Ventura porteña

Publicado en por rottenmind

 

Extraña en Buenos Aires, Majo no imaginaba que una circunstancia fortuita iba a cambiar su vida, por lo menos en lo sexual; hacía dos semanas que había decidido dejar Córdoba para venir a probar suerte en la gran ciudad, pero aparte de buscar trabajo en lo que hacía, que era cantar, podría utilizar sus conocimientos como profesora de canto para consolidar sus ingresos que, artísticamente, siempre le habían resultado escasos y fluctuantes

Naturalmente, quince días no eran parámetro para nada, ya que el tiempo se le había ido en buscar donde vivir y amoblar ese departamento; eso sí, tuvo la suerte de encontrar uno en un barrio cercano a Belgrano que, además de tener las comodidades necesarias, estaba ubicado en un par de edificios de tres pisos que poseían un extenso jardín entre ellos, con lo que el aire y el verde eran parte de su realidad cotidiana.

Desde su ventana, se podía ver casi todo el corazón de la manzana que, afortunadamente, era casi una continuidad del jardín, ya que todas las casas poseían un largo fondo poblado de árboles y plantas de flor; desde el primer día, una de sus distracciones había sido ver como en la terraza de la primera casa vecina, se juntaban varios gatos que, evidentemente, pertenecían a quienes ocupaban la propiedad que parecía ser habitada por miembros de una misma familia en distintas divisiones.

Esa tarde que se presentaba gris y amenazante de lluvia, vio como en su jardín correteaba uno de aquellos gatitos que parecía haber caído desde la alta medianera y buscaba como volver; sensibilizada tal vez por su soledad y ese desarraigo en que vivía, bajó al jardín y la mansedumbre del felino se le hizo evidente cuando aquel corrió a restregarse en sus piernas apenas apareció.

Levantándolo en sus brazos, comprobó que era una gatita y decididamente tocó timbre en la enorme puerta de dos hojas, para ver a través de los cristales como una mujer bajaba ágilmente por la escalera del piso superior para abrir la puerta en medio de jocosos comentarios sobre lo travieso del animal; como formando parte de una cadena de sucesos extraños, observó extrañada el corto cabello blanco de esa jovial mujer que era invalidado por la esbeltez de su cuerpo, el brillo alegre de sus ojos verdes y la frescura de su voz educada y risueña.

Presentándose, tuvo la sorpresa de saber que el departamento que ocupaba perteneciera hasta hacia poco a una hija de la mujer que dijo llamarse Carolina y la circunstancia de saberla cordobesa, le hizo contarle que tenía cuñada y sobrinos en esa ciudad; agradecida por su amabilidad, le pidió que subiera con ella a tomar un café y contarle de su aventura porteña.

Una vez en el enorme piso, comprobó que, por distribución y detalles no parecía un departamento por el tamaño de sus ambientes y cuando Carolina la llevó a conocerlo, además del soberbio piano de cola en el living, se enteró que la mujer era concertista y siguiendo el recorrido, le presentó a su marido que, permanecía postrado en una cama ortopédica.

Confundida por la circunstancia y por la amabilidad del matrimonio, cuando finalmente se sentó junto a Carolina en el comedor diario a saborear un café que le supo a gloria porque su escasez económica no le permitía gastar en eso y esta supo de su “profesión”, no sólo se manifestó como una conocedora del género folklórico, sino que rápidamente sacó varios CD de distintos artistas a los que ella ni siquiera oyera nombrar pero que resultaron magníficos a la hora de escucharlos en el reproductor de la mujer.

Tan asombrada estaba esta por su alocado riesgo a los veinticuatro años de vivir sola y con su belleza en esa ciudad tan insegura, como ella al examinar a Carolina detenidamente, comprobando que la complexión de la mujer no tenía aspecto fláccido como sería de esperar por lo que su edad aparentaba sino que, sin estridencias en las formas pero con lo necesario en donde debía estar, dejaba adivinar un cuerpo sólido y ágil. Abstrayéndose del examen, aceptó los CD que le prestó para que copiara y no hizo oídos sordos a la oferta de ayudarla en sus escasos conocimientos del piano para que, tanto su afinación como su posible trabajo de profesora fuera todavía más completo.

Esa noche y en la soledad de su cuarto, sumida en esa modorra anterior al sueño, se encontró con que su mente revivía momentos de la tarde anterior y la imagen de la mujer se convirtió en protagonista extemporánea de confusas y vagas situaciones que la mantuvieron en vilo toda la noche y que por la mañana no consiguió precisar.

Por razones extrañas a su voluntad, especialmente diciéndose que la alta humedad de la ya calurosa mañana de diciembre no era propicia para contactos laborales, se dio a sí misma excusas para no salir a visitar algunos pubs de la zona a conseguir alguna actuación y, pasado el mediodía, estaba tocando timbre en la casa vecina; a la jubilosa recepción de la mujer, respondió con vagos subterfugios sobre su oferta sobre enseñarle a acompañarse mejor y al poco rato, luego de asomarse a saludar al marido, esperó sentada a la larga butaca, ensayando algunos arpegios en el intimidante piano mientras esperaba a Carolina que había ido a ponerse algo”decente”, según sus propias palabras.

Absorta en la facilidad con que un buen instrumento agilizaba la torpeza de sus dedos, no tomó cabal conciencia de su regreso hasta que no la sintió empujándola con delicadeza juguetona para hacerse un sitio  en el asiento; aparentemente, la mujer de entrecasa no se preocupaba demasiado por su aspecto externo ni por su higiene, ya que de ella emanaban ahora suaves fragancias a jabón de tocador y había cambiado su descuidado jogging por lo que no terminaba de ser un vestido corto o una larga remera.

Haciéndole tocar de manera más ordenada lo que sus dedos habían jugueteado en el teclado, fue modificándole la posición de la mano y la forma de manejar los dedos en su tecla justa; como a ella le costaba sincronizar las dos manos, Carolina la dijo que tocara sólo la melodía con su mano derecha, en tanto ella haría lo correspondiente a la izquierda.

Y sí, la cosa pareció funcionar, porque el tema fue haciéndose cada vez más fluido y cuando finalmente llegaron a completar exitosamente toda la canción, rieron felices como dos adolescentes; la mujer contagiaba con su jovial empuje y cuando le propuso que ella eligiera los temas para observar su capacidad de adaptación, Majo asintió contenta y no se extraño cuando Carolina pasó su brazo derecho por la espalda para acercarla a ella asida a su cintura y, naturalmente,  se acomodó para que su brazo derecho se apoyara en los hombros de la mujer madura.

Con lenta pero progresiva habilidad, fueron desgranando algunas canciones sin que la muchacha se percatara de que la mano de Carolina que acariciaba tiernamente su cintura, iba paulatinamente escurriéndose por la cadera hasta tomar contacto táctil con el elástico de la trusa a través de la delgada tela de la falda y recién cuando los dedos palparon notoriamente sus nalgas, ensayó una débil protesta en voz bajísima que motivaba el conocimiento de que el hombre estaba a sólo dos habitaciones de distancia.

Aquietando su reacción, la mujer ladeó el cuerpo hacia ella y diciéndole que no se preocupara ni tuviera temor, la apretó más firmemente hacia sí al tiempo que rozaba con el dorso de la mano derecha su mejilla para iniciar un lento recorrido hacia el mentón y ante su exclamación entre azorada y complacida, le susurró dulcemente que ella sólo pretendía que fueran felices juntas; Majo no podía dar crédito a que esa mujer que debía pasar con holgura la cincuentena pretendiera seducir a una joven como ella que escasamente superaba los veinticuatro, pero especialmente a que la adorable y gentil ama de casa - seguramente madre y abuela - manifestara su sexualidad con alguien que desconocía y especialmente casi en presencia de su marido que no podía hacer oídos sordos a cuanto sucedía en el living.

Un sentimiento de pudor  o recato la inmovilizaba ante el avance de la mujer, pero fueron la vergüenza o quizá el temor a perder esa potencial amiga en una ciudad en la que estaba enteramente sola, los que la hicieron reclamarle en vano que no la forzara y cómo si eso tranquilizara a Carolina, hundió su boca en  el hueco entre el cuello y el hombro a la par que la mano se deslizaba por el cuello hacia lo alto del pecho; Majo no era precisamente una muchacha pacata sino más bien liberal en cuanto al sexo, dándose gusto pero no estableciendo parejas que luego coartaran su libertad personal y profesional pero nunca se había sentido inclinada a probar con otra chica, aunque conocía a varias que, sin ser lesbianas totalmente, no dudaban en expresar su bisexualismo si la ocasión y la oferta eras  buenas.

En su fuero interno sentía que las caricias y el calor de esa mujer no sólo no le disgustaban, sino que en aquellos rincones especiales de su cuerpo sentía encenderse la llamita de la excitación y, diciéndose que no tenía nada que perder y posiblemente sí que ganar, se dejó estar mansamente; algo de esa percepción particular que tienen las mujeres para el sexo debía de haber enviado un mensaje a Carolina, ya que murmurándole lindezas entre los besos mimosos con que subyugaba al cuello, fue haciendo que los dedos descendieran delicadamente entre el escote de la blusa para alcanzar el nacimiento de la ladera del seno.

El hondo suspiro que lanzara Majo más como un alivio a tanta tensión que por la excitación, debieron convencer a Carolina de lo último, ya que a la vez que ascendía por el cuello con la boca, los dedos fueron desabrochando despaciosamente los pocos botones de la blusa para después tantear la prominencia de los senos a los que cubría un pequeño corpiño veraniego.

Ciertamente, Carolina parecía haber interpretado su quietud como un asentimiento y sabiendo que seguramente dispondría de todo el tiempo del mundo, fue haciendo sentir cómoda a la cordobesa por la suavidad, ternura y tranquilidad con que la besaba y acariciaba; mientras los dedos recorrían despaciosamente la copa del corpiño como reconociendo el voluptuoso terreno que cedía morbidamente a sus presiones, la lengua se había unido a los labios amorosos para ascender por debajo de la barbilla.

Majo sabía reconocer cuando se excitaba sexualmente y un picor ardoroso, allá, en el fondo de las entrañas, le comunicó de la creciente calentura e impensadamente, la mano que permanecía en  los hombros de la mujer subió por la nuca para internarse entre los mechones hirsutos del cortísimo cabello blanco y cuando la lengua tremolante traspasó el mentón para dirigirse a los labios entreabiertos por el acezar de la joven, los dedos engarfiados presionaron inconscientemente la cabeza hasta sentir como la punta de la lengua vibraba húmeda al alcanzar la comisura.

Con los ojos cerrados por la emoción de sentir una boca de mujer buscando la suya y la mano incursionando por debajo del corpiño para recorrer acariciante la piel ardorosamente conmovida del seno, Majo emitió un gemido que era mezcla de sollozo con avidez y ella misma dejó salir el áspid de su lengua en búsqueda de la invasora. No había urgencias y morosamente las lenguas se recorrieron mutuamente hasta que Carolina envolvió con sus labios los de la muchacha y la magia del beso se concretó; blandos y dúctiles, los de la mujer mayor encerraban casi remisos a uno de los de Majo para succionarlo sin violencia y luego repetir la operación con el otro recorriendo de esa manera toda la boca hasta que abriendo vorazmente la suya, la aplicó como una ventosa e inicio un delicado succionar que arrancó un gemido de angustia del pecho de Majo.

A su pesar, admitió que la abstinencia del tiempo que llevaba en la ciudad sumada a los otros quince o veinte que dedicara a los preparativos, la predisponía a cualquier cosa pero también era ese magnetismo especial de su vecina y su indudable experiencia lésbica lo que la excitaba y desprendiéndose de la boca, empujó la cabeza de Carolina sobre su hombro al tiempo que le murmuraba silibante no sólo su conformidad el reclamo de que la hiciera tan feliz como pudiera.

Incorporándose lentamente al tiempo que la sostenía por las axilas para que la acompañara pero sin dejar de estrecharse contra ella, fue despojándola de la blusa sin mangas para buscar el broche del corpiño en su espalda y cuando la prenda cayó al piso, llevó desde los hombros la boca angurrienta a examinar la tersura de la piel en un lerdo itinerario que la llevó a explorar el hueco que forma la clavícula, enjugar de él la tenue capa de sudor que el calor y los nervios habían hecho profusa para después recorrer el hueso hasta el huequito sobre el esternón y recorriendo al ondulado sostén de las costillas, se adentró en el pecho con su rosáceo sarpullido en tanto buscaba el valle entre los senos y una mano se dedicó a sobar al izquierdo mientras la otra buscaba a tientas el cierre de la holgada pollera.

La mente primitiva puede más que la prudencia, el recato y la moral y llevando ella misma sus pulgares a la cintura para aflojar la falda, dejó el camino expedito a la mujer; instintivamente una de sus manos se dirigió a acariciar las espalda de Carolina en tanto la otra volvía a posesionarse de la cabeza para restregarla contra la piel en silencioso mandato. Mandato este que la mujer no desoyó y al tiempo que la lengua comenzaba un lento recorrido en espiral por todo el seno, dejando un sendero húmedo de saliva que los labios enjugaban en exquisitas succiones y la mano, ya sin el obstáculo de la pollera, se escurrió por debajo del elástico de la bombacha para explorar la ingle hasta arribar al recortado vello púbico.

La pelvis de Majo se movía en remedo involuntario a una cópula y de su boca escapaban francos ayes de goce que se incrementaron cuando la mujer arribó a la aureola con la punta tremolante y recorriéndola, estimuló esa corona de gránulos sebáceos que envían mensajes excitantes al sistema nervioso para después, fustigar reciamente al largo pezón que cedió flexible y, cuando los labios lo rodearon en honda succión, un susurrado sí escapo de los labios de la joven porque los dedos a su vez habían alcanzado el nacimiento de la vulva y ubicando debajo de prepucio la consistencia del clítoris, iba frotándolo para conseguir su dureza.

La joven cordobesa sentía que por primera vez en su vida el sexo se representaba de una forma totalmente distinta a lo que conociera; todo era suave y tierno, no existía la prepotencia ni la violencia que caracterizara cada uno de sus encuentros sexuales en los que, en la gran mayoría, se había sentido humillada y no alcanzara ni orgasmos o tan siquiera satisfactorias eyaculaciones; en cambio, esa dulce anciana que lucía en muchos aspectos como una jovencita, con su delicadeza la hacía sentir mujer en plenitud y ya el fondo de sus entrañas era un hervidero de sensaciones, muchas de ellas desconocidas..

Seguramente por sus cortos jadeos y los estremecimientos del cuerpo joven famélico de sexo, Carolina se había dado cuenta de que la muchacha estaba a punto y separándose de ella, con una mano cerró la tapa del piano para luego hacerla dar vuelta y asentar sobre ella sus nalgas y, abriéndole las piernas, se inclinó para retirar con una lentitud irritante la trusa ya mojada por sus efusiones vaginales; como si lo hubiese hecho de siempre y en correspondencia con esa ternura, recostó las espaldas en el instrumento y apoyándose con los codos en la parte superior, observó en angustiosa espera el proceder de la mujer.

Carolina estaba entusiasmada por esa carne joven y firme, lejana a las de las ocasionales mujeres con las que solía tener relaciones y que, con el consentimiento de su marido, apenado por la esclavitud que su discapacidad le imponía, se congratulaba en que las sostuviera en su habitación y de las cuales él era un fervoroso oyente; la figura de Majo no era espectacular pero el parecido al de ella en su lejana juventud la excitaba e imaginando cuan distinto podría haber sido su vida de conocer el lesbianismo en ese entonces, admiró la apretada vulva que sin embargo dejaba escapar por la rendija las finos bordes de los labios menores y aspirando esa fragancia insoslayable de hembra en celo que exhalaba, bajó lentamente la prenda hasta los pies y sacándole los zapatos de tacón bajo, llevó la lengua tremolante sobre el empeine de un pie para luego ir descendiendo hacia los dedos.

Azorada, la joven observaba como el órgano tremolante tocaba cosquilleante los dedos y un extraño cosquilleo subió por la pierna para ubicarse urticante en sus riñones y mientras ella se estremecía por esa calidad de excitación, la anciana le levanto la pierna para envolver el dedo gordo entre los labios y comenzar a chuparlo lentamente pero de la misma forma en que lo haría con una verga; a Majo siempre le había disgustado la longitud exagerada de ese dedo, pero ahora verdaderamente lo sentía como si fuera un órgano sexual por la forma en que la mujer lo succionaba en un lerdo ir y venir de la blanca cabeza.

Para Carolina ese era el inicio de lo que tenía en mente y dejando de chupar el dedo, subió morosamente en una mezcla de lengüetazas con besos por el empeine, escarceó alrededor del tobillo para trepar después por la musculosa pantorrilla hasta el hueco detrás de la rodilla; deteniéndose por un momento en ese sitio tan sensible, conmovió a la muchacha por la firme dulzura de los chupones y los recias lambetazos hasta que se decidió y encaminó la boca hacia el vértice por el sedoso camino del muslo interior; jamás nadie le había hecho algo semejante y la muchacha temblaba por el goce pero más por la ansiedad de que se concretara lo que ella suponía.

Y ese supuesto se convirtió en realidad cuando la lengua vibrante como la de un reptil tomó contacto con la parte inferior de la vulva, pero no se detuvo ante la proximidad de la entrada a la vagina, sino que reptó por el costado hasta la parte superior donde sí asomaba la punta del capuchón que resguarda al clítoris; Carolina quería hacer la fiesta completa y sin importarle la experiencia de la cordobesa, decidió tratarla como si fuera una adolescente que por primera vez tenía sexo oral.

La vista de la alfombrita de pelo renegrido cuidadosamente recortada en forma de estrecho bigotito alrededor de los labios y el pequeño cuadrado en que terminaba sobre el Monte de Venus obnubiló a Carolina que hacía mucho no tenía ante sus ojos un sexo tan joven y llevando primero la punta de la nariz a escarbar sobre el vello hasta saturar su olfato de ese olor particularísimo y único de las mujeres y  reemplazó esos tiernos empellones por el tremolar de la lengua, que le hizo degustar esos sabores acres que, sin embargo, la enloquecían de deseo.

Casi como castigándose a sí misma, demoró el momento en que la lengua tomara contacto con ese prepucio que envolvía al pequeño pene femenino y notándolo poco desarrollado, lo presionó entre los labios y sí, por dentro, el musculito del clítoris le respondió con una rigidez creciente; separando con los pulgares de las dos manos la hinchazón de los labios mayores, descubrió que los menores no eran meros colgajos sino que se erguían paralelos en fruncidos meandros alrededor de un óvalo de perlado rosáceo y en el medio campeaba el agujerito de la uretra, mientras que por debajo y sí, rodeada por dos lóbulos parecidos a una barba de gallo, se abría apenas la desdentada boca alienígena de la vagina.

Fascinada por la vista de semejante preciosura, Carolina empaló la lengua y lentamente fue ascendiendo sobre los tejidos al tiempo que degustaba ese sabor inigualable que mezcla la acidez con la dulzura hasta arribar al capuchón que protegía al clítoris y tomándolo entre los labios, fue succionándolo hasta con cierta saña; reprimiéndose para no estallar en ayes complacidos, Majo se mordía el labio inferior y cerrando los ojos, se dejó ir hacia el disfrute en tanto acomodaba el cuerpo para alzar la pierna derecha hasta asentar el pie sobre la tapa y sosteniéndose con ese mismo brazo de la parte superior, distrajo la izquierda para acariciar los cortísimos mechones blancos de la mujer.

Más cómoda para la succión, Carolina hizo tremolar la lengua afilada sobre el extraño ano de la muchacha, que se presentaba como un apretado haz  concéntrico elevado en una especie de volcán carneo, y esta manifestó su falta de hábito a ese tipo de caricia por el fruncimiento temeroso y un inquieto respingo en su voz; sin embargo, y en la medida en que ella insistía en la estimulación, el rosáceo promontorio fue flexibilizándose hasta permitir que la punta se introdujera tan sólo un poco a la tripa.

Notando cierta incomodidad en la joven y no queriendo espantarla cuando aun no había ni siquiera comenzado, subió excitando al sensibilísimo perineo y al llegar a la vagina, rodeó al agujero en repetidas vueltas mientras sorbía los gustosos sabores de los jugos vaginales y llevando un dedo pulgar a estimular en círculos al ya endurecido clítoris, envaró la lengua para introducirla a la caldeada caverna; ya la cordobesa no simulaba el goce y musitando un repetido y fervoroso sí, meneaba suavemente la pelvis en imitado coito.

Ese entusiasmo envalentonó a Carolina quien, mojando el índice en los jugos vaginales abonados por su abundante saliva, la deslizó nuevamente hacia la negritud del ano y muy delicadamente, con infinita paciencia en tanto excitaba a la muchacha con la lengua y el dedo sobre el clítoris, fue introduciéndolo minimamente al recto entre los sí sollozantes de Majo, quien no sabía discernir si aquello la complacía tanto como le parecía sufrirlo, pero en la medida en que la anciana se esmeraba con la lengua en la vagina y el dedo la volvía loca con su refregar, ese picor inicial semejante al que provocaban las heces endurecidas, fue transformándose en fuente de un placer nuevo y extraordinario.

Carolina ya estaba fuera de control por ese delicioso sexo que se le ofrecía en bandeja e incorporándose para quitarse el corto vestido por sobre la cabeza, dejando en evidencia su total desnudez, volvió a derrumbarse entre las piernas de Majo y en una combinación formidable de lengua y labios, lo abarcó todo en una especie de masticación angurrienta en la que sorbía y mordisqueaba los tejidos inflamados en tanto el dedo ejercía una mínima sodomía que hacia gemir, ya sin freno, a la cordobesa; introduciendo totalmente el dedo en medio de los jadeos de Majo, lo movió sin misericordia adentro y afuera al tiempo que hacía girar la mano en ciento ochenta grados y la lengua apretó fuertemente al clítoris contra los dientes.

La muchacha jamás se había sentido tan plena y en tanto alentaba en susurrados reclamos a su vecina, sintió como aquella distraía de la mano al pulgar para introducirlo a la vagina y, formando una especie de tenaza con el otro, los hacía rozarse duramente a través de las delgadas membranas de tripa y vagina, mientras experimentaba las anheladas sensaciones de, sino un orgasmo, por lo menos una feliz eyaculación que se fusionaban con nuevos estallidos en zonas desconocidas y proclamando sin escrúpulo su pronto alivio, hizo que la mujer se multiplicara; a la vez que el mayor acompañaba al dedo en el ano, introdujo a la vagina dos dedos de la otra mano que rápidamente buscaron la callosidad del punto G y cuando la hallaron, se entretuvieron rascándola hasta que, ante el pujar entusiasmado de la chica, agregó otro dedo para formar una cuña con la que la sometió a dura fajina como si fuera un ariete y, en medio de los gritos desaforados de Majo, la cópula manual de convirtió en sonoros chasquidos que su vehemencia manifestaba en olorosos jugos uterinos.

Mientras la muchacha se apoyaba desmadejada en la parte superior del piano, Carolina completó el banquete en repetidas y insistentes lamidas a ese caldo delicioso hasta que toda la zona sólo quedó humedecida por su saliva y entonces, se levantó para acercar a la cordobesa hacia ella; estrechándola con ternura, trató de calmar su hipar con amorosos besos en los que Majo descubrió por fin los sabores y aromas de su propio sexo y así, juntas, con los cuerpos cubiertos por una pátina de sudor, se dejaron estar en infinitos besos y lamidas, ceñidas en intensos abrazos a la vez que sus manos se prodigaban por todo el cuerpo en anhelosa búsqueda.

Satisfecha y aliviada de esa obligada abstinencia, Majo recién caía  en cuenta de que acababa de sostener una relación homosexual sin el menor reparo y que no sólo no le disgustaba sino que la había disfrutado como a ninguna otra, pero una súbita vergüenza por su actitud la hizo apartar la vista cuando Carolina la enfrentó para preguntarle mimosa si la había hecho feliz; comprendía que realmente la mujer era una pervertida y no obstante, se congratulaba por eso, ya que esa nueva sexualidad le parecía fantástica y por otro lado, le aseguraba hallar satisfacción plena a manos de la mujer sin el riesgo de caer en manos de cualquier hombre en esa ciudad desconocida.

Murmurando tímidamente su contento, dejó que Carolina la animara a acompañarla para conducirla hacia un largo sillón a sólo un par de metros; mientras la obedecía acostándose  a lo largo del asiento, vio que la mujer había depositado en una mesa adjunta una serie de elementos que seguramente buscara cuando fuera a cambiarse; una sola vez y a insistentes ruegos de uno de sus ocasionales amantes, Majo se había masturbado hondamente con un consolador hasta obtener una profusa eyaculación que por cierto la dejara muy satisfecha por el tamaño y la consistencia que, por simple comparación, no dejara bien parado a su propietario pero, terminada esa relación, ni siquiera había tenido en cuenta la posibilidad de hacerlo con uno propio.

Simulando no darse cuenta de esa presencia insoslayable, recibió a Carolina a quien realmente ahora veía totalmente desnuda y nuevamente volvió a sorprenderse por la contradicción; a pesar de su edad, el rostro continuaba conservando una armonía juvenil y sólo algunas flojedades de la piel evidenciaban su vejez, pero los claros ojos verdes seguían manteniendo una pícara chispa juvenil y la sonrisa espléndida no mostraba envejecimiento en los labios. De una estatura media, su figura delgada estaba bien modelada con un par de senos del tamaño de un pomelo, una pancita que casi ni existía y las nalgas mantenían una prominencia tentadora que, sin rastros notables de flaccidez, sí dejaban adivinar una mórbida blandura.

Cuando se sentó de costado y se inclinó sobre ella, un algo inexplicable le hizo colocar sus manos en los brazos de la mujer para ir ascendiendo por ellos a medida en que esta se inclinaba y, tentada vaya a saberse por que duende perverso, las hizo derivar hacia los pechos en delicada caricia que la excitó ya que era la primera vez que tocaba íntimamente a otra mujer; con un estremecimiento placentero, sintió como a través de las yemas esa tibia piel cedía blandamente a sus presiones y cuando los dedos llegaron a rodear la comba oscilante de los pechos colgantes, cerró los dedos involuntariamente para congratularse en sobarlos suavemente y ante la sonrisa maliciosa de Carolina, se apresuró a dejarlos para enlazar las manos a la nuca de la mujer y buscar su boca.

Con exquisita sensibilidad, los labios rozaron apenas los suyos para después dedicarse a reconocer todo el rostro en delicados besos sobre la frente, las sienes, los ojos, los lados de la nariz y, resbalando por las mejillas, acoplarse a las comisuras para sí, dejar que la punta de la lengua cosquilleara en ellas, migrando hasta el centro de los labios y, separándolos con imperiosa gula, hurgar en la encía entre los labios y los dientes, ávida de esa boca que sabía a sí misma, deleitada por los sabores de su sexo, separó los labios para trenzarse con los de la mujer en una serie de chasqueantes chupones que apuró su respiración y cuando otra vez buscaba con las manos los senos de Carolina, esta fue girando para colocarse invertida sobre ella y escurriendo la boca hacia al mentón, fue bajando por el cuello sobre la curva de la garganta e indicándole a la joven que la imitara en todo, hurgó paciente en ese huequito ovalado entre las clavículas.

A pesar de su empeño en no defraudar a la mujer, Majo seguía siendo la chica provinciana y tener a Carolina tan cerca la atemorizaba un poco, pero  el dulce cosquilleo que aquella le provocaba con la lengua vibrante la hizo decidirse y estirando su lengua tocó esa piel que aun lucía un poco del brillo satinado de la transpiración; a pesar de los besos y caricias anteriores, ese contacto produjo algo mágico que hasta cambió la temperatura del aire y los aromas que aspiraba con fruición, una sensación absolutamente desconocida fue adueñándose de sus sentidos y un ansia loca la hizo acompañar a la lengua con los labios en pequeñas succiones que la mujer agradeció con un mimoso gruñido satisfecho.

Ya las manos ágiles de la cincuentona pianista anticipaban la trayectoria de la boca y los dedos comenzaron a sobar los pechos firmes de la muchacha mientras la lengua recorría la parte alta del pecho que cubría el rosáceo sarpullido de la excitación y cuando se enfrentó a la empinada colina de un seno, fue retrepándola acompañada por la succión de los labios a la par que los dedos pellizcaban deliciosamente las puntas de los erguidos pezones; ese leve movimiento hacia delante, había colocado las tetas colgantes de Carolina justo sobre su cara y atraída por ese aspecto adolescente, donde las aureolas no se habían casi desarrollado y sólo eran un círculo amarronado que no alcanzaba los tres centímetros pero que sí hacía más evidente la contextura de la mama, un grueso pezón que excedía al centímetro y medio  y cuyos lados de arrugada piel negruzca mostraban en su cúspide achatada la notable abertura de una diminuta línea de lactancia, estiró la lengua en un tremolar instintivo al tiempo que imitaba los dedos de Carolina.

Libres de las acostumbradas arrugas de la flaccidez, los pechos que falseaban una cierta firmeza cedieron fácilmente a la presión para que los dedos se hundieran en la carne y esa facilidad en el estrujamiento pareció entusiasmar a la joven que, remedando a lo que los hombres gustaban hacer en ella, apresó al seno en recios apretujones a la par que labios y lengua buscaban angurrientos al largo pezón para comenzar a chuparlo con gula de naufrago; tener entre sus labios una mama de semejante porte debió remitir a la muchacha a su primera infancia y, plena de dicha, ávida de esas carnes, no sólo la succionó hasta con agresividad sino que utilizó los dientes en suave rastrillaje para hacer estremecer a la mujer, quien a su vez  ejecutó en los suyos casi idéntica tarea haciendo que los dedos rodearan al otro pezón para retorcerlo entre pulgar e índice con tal denuedo que Majo, sin despegar su boca de tan gratificantes labor, roncaba hondamente con el pecho agitado.

Ante su entusiasmo, Carolina fue deslizándose por el centro del torso en una contradanza de labios y lengua hasta arribar al curioso cuadradito velludo y explorándolo mientras acomodaba las piernas encogidas de Majo por debajo de sus axilas para hacerle elevar la grupa dejando la zona erótica expuesta totalmente, atacó despiadadamente al clítoris con la lengua serpenteante, originando que la joven, teniendo ante su rostro las ancas de la vieja, se espantara un poco por el espectáculo de ese sexo que despedía olores que a la vez la repugnaban y la atarían como un imán; la vagina de Carolina, por naturaleza o seguramente por los años de tanto trajín, escapaba a la mensura de la muchacha quien sólo conocía la suya, pero la protuberancia que abultaba como una mano abombada, mostraba unos gruesos y oscuramente ennegrecidos labios mayores que se abrían espontáneamente para dejar salir los colgajos de los menores.

Sin embargo, esa vista o las flatulencias que exhalaba la vagina, aventaron toda prudencia a la par que golpeaban en el fondo de sus entrañas y separando con los dedos las carnes tumefactas por la excitación, contemplo arrobada ese festival de pellejos que, rodeando un área ovalada de increíble lisura, se desarrollaban a los lados en disparejos frunces que llegaban hasta una boca vaginal tan dilatada que alcanzaba a divisar el interior de la oscura caverna y por arriba formaban una caperuza que adoptaba la forma de un clítoris que se presentaba como un soberbio tubo musculoso; fascinada por ese espectáculo, y asiendo las tersas nalgas libres de celulitis, alzó la cabeza y tímidamente, estiró la lengua para tomar contacto con el sexo.

Un sabor único y diferente a todo cuanto imaginara la sacudió de gula y sí, empeñosamente hizo tremolar la lengua para recorrer ese maravilloso ámbito que con sus humedades fragantes y la labilidad de los tejidos rojizos, colocaba imágenes de insospechadas relaciones sexuales en su confundida mente, especialmente porque Carolina se saciaba chupando frenética los labios menores mientras iba introduciendo dos dedos a la vagina; cerrando los ojos por el placer de ese mínimo pero fantástico coito, imitó a su vecina y casi tragándose los colgajos, ingresó tímidamente a índice y mayor en la dilatada vagina para encontrar que los caldeados músculos se cerraban como un guante a sus dedos en un pulsar que la hizo encogerlos y estirarlos en moroso rascado.

Y así se debatieron unos momentos en un perezoso ondular de los cuerpos que se restregaban chasqueantes por la transpiración, hasta que Carolina se separó un instante para buscar alguno de esos artilugios sexuales y alcanzándole un consolador, se acomodó mejor entre las piernas y Majo, aun con el miembro artificial en la mano, comprobó la contundencia del otro que lentamente iba introduciéndose a la vagina; realmente el grosor era importante y pronto sintió como sus tejidos eran frotados por la superficie áspera del miembro y exhalando un quejido, iracunda y satisfecha a la vez por ese portento, acercó su consolador al sexo de la mujer y con cierta prepotencia fue penetrándola hasta sentir su mano pegada a los húmedos frunces de los labios menores y entonces, al tiempo que Carolina iniciaba un inefable coito, un demonio sádico la hizo ejecutar una honda penetración en la que no sólo hacía ir y venir la verga por el conducto, sino que la movía aleatoriamente en disímiles ángulos que hicieron proclamar a la mujer su contento.

Guiándola en como disfrutar aun más de la cogida, Carolina tomó al clítoris con la boca para someterlo a lengüetazas, chupones y mordidas e imitándola, encontró en esa tarea bestial un regocijo único que la hizo reclamar a esa amante por alcanzar un orgasmo verdadero y cuando aquella se aplicó duramente a ese efecto, la lascivia que siempre rondaba  su mente  se hizo presente y juntas  se debatieron en la exquisita cogida hasta que la cordobesa sintió como en su interior los duendes malignos clavaban sus afilados colmillos en las carnes como si quisieran despegarlas de los huesos para arrastrarlas al caldero hirviente que eran sus entrañas y así, en medio de gritos, sollozos y ayes, el alivio líquido se derramó caliente hasta la expansión en la vagina y sacudiéndose como electrocutada, fue hundiéndose en la bruma rojiza de esa modorra en que la hundía la satisfacción plena.

Todavía sumergida en esa nube en que la sumía el  orgasmo, percibió como la mujer salía de encima suyo para traquetear en la mesa que tenía los objetos y sus presunciones se confirmaron cuando esta se acuclilló junto a su cabeza para despertarla con mimosos besos y una vez que estuvo lúcida, la indujo a arrodillarse sobre el asiento y al hacerlo ella enfrente suyo, advirtió que se había colocado un ancho cinturón del que surgía una lonja de cuero que se hundía en la entrepierna, pero lo importante era la verga artificial que emergía de ella; más gruesa que la anterior, también la superaba en largo y esa apariencia tan similar a una de verdad la atemorizó, ya que las gruesas venas y las protuberancias que poblaban el tronco tanto como el prepucio recogido parecían ser más elásticos y lo confirmó enseguida cuando la mujer, tomando una de sus manos, la llevó hacia el miembro y sí, todas la partes eran suavísimas y maleables como el miembro entero que no poseía esa rigidez del otro sino que, aun tieso, conservaba la flexibilidad de una real.

Acercando el rostro y mientras la besaba tiernamente,  Carolina le susurró que manoseara la verga como masturbándola y en tanto ella la obedecía obteniendo la misma placentera sensación de ser carnea, la mujer deslizó una mano hacia su entrepierna y tras restregar un poco al clítoris y los labios menores, resbalando en el meloso caldo del orgasmo introdujo dos dedos a la vagina, yendo sin demora a la búsqueda del punto G ya lo suficientemente hinchado para estimularlo gratamente entre los hondos suspiros de la muchacha que proclamaba ansiosa su entusiasmo.

El objeto que tenía entre los dedos no sólo no le disgustaba a la cordonerita sino que su temperatura y consistencia le recordaba a uno masculino y asiendo con la otra mano la nuca de Carolina, profundizó los besos estimulada por lo que esta realizaba sobre la sensibilidad protuberante del punto G, y así se prodigaron en recíproca masturbación que sólo tenía como propósito hacerla excitar nuevamente luego del orgasmo, hasta que, en un momento dado, la mujer sacó los dedos de la vagina para llevar la mano a sus bocas y juntas degustaron con fruición los jugos vaginales.

Desprendiéndose de ella para hacerla sentar en el sillón, le acomodó las piernas para que el sacro quedara sobre el borde del asiento y alzándole las piernas abiertas, se las encogió hasta el pecho al tiempo que le pedía las sostuviera así con las manos; Majo esperaba con temerosa ansiedad ese momento desde que la viera calzando el falo y cuando Carolina se acuchilló frente a ella al tiempo que guiaba al la portentosa verga hacia su sexo, cerró los ojos y esperó; pronto sintió una tersa cabeza deslizándose  en su sexo como para humedecerse  y luego, al ser embocada por la mujer en la entrada ala vagina, se envaró ante el temor  a los desconocido y eso precisamente la hizo sufrir más de lo que debiera, ya que los músculos contraídos cerraron el paso a la verga como si sufriera de vaginitis.

Ducha en aquellas lides, Carolina dejó caer una abundante cantidad de saliva en el lugar y luego, presionando lentamente, sin abusarla con violencia pero con todo el peso del cuerpo puesto en el empuje, hizo que el grueso consolador comenzara a transitar la vagina; nunca antes algo así la había habitado y sufriendo más por el miedo que por la real penetración, sintió como las paredes del canal vaginal eran separadas en dura fricción y cuando ella ya  expresaba en hondos jadeos ese martirio, su cuerpo pareció rendirse y, con el paso libre, la verga se introdujo hasta que el glande dilató las cervicales, pareciendo marcar el límite a la mujer que, con las manos apoyadas en el asiento, se dio envión para iniciar un ir y venir que arrancó en la joven una mezcla de risitas nerviosas junto con sollozos y ayes de placer.

Realmente y pesar del dolor del restregar, Majo estaba gozándolo como jamás lo hiciera con hombre alguno y recuperando el aliento, se aferró a los antebrazos de la mujer para darse envión y proyectar su cuerpo al encuentro de esa maravillosa verga; mordiéndose los labios por esa mezcla de sensaciones entre espantosas y sublimes, pero definitivamente gloriosas, puso un bramido de deseo en su garganta y ondulando el cuerpo, se regocijó por la ocurrencia de la mujer al seducirla y ya desquiciada por la pasión, colocó las piernas alrededor de la cintura de Carolina para presionar con los talones contra las nalgas en procura de mayor ritmo.

Transpirada y cansada, Carolina salió de ella para acostarse boca arriba meneando la verga sugestivamente, en clara invitación a montarla y siendo esa una de sus posiciones preferidas, Majo se apresuró a ahorcajarse sobre ella y embocando la cabeza del falo prodigioso, fue haciendo descender el cuerpo hasta estrellar los labios dilatados de la vulva contra la base del consolador y entonces, balanceándose adelante y atrás, fue sintiéndolo rascar aleatoriamente en el canal de parto; irguiendo el torso, mantuvo el equilibrio con las manos en la cintura trasera y fue flexionando las rodillas hasta conseguir una cadencia sobona que la hacía a un cansino galope sobre la verga, a la vez que recibía de Carolina una estupenda masturbación al clítoris.

Caliente como estaba, aun se preguntaba cómo era posible que hubiera accedida tan fácilmente a los requerimientos sexuales de la mujer, pero justamente en eso debía de estar la incógnita, ya que  a quien cabalgaba, además de ser una experta en aquello del sexo y seguramente una reverenda puta además de lesbiana, tenía un cuerpo que la atraía hasta hacerle desearla con toda su alma y en ese predicamento, estaba dispuesta a permitirle lo que quisiera, ya que nunca nadie se le había brindado tan abiertamente, proporcionándole ese goce sin precedentes; Carolina estaba encantada por la predisposición de su vecinita y viéndola así, cimbreante sobre ella, con sus magnificas tetas sacudiéndose aleatoriamente al ritmo de la cabalgata, extendió las manos para sobarlos y cuando la muchacha abrió los ojos que mantenía cerrados por lo excelso de la cópula, fue atrayéndola suavemente hacia ella hasta que las bocas se juntaron en apasionados besos.

Sin cesar en el meneo de la pelvis para sentir al falo ocupándola por completo pero morigerando el frenesí, por primera vez se abrió a la mujer, confiándole sus necesidades físicas y cuanto disfrutaba lo que ella la condujera a hacer y seguramente a lo que la sometería y así, en medio de susurradas frases amorosas y sonoros besos húmedos en los que las lenguas fueron activas protagonistas, se dejaron estar, hasta que Carolina le dijo que se recostara hacia atrás sin salir del falo; indicándole como colocar las manos a los lados de sus rodillas y estirándole las piernas al costado del torso, encogió la suyas para, clavando los talones en el asiento, darse impulso en un voluntario coito y entonces, imitándola, Majo se encontró embistiéndola en sonoro chas-chas.

De esa manera, se agredieron empecinadamente durante unos momentos en los que Majo disfrutó del coito en medio de exclamaciones de contento, hasta que Carolina se incorporó para hacerla recostar de lado y colocándose detrás, volvió a empalarla; en esa posición y doblada hacia atrás, la verga raspaba casi exclusivamente al punto G y en tanto la cordobesa proclamaba sin recato alguno cuanto la satisfacía, la mujer fue haciéndole ladear el torso para acariciarle la cabeza con una mano y aproximarla a su boca en tanto la otra se dedicaba a manosear los hinchados pechos.

La lengua de la muchacha buscó golosa sus labios y esta, en tanto seguía penetrándola fuertemente desde atrás, encerró entre sus labios al órgano para comenzar a chuparlo como si fuera una verga al tiempo que la mano que sobaba los senos, se concentró en retorcer entre índice y pulgar al pezón y cuando los ayes de Majo se hicieron clamorosos, no sólo lo retorció sino que a la vez clavó en él el filo de las uñas; ambas estaban desmandadas y aunque la chica le rogaba que no la forzara más, contradictoriamente su cuerpo se meneaba y ondulaba a la búsqueda de mayor placer.

Entonces fue que Carolina se incorporó para sentarse con los pies apoyados en el piso y exhibiendo al enorme pene chorreante de sus jugos, le pidió a la jadeante muchacha que la montara de esa manera; esa era una variante novedosa y la cordobesita, caliente como una pava, se acuclilló frente a la mujer y asiéndose al respaldo, inició una nueva jineteada a ese falo maravilloso mientras sentía como Carolina estrujaba los senos bamboleantes, inclinándose para tomar entre sus labios los pezones de forma alternativa al tiempo que la otra mano se perdía en la entrepierna para estimular fuertemente al traqueteado clítoris.

La falta de aire hacía acezar ruidosamente a la chica y entonces la mujer la hizo detenerse para pedirle que hiciera lo mismo pero parada de espaldas entre sus piernas; esa sí era una total novedad para la fatigada muchacha pero aceptó con entusiasmo esa postura y, apoyándose en sus rodillas, fue flexionando las suyas para bajar el cuerpo lentamente hacia el falo que la mujer sostenía entre las manos y comprendió la adaptabilidad de su carnes, porque ya la enorme  verga no sólo no le producía daño alguno sino que su restregar enloquecía de placer a Majo, especialmente porque la mujer aprovechó el momento en que su sexo desplazaba los manos, para acariciarle con estas el exterior de la vulva y luego ascender hasta el propicio agujero rosáceo del ano.

Cada posición hacia que la verga se comportara de manera distinta y a eso contribuía el dedo pulgar con que Carolina comenzara estimulando al ano y que ahora había introducido totalmente, por eso, para disfrutarla aun mejor, no sólo comenzó a rotar las caderas a imitación de una bailarina árabe sino que simultáneamente se enderezaba para luego ir descendiendo hasta que su cabeza quedaba por debajo de las rodillas de ambas y confundiendo sus rugidos y ayes con las roncas calificaciones prostibularias que le adjudicaba la mujer, se entregó con denuedo al enloquecedor vaivén, hasta que Carolina le pidió que se arrodillara en el asiento porque se moría por poseerla desde atrás.

Temblando por esa excitación que le hacía perder todo sentido de moral y entusiasmada por eso mismo, se apresuró a hacerlo y con las rodillas justo en el borde forrado, bajó el cuerpo hasta que los brazos tocaron el tapizado y cruzándolos para hacer una especie de almohada a la cabeza, apoyó en ellos su frente, observando las piernas de Carolina a través del vértice de las suyas abiertas y los senos colgantes y esperó.

Cubierta de transpiración como ella misma y pareciendo incansable a pesar de su edad, Carolina observó con gula la grupa joven y firme de la muchacha y tras acariciarlas lascivamente, buscó con la punta del falo la apertura vaginal y nuevamente lo introdujo hasta el fondo en medio del ronco asentimiento de la joven que, instintivamente, comenzó a ondular el cuerpo; mojando el pulgar en los melosos jugos que excedían la vagina, volvió a introducir el dedo en el ano para iniciar enseguida un vaivén que acompañaba al balanceo de su cuerpo en la cogida; la cordobesa no era demasiado afecta a las sodomías y sólo en tres ocasiones había permitido a sus amantes que se lo hicieran para alcanzar un goce tan intenso y completo como el mismo dolor que le ocasionaran y de hecho, en sus habituales masturbaciones bajo la ducha, solía introducir el dedo mayor al recto como complemento a la eyaculación que obtenía y ahora, con el inmenso falo socavándola, ese dedo se le hacía casi imprescindible para calmar los ardores que le anunciaban el advenimiento de una nueva eyaculación o tal vez, un verdadero orgasmo.

Proclamándolo así al tiempo que le suplicaba a la mujer que no cesara en tan magnifica cópula, sintió como esta sacaba al consolador del sexo para apoyarlo en el agujero que dilatara el dedo y comenzar a empujar sin prisa y sin pausa; espantada porque las vergas que habitaran su tripa no tenían ni punto de comparación con la enormidad de esta, le rogó que no la sodomizara pero eso pareció incentivarla y, aun cubierta por las espesas mucosas vaginales, fue introduciéndola sin  piedad alguna.

Nunca había experimentado un nivel de sufrimiento tal; eso superaba a cualquier dolor que sintiera en toda su vida y soltando las lágrimas por semejante tortura, no pudo evitar soltar el alarido cuando todo el voluminoso falo se introdujo hasta sentir contra en las nalgas la pelvis de Carolina; un grado de perversidad no demostrado hasta el momento pareció inspirarla y casi con diabólica insistencia, comenzó a sodomizarla haciendo que las nalgas chasquearan por la intensidad del envión y recién cuando la muchacha estalló en franco llanto consideró que se había excedido y aminorando el ritmo de la culeada, se inclinó para consolarla en tanto sobaba con las manos las tetas bamboleantes de Majo que, ante esa muestra de cariño, como por ensalmo o vaya saberse qué respuesta física y mental, comenzó a disfrutar la sodomía y relajándose, se dejó estar mientras experimentaba increíbles sensaciones gozosas.

Sabiéndola entregada, Carolina empezó a sacar la verga cada dos o tres remezones para deleitarse observando como la tripa permanecía dilatada como un hoyo cavernoso y recién cuando los esfínteres volvían a unirse en apretado haz concéntrico, tornaba a penetrarla entre entusiastas asentimientos de la muchacha que ya sentía gestar en su vientre la revolución explosiva de un orgasmo y, cuando la mujer inició una alternancia entre ambos agujeros con idénticas pausa para comprobar sus siniestras dilataciones; Majo sintió que los jugos internos se concentraban en la parte baja del vientre y con simultáneas ganas de orinar y defecar urgentemente, proclamó de viva voz su satisfacción  mientras verdaderas riadas convergían a su sexo para derramarse en sonoros chasquidos sobre el maravilloso falo.

Por unos momentos más, Carolina siguió penetrándola y después de transportar esos jugos que empapaban al consolador hasta el ano, los utilizó como lubricante en una última sodomía que lentamente disminuyó hasta detenerse por completo al caer la dos abotonadas sobre el asiento.

El dolor y la fatiga física y emocional había sumido a la muchacha en un pesado sopor y casi más que con certeza, intuyó que Carolina la despojaba de la capa de sudor, saliva y jugos que había cubierto todo su cuerpo y recién cuando esta refrescó su rostro con una toallita empapada en agua fría, recuperando totalmente la conciencia con un sordo palpitar en su sexo y ano, descubrió que la mujer mayor que demostrara serlo sólo en los papeles, lucía fresca y perfumada después de un ducha con la que tonificara sus carnes y con una espléndida sonrisa y los verdes ojos chispeantes aun de deseo, se inclinaba para besarla en la boca al tiempo que le pedía la acompañara.

 

Todavía obnubilada por tanto ejercicio y orgasmos pero sintiendo como la mujer que exudaba sexo la llevaba a la excitación tan sólo con tocarla, se dejó tomar de una mano para acompañarla hacia adentro, pero cuando la vio dirigirse al cuarto de su marido, se detuvo un momento para pedirle que lo la avergonzara al llevarla desnuda delante del hombre; recurriendo a su pícara sonrisa sarcástica que encerraba malévolas intenciones, le dijo crudamente que después de lo que hicieran juntas, no estaba en condiciones de negarse a nada y que su marido, que escuchara todo de la relación, estaba esperándolas para cobrarse su “libra de carne” por ser tan condescendiente.

Dubitativa entre ser indulgente con esa mujer que la hiciera tan feliz hasta momentos antes o negarse de plano a tener sexo con el discapacitado que además aparentaba ser más viejo que Carolina, bajó la cabeza turbada, ocasión en que la mujer le pasó cariñosamente un brazo alrededor de la cintura para conducirla pasito a pasito junto a la cama del hombre y levantando la cabeza, vio sus ojos codiciosos recorriendo su cuerpo; aunque verdaderamente viejo para los patrones actuales de la juventud, Martín no era mal parecido pero cuando al empujarla su amante hacia él, ella hizo un instintivo gesto de rechazo, Carolina alzó de un golpe teatral la sabana para dejar al descubierto en la entrepierna de su marido una verga que, semi erecta, no tenía nada que envidiarle al consolador.

Notando su mirada codiciosa, la mujer le dio un beso en la nuca que la hizo estremecer de deseo y acercándola más, le dijo que se ahorcajara sobre el pecho de su marido para que aquel pudiera hacerle sexo oral; temerosa de que, si se  negaba pudiera perder los favores sexuales de Carolina, se dijo por qué no complacerlos si en definitiva ella también gozaría con ese sexo y fijándose donde apoyaba los pies, se subió a la cama para colocar las rodillas por sobre los hombros de Martín y asiéndose al borde del respaldo, fue bajando el cuerpo hasta que su sexo estuvo sobre su boca  y este colocó sus manos envolviendo los muslos para después ir haciéndola bajar y con la lengua tremolante, fue recorriendo de arriba abajo los labios mayores que despaciosamente fueron dilatándose.

Aparentemente, la parálisis solamente le afectaba las piernas, ya que tanto sus manos como su boca poseían una habilidad superior a la de Carolina y la lengua se deslizó vibrante entre las carnes para introducirse curiosa al interior y ayudándose con la punta de los dedos, separó los ennegrecidos labios, haciendo que los frunces rosáceos  surgieran a la vista y explorándolos concienzudamente, estimuló al pequeño agujero de la uretra para después dirigirse al encuentro del capuchón formado por el prepucio y socavándolo, hizo contacto con la puntita ovalada que ocultaba un traslucido tegumento.

A la cordobesa le gustaba casi excesivamente el sexo oral y suspirando hondamente por la destreza superlativa del hombre, inició un corto meneo que hizo comprender a Martín su complacencia y después de fustigar rudamente al clítoris, abrió la boca para abarcar más espacio; encerrando los labios menores entre  los suyos, realizó una especie de masticación que hacia a la mandíbula moverse arriba y abajo como una pala que encerraba y chupaba reciamente los colgajos a la par que los dientes actuaban como rastrillos que raspaban la piel sin lacerarla.

Evidentemente el hombre demostraba oralmente un virtuosismo desacostumbrado y soltando los muslos porque ya había conseguido establecer una posición exacta entre el sexo y la boca, sin dejar de erosionar los tejidos, puso al pulgar de una mano a correr el capuchón para estregar directamente al tubito carneo del clítoris mientras que índice y mayor se introducían a la vagina para buscar la callosidad del punto G; desde su experiencia de mujer soltera, Majo había aprendido que el goce no venía del mayor o menor tamaño del pene sino de la ajustada excitación del clítoris y ese preciso lugar que la mayoría de las mujeres ignoran poseer y prendiéndose con las manos a los barrotes del respaldo, murmuraba apasionados asentimientos en medio de un suave meneo pelvis, cuando sintió la lengua de la mujer estimulando delicadamente al ano.

Ese triángulo sexual prometía tener carácter de épico y agradecida a ese matrimonio de una lubricidad incontinente, sintió como Carolina complementaba la labor de su marido con fuertes chupones  al haz de los esfínteres y después de unos momentos, los reemplazó por un dedo que se introdujo despaciosamente al recto mientras la boca subía por sobre la columna vertebral entre lamidas y chupeteos y al llegar a la altura de los omoplatos, hizo pasar al frente a la otra mano para sobar casi sañudamente un seno; cubierta por una fina capa de sudor, en parte por la temperatura ambiente y en gran medida por lo que la sexualidad generaba en ella, la cordobesa no daba crédito a semejante goce y en tanto gruñía mordiéndose los labios de placer, bendijo para sus adentros la decisión de emprender la alocada aventura de abandonar Córdoba, sin la cual no hubiera accedido a esa maravillosa cópula infinita a que la sometía el matrimonio y que ella ahora ambicionaba se produjera por siempre.

Sintiendo contra la espalda los senos de Carolina al tiempo que la boca besaba lujuriosa su nuca y parte de los hombros mientras la sodomizaba tiernamente con el dedo mayor y ya los dedos retorcían urticantes al pezón, con los dedos de Martín moviéndose ahora en semicírculos dentro de la vagina acompañados por la maceración de los labios menores por la boca y el clítoris agredido deliciosamente por el pulgar, proclamó roncamente su contento y entonces la pareja fue modificando la cosa; haciéndole soltar los barrotes, la mujer la hizo retroceder arrodillada como estaba hacia los pies de la cama y cuando estuvo a la altura de la entrepierna de Martín, alzando la verga semi erecta con los dedos, le pidió que la chupara.

Aun amorcillada, la verga prometía ser un buen falo, especialmente por el grosor; envolviéndola con los dedos comenzó a masajearla junto a un movimiento de apretar y soltar que incrementaría la circulación sanguínea y, por lógica, su entumecimiento, mientras que llevó la lengua tremolante a escarbar en la base y una vez comprobado que el hombre no olía más que cualquier otro, se enfrasco en el chupeteo al escroto y, en tanto verificaba cómo entre sus dedos el miembro iba convirtiéndose en un verdadero falo, atacó con saña el oscuro agujero del ano en el que se deleitó chupeteándolo como una ventosa, particularmente porque la mujer estaba besando el interior de sus muslos para arribar finalmente a la vulva, donde se entretuvo por unos momentos en escudriñar con la lengua el interior inundado de jugos.

Eso enardeció a la cordobesa y dejando de lado el ano, subió rápidamente hasta el nacimiento del falo y poniendo la cabeza de costado para envolverlo entre los labios, fue trepando en intensas succiones que realzaba con violentos azotes de la lengua; Carolina ya alternaba el jugueteo de labios y lengua al sexo con similar entusiasmo sobre el ano mientras un dedo travieso acompañaba la alternancia con breves irrupciones a los agujeros; el falo parecía haber alcanzado su rigidez final y entonces, entusiasmada por lo oblongo de la testa, abrió la boca para introducirla hasta el surco que sí, no olía mal pero guardaba esas cremosidades que la enloquecían y abarcando juntos cabeza, surco y prepucio, fue succionándolos apretadamente a  la par que degustaba extasiada la sustancia.

Esa verga la redimía de los excesos a que la sometiera Carolina, maravillosamente placenteros pero excesos al fin y mientras masturbaba con los dedos el poderoso falo, se afanó en las chupadas pero cuando la mujer hizo definitiva la introducción del dedo al ano en una fantástica sodomía, procuró que la verga se introdujera en la boca tanto como para provocarle arcadas y justo en el mejor momento, cuando ella esperaba que el hombre acabara, haciéndola enderezar tirando de ella por los hombros, Carolina le exigió imperativa q

ue se acaballera sobre la verga; agitada por la intensidad de la mamada, a Majo le pareció fantástico volver a sentir en su interior la carnosidad de un pene verdadero y acomodándose bajo la guía del matrimonio, pronto sintió la punta del falo rozando su entrepierna.

Pegándose nuevamente a su cuerpo, Carolina la mantenía erguida mientras estrechaba lascivamente el suyo en audibles chasquidos que provocaba la transpiración que las cubría y Martín, con sabia lentitud, fue restregando la inflamada cabeza del pene a lo largo de todo el sexo como si estuviera pintándolo con una exquisita brocha carnea y cuando la mujer envolvió sus senos para sobarlos con enjundia, él fue penetrándola y la sensación de esa verga tan caliente la excitó tanto que ella misma fue bajando el cuerpo hasta sentirla rozando el cuello uterino.

Cuando Majo fue flexionando las rodillas hasta encontrar una cadencia en el galope, Carolina se adaptó a ella, complementando los estrujamientos con pellizcos y suaves retorcimientos a las mamas; verdaderamente, el matrimonio debía de haber sido formidable en su juventud, y ahora no le iban en zaga a pesar de la edad y mientras sentía la poderosa verga socavándola, murmurando roncos ayes de asentimiento, se abandonó al coito hasta que Carolina se separó de ella para después empujarla por los hombros hacia el pecho de su marido que la recibió entusiasmado y cuando disfrutaba de sus manos estrujando con mayor fortaleza y actividad los senos que ya no bamboleaban frente a su cara, sintió como la mujer apoyaba en el ano la punta del consolador que no se había quitado.

Siempre había escuchado con prejuicioso escrúpulo de las dobles penetraciones, preguntándose como las mujeres podían aguantar semejante cosa y además disfrutarlo; súbitamente, cobraba conciencia de que estaba a punto de ser una de ellas e instintivamente trató de rebelarse, pero Martín le impidió despegarse de él con el simple método de sostenerla dolorosamente por los senos y la mujer, apoyando en su zona lumbar un brazo cruzado, cargó todo su peso en él al tiempo que la verga artificial iba introduciéndose a la tripa; sólo un rato antes había pasado por circunstancia similar pero ahora era el grosor impresionante del consolador el que se sumaba al del miembro del hombre y aun sin haberlo experimentado, tenía la sensación de estar pariendo.

Ya no fue el alarido de la primera sodomía que reemplazó por un recio bramido de dolor y en la medida en que Carolina seguía penetrándola, los débiles tejidos que separaban ambos miembros parecían haber desaparecido y el frotar del uno contra el otro se le hacía insoportable; roncando fuertemente por la nariz y con las lagrimas surgiendo de sus ojos goteando hasta la boca donde se juntaban con la saliva que llenaba su boca para fluir luego hasta la barbilla, apoyó la cabeza en el pecho de Martín para comenzar a insultarlos como nunca lo hiciera con persona alguna y en medio de sus ayes y gemidos por el sufrimiento, este fue mutando para hacerle experimentar la primera chispa de placer e, insólitamente, llegó un momento en que se encontró disfrutándolo de tal manera que sus maldiciones devinieron en vehementes palabras de aliento y asentimiento por lo que le estaban proporcionando.

Su poderosa grupa obnubilaba a Carolina y sintiendo por la muchacha un deseo loco, no común en ella para quienes solían ser sus compañeras de cama, la asió con ambas manos por las ingles y arqueando al máximo su cuerpo todavía flexible, se dio impulso para emprender un lento hamacarse por el que el consolador se perdía totalmente en la tripa y sus muslos se estrellaban contra la morbidez de las magníficas ancas; por su parte, la cordobesa estaba disfrutándolo de una forma como antes no lo hiciera con nadie y buscando la boca del hombre al que ya adoraba, musitándole groseras incitaciones para que la cogiera bien cogida, inició un meneo arriba y abajo que la hizo sentir las dos vergas llenándola por entero.

Después de tal sufrimiento, el goce estaba elevado a una potencia tal que no sabía definir su hondura ni compararlo con nada, sólo era placer en el estado más puro y expresándolo así con tal alegría que desorientó al matrimonio, ella misma incremento la fortaleza de los movimientos hasta que, después de sentir derramarse en la vagina los chorros espasmódicos del semen masculino, experimentó la explosión de sus jugos y junto con esa evacuación, se hundió en la nebulosa del alivio más profundo hasta que, caída sobre el pecho del hombre y con la boca de Carolina enjugando las mucosas en el punto donde el falo se unía a la vagina, pensando en el venturoso futuro que le deparaban, se dejó estar en manos de Martín y Carolina.

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