Veraneo impensado

Publicado en por rottenmind

 

A pesar de la arena fina, el mar calmo y la casi ausencia de viento, esa playa no termina de conformar a Candela, pero la proximidad con el chalet que alquilan la hace la única opción sin necesidad de trasladarse varios kilómetros y resignada, pasea su mirada por el conglomerado de gente que, con su bullicio, altera la paz anhelada cuando la eligieran para pasar las vacaciones.

Disgustada por la bullanguera mediocridad que la rodea, sus ojos finalmente recalan en una sombrilla que se encuentras a no más de cinco metros, para observar que bajo ella se cobija una mujer de más o menos su edad y que refleja en su rostro un fastidio semejante; ella no es proclive a entablar nuevas amistades, pero la fineza en los rasgos de esa mujer que sin ser una hermosura resultan atractivos, le hace pensar que tal vez consiga hacer más entretenidos loS quince días que restan.

Para no hacer evidente su intención, saca el atado de cigarrillos y fingiendo no encontrar el encendedor, se acerca a la sombrilla para pedirle fuego a la mujer que, sí está fumando; aparentemente sus modales o aspecto no disgustan a esta que, amablemente le alcanza el suyo para que lo encienda y espontáneamente, mientras ella lo hace, le pregunta si hace mucho que están en esa playa.

Envalentonada por esa cuasi invitación, se sienta en la lona a su lado y en tanto le cuenta donde viven y el disgusto que le causa esa multitud no prevista, va observando a la mujer; mucho mas linda de lo que aparentaba a la sombra y la distancia, realmente parece no superar en mucho los treinta y cinco años de ella y el cuerpo estilizado pero no flaco, excede a la bikini en los sitios indicados, pero lo que la seduce de ella es su conversación fluida y educada.

Con esa facilidad que tienen las mujeres para entablar una conversación de la nada, rápidamente entran en confianza y así como Violeta le cuenta que en realidad no está casada con Claudio pero convive con él desde hace cinco años, ella le confiesa que su unión con Matías tampoco está bendecida por la ley ni la iglesia pero que son felices en esa especie de soltería compartida.

Sintiéndose una isla en medio del turbión de la multitud, se distraen compartiendo detalles de su vida; el trabajo, el hogar y como lógica consecuencia en toda conversación femenina, las “virtudes” de sus maridos en la cama hasta confesarse mutuamente las extravagancias en que han caído con ellos, admitiendo jocosamente que con muchísimo agrado; poco más de una hora ha sido suficiente como para que se conozcan como hermanas y es entonces cuando Claudio hace su aparición.

El aspecto del hombre y su estatura parecen confirmar la plenitud satisfecha de su nueva amiga y al acercarse para darle un beso de presentación en la mejilla, percibe como una especie de magnetismo que la atrae y la hace bajar turbada la cabeza; disimulando su inquietud, aprovecha la proximidad de Matías que vuelve del mar para acercarlo y presentarle a la pareja.

En esa simbiosis que suele darse entre desconocidos, los cuatro parecen encajar en todo y transcurrida la mañana, Claudio los invita a almorzar con ellos en su casa; después que ellas se refrescan con una rápida ducha y mientras los hombres hacen lo  mismo, las dos se encargan de preparar una fresca ensalada para que cuando ellos vuelven al living comedor, los jugosos bifes ya están a punto.

Los hombres también han coincidido como ellas en similares gustos y costumbres y al poco rato no sólo están conversando animadamente de los temas más diversos sino que, como si se conociera íntimamente de antaño, gastan bromas íntimas que, de no ser tan liberales en sus costumbres, avergonzarían a otras mujeres ante esos tan nuevos como extraños amigos; Candela no es una pacata ni mucho menos, más bien es un poco”sucia” y pervertida pero en la intimidad de una cama y sin embargo, siente un poco de inquietud por ese clima un tanto licencioso que se ha establecido entre las dos parejas.

Terminada la comida, los hombres deciden echarse una siesta y después de lavar juntas los escasos platos y cubiertos, se dirigen con sendos cafés en sus manos al living y sentándose en un sillón de dos cuerpos, Violeta encauza la charla nuevamente hacia el sexo pero esta vez hay una intencionalidad en sus referencias que la pone incómoda.

Tratando de superar ese tipo de conversación, Candela se va por las ramas y cuando termina el café, se inclina para dejarlo en la mesa ratona que tienen enfrente provocando que la otra mujer haga lo mismo y con las caras tan próximas que Candela percibe el calor de su piel, Violeta se endereza despaciosamente mientras la mano que sostenía la taza se apoya negligentemente en su rodilla; repentinamente cobra conciencia de que el matrimonio ha propiciado ese encuentro a solas entre las dos mujeres e intenta ensayar una protesta, pero la mano de Violeta sigue trepando por el muslo al tiempo que le susurra que no estropee la magia de aquel momento.

Si lo que la mujer define como magia es excitación, no está desacertada, ya que a su pesar, Candela siente que los dedos acariciándole el muslo, llevan a sus entrañas un extraño escozor y a su mente las más locas ideas sobre el lesbianismo. Tartamudeando una deshilvanada protesta sobre su no inclinación a la homosexualidad, se siente idiota al comportarse como si fuera una adolescente cuando sabe que a su edad, muchas mujeres han vivido esa experiencia.

Como mesmerizada, no puede despegar los ojos de esa mirada sensualmente cautivante y en la medida que ella se inclina hacia atrás, Violeta la imita con la cara tan próxima que la ardiente fragancia de su aliento impregna su  pituitaria y la mano que se escurre por el muslo alcanza la bombacha de la bikini; detenida por el ángulo entre el brazo y el respaldo del asiento, ve  al rostro arrebolado de la mujer acercarse al suyo y para su espanto, siente a un decidido dedo mayor vulnerar el  elástico de la prenda para luego deslizarse suavemente sobre la vulva.

Aunque le cueste admitirlo, siente que la calentura rebasa su prudente temperancia y aunque de su boca surjan balbucientes protestas, el deseo la imposibilita físicamente para evitar el contacto y cuando la lengua tremolante de Violeta roza sus labios entreabiertos con su húmeda punta, algo así como un suspiro entrecortado brota espontáneamente de su pecho agitado y simultáneamente experimenta la exquisita caricia del dedo a lo largo de la raja.

Susurrando un repetida negativa pretende evadir la boca de Violeta pero esta la sujeta por la nuca con la mano izquierda mientras los labios maleables chupan a los suyos en brevísimos besos y ante su movimiento procurando cruzar las piernas, el índice de la mujer acompaña al mayor y juntos presionan contra el refuerzo del slip para hundirse en la vulva restregando imperiosos el interior.

Ya le es imposible resistirse físicamente al acoso de la mujer y por otra parte, lo que hace con los dedos en su sexo parece poner en marcha un mecanismo perverso por el que el placer reemplaza al pudor; los pechos plenos de Violeta rozan los suyos e inclinando la cabeza, la mujer abre la boca para alojarla sobre sus labios separados en la suspirada protesta; suavemente las bocas se conectan y cuando Violeta encaja la suya en un perfecto ensamble e inicia la succión del beso, en forma instintiva, inconscientemente, le responde en un angustioso chupeteo.

Nunca ha besado a otra mujer y en su fuero interno suponía que hacerlo le provocaría repulsión; sin embargo, tal vez por la delicada prepotencia de la lengua y los labios, esa magia mencionada por Violeta parece funcionar, ya que los besos la conmueven gratamente mientras que la fricción del áspero refuerzo verdaderamente la enardece; diciéndose que a su edad ya puede permitírselo todo, deja de debatirse para enviar su lengua a buscar la de la mujer y en tanto le aferra la cabeza con ambas manos, separa notablemente las piernas en clara demostración de su entrega.

Mezclando a los delicados pero profundos besos incoherentes palabras de contento, Violeta ya ha metido la mano desde el vientre por debajo de la prenda y los dedos hurgan curiosos en la mojada rendija sobre los fruncidos tejidos de los labios menores, provocando en Candela un angustioso anhelo que se traduce en la forma en que la sujeta por la cabeza y la desesperación que pone en el besar y que la hace resollar fuertemente por la nariz al tiempo que su pelvis se sacude involuntariamente en simulado coito.

Su actitud cambia radicalmente y lo que antes fuera una implorante negativa, es ahora un ansioso asentimiento por el que manifiesta su entrega total y la suplicante exigencia de que la lleve a conocer las mieles del sexo lésbico; decidida a complacerla y tal como acostumbran hacer con su marido en circunstancias similares provocadas por ellos mismos, Violeta deja los labios temblorosos por al excitación y bajando a lo largo del cuello en menudos besos que alterna con urticantes caricias de la lengua tremolante, busca en las oquedades que dejan las clavículas restos de sudores acumulados.

Atenta al acezar de Candela que bombea sacudiéndole el pecho, la boca arriba a esa región pectoral que muestra bajo la tersura de la piel los anchos escalones del esternón y que ahora cubre el sarpullido ruboroso de la excitación; refrescándola con la saliva que la lengua deja a su paso, se desliza hacia las estribaciones de esa ladera pulposa, pero su paso encuentra el impedimento del corpiño.

Convocando a la mano que restriega deliciosamente al sexo, suelta el gancho que sujeta la prenda a la espalda y que la misma Candela se encarga de sacar por la cabeza; aunque el corpiño no dejaba mucho librado a la imaginación, la vista de los maduros senos seduce a la otra mujer que, fascinada por el gelatinoso oscilar, encuentra el espectáculo imprevisible del vértice.

Es que realmente el tamaño de las aureolas excede a lo normal y, de un intenso amarronado, las coronan  notables quistes sebáceos que, desde los bordes van disminuyendo en tamaño hasta el nacimiento de los pezones cuya apariencia merece un capitulo aparte; largos y gruesos, su contorno esta cubierto de finísimas arrugas y la punta afilada es de un profundo tono rosáceo.

Labios y lengua reinician entonces un embriagador periplo que, en círculos concéntricos va recorriendo toda la amplia superficie del seno, desde los toboganes superiores hasta la pesada comba sobre el abdomen; morosamente, los labios chupetean las carnes dejando círculos rosáceos por la succión que la lengua se encarga de disolver con su suave estimulación; en sus casi treinta y seis años, centenares de veces le han chupado los senos pero nunca de una manera tan sensualmente delicada y hundiendo los dedos en la espesa cabellera recortada, Candela la acaricia con frenesí mientras murmura el placer que experimenta.

Eso parece inspirar a la otra mujer, que acicatea los gránulos de la aureola con la punta afilada de la lengua en tanto sus finas uñas recortadas rascan tenuemente a los del otro pezón; Candela ya da libre expansión al disfrute y al tiempo que estira las manos para sobar reciamente las espaldas de su ahora amante, deja escapar ayes de puro goce entremezclados con reprimidas risitas de contento.

Esa dicha parece llegar a su punto culminante cuando Violeta encierra entre los labios los pezones para comenzar a chuparlos en ruda mamada en tanto índice y pulgar de su mano restriegan tiernamente al otro; Candela no sólo no puede creer como está disfrutando de aquello tan simple que otra mujer convierte en un hecho de deslumbrante placer, sino que se sorprende a sí misma exhortándola a que la haga acabar haciéndole sexo oral.

Violeta no piensa hacérsela tan fácil y decidida a llevarla a extremos que la pobre mujer ni debe imaginar, combina el trabajo de los labios con al aplicación de los dientes rastrillando la corrugada piel y al tiempo que lo estira como si quisiera comprobar su elasticidad, la uña del pulgar se hunde en la estremecida carne del otro pezón; los gemidos de Candela van cobrando otra expresión y en tanto le reclama roncamente la minetta, empuja iracunda su cabeza hacia abajo.

Dando expansión a su propia calentura, Violeta  se instala arrodillada entre sus piernas y luego de desatar las finas tiras que sujetan desde las caderas al casi inexistente triangulito, se arroba contemplando la belleza de ese sexo que por su apariencia no parece pertenecer a una mujer de su edad, ya que, absolutamente depilado y no demasiado abultado, posee una suave curva infantil que preside la rendija apenas visible;

 Fascinada por ese contrasentido y viendo cómo Candela parece alentarla al abrir sus piernas encogidas para sostenerlas con sus manos hasta casi los hombros, se inclina sobre el vientre y su lengua inicia un moroso recorrido por la pequeña comba del bajo vientre, resbala en el  declive que la conduce a un apenas esbozado Monte de Venus para buscar luego tomar contacto con ese tierno triángulo carneo que se sume en la rendija.

Y ahí deviene la segunda incongruencia, ya que al separar con los pulgares los bordes intensamente rosados de la raja, una especie de alud se produce ante sus ojos, ya que una catarata de pálidos y fruncidos tejidos como sutiles corales, se despliega para mostrarle la profunda oquedad de un óvalo nacarado en el que divisa un inusualmente dilatado agujero de la uretra.

La sorda voz urgida de Candela quiebra ese sortilegio y haciendo vibrar la lengua tremolante, la lleva al interior del hueco; después de recorrerlo en todo el perímetro, la alucina el agujerito y afilando aun más la punta, lo estimula reciamente hasta lograr que se introduzca un poco en el cañito del pis del cual percibe sus acres sabores, escuchando satisfecha como la mujer la incita a chuparla aun con mayor vigor.

La frondosidad excepcional de los labios menores realmente exacerba la lascivia de Violeta y envolviéndolos con los labios como si fueran exquisitos bocados, los lame y succiona apretadamente, llenándose la boca con ellos: De esa manera, recorre lentamente la vulva desde la parte inferior hasta donde el clítoris ya no es un mero triangulito desmayado sino que se yergue enhiesto elevando al capuchón epidérmico que lo cubre; su aspecto le resulta tan atractivo a la mujer que, tras fustigarlo con la lengua con azotes que lo vapulean de un lado al otro, lo introduce a la boca para comenzar a succionarlo en apretados chupones.

La que fuera virgen lésbica, ya no disimula la satisfacción que le da sentir esa boca haciendo maravillas en su sexo y soltando las piernas, apoya los pies sobre el asiento y con la piernas flexionadas, se da envión para proyectar su pelvis contra la boca que la está conduciendo hacia dimensiones desconocidas del goce; sus manos se apoderan de los gelatinosos senos que zangolotean sobre el pecho y en tanto siente como la esbelta mujer, mientras  intensifica el vigor de las chupadas, introduce dos dedos a la vagina y encorvándolos, rastrilla la cara anterior a la búsqueda de punto G.

Sólo una mujer puede hacerle eso a otra con tal precisión y en los lugares exactos que los hombres desconocen absolutamente y en tanto se atraganta con el borbollón de palabras apasionadas que brotan de su pecho mezclándose con la saliva que le inunda la boca, flagela sus propios senos con violentos tirones de los dedos al pezón; creyendo que ha llegado la hora, Violeta la acomoda a lo largo del sillón para luego tenderse invertida sobre ella.

Emocionada por la perspectiva de hacer un sesenta y nueve con una mujer y ansiosa por tener ante sus ojos un sexo femenino, se acomoda mejor entre las rodillas que Violeta ha colocado junto a su cintura y cuando aquella hace descender la entrepierna, su aspecto general la obnubila, ya que en oposición a la suya, la vulva muestra un todo ennegrecido e hinchada como la comba de una mano masculina, exhibe el costurón de los labios mayores entreabiertos que dejan aflorar los bordes arrepollados del interior; en la parte inferior una cavernosa boca latente le marca la entrada a la vagina y después de un largo perineo, se destaca la negritud de un ano cuyo centro se hunde en la oscuridad de la tripa entre las dos pasmosas nalgas.

Violeta le encoge las piernas para engancharlas debajo de sus axilas y con toda la oferente zona venérea a su disposición, busca con la lengua tomar contacto con el rosáceo manojo de musculitos anales a los que estimula suavemente con la punta; contradictoriamente con la mayoría de las mujeres que tienen a menos la sodomía, después de probar en esos veinte años todo tipo de penetración y medios de satisfacerse, ha concluido que el sexo anal bien hecho la conduce rápidamente al clímax más intenso.

El suave meneo de su pelvis le dice a la otra mujer de su excitación y en tanto siente como la lengua de Candela  explora curiosa a lo largo de la vulva, combina los escarceos de la lengua con intensas succiones de los labios, degustando las deliciosamente acres mucosas intestinales; la sometida al deslumbrante chupeteo, no puede dar crédito a la belleza de un sexo femenino y en tanto abre con los dedos los gruesos labios mayores, encuentra debajo dos largas y carnosas crestas onduladas que en su parte inferior dejan ver unos elásticos lóbulos henchidos de sangre.

En la parte superior y pujando debajo de una remangada capucha, alcanza a divisar la puntiaguda cabeza del clítoris oculta por una membrana traslucida y casi sobre sus ojos, los humedecidos tejidos una vagina ampliamente dilatada parecen reclamar su boca, pero siguiendo el ejemplo de su  mentora, eleva la cabeza para que la lengua extendida tome contacto con la insondable oscuridad anal; aunque a su marido y a su pedido, suele satisfacerlo con semejantes chupadas para luego hacerlo acabar masajeándole la próstata, el hacérselo a una mujer cobra una sensualidad distinta, ya que en oposición a los traseros masculinos, de piel oscurecida y frecuentemente peludos, las opulentas nalgas de Violeta custodian una profunda hendidura en cuyo fondo terso se aloja la oquedad anal.

Buscando con la lengua flameante a los largo del surco, alcanza por fin los esfínteres que, aunque naturalmente ceñidos, se dilatan complacidos ante la incitación y cuando ella aplica los labios como una lábil ventosa y comienza un tierno mamar, siente que su nueva amante reemplaza a la boca por un dedo al que va introduciendo lentamente al recto; nunca imagino que estaría haciendo eso y menos aun que el hacérselo recíprocamente con otra mujer le aportara semejante goce.

Rodeando el muslo de la pierna levantada con el brazo, alcanza con la mano el mismo lugar y combinándolo con el tremolar de la lengua, va metiendo al ano su curvado dedo mayor; juntas están gozando de esa mínima sodomía y mientras envían las lenguas sobre los disímiles perineos, proclaman su jubilosa satisfacción por lo que se están haciendo; alentándose una a la otra, incrementan la sodomía agregando otro dedo y por unos momentos se extasían penetrándose hasta que Violeta, sin dejar de someterla, lleva la lengua a explorar el contorno de la vagina.

Embriagada por tanta felicidad, Candela la imita pero no se detiene en ese punto, sino que hostiga primero a los colgantes lóbulos para luego trepar a lo largo de las fruncidas líneas paralelas a la que somete como lo hiciera Violeta con las suyas a hondas mascaduras incruentas por las que las estriega con la lengua contra el filo romo de los dientes para después tirar de ellas hasta el límite; a partir de ese momento se sucede una serie de reciprocidades en las que ambas parecen competir por superar a la otra en la satisfacción y así llegan a los ya erectos e inflamados clítoris a quienes se dedican a succionar  como verdaderos penes en tanto que, sin cejar en las sodomías, los dedos de la otra mano van introduciéndose a las vaginas en  fantásticas masturbaciones.

Enardecidas, estrechamente fundidas una en la otra, van rodando lentamente hasta cambiar de posición, mientras de sus pechos surgen auténticos bramidos y ambas se agitan convulsivamente, pero en ese momento Candela siente que los dedos de su amante son desplazados por una mano y sobre el ano dilatado se apoya la tiesura de una verga.

Indudablemente se trata de uno de sus dos maridos, pero inmovilizada por la sorpresa,  no atina sino a hundir aun más al clítoris en su boca esperando la embestida del hombre; por su posición, Violeta no  debe ignorar  de quien se trata pero redobla como ella el vigor de la minetta y entonces Candela comienza a experimentar el clásico dolor-goce que antecede a sus más exquisitas sensaciones.

No sólo por el tamaño sino también por la técnica que utiliza se trata indudablemente de Claudio, ya que ese pene supera no sólo en tamaño sino en forma al de su marido y, pasado el terrible momento de la dilatación brutal de los musculitos, al ir penetrándola comienza a disfrutar como siempre de una espléndida sodomía que va haciéndosele cada vez más grata a causa del trabajo que hace Violeta en su clítoris y los dedos sometiendo a la vagina; la sensación inédita de ser sodomizada mientras otra persona le hace sexo oral y la masturba le es tan gozosa que casi iracunda, hunde la boca para macerar y chupar con frenesí al sexo de su amiga.

Durante unos minutos se enfrascan en esa sensacional cópula e ensimismada en la placentera ocupación de chupar intensamente al magnifico clítoris de Violeta, no cobra conciencia de que Matías se instala arrodillado frente a ella hasta que este la aferra por los cabellos para levantarle la cabeza e intenta introducir a su boca la rigidez del falo; es tanto el placer que viene obteniendo del matrimonio desde sus iniciales escarceos con la mujer que sinceramente había olvidado la presencia de su marido, pero ahora se da cuenta que su intervención viene a completar un círculo vicioso del que no desea salir jamás.

Asiendo a esa verga familiar, la alza para alojar en su base la lengua tremolante y exacerbada por lo que el matrimonio le hace, lame con gula las rugosidades de los testículos para después ir ascendiendo a lo largo del tronco, tratando de abarcar con los labios succionantes al falo de costado; la urge el acompasado vaivén con que Claudio la sodomiza y la crispa el jugueteo de boca y dedos de Violeta en el sexo y, aunque sabe que tanto ella como sus amantes alcanzaran su satisfacción antes de que Matías pueda volcar en su boca la delicia del esperma, sube rápidamente hacia la testa para introducirla vehemente a su boca y rodeándola con los labios prensiles, inicia una felación de la que tiene acostumbrado a su marido.

Como es habitual en esa posición, Matías la aferra con ambas manos por la cabeza mientras ejecuta un vaivén similar al que el otro hombre hace en su ano y, utilizando su boca como una vagina, comienza un cadencioso ir y venir que acaba por enloquecerla y como consecuencia de la fenomenal mamada, descarga en los dedos y boca de la mujer la cálida marea de su eyaculación mientras recibe en la tripa los espasmódicos chorros de semen de Claudio.

 

Durante un rato los cuatro permanecen desmadejados sobre el asiento pero no sumidos en la modorra post coito acostumbrada, sino que así, entreverados, se preguntan recíprocamente unos a otros si la han pasado bien y qué de esa cópula los satisficiera más; en un tono íntimo y mimoso en el que menudean las caricias como confirmación a su complacencia, cada uno admite cuánto le placiera someter o ser sometida para, finalmente y de la mano de Claudio, dirigirse al dormitorio donde los cuatro ocupan la amplísima cama.

Sin un plan establecido pero dejándose llevar por el deseo, los matrimonios intercambian pareja y así, mientras Claudio y Candela comienzan una franeleo donde se besan con gula mientras él soba los senos de la muchacha, esta pierde sus manos en la entrepierna para sobar los testículos y la verga todavía tumefacta; en consonancia, Violeta besa lujuriosa a Matías al tiempo que él juguetea con sus dedos en la vulva todavía húmeda por los jugos y la saliva de su mujer.

Poco a poco las parejas incrementan su calentura y la profundidad de sus actos hasta que, como si lo hubieran ensayado, mientras Matías hace sexo oral a Violeta, esta somete a las delicias de su boca el sexo de Candela y esta chupa con tierna solicitud al miembro de Claudio; el primer contacto visual y  manual con la verga del marido de su ahora amante, le confirma lo que supusiera al sentirlo en su tripa, ya que excede en mucho lo imaginado, lo que también reafirma su capacidad de distender o contraer los músculos vaginales a su antojo, adaptándose automáticamente a cualquier cosa que la penetre, disfrutando hasta de lo más pequeño o soportando el tamaño más exagerado con placer.

El falo de Claudio sobrepasa largamente los escasos veinte centímetros del de su marido pero la forma es lo más atrayente, ya que curvado como una banana, posee un pequeño glande descubierto y sin prepucio, que después del surco en su base comienza a ensancharse hasta alcanzar fácilmente seis centímetros o más en el nacimiento y el tronco está cubierto de venas y anfractuosidades que lo hacen más deseable todavía; castigándose a sí misma, decide prolongar el momento, y haciéndole separar una pierna alzada al hombre, escarba con la lengua desde los testículos en dirección al ano y la celeridad conque él separa los cachetes con sus manos, le dice que es uno de aquellos que disfrutan con el sexo anal.

Poniendo su mejor esfuerzo, instala la lengua sobre un ano que está tan prolijamente depilado como el de una mujer, lo que la hace elucubrar perversas ideas para lo futuro pero ahora incita tremolante a los esfínteres que van cediendo blandamente a sus exigencias hasta conseguir que la punta afilada penetre al recto casi un centímetro, con lo que logra hacer estallar en roncas alabanzas al hombre sobre su habilidad y cuando ella reemplaza la lengua por la punta ovalada del dedo mayor para ir introduciéndolo despaciosamente a la tripa, le pide que se lo haga mientras le chupa la verga.

Al levantar la cabeza para buscar al pequeño glande, alcanza a divisar como Violeta está en semejante tarea con su marido, pero ilusionada con contener semejante aparato dentro de su boca, fustiga reciamente a la cabecita para, lerdamente abrir los labios e introduciéndola en la boca, comienza una succión por la que ciñe y suelta alternativamente al falo a la par que cada vez la mete más profundamente; ella misma no puede dar crédito por como se dislocan sus mandíbulas para permitirle introducir tal  portento entre los labios, pero de a poco, lubricándolo con la abundancia de su saliva, siente que conseguirá su objetivo cuando la nariz roza la peluda mata de vello púbico.

Sabiendo lo poco que le falta, evita la arcada que despierta la punta del falo rozando la glotis y en tanto termina de introducir el largo dedo al recto, inicia un delicado vaivén que se acompasa con el de su boca, chupando y soltando  al falo en medio de recias mamadas; Candela ansía probar esa leche que el hombre derramara inútilmente en su tripa pero otro deseo la supera e incorporándose, se acaballa sobre la entrepierna de Claudio para estregar su sexo humedecido con la puntita del glande y flexionando sus rodillas, se eleva para dejarse caer con todo el peso del su cuerpo puesto en ese empuje.

La verga es verdaderamente descomunal y descubre con sorpresa que, a pesar de su edad y de ese don de dilatación que tiene, esta raspa reciamente la delicada piel, provocándole dolorosas laceraciones que la crispan pero a todo eso lo supera la pasión; bramando de sufrimiento y placer, se empuja hasta sentir su vulva abierta frotar los enrulados pelos y asiéndole las manos con los dedos cruzados como en una oración, se sostiene y da impulso para iniciar un moroso galope que, en la medida que sus carnes se adaptan al monstruoso falo, va cobrando velocidad.

Después de unos minutos en la exquisita jineteada, suelta las manos de Claudio para inclinarse hacia atrás hasta que, con las manos apoyadas en las piernas abiertas del hombre, se da envión adelante y atrás para que poderosa verga se deslice gratamente en el sexo, mientras ve desde esa posición, que su marido esta penetrando a la otra mujer desde atrás por la vagina mientras, inclinado sobre ella, estruja los senos colgantes y mortifica sus pezones en dolorosos retorcimientos; exacerbada por el espectáculo, gira sobre sí misma con el falo como eje en su interior y acuclillándose, flexiona aun más las piernas y sujeta a las rodillas, sube y baja a un ritmo alucinante, sintiendo como la verga entra y sale cono un ariete carneo y cerca ya del alivio, siente en el ano introducirse un grueso pulgar de Claudio que la sodomiza fuertemente.

Sabiendo por sus bramidos que él esta tan cerca de acabar como ella, incrementa el galope hasta que, desesperada de gula y ansias, sale del falo para darse vuelta y, abalanzándose sobre la entrepierna, va succionando y masturbándolo hasta que, junto a  la marejada que se derrama por su sexo, el almendrado elixir levemente salado llena la boca y en tanto lo deglute saboreándolo, ve como su marido se agota en los últimos remezones del coito, volcando su simiente en el útero  de Violeta.

Cayendo de costado, siente pesados los párpados y ganada por el agotamiento se sume en una neblina rojiza que se transforma en oscuro sopor en el que su mente revive cada uno de los actos que protagonizara con la mujer y el hombre y así transcurre un tiempo sin tiempo; por ahí, hundida en la modorra de la siesta, percibe unos labios recorriendo su hombro mientras unos dedos recorren amorosamente la parte baja del vientre.

Mimosa, expresa su agrado en un susurro apagado que sin embargo parece dar a quien la incita un consentimiento que lo anima a proseguir y en tanto siente a la boca escalar por su cuello para buscar sus labios entreabiertos, los dedos ya han asumido la tarea de resbalar sobre la superficie húmeda de la vulva para presionar delicadamente en procura del caldeado interior; no tiene ninguna duda que se trata de Violeta por la suave consistencia de los labios y la finura de los dedos que hurgan en su sexo.

Acuciada por un nuevo deseo de tener sexo con la mujer, y sin abrir los ojos, busca con una mano la nuca de Violeta y abriendo la boca para dejar salir a la lengua tremolante, se traba en lucha con la de la mujer al tiempo que esta se dedica a macerar entre dos dedos al clítoris; rápidamente las dos entran en una incontinenta excitación que lleva a Candela a menear ansiosa la pelvis cuando los dedos de su amante se introducen a la vagina en deliciosos rascados a la piel todavía mojada por las mucosas del orgasmo y en ese momento que ella apreciaba como el prólogo para un nuevo acople lésbico, con malévola picardía, Violeta le sugiera que por qué no hacen jugar a los muchachos.

A ella no le queda muy en claro aquello de hacerlos jugar pero siguiendo las musitadas instrucciones de la mujer, reacomoda el cuerpo de Claudio para acercarlo hacia el de su marido;  diciéndole que la imite en todo, se sitúa en la entrepierna de Matías y poniendo entre sus labios la floja morcilla de la verga, comienza a chuparla delicadamente mientras dos dedos se escurren hacia la hendidura entre los  glúteos  y allí estimula  al ano; sabiendo que su marido no sólo es sensible a eso sin que le encanta ser sodomizado de esa forma, hace lo propio con Claudio, observando como aquel reacciona prontamente a las caricias.

Por lo gruñidos y voes de contento, ella comprende que la mentado machismo en un a fachada de los hombre para someter a las mujeres, ya que siguiendo el ejemplo visual que le da Violeta, chupa con entusiasmo la verga prodigiosa que ya recobra parte de su tamaño y va agregando otro dedo al ano en medió de agradecidos asentimientos del hombre, en tanto escucha a su marido proclamar su contento por la sodomía de la mujer.

Comprendiendo que el perverso objetivo es hacer que sus maridos tengan una relación homosexual, se excita con la sola idea y en conjunto con su amante van acercándolos hasta que sus bocas están próximas a los falos; tomando al falo de Matías, lo arrima a la cabeza de Claudio que ha colocado sobre sus muslos y con un pequeño envión, lo hace rozar el terso glande con la boca sin detener la sodomía de los dedos a Matías.

Para su sorpresa, este parece encantado por la boca del otro hombre en su verga y cuando ella procede de la misma manera que Violeta, acepta la presión del falo contra sus labios; aun sin despegar los párpados y como si aquello les fuera habitual, los hombres llevan sus manos a asir los muslos del otro y terminando de alojar las vergas en sus bocas, se entregan a un lento pero apasionado sesenta y nueve masculino.

Aparentemente ese es el momento de dejarlos solos y haciéndole señas que se retire junto con ella, Violeta la conduce a un sillón individual que hay en el cuarto y haciéndola sentar atravesada en su falda, le sugiere con voz enronquecida por la pasión que se satisfaga observando a dos hombres poseerse carnalmente; Candela nunca ha visto a dos homosexuales en acción y, aunque ciertos “gustos” de su marido siempre la hicieron desconfiar de su hombría absoluta, nunca imaginó que lo tendría ante sus ojos haciéndole una felación a otro.

Aun admitiendo que ella había procedido de la misma forma cuando Violeta la avanzó y se había entregado a esa relación lésbica con verdadero desenfreno y gusto, le cuesta admitir que hombres aparentemente tan machos, se satisfagan de esa manera; insidiosamente, Violeta desliza en su oído lubricas frases relacionadas con lo sexual y las tendencias naturales del hombre y la mujer a dejar aflorar su porcentaje de homosexualidad y haciéndole recordar la agradabilísima manera en que la despertara, comienza a acariciar sus piernas casi con reluctantes gestos.

A pesar de que a sus años la vida sexual ya no tiene secretos para ella, Candela no puede apartar los ojos de esos dos vigorosos hombres que se someten mutuamente a una profundamente habilidosa felación mutua en tanto  las manos poderosas que ella gozara en sus carnes, recorren voraces los musculosos cuerpos, pero las manos y la boca de Violeta la distraíen agradablemente de ese espectáculo, besándole el cuello con avaricia al tiempo que sus manos mortifican con grandiosos apretones y estrujamientos sus senos; el almizcle a salvajina que exudan las dos se mezcla con los aromas de sus jugos íntimos, el semen y la transpiración que en distintos grados cubre sus cuerpos desde hace rato.

Esos perfumes a hembra encelada las ciega de deseo y en tanto, Violeta lleva sus manos a explorar la entrepierna en exquisitos refregones al interior de la vulva, ella se prende con ansia de bebé hambriento a la mama de su amante en tanto sus dedos ciñen apretadamente al otro pezón; olvidada por un momento de los hombres y sintiendo los dedos de la esbelta mujer rebuscando en la caliginosa superficie del canal vaginal, pone su mejor empeñó y en tanto apresa con los dientes la mama para estirarla hasta el límite del grito en Violeta, pone a funcionar la tenaza de sus dedos clavando las uñas en la carne sufrida del otro pezón.

Como poseídas, se sumen en un vórtice de placer que las enajena hasta que Violeta la llama a la realidad, señalándole a sus maridos que ya no se encuentran empeñados  en satisfacerse recíprocamente en el sesenta y nueve, sino que Matías se ha colocado en”cucharita” detrás de Claudio y al tiempo que lo estrecha con un brazo para besar apasionadamente su nuca, va introduciendo despaciosamente su verga en el ano, arrancando en ese nuevo amante un gruñido dolorido que la penetración va convirtiendo en bramido.

Esa contemplación seduce a las mujeres, que ven como Claudio acentúa la posición casi fetal para permitir a Matías poseerlo con más comodidad y entonces, este se aplica con vehemencia en una sodomía que arranca en el otro hombre urgentes pedidos de mayor actividad; paulatinamente Claudio va modificando su postura  y poco a poco consigue arrodillarse y ahí sí, haciéndole separar las rodillas en un triángulo perfecto, Marías se acuclilla para luego tomar envión y su cuerpo arqueado se proyecta con las nalgas que chasquean por el choque de las pieles mojadas.

Murmurándole que deben ayudarlos, Violeta extrae de una cómoda un extraño artefacto; se trata de un cinturón forrado en terciopelo del cual pende una ancha lengua de plástico semi rígido y de la que surge un fantástico hacerlo consolador tan grande como el falo de Claudio. Ajustándolo  a su cintura, se aproxima a Matías y acuclillándose detrás de él, va acariciándole las nalgas mientras la boca se hunde en la hendidura a la búsqueda del orificio anal, consiguiéndolo cuando separa con las manos los recios glúteos y escuchando el fervoroso asentimiento del esposo de Candela, se afana con voracidad para que labios y lengua estimulen al ano.

Alucinada por el espectáculo de su marido poseyendo a otro hombre mientras es estimulado analmente por la otra mujer, decide incorporarse al tiovivo y obligando a Claudio a levantar la cabeza que apoya contra las sábanas, pasa sus piernas entre los brazos de él hasta ubicarse acostada boca arriba con su entrepierna ante la cara del hombre; tomando la cara congestionada por el indudable dolor-goce que debe producirle la sodomía, le exige que la haga feliz con su boca, tras lo cual la empuja para que tome contacto con su sexo.

Aparentemente, Claudio necesita algo para dar expansión al exquisito sufrimiento de la verga enseñoreándose del ano y atrayéndola aun mas hacia él, le abre las piernas y la lengua se hunde ávida en la vulva, buscando el voluminoso clítoris que ya excitara su mujer.

Contenta por sentir los labios chupando fuertemente al clítoris, observa la cara de su marido que muestra el rictus de una sonrisa complacida por lo que Violeta realiza con la boca a la que paulatinamente va incorporando el auxilio de los dedos pero de pronto, ese rictus se transforma en agónico sufrimiento porque la mujer, incorporándose para asirlo por las caderas, apoya la punta del consolador al ano e inicia una morosa sodomía.

Excitada hasta el delirio por lo que hace Claudio en su sexo, extendiendo el chupeteo masticatorio a los colgajos de la vulva al tiempo que con dos dedos la penetra por la vagina, ve transfigurado el rostro de Matías quien con los dientes apretados y las venas del cuello pareciendo a punto de estallar, no sólo soporta la embestida de Violeta sino que roncamente la incita a darle aun con más fuerza; acostumbrada hacerlo con su marido, la mujer sabe qué cosas produce en los hombres la sodomía, ya que la verga excita reciamente a la próstata que es en definitiva la que los hace acabar y entonces, apurándose porque aun tiene un asunto pendiente con Candela, se abre más de piernas para conseguir un contacto pleno contra las nalgas.

  Incrementando el ritmo de la culeada, consigue que a los pocos minutos, los hombres proclamen la proximidad de sus eyaculaciones y en tanto Candela es quien paga el pato por la ferocidad de los chupeteos y mordiscos de Claudio a su sexo mientras la penetra ya con tres dedos violentamente, Violeta percibe como Matías se estremece conmocionado y en medio de rugidos y bramidos los dos hombres consiguen acabar, en uno dentro del otro y este sobre el vientre de Candela.

Como fulminados, los hombres aun abotonados como perros, se dejan caer de costado murmurando su complacencia por tanto placer junto y la insaciable Violeta, con sólo inclinarse, se instala sobre el cuerpo de Candela que, a pesar de la eyaculación del hombre, todavía espera encendida la concreción del orgasmo; urgida por el deseo loco que instala en su vientre haber poseído sexualmente a un hombre, combina el accionar de lengua y labios enjugando la lechosa cremosidad del semen de su marido, para deglutirla con vehemente anhelo y cuando Candela le suplica que la haga acabar, le alza las piernas para colocarlas sobre sus hombros e inclinando el cuerpo hacia adelante se las encoge al tiempo que el consolador la va penetrando.

Sin tener la consistencia de uno verdadero, el falo artificial no sólo le gusta sino lo siente realizando movimientos inéditos en la vagina a causa del arte con que la otra mujer saca jugo de su elástica condición, haciendo que la cabeza raspe con insólita presión el bultito de punto G o adopte vaivenes giratorios por los que recorre fieramente cada rincón del canal vaginal; esa verga completando lo iniciado por Claudio la saca de quicio y meneando la pelvis, se da envión con los talones en los hombros de Violeta para que el coito sea aun más profundo pero cuando le dice entre sollozos de felicidad  y gemidos aprobatorios que está a punto de alcanzar su orgasmo, la mujer retira al consolador del sexo para hundirlo inclemente en el ano.

Aquello supera hasta su fantasía más loca y en tanto expresa su contento con repetidos asentimientos de que así desea ser culeada para alcanzar la satisfacción, sus manos se dirigen autónomamente al sexo y al tiempo que una restriega afanosa al clítoris, tres dedos de la otra se hunden en la vagina en movimiento excavatorio hasta que de pronto, como si hubieran abierto una compuerta, su sexo expulsa una riada de jugos fragantes.

Cerrando los ojos, se dispone a dejarse ir en el sopor, cuando Violeta le dice imperiosa que ahora es su turno y tras quitarse el cinturón con el falo, lo acomoda prestamente en su cintura y, ahorcajándose sobre ella, toma la verga aun mojada por sus mucosas anales para ir introduciéndola la vagina; el peso de la mujer hace que la curvada lengua plástica se aplaste contra su vulva y ahí es cuando comprueba que el interior esta cubierto por infinidad de puntas que, sin lastimarla, raspan la vulva y por consiguiente al clítoris.

Extasiada por el  placer, Violeta baja el cuerpo hasta que toda la verga penetra en él y entonces, asiendo los senos de Candela entre sus dedos, mientras los somete a amorosos apretujones de las manos, comienza a menear la pelvis adelante y atrás en una lenta cópula y Candela comprueba entonces como es poseer a otra persona, ya que aunque no exista un contacto directo de su piel con el interior de la vagina, los movimientos de la mujer se transmiten a través de la superficie interior de la copilla e insensiblemente, apoyando sus manos sobre las rotundas caderas de Violeta, acompaña instintivamente ese movimiento con morosos alzamientos de la pelvis.

La experta lesbiana y la novel bisexual cruzan miradas de lujuriosa perversión y es Candela quien asombrada del goce que obtiene penetrándola, le transmite en susurradas frases de pasión que desea poseerla de todas la manera posibles, por lo que luego de unos cinco o seis remezones más y sin sacar al consolador de la vagina, Violeta va echándose hacía atrás, pidiéndole que la acompañe; unidas por las manos y como si lo hicieran habitualmente, mientras Candela va encogiendo las piernas para quedar arrodillada, Violeta despliegas las suyas que queden encogidas y abiertas en oferente entrega.

Contagiada de la viciosa impudicia de su amante, y en medio de las protestas de esta, Candela saca la flexible verga y tomándola entre los dedos, restriega con la punta todo el sexo, desde el alzado clítoris hasta la dilatada boca alienígena de la vagina, frotando especialmente los arrepollados labios del interior de la vulva que lucen oscuramente rojizos; bendiciéndola por haber asumido tan rápidamente su carácter de dominadora, la mujer le ruega que se incline para poder continuar solazándose en sus oscilantes senos y cuando Candela la obedece pero sin dejar de estimularla fuertemente con el glande plástico, los dedos ya no se conforman con estrujar la carnes sino que índice y pulgar ciñen los pezones entre ellos para pellizcarlos y retorcerlos de tal forma que incitan aun más a Candela, quien en primitiva reacción penetra decididamente la vagina hasta sentir la verga golpear contra la estrechez del cuello uterino.

Verdaderamente, la sensación de dominación prepotente que experimenta la remite al porcentaje de masculinidad que posee toda mujer y sintiendo a la lengua rascar agradablemente hasta el mismo óvalo de la vulva más los dedos martirizando los pezones, asume su cuota de masoquismo y disfrutando de todo aquello como nunca lo hiciera con otra cosa, aferra la cintura de Violeta para darse envión e iniciar una fantástica cópula en la que ambas dejan escapar sordos ayes de pasión insatisfecha y cuando Violeta enlaza las piernas a su cintura para ayudarla comprimiendo los talones contra las nalgas, se dejan ir en un voluptuoso coito que arranca bramidos de su pechos.

Ese duende maligno que siempre la habitara, surge ahora en su más perversa expresión y poniéndose en el lugar de la mujer, decide ejecutar aquellas cosas  que más la satisfacen a ella; abriendo las piernas, pasa entre ellas la derecha de Violeta y alzándole la otra, la hace colocarse costado y de esa manera, con la entrepierna dilatada ampliamente, profundiza la penetración, haciendo que las vulvas dilatadas choquen y se restrieguen con violencia.

Más que la penetración, a Candela la enciende la manera en que los sexos, dilatados aun más por las manos de Violeta, se refriegan patinando en los jugos que las bañan y se extasía en la cogida pero la vista de las imponentes ancas de la mujer la obsesionan y bajando finalmente la pierna estirada para apoyar su rodilla en la cama y cuando Violeta esta totalmente arrodillada de espaldas a ella, le abre bien las piernas pata apoyar la punta empapada de mucosas vaginales en el ano y ante el asentimiento entusiasta de su amante, sintiendo como su mismo vigor hace frotar reciamente las puntas interiores contra todo el sexo, mete el consolador al recto.

Si bien no tiene la consistencia monstruosa del falo de Claudio, la verga de silicona no es precisamente chica y, de unos cuatro centímetros de grosor, muestra una extensión de entre veinte y veinticinco centímetros que hacen estallar a Violeta en una mezcla de palabras entrecortadas de alegría y goce con los más ásperos rugidos de dolor y sollozante, la incita soezmente a sodomizarla tan profundamente que la haga llorar de felicidad.

Jamás acto sexual alguno ha exacerbado tanto su malignidad y decidida a hacer sufrir verdaderamente a la mujer, se acuclilla para obtener un arco más amplio que le permita hamacarse con la intensidad que pretende  y, asiendo a Violeta por las ingles, hinca sus manos para comenzar  un moroso vaivén que arranca en su amante angustiosos gritos de placer.

También ella siente que semejante sodomía va introduciéndola a la angustiosa espera del clímax que anhela conseguir y que revoluciona no sólo su vientre y entrañas sino que extraña su mente de viciosas imágenes en las que se ve ella misma sometida tal como lo está haciendo con Violeta; desorbitada por ese ansia, saca la verga del ano para introducirla a la vagina y en tanto se empeña en un furioso coito, hunde sus pulgares en la cavidad anal chorreante de las mucosas extraídas por el falo.

Exigiéndose como ella, Violeta se apoya en un hombro y mientras una mano martiriza duramente a un seno, la otra sube a colaborar en la cópula, restregando violentamente al clítoris y cuando Candela, en un arranque hombruno en el que se desconoce, la exhorta groseramente a que se esfuerce para que acaben juntas, lleva tres dedos a suplementar la gruesa verga y en medio de gritos y sollozos, ambas alcanzan un formidable orgasmo que las deja exánimes sobre la cama.

Rato después y aun con el consolador dentro de la otra mujer, Candela recobra la conciencia para descubrir que se encuentra estrechamente abrazada desde atrás al cuerpo calido y sudorosa de Violeta, que, ante su mínimo movimiento, expresa un mimoso gruñido. Convencida de que tal como se prometieran, el distanciamiento  posterior será totalmente imposible por la profundidad de las relaciones sostenidas y que su vida sexual futura será un rimero de relaciones personales y grupales que le permitirá transitar mundos inexplorados del goce; acariciando los tiernos pechos de su amante, cierra los ojos para soñar con ese venturoso porvenir.

 

 

 

 

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