre contiene el magma encendido del deseo insatisfecho.

Harry abandona el sexo y, haciéndola sentar, se acuesta boca arriba para incitarla a que, arrodillada, le chupe la verga todavía erecta.  Ella siente tanto deseo como él pero nunca en su vida lo ha hecho y aunque ya todas sus barreras morales han sido derribadas, ignora totalmente como hacerlo. Un poco asqueada, aproxima su boca al falo y la punta de su lengua lo lame. La lujuria de Arlete se hace presente y, sabia de toda sabiduría, se desliza hasta el nacimiento de los testículos y allí se regodea explorando su rugosa superficie de salinos humores.

Mientras los labios colaboran con la lengua sorbiéndolos, sus dedos aprisionan entre ellos la rígida barra de carne todavía húmeda por sus mucosas, deslizándose en un lento vaivén que la enardece tanto como al hombre. Sus labios van atrapando entre ellos la tersa superficie de la verga en suaves succiones y, alternándose con los dedos, va trepando por el tronco hasta llegar a la piel del prepucio, arremangado en el surco debajo del glande. En tanto que los dedos juguetean con la piel, sus labios y lengua se aplican en socavar a todo lo largo del surco en la zona de más alta sensibilidad que tiene un hombre con verdadera gula. Pero hay un reclamo aun más imperioso y la lengua va humedeciendo con su saliva la monda cabeza ovalada hasta que, luego de succionarla en menudos chupones, la introduce trabajosamente en la boca.

Elásticamente, sus mandíbulas se dilatan para dar cabida al grueso falo y, sintiéndolo profundamente en su interior, comienza a mover la cabeza en rítmico vaivén dejando que el filo de sus dientes, sin lastimar, agreda suavemente la piel del hombre. Los bramidos de este parecen inspirarla y dejando la verga de lado, se incorpora acaballándose sobre Harry, la guía con sus manos y se penetra con ella, iniciando una ágil jineteada al falo, sintiendo como este la atraviesa hasta bastante más allá de su vagina, golpeando duramente contra su matriz.

Con los ojos cerrados por el placer infinito del coito, la revolución hormonal que se desata en su interior la va ofuscando y en tanto que el hombre colabora en su galope desenfrenado elevando enérgicamente sus caderas, otra vez el ahogo de su pecho y la falta de aire le preanuncian el orgasmo y, mientras él se ensaña con sus senos estrujándolos brutalmente entre sus dedos, ella siente el derrame de su angustia casi junto a las primeras descargas seminales del hombre. Saliendo apresuradamente de él, su boca busca con angurria la testa del miembro al tiempo que sus dedos lo masturban con dureza, sorbiendo deleitada sus propios jugos y la melosa cremosidad espermática que deglute con la convicción de haber hallado un elixir de vida.

 Ya el sol va desatando todo el esplendor de la mañana, cuando ella vuelve a su dormitorio relajándose bajo la ducha refrescante y borrando de su cuerpo los restos de sudor, saliva y semen que acumulara en la espectacular cópula. Deslumbrada todavía con el descubrimiento de ese sexo heterosexual primerizo, se viste apresuradamente y baja al Estudio con una sensación de alivio como nunca experimentara.

A medida que Marcela va aclimatándose al lugar, la vida parece fluir de una manera más amable, y la misma Arlette, tan exigente con sus urgencias, se esfuma temporariamente de su posesión dejándola librada a sus propias decisiones.

Esta circunstancial libertad le deja más tiempo para dedicarse al estudio con mayor intensidad y su obra progresa para beneplácito de los compañeros y de su mentor. Las noches entran en una calma que beneficia a su cuerpo, aunque algunas veces es este el que, cebado en el juego del sexo, le reclama algún tipo de satisfacción que ella procura alcanzar con sus manos y el auxilio de los consoladores. Sólo en una noche en que una pesadilla de las que ya no creía depender más, conturba su ánimo de una forma tan angustiante que recurre a la complicidad de Ariman para satisfacer su histérica necesidad.

Acostumbrada ya al idioma cacofónico de la casa, adivina cuando alguna orgía o práctica sexual intensa se está desarrollando en su interior y escucha fascinada los susurrantes arrullos con que la casa canturrea, acunándolos como a pichones ahítos de alimento.

Va conociendo palmo a palmo los sombríos pasillos que le revelan los secretos de sus fantasmagóricos secretos. Gusta de aventurarse en sus soledades tratando de juzgar por la intensidad de las explosivas descargas y  los sonidos profundos del diapasón sonoro que la penetra enteramente, dentro de cuales cuartos alguien esta alimentando con su disfrute la macabra solidez de la casona.

En una de esas noches en que la casa parece querer desarmarse al estrépito de su estructura conmovida, descubre que, a través de una puerta secundaria de cristal, le es posible ver lo que sucede en el cuarto de Oksana, la bailarina exótica a la que casi no ha tenido oportunidad de conocer ya que sus áreas de estudio no coinciden para nada.

Antes que a la rusa, ve al inmenso zulú que, sentado sobre un alto taburete y rodeado de una verdadera batería de elementos nativos de percusión, con los ojos cerrados en inspirada ejecución, improvisa tan cadenciosos ritmos que el sonido sin melodía la invade hipnóticamente. Ese mismo efecto debe de influir sobre la rusa que, absolutamente desnuda, improvisa una danza de demencial plasticidad que parece consumirla.

La mujer la impacta por la perfección de sus formas. Mucho más alta de lo común, debe de exceder el metro ochenta pero sus formas generosas guardan tal armonía con el cuerpo que no permiten apreciar estos excesos. Los pechos se mantienen erguidos y levitan apenas al ritmo de la música. Su vientre chato y musculoso con una meseta pronunciada en su centro, deja ver la profundidad del surco que la media y la oquedad del ombligo para luego alzarse en el promontorio del Monte de Venus, libre de vellosidad alguna y sumirse en la monda elevación de la vulva. Las piernas, largas delgadas y torneadas como corresponde a toda bailarina, sustentan la inquietante redondez de los glúteos, firmes y contundentes.

Sobreponiéndose a la atracción que las formas ejercen sobre ella, se obliga a mirar la cara de la mujer y le parece estar contemplando a una Madonna lúbrica. De facciones típicamente eslavas, en el rostro ovalado se destaca la herida sangrante de la boca grande y carnosa que en su sonrisa extraviada, deja vislumbrar la afilada punta rosada de la lengua y luego, sus ojos. Sus ojos tienen todo el misterio de la tundra siberiana; glaucos casi hasta la blancura pero que expresan toda la ardiente pasión que la rusa pone en la danza. Toda esa equilibrada belleza se ve enmarcada por una profusa melena de ondulado cabello rojizo que, empapado por el sudor que cubre todo el cuerpo, se pega a este como viciosas serpientes deseosas de abrazarlo.

Al compás enloquecido de los tamboriles, su cuerpo elástico se ciñe, estira y salta en espasmódicas figuras que la llevan a ejecutar tanto complicados y peligrosos saltos en el aire, como a arrastrarse y revolcarse, revelando toda la lascivia impúdica de su verdadera personalidad.

Cuando finalmente y tras una serie de convulsivos movimientos queda tendida en el suelo respirando afanosamente por los hollares dilatados de la nariz estremeciéndose como si hubiese alcanzado un orgasmo, Hammall deja sus instrumentos y Marcela puede ver que él también está desnudo.

La ausencia de la música de los tamboriles es suplantada por el rumor enloquecido de la casa que, paulatinamente se ha acompasado a sus cadencias y ahora ocupa todo el ámbito sonoro con sus vibraciones. Hammall se aproxima a la desmadejada figura de la mujer y acuclillándose a su lado, comienza a mover sus manos en lentos círculos, como trazando en el aire invisibles figuras cabalísticas.

Con una de ellas oculta el rostro de Oksana, cuyos ojos abiertos se muestran cerrados al llegar la mano hasta su pecho y luego de que aquella subiera lentamente hacia la frente, vuelven a abrirse, pero con una expresión de perpleja hipnosis, como si la vida que se reflejara anteriormente en sus pupilas hubiese sido desplazada a planos inferiores de la conciencia.

Nuevamente el hombre empieza el trazado de sus círculos en caprichosas y onduladas formas y la piel transpirada de la rusa va adquiriendo una leve fosforescencia que destaca aun más su opulencia. Una de las manos se desplaza hasta cerca de los pies y los arabescos reducen su amplitud, haciendo que a su conjuro, cual si manejara los hilos invisibles de una marioneta la mujer comience a estremecer sus extremidades inferiores siguiendo el dibujo etéreo, encogiéndose hasta que los pies quedan junto a las nalgas, firmemente plantados en el piso.

La otra mano dibuja intrincadas formas sobre la cabeza y torso de Oksana y los brazos de esta llevan los manos hasta que toman contacto con la piel de los senos, deslizándose sobre la fina pátina de sudor en tiernas caricias que, conforme lo marca el ritmo de la del zulú, van convirtiéndose en sobamientos a la pulposa masa de músculos que devienen en frenéticos estrujamientos y feroces agresiones de las uñas a las dilatadas aureolas y a los erguidos pezones.

Con el sonido de los ahogados gemidos de la mujer como fondo, la danza de la mano que maneja los hilos de sus piernas la acerca hasta la pelvis y sus brincos saltarines provocan que las caderas de la mujer comiencen a alzarse en ondulantes remezones elevando su cuerpo hasta que, solamente apoyada en sus hombros y pies, Oksana semeja un arco de indecible vigor en la imitación de una coito singular y las manos abandonan sus pechos para hundirse en la depilada superficie de la entrepierna en eróticos movimientos macerando y penetrando su propio sexo y ano.

Con la vista clavada en la congelada contemplación de vaya a saberse que fantásticas imágenes, la mujer da rienda suelta a sus emociones y en medio de la incomprensible jerigonza de su idioma mezclada con los suspiros, gemidos y bramidos de placer, va alcanzando picos del más angustioso goce, masturbándose enloquecidamente y rasgando la piel de los pechos con sus uñas mientras que sus caderas se elevan hasta límites inimaginables con el cuerpo alzado en un triángulo de  estupenda belleza, solamente apoyada en la cabeza y la punta  de los pies.

Es entonces que Hammall, tomándola de las caderas y aliviando la presión que la posición ejerce sobre su nuca, emboca la punta del inmenso falo negro en su sexo y va penetrándola con mucha lentitud hasta que todo él se pierde dentro de ella, comenzando con un suave hamacar del cuerpo que va arrancando de la mujer jocundas exclamaciones de goce satisfecho en tanto que sus potentes piernas se envuelven a la zona lumbar del hombre, incrementando con sus flexiones la profundización de los embates del negro.

Luego de unos momentos de esta tan placentera como incómoda cópula y ya con la rusa en pleno dominio de sus facultades, el hombre la maneja físicamente con las manos hasta que la mujer queda arrodillada y, con el cuerpo apoyado en sus brazos la penetra desde atrás, provocando que ella estalle en gozosos ronroneos de satisfacción, hamacando su cuerpo para acompasarlo al ritmo de la penetración.

Marcela siente correr por  su cuerpo la excitación de ver a esas dos estupendas esculturas humanas debatiéndose en la más estética de las cópulas y su mano se dirige inconscientemente hacia su húmedo sexo, cuando ve como el zulú extrae el pene de la vagina y, chorreante de sus jugos como agente lubricante, lo apoya en la rosada apertura del ano  penetrándolo con violencia, lo que engendra un estridente grito en la bailarina y, contradictoriamente, un incremento en el hamacarse del cuerpo, feliz por la agresión masculina.

Manteniéndose apoyada sobre el codo de un solo brazo, dirige su mano a la vulva y mientras somete furiosamente su propio sexo, le suplica al hombre que no cese en la intrusión anal hasta hacerle alcanzar su orgasmo, cosa que finalmente consigue entre gritos de alegría que se entremezclan con el hipar que la violenta gimnasia pone en su pecho agitado y falto de aire.

Cuando Hammall comprueba que ella está totalmente satisfecha, retira la verga del ano y tomándola por los cabellos, lleva su boca a que la chupe, cosa que la pelirroja hace con una delectación incomparable, lamiendo y sorbiendo los jugos amargos de su recto, succionándola apretadamente, mientras la masturba con las dos manos hasta que, entre los ronquidos profundos del gigante de ébano, ella recibe en la lengua extendida un verdadero baño de esperma que en espasmódicos chorros se desparrama sobre su boca y rostro, escurriendo hasta la mandíbula para gotear profusamente sobre los pechos estremecidos.

Cuando Marcela regresa a su cuarto con la boca reseca y el vientre ardiendo, hace que Arimán la sojuzgue hasta que la satisfacción la sume en la inconsciencia. Aunque a la mañana siguiente y, como de costumbre, no queda en su cuerpo ni un solo vestigio de los mordiscos y arañazos del animal, le cuesta recuperarse y toda esa jornada la pasa en una destemplada turbación que hace inútiles sus empeños por trabajar con cierta aplicación. Aquella circunstancia la lleva a comprender la verdadera profundidad de la tiranía que Arlette ejerce sobre ella y que, si bien su fortaleza está en el dominio de su arte, ya sus emociones, necesidades y sentimientos no le pertenecen y sólo es un títere, tal como Oksana lo es de Hammall.

Unos días después y cuando tras colocarse el camisón, se dispone a acostarse, Brigitte entra como una tromba de alegre optimismo a la habitación y tomándola de la mano la arrastra con cómplices risitas hacia su cuarto. La  recargada decoración de la habitación  y hasta el artesonado cielo raso están cubiertos por vaporosas telas que en caprichosas ondulaciones retapizan artísticamente las paredes pintadas de un oscuro color borravino y una enorme cama  forrada en terciopelo rojo, con cuatro sólidas columnas profusamente trabajadas en complicadas volutas ocupa el centro de la atención.

La iluminación es provista por cantidad de cirios de distintos tamaños y grosores, que otorgan a las cosas una extraña tonalidad rojo-anaranjado haciéndoles perder precisión y profundidad, como si los rostros de angelotes, elfos y demonios que saturan los frisos y montantes del techo estuvieran suspendidos en medio de las penumbras y a la indecisa luz adquirieran expresiones de cínica movilidad.

Mientras ella observa con pasmada inmovilidad la sugerente sensualidad del cuarto, Brigitte ha puesto en marcha un invisible aparato que comienza a difundir las melosas notas de una música que, sin un género definido, va invadiendo todos sus sentidos acompañada del suave canturrear de la casa. Respondiendo al cadencioso ritmo, profundamente voluptuoso y concupiscente, la mulata se ha quitado la breve prenda que la cubría trepándose a la cama y, abrazada a una de las columnas, se estriega fuertemente contra ella infligiendo a su cuerpo la agresión de los salientes, imitando, mientras sube y baja cual una bailarina exótica, sostener un imaginario coito con la fálica madera.

Influenciada por sus propias necesidades, por cada una de las cosas que el cuarto le propone casi insidiosamente o seguramente por el todo que la obnubila y el reconocimiento que su parte Arlette ha hecho del cuarto, se acerca a la figura que la reclama desde la cama y, desprendiéndose del camisón, trepa junto a ella para aferrarse al madero con las dos manos pegada al cuerpo de la haitiana y mimetizándose, comienza a ondular a su mismo compás.

Marcela siente en lo más hondo de sus emociones que está repitiendo un ritual muchas veces consagrado y que el deseo y la excitación van desvaneciendo cualquier otra sensación. Suelta la columna abrazando al cuerpo de Brigitte y deja que las manos se muevan a su arbitrio. Estas acarician y estrujan amorosamente los senos de la mulata para luego dividirse, yendo una de ellas a excitar y someter las carnes del sexo mientras ella siente en el suyo el fuerte roce de los glúteos que restriega furiosamente, resbalando en el sudor que las va cubriendo.

Brigitte suelta imprevistamente la columna y, contorsionándose en la erótica danza, caen juntas sobre el oscuro forro de la cama. Revolviéndose contra ella, la mulata toma su rostro entre las manos y comienza a cubrir de menudos besos la boca entreabierta que, luego de aceptarlos pasivamente, va asumiendo la misma actitud y ambas picotean una en la otra en un mareante juego de indescriptible ternura.

Las manos no se dan descanso y tanto se hunden en las cabelleras, como se deslizan sobre las anfractuosidades del cuerpo hasta hacer que la angustia que han ido acumulando en sus vientres se manifieste en la voracidad de bocas y lenguas que se entreveran en una deslumbrante lucha en la cual no hay vencedora ni vencida y las dos, recíprocamente, se rinden a la tiranía de la otra.

Aunque ya hace dos meses que mantiene relaciones sexuales con la mulata, cada vez es como la primera. Un revolotear de tímidas avecillas espantadas se revuelven en su vientre y la boca se le seca por la ansiedad histérica, temerosa a la posesión.

La boca golosa de Brigitte se desprende de sus labios y se escurre a lo largo del cuello, besando, lamiendo y succionando suavemente las carnes. Lentamente va arribando a la colina de sus senos, la cual escala despaciosamente, lamiendo el sudor que las cubre y regocijándose en la granulada corona que orla sus aureolas hasta que la lengua tropieza con el endurecido pezón, tan hinchado que el menudo agujero mamario de su centro se destaca como un pequeño precipicio.

Azuzada por la urgencia que va invadiendo su vientre, la mulata se abalanza angurrienta sobre el seno fustigando duramente al pezón con su lengua tremolante y vibrátil que se agita con elasticidad de áspid. Marcela apresa su cabeza entre las manos y la aprieta contra sus pechos, ávida de que la mulata los posea y esta, sabedora de los gustos de Arlette, encierra a la protuberancia de la mama entre los labios y con fuertes y sonoras succiones la va excitando cada vez más mientras que los dedos rasguñan la arenosa aureola y se ceban con el filo de sus uñas en la carne trémula, clavándose profundamente, retorciéndolos sin piedad.

Con los ojos fijos en los pícaros querubes que la miran desde el techo de la habitación y le sonríen cómplices de su goce, clava los dedos en la excitante superficie aterciopelada e impulsa su cuerpo en un lento ondular que va cobrando mayor energía a medida que el calor de su vientre se acrecienta.

El ronroneo de su suave acezar ha alertado a la mulata que con perversa lentitud va dejando que su boca se deslice a lo largo del vientre, remoloneando en las oquedades en las que se acumula el sudor, sorbiéndolo con golosa fruición.

Con apremiante ansiedad, Marcela aguarda el momento tan ansiado en que la boca se unirá finalmente con su vulva, pero Brigitte va demorando su accionar y la lengua y labios se entretienen escarbando en las canaletas de la ingle, rozan apenas el vello púbico, que ahora recortado deja entrever la oscura herida del tajo del sexo y, con aleve morosidad, la lengua se aventura sobre las labios de la vulva que se entreabren en un movimiento de sístole-diástole casi siniestro.

Acomodándose arrodillada entre sus piernas, la haitiana las abre con sus manos y luego los dedos se dedican a acariciar de arriba abajo la vulva, provocando en Marcela un jadeo áspero y ansioso que ella acrecienta separando con dos dedos los ardorosos labios, dejando ver el rosado intenso de su interior y la punta de la lengua se agita tenuemente sobre los pliegues, aumentando la humedad natural con su fragante saliva.

Sorbiéndolos, sus labios van acercándose al sitio que para Marcela debiera refulgir como un sol, dado el intenso pulsar que ella siente allí. Removiendo dulcemente la piel que protege al clítoris, la lengua centra su accionar sobre este, que ya excitado, la aguarda con vehemencia. Mientras la lengua lame al diminuto pene, los labios van envolviéndolo y succionando suavemente, consiguiendo que vaya incrementando su tamaño y la pequeña punta ya se evidencia como el verdadero glande que es. Tan sensible como cualquier pene masculino, cuando los dientecillos de la morena comienzan con un tenue raer, Marcela siente algo muy semejante a la desesperación y en los riñones se instala un delicioso puñal que carcome su columna vertebral en cosquilleos de demencial dulzura.

Alejada de toda prudencia o prurito, aferra sus piernas por detrás de las rodillas y encogiéndolas, se hamaca en un vano coito al tiempo que le suplica a la mulata por mayor satisfacción. Entonces es que tres dedos de la fina mano de Brigitte se solazan por un momento en las carnosidades que orlan la entrada a la vagina y luego, casi como una travesura, van entrando en el tibio ámbito cavernoso, hurgando, escudriñando, rascando la anillada superficie de las espesas mucosas que la recubren, hiriendo la piel con el filo de las uñas.

El cuerpo ágil de la mulata se desplaza, quedando en forma invertida sobre Marcela y, con un hábil giro, consigue que esta quede sobre ella. De algún sitio misterioso y desconocido ha extraído dos consoladores similares en todo, textura, rigidez y tamaño, a verdaderos penes. Volviendo a posesionarse del sexo, la boca va esmerándose en recorrerlo en toda su extensión sin dejar pliegue ni hueco sin socavar y con suma lentitud, el miembro va penetrando la vagina de Marcela que, totalmente enardecida y ofuscada, se abraza a los muslos de la mulata y, tras hundir su boca en el sexo moreno, toma el consolador y ella también comienza a penetrar a Brigitte.

Las dos mujeres se abisman en un abrumador y desesperado coito. Mientras sus bocas más martirizan a los sexos y las manos se convierten en demoníacos émbolos que socavan duramente las carnes de la otra, sienten que esta tortura a la que se someten mutuamente las va elevando a planos desconocidos del placer y sus dientes se clavan desconsideramente en las carnes, mientras las uñas trazan sanguinolentas estrías en las delicadas pieles.

Gruñendo, gimiendo y bramando como dos bestias en celo, arremeten la una contra la otra sin tener verdadera noción de lo que hacen, sólo la mera obtención del placer más salvaje y animal. Repentinamente, con más intuición que conciencia, Marcela tiene la certeza de que alguien más esta en el cuarto y lo comprueba cuando dos fuertes manos la toman por las caderas para que una verga desmesurada la penetre violentamente.

Está a punto de revolverse con enojo pero las manos de la mulata aferrándose a su cintura se la impiden y entonces, al caer en cuenta de que quien la esta forzando es Harry, se relaja y disfruta de la intrusión, que es lenta, profunda y gratificante, como aquella mañana junto a la estructura.

Brigitte ha vuelto a la carga sobre su sexo, lamiendo y acariciándolo en aquellos lugares que la pelvis del hombre no alcanza a rozar y ella también, sintiendo la plenitud del falo llenando su vagina y la potencia viril del hombre contra las nalgas, toma el consolador y separando nuevamente las piernas de la morenita lo clava en su sexo hasta sentir golpear la carne contra sus dedos y la boca busca al clítoris de Brigitte, succionándolo con dulce violencia.

El norteamericano presiona con las manos en su espalda y al inclinarse, su grupa se alza facilitando la penetración del hombre que se ha acuclillado detrás suyo y en esa posición logra impulsarse con un vigor extraordinario, haciendo que la verga la socave profundamente, logrando que su cabeza golpee contra las paredes del útero lastimándola pero entregándole un placer proporcional a la intensidad del dolor.

Un sufrimiento gozoso va invadiéndola y su respuesta se refleja en la intensidad con que su boca flagela los tejidos delicados del sexo de la mulata y casi  con vindicativa saña, hunde profundamente el consolador dentro  de él, mientras siente que Brigitte hace lo mismo con su boca y sus dedos, succionando conjuntamente al pene y su sexo en tanto que los dedos se aventuran en su interior y lo penetran acompañando la intrusión de la verga, acariciando los doloridos esfínteres de la vagina que a su contacto, se dilatan complacidos.

Con sus riñones a punto de disolverse, siente que la marejada de sus jugos converge hacia el vientre y en medio de ahogados rugidos de satisfacción fluyen hacia su vagina y desde allí escurren la líquida manifestación del orgasmo.

El hombre ha tomado consciencia de eso y, aprovechando su temporario aturdimiento, saca el miembro de su sexo para apoyarlo sobre la fruncida entrada al ano y presionar sobre ella con todo el peso de su cuerpo contemplando como la verga monstruosa la penetra en toda su extensión. Aunque su ano no es virgen, nunca hubiera imaginado que en él pudiera alojarse tan tremenda barra de carne y que junto con ella, el dolor de los esfínteres destrozados la sumiera en tal desesperación. Bramando como una bestia, deja escapar insultos que desconocía saber y, mientras sus uñas se clavan en los glúteos de la mulata, su boca se sumerge entre los mojados pliegues aferrándolos con histéricos chupones entre sus labios.

Las lágrimas de dolor que brotan de sus ojos y que ruedan a empapar el sexo de Brigitte, van siendo suplantadas por unas ganar angustiosas de reír que el inmenso placer le provoca. Su cuerpo complacido vuelve a cobrar vida y su ondular se acompasa a la penetración del hombre mientras su mano vuelve a mover con perversa maldad el consolador en la vagina de la morena, quien con el sexo de ella libre del miembro masculino aloja su boca en él y cuando se da cuenta por sus gozosos ronroneos de la satisfacción que la sodomía le causa, comienza a introducir nuevamente el consolador dentro de la vagina.

Es tal la prudencia con que lo hace que Marcela no tiene cabal conciencia de ello hasta que gran parte de él se desliza en su interior. Incapaz de responder de otra manera, su boca y sus manos se esmeran ciegamente sobre el sexo de Brigitte y esta, introduciendo totalmente el consolador en la vagina inicia un vaivén que se acompasa al del hombre y así, con una doble penetración que jamás hubiese concebido en sus más alocadas fantasías, Marcela alcanza un segundo orgasmo.

En un despliegue de energía propio de un titán, Harry continúa penetrándola con la misma o más dureza que al principio y luego en medio de sus gemidos, con un bronco rugido satisfecho, saca la verga de su ano vaciando el esperma que brota en espesos chorros espasmódicos sobre su sexo y la mulata se extasía sorbiéndolo con verdadera gula.

Como si esa noche de desenfreno la potenciara intelectualmente, desde esa mañana se comienza a evidenciar en su comportamiento artístico un cambio. Es como si paulatinamente el poder que en ella ejerce Arlette completara la posesión total. Sus obras mantienen el espíritu, la esencia de lo que la distinguiera pero su trazo fino y minucioso se presta ahora para describir las escenas más oníricamente terribles que jamás hubiera imaginado concebir. La simbiosis o transferencia de Arlette la beneficia en diversos aspectos y sus trabajos, casi todos de una tan explícita descripción sexual que haría imposible su exhibición pública, poseen una belleza que subyuga a los demás becarios. Este sincretismo tiene su contrapartida por las noches. Aunque hay días en que Arlette parece llamarse a sosiego o directamente desaparece, casi todas las noches, cuando la autosatisfacción o el sexo de la mulata no la contentan, sale a recorrer los pasillos de la mansión y como un tigre al acecho, se desliza silenciosamente a la búsqueda de algo con qué saciar su voracidad sexual.

Esa noche el diapasón profundo del cello de Sing se expande en la oscuridad y parece incitarla a incrementar el afán de la búsqueda mientras la casa palpita como un corazón que bombea sordamente el paso de la sangre y todo; el aire, los objetos y las personas, absorben ese pulsar que conmueve las fibras más íntimas y coloca la angustia del deseo en lo más recóndito de los cuerpos. En un amplio salón, la música de címbalos y flautas coreada por profundos lamentos de saturnal aquellarre acompaña sin genero definido ese latido  e, inexorablemente va atrayéndola hacia el fondo del cuarto, donde iluminadas por las luces temblorosas de dos cirios gruesos como una pierna y cual un símil al culto orgíastico de Cibele pero sin la presencia perturbadora de los Coribantes, Liu se prodiga en el cuerpo yacente de Oksana sobre grandes almohadones de terciopelo y las ardorosas caricias tanto como los silenciosos besos con que sorbe la piel transpirada de la rusa provocan en aquella suspiros de satisfacción placentera mientras su cuerpo perfecto se contorsiona como en cámara lenta al ritmo cadencioso de las manos.

Obedeciendo al silencioso mandato del deseo, Marcela se aproxima a las mujeres y, cual si estuviera establecido, sin sorpresa y con delicados ademanes, estas le hacen le hacen un lugar entre las dos. Acezando quedamente entre sus labios enfebrecidos, no puede apartar su mirada de los glaucos ojos hipnóticamente atractivos de la rusa, en tanto siente como las delgadas manos de la china con levedad vaporosa van despojándola del camisón.

Como si la desnudez de su cuerpo ejerciera influencia sobre ella, la música, sin ser estruendosa ni aumentar perceptiblemente de volumen, parece infiltrarse por los poros incrementando su excitación y, sabiendo que su parte Arlette no es extraña a esa ceremonia, se deja estar con crispada expectativa. De alguna parte, Liu ha extraído una larga pluma de pájaro y con una tenue e irritante caricia, la va deslizando sobre toda su piel. Al percibir como esta se eriza y nerviosas contracciones responden a su paso, va concentrado su accionar sobre el torso.

Rodeando la redondez de los pechos agitados, la suavidad de la caricia la hace prorrumpir en mimosos ronroneos de placer y cuando la delicada punta plumosa roza las dilatadas aureolas tremolando con insistencia sobre el pezón, el ronco bramido del goce y la inconsciente apertura de las piernas llevan a que la china la deslice por el vientre conmovido hasta rozar las humedecidas pieles del sexo, deslizándose lentamente sobre ellas y haciendo que el órgano se dilate. Las puntas mojadas por su flujo escarban tenues sobre los plieguecillos interiores, rascando suavemente el interior del óvalo y la punta carnosa del clítoris para luego escurrir hasta la apertura pulsante de la vagina. Luego de someterla durante unos momentos hasta conseguir su mansa dilatación para que dos dedos la abran sin dificultad y, habiendo penetrado vibrante en la oscura caverna anillada, se desliza por el perineo, alojándose agitada sobre los esfínteres del ano al que va penetrando a medida que aquel cede complacido a la presión de la pluma.

La convulsionante caricia ha hecho que Marcela se recueste sobre el brazo derecho de Oksana quien la acoge con suavidad de almohada y mientras la china la martiriza deliciosamente, la boca alucinante de la rusa abreva en sus labios buscando ávidamente su lengua con la angurria de la suya mientras sus dedos soban y estrujan deliciosamente los senos estremecidos.

Ya la pluma ha abandonado el ano y son los dedos de Liu los que escarban delicadamente sobre sus pliegues barnizados con el flujo, retorciéndolos sin dolor pero consiguiendo que la sangre afluya y aumente su tamaño casi groseramente. Obtenido ese objetivo, es la lengua de la china la que se desliza vibrante como la de una sierpe por sobre ellos, refrescándolos con su saliva para luego, abriendo las aletas de los pliegues interiores, escarbar sobre el diminuto pero sensitivo agujero de la uretra, fustigar las carnosidades a la entrada de la vagina y luego subir hasta el capuchón de pieles que protegen al clítoris y allí azotar a este hasta verlo endurecerse dejando entrever la blancuzca punta del minúsculo glande.

Los besos y lengüetazos de la rusa la obnubilan y la boca se aferra a la de aquella como una ventosa, enfrentando a su lengua con lujuriosa lascivia. Lentamente, Oksana se va desprendiendo de sus manos y su lengua escurre a lo largo del cuello hasta encontrar las colinas trémulas de los senos. Larga dura y áspera, curvada como un gancho de plástica movilidad, la lengua flagela sus ya abultadas aureolas y se encarniza sobre el endurecido pezón mientras los labios comienzan a succionarlos con urgente  y malévola saña, dejando oscuros hematomas por la fuerza de los chupones.

Liu yo no se limita macerar su sexo con labios y lengua, sino que los dientes han acudido para auxiliarlos en la tarea de torturar las carnes y dos dedos se internan en afanosa búsqueda dentro de la vagina, rascando, acariciando y escudriñando a la búsqueda en la cara anterior de esa áspera callosidad que, incrementado su volumen ante la excitación, ejerce como disparador de las más enloquecedoras sensaciones de placer que anteceden a los orgasmos.

Su cuerpo se arquea ante la intensidad del reclamo de las entrañas y presiona la cabeza de Oksana contra sus pechos susurrándole que no cese en el sometimiento a los senos mientras siente como los dedos de Liu han sido reemplazados por algún fálico objeto cuya tersura y rigidez son extraordinarios y mientras los labios y dientes se dedican con especial ahínco en flagelar al clítoris, el falo la penetra profundamente en un enajenable vaivén.

Sin abandonar la maceración de los pechos, Oksana desliza una mano hacia sus nalgas y, penetrando la hendidura, aloja uno de sus dedos sobre la mojada superficie del fruncido ano. Presionándolo con firme delicadeza se desliza en el interior del recto y, ante el complacido suspiro de Marcela, introduce otro dedo más acompasando la penetración a la del falo y la boca de Liu, sojuzgándola hasta que sus gritos estridentes por el arribo de la marea líquida del orgasmo le dicen que la satisfacción la ha alcanzado.

Al salir del marasmo en que el alivio la ha sumergido, se encuentra en brazos de las mujeres que, alternativamente la van acariciando y besando para hacerla reaccionar. Conseguido su objetivo, se turnan para besarla y mientras su cuerpo va reaccionando nuevamente a los estímulos, la china introduce en su boca la boquilla de una larga y fina pipa curvada que la incita a sorber. Cuando el delicado humo del opio penetra sus pulmones, sin perder la conciencia se va hundiendo en una densa bruma morada que incrementa la sensibilidad de todos sus sentidos, sintiendo como la excitación la invade y, tal si estuviera suspendida en una altura que la convirtiera en espectadora de sí misma, se ve incitando a las otras mujeres.

Como si lo hicieran sobre las vaporosas colinas de una nube, las tres ruedan sobre los mullidos almohadones estrechamente abrazadas en un amasijo de brazos, manos, bocas y piernas, abrevando cada una de las oquedades y rendijas que las otras le proponen, hasta que como si formara parte de un estudiado ballet, con regular simetría, forman un alucinante triángulo en cuyos vértices las bocas encuentran  el sitio adecuado y los desmedidos falos artificiales se hunden en cópulas de indecible satisfacción dentro de los cuerpos.

La sinfonía de los instrumentos invisibles, sumados a los enloquecidos traqueteos de la casa golpeando puertas y ventanas estrepitosamente en tanto su voz grave de mujer en celo acuna con su canto a los habitantes parece estar llegando un punto culminante de paroxismo y cuando las mujeres han alcanzado sobradamente sus respectivos orgasmos y van por más, como respondiendo a un inaudible clamor, Hammall y Sing se incorporan al grupo.

El gigantesco negro toma a Marcela por los cabellos y, obligándola a arrodillarse, introduce en su boca la punta de la verga. Con la boca aun llena por las mucosas líquidas del sexo de la china trata de dar cabida en la boca al miembro del negro pero su tamaño es tal que, aun a riesgo de dislocarse la mandíbula, sólo puede introducirlo un poco más allá de la cabeza.

Fuera por el tamaño enloquecedor de la verga, por la inefable excitación a que la han llevado las mujeres o como resultado de la droga, su boca no acierta como contentar al hombre y contentarse. Con desesperación, la lengua fustiga al enorme glande y, mojándolas con su saliva, sus manos se aplican a masturbar al grueso tronco al que no alcanzan a rodear totalmente.

Los labios ciñen la ovalada cabeza y, ayudados por la abundante saliva que llena su boca se obliga a succionarla, logrando que, muy lentamente, los músculos de la boca se distiendan y permitan el ingreso de la verga. Alienada por la vista de tan fascinante pene negro, adecua el ritmo de la succión al hamacarse del cuerpo del africano e imprimiendo al vaivén de sus manos mayor energía y rotación, consigue que el falo adquiera una dureza notable y cuando presionado fuertemente su cabeza contra el sexo, Hammall envara su cuerpo, recibe en el fondo de la garganta una catarata de fragante y meloso esperma que tiene que deglutir para no ahogarse.

Aun está sofocada por la abundancia del semen cuando el negro la toma de las caderas y manejándola como a una muñeca, dejándola apoyada solamente en los hombros, dobla su cuerpo hasta que las rodillas tocan sus orejas y sus genitales quedan expuestos horizontalmente. Acuclillado frente a su torso vertical, Hammall hunde su boca en el sexo y la succión adquiere dimensiones épicas. La lengua azota duramente al clítoris y, alternativamente, se desliza hasta la dilatada entrada a la vagina o merodea por los frunces del ano mientras las poderosas manos soban y retuercen con placentero sufrimiento los senos y especialmente los pezones.

Ya la conciencia de Marcela no cuestiona lo promiscuo de tan indescriptible placer. Su cuerpo parece un laboratorio dedicado a producir una cantidad incalificable de nuevas secreciones que instalan placeres inéditos en su mente embotada por la abundancia del goce. Mientras el negro instala el dedo pulgar en la excitación del clítoris y la lengua envarada entra en toda su extensión en la vagina o en el ano, ella ve como Sing posee a Oksana que está ahorcajada sobre él y Liu la penetra a su vez por el ano con un falo de cristal.

Cuando considera que ya está bien, el negro se incorpora y, presionando con el falo sobre los esfínteres del ano que, a pesar de su dilatación se niegan a semejante intrusión, lentamente lo introduce en toda su fabulosa dimensión. El dolor es tan intenso que ya el grito en que se abre su boca ha perdido sonido y es un graznido con que expresa el sufrimiento de esa penetración y a su vez, el goce indescriptible que se instala en su mente y en la entrepierna, convoca a las fierecillas del orgasmo para que destrocen con sus garras las entrañas y la suman en la marea aliviadora de sus jugos.

Como si formara parte de la iniciación a un rito sacrílego, tanto las mujeres como los hombres se turnan, poseyéndola ininterrumpidamente, individual y colectivamente, hasta que la profusión de los orgasmos y la intensidad de las emociones, le hacen perder el control y se hunde la dulce nube de la inconsciencia.

Tarde en la mañana, Arimán le despierta con sus juguetones lengüetazos a la espesa capa de salivas, semen y sudor que la cubren para descubrir que estaba en su propia cama pero su cuerpo entero late por la intensidad descontrolada del sexo.

Comprendiendo que la invasión de Arlette ya es casi total y no pudiendo rebelarse a ella, deja fluir su personalidad a través del trabajo y se ve recompensada por la admiración de todos ante el realismo y calidad de sus nuevas imágenes. Estos son tan emocionalmente concupiscentes, reflejando con tan crudo verismo escenas explícitas de sexo que, en su último trabajo y como si su realización formara parte de una cópula monstruosa, al dar la última pincelada ha caído de rodillas ante la tela para masturbarse incontinente hasta eyacular su histeria frente a todos.

Alternando su prolífica producción - que en suma es sólo el reflejo de lo que protagoniza por la noche - con las alucinantes posesiones a que se entrega complacida, participa con verdadero deleite en ese maratón saturnal de vicio y sexo.  Marcela-Arlette ha aceptado con total naturalidad experimentar nuevas drogas y ha sacado de todas ellas tanto beneficio sexual que no le ha importado ser sometida alternativa o grupalmente por mujeres y hombres, obteniendo sus mejores orgasmos al someter y torturar sádicamente a la delicada Liu.

Sólo por unos momentos de la mañana, Arlette la libera de su yugo y es entonces que, al descender por la larga escalera hacia la Escuela y volver su mirada, encuentra que la casa ya ha adquirido el esplendor que debiera haber tenido cuando nueva y, al verse reflejada en los cristales el Instituto, su rostro macilento le confirma que su belleza agostada es la que ha contribuido al renacimiento de la mansión. Sin embargo, al trasponer la entrada, la posesión se hace total y se dirige a su aula con el mismo entusiasmo que ocho meses atrás.

Faltando sólo una semana para que termine el curso, especula cual será la calificación que le otorgará finalmente Higgins y si tendrá oportunidad de seguir en el Instituto. Cierta mañana, este la cita a su despacho y le manifiesta su alegría por la libertad con que ha expresado su nuevo desarrollo creativo y, confirmándole la permanencia junto a él, la premia con una de sus escasas sonrisas.

Palmeándole cálidamente las manos, le dice que su reconocimiento por ese año de iniciación pero prolífico en nuevas experiencias, se verá plasmado eternamente en un retrato que él realizará personalmente.

Indicándole que se coloque un lujoso traje del siglo dieciocho, la hace sentar en un fastuoso sillón muy parecido a un trono e indicándole cierta posición, comienza a elaborar su retrato. A medida que transcurre el tiempo y el pintor va plasmando su figura sobre la tela, se va produciendo una situación misteriosamente mágica; Marcela siente que, además de Arlette hay alguna otra mujer que la posee, quizás la verdadera dueña de aquel traje y que la invade lentamente con su lujuria.

A partir de un momento determinado, siente sobre su piel cada uno de los trazos del pincel de Higgins y su dureza o grosor van despertando tales sensaciones de lubrica impudicia en su mente y cuerpo que, lentamente, como si la ahogara, comienza a sacarse el vestido. Emergiendo entre las puntillas y lazos en toda la magnifica desnudez de su cuerpo y, desprendiéndose totalmente de la prenda, a la sola orden mental de Higgins que la mira fijamente, va adoptando las poses más obscenas cual si exhibirse tan impúdicamente fuera una meta vital, masturbándose lascivamente con invitadora entrega al hombre.

Con una sonrisa mefistofélica en sus labios y los ojos encendidos como carbunclos, Higgins arremete con los pinceles sobre la tela y entonces las cerdas parecen penetrar la misma región que dibujan, deslizándose agudamente entre los músculos y las entrañas, provocando en la muchacha las más dispares sensaciones que alternan lo excelso con lo espantoso.

Cuando Marcela se revuelca en el asiento en las más terroríficas contorsiones y con los ojos vueltos deja escapar sonidos salvajes de animal en celo mientras de su boca abierta chorrea una espesa baba que escurre hasta los senos, Higgins abandona la paleta y desnudándose, se aproxima a la joven que ante su presencia se acurruca, crispada y con los dientes exhibidos en una mueca amenazante como la de un animal amenazado.

El hombre extiende una de sus manos y el sibilante graznido que brota de la boca de Marcela se convierte en un susurro de mimosa complacencia y cual un gatito mimoso, se distiende espatarrada en el sillón. La boca de Higgins se apodera de sus labios con poderosas succiones y la lengua va penetrando y recorriéndola hasta el último rincón. Marcela ha recuperado la conciencia pero no el dominio de sus acciones y, desesperadamente, empuja la cabeza del hombre hacia abajo.

Complaciéndola, el hombre se dedica a chupar sus largos pezones sin ningún prolegómeno y la muchacha siente como de los hinchados pechos converge a ellos la insólitamente inédita efusión espesa y caliente de una leche que rezuma abundante de las mamas y que es sorbida con fruición por Higgings. Mientras él sorbe con deleite los pechos, una de sus manos se desliza hacia su entrepierna y allí macera con verdadera maestría al clítoris, lo que provoca maldiciones groseras en la joven, alentándolo y exigiéndole que la excite aun más.

Marcela sabe que no es ella la que alienta de esa manera al hombre pero el placer que este le proporciona es tan gratamente intenso que se une al clamor y goza inmensamente, con las piernas abiertas enganchas a los trabajados brazos del sillón y sacudiendo descontroladamente la pelvis. Viendo lo enardecida que está, el hombre se arrodilla frente suyo y, abriendo brutalmente con ambas manos su sexo, deja expuesta la rojiza carne del óvalo. Una lengua que parece crecer conforme él la sacude como un látigo con vibrantes trallazos, se abate sobre los retorcidos pliegues azotando dolorosamente al erguido clítoris.

Obnubilada por tanto goce junto, Marcela se aferra a sus cabellos estrellando la boca contra el sexo y él aprisiona al clítoris entre los labios, sacudiendo la cabeza hacia los lados y enardeciéndola aun más. Cuando los gritos de histérica angustia enronquecen su garganta, él muerde con sus dientes afilados al ya grueso triángulo carneo y en violentos remezones, tira de él como si pretendiera arrancarlo a la par que dos dedos penetran en la vagina y la someten a un remedo de coito que la conduce finalmente a la efusión generosa de las fragantes mucosas vaginales.

Con una mezcla de espanto y alegre reconocimiento, Marcela ve como la lengua de Higgins adquiere la misma apariencia que la de la mujer onírica que la invadiera en su primera noche y fijando su mirada en los ojos brillantes del hombre, vuelve a sumergirse en el tiovivo abisal de imágenes, confrontando la realidad de que, todos aquellos con quienes a tenido sexo se amalgaman en este mismo ser diabólico que la está sometiendo. Abriendo aun más sus piernas, incita al hombre a poseerla. La lengua monstruosa suplanta a los dedos y nuevamente siente aquella sensación inefablemente placentera de las aviesas puntas explorando hasta el último rincón de sus entrañas mientras un dedo pulgar restriega furiosamente al clítoris y otro se hunde profundamente en el ano, sodomizándola.

Acezando fuertemente y con el vientre estremecido por violentos espasmos y contracciones que hacen manar sus líquidos, Marcela espera con ansias contenidas la arremetida final del hombre quien, levantándola del sillón como si fuera una pluma, ocupa su lugar y haciéndola pararse de espaldas a él, conduce su cuerpo para que, flexionando las piernas, se penetre con el príapo que, inmenso, la intrusa hasta que la abultada cabeza se estrella sobre las mucosas del endometrio raspando rudamente al útero.

Semejante barra de carne excede las sensaciones a las que está acostumbrada y mientras de sus ojos brotan espontáneamente las lagrimas, el goce del dolor la invade e inicia una cabalgata a la verga que la enajena totalmente. Su cuerpo transpira profusamente mientras las manos del hombre asiendo los senos resbalan sobre ella y las uñas dejan sangrantes estrías que, sin embargo, la excitan.

Se siente transportada a un mundo donde sólo encuentra placer y satisfacción a través del dolor y ese falo inmenso es la herramienta monstruosa que le permitirá acceder finalmente al mejor goce jamás experimentado. Saliendo del hombre, se para de frente a él con los pies sobre el asiento del sillón y aferrada al respaldo, va dejándose caer hasta que su sexo toma contacto con el pene. Guiándola hábilmente, él emboca la punta del falo sobre los apretados esfínteres del ano y ella, como si se ofreciera en sacrifico, pone todo el peso de su cuerpo en la lenta penetración que sacude hasta las fibras más insensibles de su cuerpo. Bramando por el sufrimiento y el placer, desciende hasta que sus nalgas rozan los muslos de Higgins y el falo soberbio se desliza gratamente por su recto convirtiendo a la jineteada fálica en una fuente de placeres ni siquiera sospechados.

Ella alcanza nuevamente su orgasmo pero influenciada por la maravillosa lubricidad del hombre y su, al parecer, inagotable energía, galopa entusiasta la verga asiendo entre sus dedos los pezones de los senos que se sacuden arbitrariamente al ritmo  de sus flexiones, estirándolos con saña, hasta que él la detiene y saliendo de ella, la hace colocar arrodillada en el asiento. Asida a los brazos del sillón, eleva su grupa y él la penetra nuevamente por el sexo. Marcela vuelve a sentir que aun hay partes del canal vaginal que no fueron sido laceradas y cómo la rigidez del falo excita a esa pequeña nuez que incrementa su pasión e imprimiendo a su cuerpo un

lento hamacarse que se acompasa al vaivén del hombre, lo incita para que eyacule dentro de ella.

Este la toma por las caderas aumentando el furor de los remezones, provocando al estrellarse el sonoro chasquido de las carnes mojadas de sudor y flujo. Mientras Marcela solloza por el placer que el hombre le esta dando y el alivio de sus jugos diluyéndose en el más feliz orgasmo, siente derramarse en su interior y directamente en el útero, la descarga seminal que, como ninguna, es ardorosamente caliente.

Con la cara surcada por las lágrimas que se abren paso entre el pastiche de sudor y baba que brota de la boca entreabierta por la intensidad del goce, percibe la extraña carcajada del hombre y cuando da vuelta la cabeza aun con una sonrisa bobalicona dibujándose en el rostro, ve con espanto que el hombre ya no es el atildado y enteco Higgins, sino que ha devenido en un ser monstruosamente musculoso y peludo. El rostro se ha transformado en el de un macho cabrío de ojos cárdenos y de la verga, roja, afilada y chorreante que surge entre las piernas peludas, aun manan hilos de un semen azul que gotea sobre sus nalgas.

La vista del ser diabólico parece devolverle totalmente la conciencia y empujándolo, huye del despacho sombrío en medio del eco de sus burlonas carcajadas. Resbalando sobre el sudor que chorrea desde su cuerpo desnudo hasta los pies, cruza los vacíos pasillos de la Escuela y sube a trompicones la enlosada escalera que la lleva a la casa, la cual parece estar festejando la saturnal cópula y luce brillantemente hermosa a la luz de la luna sobre la colina. El abrasador fuego del vientre se expande como algo palpable a todo su cuerpo y el pulsar corpóreo de una misteriosa presencia en el útero la convence de que ha sido preñada por el Demonio mismo y mientras sube a los saltos los anchos escalones, recuerda la profecía de que el Anti-Cristo será concebido en el cuerpo de una mujer virgen y en una noche de luna llena. La tétrica fosforescencia de la casa y el tenue canto de cuna que murmura, le dan la certeza de que, desde el mismo momento de obtener la beca ha sido la víctima propiciatoria de aquel ritual.

Ya no es la alegre muchachita de la plaza San Martín. Un algo malévolo la lleva rebelarse de semejante imposición y, decidida a cobrar venganza de todos aquellos que contribuyeron a su destrucción como persona convirtiéndola en un espécimen despreciable al servicio del placer, rodea la casa que parece recibirla con la más melodiosa de sus voces subyugantes y del cuarto de la calefacción retira dos grandes bidones llenos de gas-oil.

Dificultosamente los lleva hacia el porche y, abriendo el primero, deja que se derrame sobre las losetas de la escalera que, como una verdadera canaleta conduce el combustible hacia la Escuela. En tanto se escurre el líquido, corre hacia la cocina y retorna con una caja de fósforos. Encendiendo uno, lo aproxima al combustible y un raudo pájaro de fuego vuela rumbo al Instituto estallando en una bola de fuego que lo envuelve por entero en su deflagración.

Arrastra al otro bidón dentro del gran vestíbulo y rocía con meticulosidad las escaleras, los muebles, los tapices y las alfombras, retrocediendo hacia la entrada y dejando detrás un hilo de gas-oil. Llegada al porche e iluminada por las fantásticas llamas del voraz incendio, enciende otro fósforo, cuando las tablas del piso saltan por los aires y una cantidad innumerable de brazos se agitan a su alrededor en medio de un clamoroso lamento de voces angustiadas. Varias esqueléticas manos se aferran a sus piernas y en el intento desesperado por liberarse vuelca el resto del combustible a su alrededor y el fósforo, cayendo al suelo, hace que la casa entera arda como yesca en un instante.

Ya en la madrugada y luego que los bomberos terminan de sofocar los últimos vestigios de ese incendio sin precedentes en Inverness, al penetrar en las ruinas, contemplan horrorizados una inmensa aglomeración de huesos humanos que, de estar alzada, colmaría sobradamente la capacidad de la centenaria casa.

 

 

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