Un servicio completo 2

Publicado en por rottenmind

Rato después, fresca y perfumada, con su recortada melena sujeta por una vincha para que el cabello no la molestara, volvía a la habitación comprobando que sólo Esteban se encontraba en ella. Al verla entrar, el hombre no pudo menos que admirarse por la belleza de ese cuerpo desnudo que habían ignorado por tanto tiempo.

A pesar de no tener vergüenza en exhibirse de esa forma, la corpulenta presencia del hombre aun la intimidaba un poco y permaneció por un momento junto a la puerta, sin animarse a ir más allá. Esteban había captado esa predisposición de la muchacha para acoplarse libremente como cualquier especie animal y, levantándose de la cama, fue a su encuentro para tomarla de las manos y llevarla hasta un costado del cuarto donde, acercándola a él, la besó en los labios con una delicadeza que hizo estremecer a Camila.

Alucinado por la concupiscencia que hacía brillar los hermosos ojos de la muchacha, encerró el óvalo de la hermosa carita y ella, en automática respuesta, se abrazó al vigoroso cuerpo que aun olía a sexo. Las bocas abiertas se buscaban con gula y las lenguas se trenzaron en la perezosa molicie de una lucha sin vencedor ni vencida. Los senos de Camila rozaban apretadamente contra los pectorales de Esteban y las pelvis se estregaban como buscando fundirse una en la otra.

Aun absorta en aquella batalla bucal, ella había sentido como la verga fláccida cobraba volumen, rozando contra su bajo vientre y, cuando el hombre se separó un poco acomodándola en forma vertical, se alegró porque aquel colocara ambas manos en sus nalgas para hacer más intenso el contacto. Aplastándose fuertemente contra él, sintió la poderosa masa del falo estregando la piel tal como si estuviera dentro de ella y dándole a sus caderas un suave meneo, inició la imitación a un coito que la enardeció.

Sin dejar de besarla, Esteban flexionó las piernas y, tomando su pierna derecha, la encogió para engancharla en su cadera. Tomando la verga entre los dedos, la embocó en la apertura vaginal y alzándola con la otra mano por el glúteo, fue penetrándola delicadamente. El tamaño y la forma de la verga la obsesionaban hasta el punto de necesitarla transitando su vagina y estirando la pierna que mantenía contra la alfombra para quedar en punta de pie, colaboró con la irrupción. Padeciendo por la anchura desacostumbrada del falo, lo sintió llenando por entero el canal vaginal y cuando él lo retiró para volverla a penetrar, comprobó como la curvatura del pene hacía que la cabeza rozara aquella prominencia de la cara anterior que la hacía reaccionar salvajemente excitada.

Clavando la frente contra el pecho de Esteban, se aferró a su nuca dándose el impulso necesario para que la verga la penetrara enteramente en un coito pausado y calmoso que la llevó a la desesperación de la angustia. Enderezándose, el hombre la alzó por las nalgas y, sin sacar el falo de su sexo, la llevó hasta un sillón próximo en el que se sentó, haciéndola apoyar los pies sobre el asiento para quedar acuclillada. Pidiéndole que se agarrara del respaldo, la obligó a alzar el cuerpo y con las piernas flexionadas, iniciar un sube y baja infernal sobre el miembro.

Comprendiendo la idea, afirmó bien los pies en la blandura del almohadón para acompasarse al bombeo de la pelvis de Esteban. Asiéndose firmemente al borde del respaldo, estiraba y encogía elásticamente las piernas para sentir como su sexo mojado se estrellaba sonoramente contra el pelambre púbico del hombre quien, para su contento, dejó que sus manos se cebaran en el estrujamiento de los senos que levitaban blandamente por la intensidad del galope.

No sólo proyectaba su cuerpo contra el de Esteban, sino que lo alentaba para que incrementara cada vez más el meneo de sus caderas y, a pesar de sentir en su interior el estallido de la explosión seminal del hombre siguió cabalgándolo frenéticamente hasta que ella misma experimentó la abundancia de su eyaculación.

Con el sudor cubriendo de una pátina brillante la tersa piel canela, se desplomó sobre su pecho dichosamente extenuada y aun sintiendo como Esteban meneaba el miembro, se dejó estar hasta que el volumen fue disminuyendo dentro de ella. Mimosamente complacida, murmuraba lindezas en los oídos del hombre, cuando sintió como una lengua recorría en lentos círculos la mórbida superficie de las nalgas para ir introduciéndose paulatinamente en la hendidura.

Comprendiendo que era el turno de Emilio, se dispuso a disfrutar sin límites de su sexualidad y cuando aquel arribó con la punta del órgano vibrante al haz de fruncidos esfínteres, le manifestó su satisfacción con insinuantes gruñidos. En la medida en que el hombre acrecentaba el juego oral al ano, su hermano fue retirándose del asiento y entonces, Emilio la hizo acostar boca arriba en el borde del sillón.

Pidiéndole que mantuviera alzadas las piernas encogidas con sus manos, apoyó la cabeza del falo en su ano para introducirlo muy lentamente con extremo cuidado. Jamás había sido penetrada en esa posición y, no siendo el miembro precisamente pequeño, el sempiterno sufrimiento que antecedía al placer la hizo prorrumpir en un inevitable grito de dolor.

Manteniendo las piernas en alto sobre los brazos del sillón, envió a las dos manos para separar las nalgas y colaborar en la dilatación de la tripa. El tamaño del pene hizo inútiles esos esfuerzos y, a pesar de la dilatación obtenida por la lengua más la abundante saliva que él había dejado caer en ellos, los esfínteres parecían rebelarse ante la intrusión. Sólo cuando él se afirmó en sus muslos para favorecer la elevación de la grupa, la verga se abrió paso en el recto yel martirio se convirtió en una oleada de resplandecientes placeres que la hizo prorrumpir en gozosas exclamaciones de felicidad.

Aparentemente y a pesar de haber eyaculado momentos antes, Esteban no quería perderse el someter a la versátil muchacha y, acaballándose en el sillón sobre la cabeza de Camila, introdujo la verga relativamente endurecida en su boca. Era tal el frenesí que la sodomía causaba en la muchacha que, como si fuera un naufrago hambriento, no sólo aceptó la pequeña cabeza entre los labios, sino que abrió totalmente la boca para acceder a parte del aplanado tronco mientras que sus manos se dedicaron a masturbarlo con enardecimiento.

 

Una vez acallados los imperiosos mandatos de su primera satisfacción, los hombres estaban dispuestos a someter y hacer acabar a la muchacha cuantas veces les fuera posible sin hacerlo ellos. Y así fue como en medio del más excelso disfrute de Camila, se apartaron de ella y, tomando Esteban su lugar, la hicieron pararse con las piernas abiertas para permitir una nueva penetración desde atrás y flexionando las piernas, agacharse aferrada a los muslos del menor de los hermanos para succionarle el pene.

La verga mojada por los jugos de su recto la atrajo por ese olor tan particular que nada tenía que ver con lo que se imaginaría cualquiera e inclinándose hasta obtener el equilibrio deseado, soltó los muslos para masturbarla con las dos manos en un movimiento circular en el que cada una giraba en sentido opuesto a la otra, recibiendo al falo de Esteban hundiéndose en la vagina hasta que la pequeña punta escarbó en las mucosas uterinas.

Con un rugido animal en su pecho, se abalanzó hacia el miembro erecto para introducirlo con insaciable gula en la boca. La lengua tremoló sobre toda la cabeza, llevando a sus papilas aquel nuevo sabor que la hizo encerrarla entre los labios en suave succión que el vaivén del falo en su sexo la llevó a profundizar.

Separándole aun más las piernas, Esteban sacó la verga de la vagina para apoyarla contra el pulsante ano y, sin demasiados prolegómenos pero no violentamente, inició una penetración al recto que, llevando al pecho de la muchacha un rugido dolorido que casi le hace morder al miembro que mantenía en la boca, una vez transpuesta la natural resistencia de los esfínteres, fue transformándose en una sensación de indecible goce.

En tanto que ella redoblaba la acción de sus manos en la masturbación y la boca succionaba apretadamente la verga de Emilio, su hermano comenzó una alternancia en las penetraciones, sometiendo cinco o seis veces al ano para luego retirarla e introducirla en la vagina, dejando a su dedo pulgar la tarea de penetrar los esfínteres que aun permanecían dilatados.

Jamás había tenido sexo tan intenso ni durante tanto tiempo y, aunque esa cópula la obnubilaba, tuvo conciencia de que dentro de ella comenzaba a gestarse aquella sensación que se iniciaba como un fuerte escozor en los riñones que ponía en su vejiga insoportables ganas de orinar no satisfechas y que luego trepaba hacia la nuca para, en medio de una sequedad irritante de la garganta, colocar un velo rojizo en su mente y explotar en el estallido acuoso de la satisfacción.

Con las piernas temblorosas, los hombres la condujeron al centro de la cama y, estimulándola con besos y caricias, la hicieron ahorcajarse sobre Emilio apuntando hacia sus pies y, con la conducción de Esteban, bajar el cuerpo hasta que la punta del gran óvalo de la cabeza se apoyó contra el baqueteado ano. Con las manos aferrándola por la cintura, Emilio la hizo descender y en esa posición, la dilatación natural de los esfínteres favoreció el tránsito de la verga hasta sentir en sus nalgas la humedecida mata velluda.

Indicándole que apoyara las manos en las rodillas separadas de su hermano, Esteban se situó acuclillado en el hueco a su frente para dedicarse a lamer y manosear los senos que esa cabalgata sacudía como a cónicos flanes pero, en la medida en que los tres iban creciendo en su excitación, Emilio la tomó por los hombros para acercarla a su pecho.

Lentamente, Camila se fue reclinando hasta que, sus manos echadas naturalmente hacia atrás se apoyaron en la revuelta cama. Las manos del hombre ya no estaban en su cintura sino que habían reemplazado a las de Esteban en estrujar sus pechos y aquel, flexionando aun más sus poderosas piernas, embocó la verga en la vagina.

El martirio de sentir a los dos falos la introducía a ese placer extraño, en el que el goce se potenciaba a partir del dolor. Con la mente nublada por esa dispar sensación, expresaba a los hombres su contento en roncos bramidos no exentos de ocasionales risas y sollozos mientras proyectaba su cuerpo al encuentro con los miembros en cadenciosos remezones.

Un ansia loca por experimentar la incomparable sensación del esperma caliente derramándose en sus entrañas, le hizo reclamar a los hombres para que lo hicieran y estos, saliendo al unísono de ella, condujeron al falo de Emilio para introducirlo en su sexo pero cuando iniciaba el meneo instintivo de sus caderas, Esteban se acomodó mejor y la pequeña cabeza acompañó a la verga de su hermano.

Aunque sus carnes y músculos cedían complacidos a las penetraciones de los hombres, el sufrimiento no estaba ausente y ahora, padeciendo a las dos vergas que lentamente distendían la vagina para invadirla por entero, experimentó lo que ella suponía debía soportar una mujer al momento de parir. Los sollozos la sacudían y las lágrimas corrían por sus mejillas pero al mismo tiempo cobraba conciencia de que ella misma era quien alentaba a los hombres, manifestándoles roncamente su asentimiento por tan portentoso coito.

Cuando las dos vergas ocuparon por completo la vagina y en tanto ella se sacudía en rudos empellones para sentir mejor el brutal estregar contra la carne inflamada, los tres cuerpos se amalgamaron en una sólo bestia animal que sólo aplacaría su hambre cuando hubieran consumado la demencial cópula. Y así fue; un sólo empeño, un solo ansia los compulsaba a embestirse hasta que los hombres, anunciándose recíprocamente el advenimiento de sus eyaculaciones, derramaron en su interior una cremosa mezcla de espermas que entibiaron cálidamente al útero.

 

Sabiamente, los hermanos decidieron que la pobre muchacha debería descansar y fueron a pasar ese fin de semana con unos amigos en el campo. Dueña de la casa y su tiempo, pasó en la cama hasta más allá del mediodía. Sumida en esa modorra que denuncia al cansancio, dormitó durante largo rato recordando con que satisfacción había recibido las atenciones sexuales de los hombres y comprobando asimismo que su cuerpo disponía de alguna condición que le permitía adaptarse sin sufrir el menor daño, ni siquiera rasguños o ampollas.

Con el auxilio de un espejo de mano, inspeccionó cuidadosamente los senos que parecían constituir un imán insoslayable para los hombres, pero ni su tersa piel, ni las aureolas y pezones evidenciaban haber soportado desde suaves lengüetazos hasta mordiscos y martirizantes punzadas del filo de las uñas. Congratulada por esa circunstancia, se inclinó para efectuar similar trabajo en su entrepierna y allí tampoco halló la menor huella de maltrato. Debajo de la alfombrita de espeso vello que Carlota le enseñara a recortar, la vulva que reflejaba el espejo mostraba su aspecto más juvenil; los gruesos labios mayores aparecían unidos en una estrecha raja y, revisando a esta meticulosamente, no encontró en el óvalo ni un atisbo de daño.

Profundizando la revisión, introdujo cuidadosamente un dedo en el interior de la vagina y no sólo no encontró lastimadura ni desgarro alguno sino que el órgano respondió con una rápida excitación. Con igual diligencia dirigió la yema de sus dedos hacia el ano, verificando que no presentaba rasguño alguno y que los esfínteres habían retomado su natural compresión.

Como ella no consideraba que lo que había hecho con los muchachos era una pervertida salvajada, se congratuló porque sus genitales poseyeran las virtudes que la habían hecho disfrutar desde el primer día de las entusiastas cópulas y se dijo que aquel verano prometía serle tan grato como ninguno en su vida.

Bien descansada, se levantó para limpiar la casa y al atardecer del domingo, tras darse un largo baño de inmersión, esperó ansiosamente el regreso de sus patrones. Estos llegaron pasadas las once de la noche y sólo rato después se encendió la luz del dormitorio principal. Vistiendo el menguado camisolín, entró al cuarto para encontrar que sólo Emilio se encontraba en él.

Conduciéndola hacia la cama matrimonial, le explicó que su hermano estaba muy cansado y tendría que conformarse con su sola compañía. Camila no hacía preferencia entre ellos y le daba lo mismo uno que otro siempre que la satisficieran y quedaran contentos con su respuesta, que ella creía formaba parte de sus obligaciones laborales.

Aunque más convencional que en las anteriores ocasiones, el muchacho la poseyó a conciencia un par de veces para luego decirle que retornara a dormir a su cuarto. Camila esperaba recibir más atención de Emilio y, a pesar que la larga sesión sexual la había satisfecho, le molestó aquello de enviarla a dormir sola, sintiéndose como una cosa que una vez utilizada se guardaba en un cajón.

Al otro día se repitió la situación, pero esta vez fue Esteban el que requirió de sus servicios para someterla repetidamente por el ano, cosa que a ella no sólo no le disgustaba sino que la complacía sobradamente. Y así pasó la primera semana en que los hombres se turnaron para poseerla separadamente y sólo el sábado la compartieron para elevarla a la misma dimensión del goce que la primera noche.

Como un animalito adiestrado, pasaba casi todo el día en la cama para recuperar las fuerzas que dilapidaba en las noches y, como un perro de Pavlov, aguardaba expectante que se encendiera la luz del tablero para acudir a recibir su cuota de sexo que ella pagaba con la entrega total de su cuerpo.

 

Transcurrieron los treinta días de las vacaciones de los señores en Punta del Este y de pronto la casa recuperó su ritmo normal; alertada de la llegada de sus padres, Vanessa y Carlota regresaron de la casa quinta y los muchachos dejaron de requerir sus atenciones.

Al parecer, los días pasados con su amante no habían sido todo lo felices que Carlota esperaba y, desde la primera noche se refugió en los brazos cariñosos de Camila para confesarle la relación que mantenía con Vanessa y que su entrega total no era realmente valorada por la muchacha quien, cada día más, sólo hallaba su satisfacción sometiéndola a las más terribles prácticas sádicas que, a pesar de disfrutarlas obteniendo sus mejores orgasmos, no se condecían con el amor que ella sentía y esperaba fuera correspondido por su pareja.

Verdaderamente, la mujer mayor estaba muy enamorada y, cándidamente, había elaborado planes para una convivencia futura que se concretaría con la mayoría de edad de la jovencita pero que la aberrante incontinencia de esta echaba por tierra.

A causa de su desilusión, las noches de Camila volvieron a la rutina anterior, pero ahora parecía que Carlota deseaba volcar en ella todo el amor que aparentaba rechazar Vanessa y las relaciones estaban preñadas de una ternura que escondía el dolor de su frustración.

 

De esa manera transcurrió un tiempo en el ambas se refugiaron en aquellas relaciones en que satisfacían los reclamos de sus urgencias sexuales pero con un regusto amargo que no se atrevieron a confesarse; Carlota porque a pesar de lo perversas, las noches con Vanessa se le hacían insustituibles y Camila porque le sucedía lo mismo con las vergas de los muchachos.

Finalmente, la concupiscencia de la mujer pudo más que su orgullo y, cuando tras una esforzada relación Camila no consiguiera hacerle alcanzar el orgasmo, pidiéndole disculpas, Carlota abandonó el cuarto para ir a conseguirlo en brazos de su amante.

Imaginando lo que estaría ocurriendo en la habitación de la joven, Camila comenzó con sus manos una laboriosa caricia con la que pretendía provocar la satisfacción que la abrupta ausencia de Carlota cortara de cuajo y entonces cayó en cuenta de que ella podía adoptar similar actitud.

Higienizándose rápidamente, salió del cuarto para seguir el mismo camino que la mujer y, subrepticiamente, se coló en el cuarto de Emilio. Este no había imaginado que ella se atrevería a tanto y, entusiasmado, le hizo un lugar en el lecho. Recomendándole discreción en sus expresiones, la condujo a mantener silentes relaciones en forma muy parecida a las viera tanto años atrás sostener a sus padres.

Dos horas después, con la satisfacción de sentir en la vagina la llamita cálida que ponían las fricciones masculinas y en su boca el almendrado sabor del semen, se retiró a su cuarto justo a tiempo para anticiparse al regreso de su compañera. De esa manera, se inició un proceso que ponía en marcha el grado más agudo de la incontinencia de Carlota, quien ya solía acudir al cuarto de su amante hasta tres veces por semana, ocasión que aprovechaba Camila para hacer lo mismo con los hermanos, en un mutuo acuerdo de alternancia.

Ese sexo, lésbico o heterosexual, sostenía la alegría cotidiana de la muchacha y, en vista de su predisposición para el estudio, Delfina la relevó en parte de su trabajo de mucama para hacer que fuera aprendiendo como asistirla personalmente.

Inculta pero terriblemente inteligente, Camila asimilaba todo como una esponja y, de acompañar como una especie de sombra difusa a su patrona a reuniones de las varias asociaciones de las que era miembro o a tertulias sociales, pasó a manejar personalmente la agenda de Delfina.

Proveyéndola a su costo del vestuario adecuado para cumplir esas funciones, la bondadosa mujer vio como la salvaje muchacha se adaptaba con maleable ductilidad a ese ambiente y se congratuló por haberla encarrilado en la vida.

Al cumplirse el año desde su ingreso a la familia, Camila transitaba un camino que jamás hubiera imaginado y esa profundización en los hábitos y costumbres de lo que era culturalmente correcto le hizo apreciar cuanto había de desviado en sus relaciones sexuales. El hecho de comprobar su perversidad, no menoscababa el placer que había obtenido y obtenía de cada una de ellas. Eran la religión y las convenciones sociales quienes seguramente la estigmatizarían si lo suyo tomara estado público, pero ese crecimiento intelectual y las confidencias de las mujeres que ahora la consideraban una más dentro de ese círculo áureo, le hacían ver la hipocresía de ese mundo en el que, quien más, quien menos, transitaba o había transitado los equívocos caminos de la infidelidad o la homosexualidad por motivaciones psíquicas, emocionales o simplemente por el gusto de conocer goces distintos.

Sin renegar a los placeres que obtenía de Carlota y los muchachos, empezó a dosificarlos. El dormir con la mucama fue reduciéndose casi nada más que a eso; estrechadas en un abrazo poco más que fraternal como el de una antigua pareja, transcurrían las noches en la confidencia de esas pequeñas tribulaciones de lo cotidiano y, eventualmente, pasaban de las caricias y besos a una verdadera relación.

Si bien a ella le placía permanecer en brazos de su compañera mientras le relataba las circunstancias que el descubrimiento de ese mundo nuevo le procuraba, conformándose con las distraídas masturbaciones que aquella le efectuaba sin interrumpirla en el sonsonete de sus crónicas y, ocasionalmente, cedía a la tentación de dejarse llevar por la sempiterna lascivia de Carlota para trenzarse en el tempestuoso fragor de una recíproca relación oral y manual, aquello impulsó aun más a la mujer a someterse casi cotidianamente a las aberrantes relaciones con Vanessa.

 

Sin embargo, aun había una situación que ella jamás previera y que modificaría para siempre su estadía en la familia; cierta mañana en que se encontraba a solas en el cuarto de Delfina, al salir del baño con unas tollas que aquella utilizara más temprano, la sorprendió el regreso de su patrona quien, tras cerrar la puerta con llave, le ordenó dejar las toallas y acudir para sentarse junto a ella en el amplio butacón que estaba a los pies de la cama; extrañada por la súbita seriedad en el todavía hermoso rostro de su patrona, se sentó a su lado y entonces aquella tomó sus manos para acariciarlas con suave ternura.

Carraspeando un poco como para tomar valor, le dijo que debía hacerle una revelación que demoraba desde hacía tiempo y, recordándole aquella visita con su madre a la casa del intendente, le confesó que su decisión de tomarla aun antes de haber visto a otras chicas, era porque su belleza la había impactado de tal modo que, sin ser declaradamente lesbiana, el mazazo en sus entrañas la hicieron desearla con tal intensidad que por eso la trajera con ella.

Luego había recapacitado sobre su edad y decidiendo dejarla madurar, la había visto hacerlo de tal manera que excedía sus expectativas; a sus casi cincuenta años, había pocas cosas que escaparan a su atención superficialmente indiferente y así como conocía desde hacía dos años de la entrega de Carlota a las perversidades y depravaciones de su hija, también sabía del cuasi matrimonio que establecieran en su cuarto las dos empleadas y de cómo, desde las últimas vacaciones, ella satisfacía las necesidades  sexuales de sus hijos en una entrega que iba más allá de la mera sumisión servidle una empleada.

Entendiendo la conducta de sus hijos y su propia necesidad de conocerlo todo luego de toda una vida de ignorancia, era que pospusiera sus propósitos y teniendo en cuenta el potencial de su inteligencia, era que la había instruido y conducido para convertirse en una eficiente secretaria privada, pro ahora, quería no sólo cobrar su “libra de carne”, sino poner en marcha la segunda parte de su plan.

En tanto conversaba de ese modo, fue despojándose del liviano vestido para descubrir a la estupefacta Camila que debajo carecía de prenda alguna y, volviendo su atención a ella, introducía una mano debajo de la corta falda del uniforme mientras con el otro brazo ñ su nuca para acercar a su boca los labios golosos; aunque aquello confirmaba o disipaba las dudas de que la súbita elección de la “señora” obedecía a razones que escapaban a la mera necesidad de una sirvienta, lo que realmente la asombraba era que, a pesar de su conocimiento cabal del lesbianismo de su hija, las humillaciones infligidas a la camarera y, hasta los casi previsibles acosos de su hijos, hubiera aguantado su celos hasta el momento.

Desde aquel primer baño en que sus dedos conocieran la piel de otra mujer y sin saber nada todavía de la homosexualidad femenina, en lo más hondo de su psíque se había instalado un atracción sorda, primitiva y salvaje por esa mujer que le diera tanto y, abriendo la boca con apetito de naufrago, no sólo aceptó el beso sino que se estrechó contra ella en un ceñido abrazo; sin dejar de chuponearla fervorosamente, Delfina hizo que sus manos hábiles la desprendieran del uniforme y la ropa interior para luego pararse y conducirla hasta el baño donde abrió la ducha y, cuando comprobó la temperatura del agua, la hizo meterse en el cubículo de vidrio para luego entrar junto a ella para proceder a enjabonarla con finas cremas de baño, al tiempo que acariciaba todo su cuerpo.

A pesar de su experiencia sexual con Carlota, jamás mujer alguna había proporcionado a su cuerpo tan gratas caricias de amoroso cuidado y, sentirse tratada tan tiernamente, la gratificó. Dejándose estar, obedeció las instrucciones de la mujer para mover su cuerpo y permitirle llegar con sus manos hasta los rincones más recónditos del cuerpo. Los dedos inquisitivos fisgonearon curiosos en rincones donde los propios no lo hicieran y cuando ella se estrechó mimosa contra el cuerpo maduro, los de una mano se concentraron en hurgar primero los suaves repliegues de la vulva para luego introducirse curiosos al interior de la vagina, mientras el dedo mayor de la otra se perdía entre las nalgas para estimular delicadamente el agujero anal.

Camila no podía reprimir los ayes, quejidos y exclamaciones entrecortadas de placer y entonces, Delfina cerró la llave de la ducha para luego conducirla de la mano hacia en amplio lecho que la joven conocía sobradamente; haciéndola acostarse boca abajo en el centro de la cama y mientras la obedecía sumisamente, la mujer se trepó a su lado para comenzar un suave revoloteó de sus dedos sobre la piel, tan etéreo como es de imperceptible el posarse de una mariposa en un tierno capullo.

Habituada a sentir el roce de dedos en el cuerpo, nunca había pensado en los distintos grados de sensibilidad que las yemas conducían. Si bien no podía decir que las caricias de Carlota fueran bruscas, estas obedecían a la más oscura expresión de su exacerbada pasión, no dejando lugar a dudas cuál era su verdadero objetivo, en cambio, los dedos de Delfina tenían la extraña cualidad de comportarse como delicados pinceles de fino pelo que, a la manera de un artista, la mujer deslizaba sobre la piel que, ya reconfortada por el baño volvía tener la receptividad acostumbrada.

 

No obstante, eran los demonios que despertaban en sus entrañas en forma absolutamente condicionada los que ahora la subordinaban a sus caprichos. Sin comprender cabalmente por qué, su cuerpo se relajaba mansamente en lo exterior, pero era en el interior que, debajo de la epidermis, los músculos y tendones se crispaban como a la espera de algo extraordinario y sí, allá, en el fondo misterioso donde se gestaban los cosquilleos y escozores que luego se desparramarían entre sus intersticios para conducirla por las sendas doradas del placer, los colmillos afilados de las bestias iniciaban aquel pérfido tironeo que, como queriendo desarticularla, conducían sus carnes hacia el caldero siempre ardiente de su pasión.

Los dedos largos, espatulados, deliciosamente manicurados de Delfina, como finísimas herramientas de joyería, trazaban sobre la piel laberínticos toques que, tanto la exponían a la sedosa superficie de las yemas, como súbitamente trocaban a los filos casi cortantes de las uñas que, sin lastimar, trazaban invisibles surcos ardientes de inexplicable goce. Centrados esos movimientos en sus brazos extendidos hacia arriba, Camila descubrió que ahí, en la simple articulación interna de la muñeca, se escondía una terminal nerviosa que enviaría mensajes de urgente goce al fondo más arcano de su sexo. Hecha esa conexión etérea, los dedos continuaron descendiendo a lo largo del brazo, se entretuvieron un momento en el hueco del codo para continuar su camino e invadir la concavidad de las axilas.

Una especie de corriente eléctrica, un compartir campos magnéticos similares se trasfundía entre los dos seres y especialmente en la muchacha, cuya inaugural exposición la hacía más vulnerable. Por un momento se abandonó laxamente a la caricia, pero cuando las manos deambularon por los dorsales picoteando levemente en la comba de los senos aplastados por el peso del cuerpo, no pudo dejar de emitir un ahogado suspiro que tanto encerraba satisfacción como expectativa. Sabedora de lo que sus manos provocaban a la joven, Delfina dejó que esos cinceles del erotismo abandonaran la sólida masa que sobresalía por debajo del pecho para conducirlas hacia en centro propagador del goce como es la nuca. Allí, en una mezcla de masaje, caricia y martirio, los dedos ejecutaron una danza que sobaba, hería y provocaba la contracción muscular.

Contraídos en puños aleves, los nudillos presionaron los músculos que cubrían a la columna vertebral para descender socavantes por ella hasta donde se perdían en las colinas de los glúteos. Aquello había tensado a la muchacha y la contracción puso en la zona lumbar dos exquisitos hoyuelos que alucinaron a la mujer. Hipnotizada por esa piel de suave canela, permitió a los dedos hundirse en el sobar de las prietas carnes para luego explorar en el abismo que presentaba la hendidura.

Sin forzarlas, separaron las redondas nalgas y el espectáculo de un fondo maravilloso se exhibió ante sus ojos; desprovista de arruga alguna, la hendidura se combaba hasta verse interrumpida por el cráter apenas elevado de un volcán carnoso formado por los frunces concéntricos del ano que conducían al rosado nacimiento del recto; más abajo se presentaba ese pequeño sector de altísima sensibilidad que es el perineo e inmediatamente, la promesa apenas dilatada de la vagina. Conteniéndose a duras penas, decidió que había que darle tiempo al tiempo y entonces mandó a los dedos en procura de las tersuras de los muslos internos, por los que discurrieron hasta arribar al hueco detrás de las rodillas.

Ajena a los sordos bisbiseos ansiosos que Camila dejaba escapar mientras mordisqueaba nerviosamente sus labios resecos por la fiebre que la había invadido, se extasió en ese dulce valle de placer y luego fluyeron sobre los pulpejos de las pantorrillas hasta recalar en los pies; arrodillándose en la cama y encogiendo las piernas de la muchacha, tomó los pies en sus manos y bajando la cabeza, envió a la lengua serpenteante a rozar apenas las puntas de los dedos y, respondiendo al estremecimiento que la cosquilla colocó en Camila, fue recorriendo en lento periplo no solo la parte superior sino que, como un inquisitivo fisgón se aventuró en los pequeños huecos debajo de cada uno.

Nunca, jamás nadie había hecho eso y la joven sentía como si algo en su zona lumbar fuera derritiéndose al tiempo que insuflaba en la columna vertebral una dulzura que se dispersaba por todo su cuerpo. Ya la lengua no se conformaba con escarbar en ese sitio, sino que fue extendiéndose al intersticio entre uno y otro dedo y, luego de unos momentos de ese intolerablemente grato examen, los labios fueron rodeándolos uno por uno para someterlos a exquisitas succiones que se incrementaron hasta simular estar haciéndole una felación, particular y distinta a cada uno.

Con esa práctica que da la experiencia, sin forzarla, casi imperceptiblemente, Delfina hizo de tal forma que el cuerpo de la muchacha fuera rotando para quedar boca arriba.  Entonces, enderezando el torso, la mujer elevó sus piernas y la boca emprendió directamente succiones a los dos pulgares del pie como si en verdad se trataran de pequeños penes; el deleite ponía un grito mudo en boca de Camila y el aire caliente con que el deseo hacía vibrar las aletas de su nariz, le hizo elevar la cabeza para observar qué era lo que estaba dándole tanto goce. Aferrando entre sus manos como en una oración los dos pies juntos, los generosos labios de su patrona rodeaban a los dos dedos grandes, alternándose en las hondas chupadas y, advirtiendo el movimiento de la chica, fijó sus ojos en los suyos, dejando que la profunda lascivia de su mirada le expresara sordamente las promesas de lo que sucedería.

Sin permitir que esa mirada hipnótica se desviara ni por un momento, labios y la lengua iniciaron un despacioso periplo que los llevó a recorrer pacientemente las plantas de los pies, avanzar sobre los empeines, desde allí derivar a la excitación de los tobillos y, acompañados de los dedos sugerentes, deslizarse a lo largo de las pantorrillas hasta anidar en el hueco sensible detrás de las rodillas; Camila conocía cual sería la consecuencia final pero disfrutaba tan vehementemente de esa caricia nueva que, aun deseándolo intensamente, no quería que terminara nunca. Mientras lengua y labios envolvían la articulación escarbando en cada recoveco, los dedos exploraron demandantes a lo largo de los muslos, abriendo camino para que la boca succionante recorriera la firme superficie del interior.

Instintiva y naturalmente, la muchacha encogía las piernas a ese ritmo, elevando paulatinamente la grupa hasta que la boca dejó de tener contacto con los muslos para desplazarse sobre las colinas globosas de las nalgas, perdiéndose en la hendidura que las separaba. Como una embajadora curiosa, la lengua tremolante se perdió en esa profundidad hasta que la afilada punta se conectó levemente con los cerrados esfínteres anales.

La sutileza de la húmeda fricción puso un estilete ansioso en el vientre de la joven y, dejando que sus manos acudieran a los glúteos, los separó para que el roce cobrara aun más consistencia. Con el camino expedito, la lengua vibró sobre el haz fruncido y su respuesta fue inmediata, no sólo relajándose sino que, simulando una boca ávida, se contrajo y dilató en una pulsante sístole diástole simulando indecentes besos que permitieron a la punta introducirse en la tripa para degustar el sabor de los líquidos rectales.

Ya Camila no podía contener su contento y asiendo las piernas encogidas por las rodillas, las separó hasta el límite de sus brazos. Aceptando la invitación, labios y lengua se adueñaron del espacio sensibilísimo del perineo para ir ascendiendo a lo largo de la entrepierna pero sin tomar contacto con los labios ya dilatados de la vulva; los dedos de una mano acudieron en auxilio de la boca y, en tanto se deslizaban acariciantes a lo largo de la canaleta de una ingle, la otra abrevaba en el sudor allí acumulado para llevarlo a los labios en deleitada libación.

Con la crueldad de un verdugo, alternaron esos movimientos como regodeándose en la ansiedad que revelaban los roncos gemidos de la muchacha y recién cuando esa pelvis conmovida inició una serie de lerdos remezones en instintivo coito, la lengua se permitió tomar contacto con los casi morados bordes de la vulva. Lentamente, como respondiendo a un toque mágico, estos se dilataron complacientes y ante el tremolar de la punta dejaron aparecer los fruncidos meandros de los labios menores; cual si formaran parte de un fino encaje, los delicados bordes carnosos se fruncían y retorcían como las intrincadas circunvoluciones de un exquisito coral cuyos relieves, prominencias y salientes exudaban el satinado barniz de las mucosas. Abierto ese portal por los dedos índices, emergieron en toda su esplendidez, dejando al descubierto la oquedad intensamente rosada del óvalo.

Subyugada por el panorama, Delfina envió la punta de la lengua en atrevida exploración en todo el entorno y, cosquilleando en la base de los colgajos, elevándolos con el extremo engarfiado, los alojaba entre los labios para sorberlos en apretadas succiones cuya intensidad dejaba sin aliento a Camila; en tanto la boca de la mujer sojuzgaba a los pliegues, el dedo índice en colaboración con el pulgar asió al canuto del clítoris y estregándolo rudamente entre ellos consiguieron que el miembro interno cobrara carnadura, tras lo cual lo sometieron a una efectiva masturbación en la que aquel cobró su verdadero carácter de pene.

A Camila se le hacía imposible evitar la expresión de su placer pujando denodadamente con su pelvis contra aquella boca que la elevaba a planos desconocidos del goce y entonces Delfina modificó su estrategia; los labios envolvieron al alzado capuchón para succionarlo con la fuerza de una ventosa en tanto que los dedos bajaban para restregar los colgajos unos contra los otros y dos dedos de la otra mano se introducían lentamente en la vagina.

Aquello se parecía bastante más a lo que le realizara Carlota durante meses y, ya más tranquilizada, aflojó la tensión en tanto alentaba con musitadas palabras a la mujer para que no cesara de satisfacerla de ese modo y sus manos acariciantes jugueteaban en los rubios cabellos mojados al tiempo que incrementaba la presión de la boca contra su sexo; durante un tiempo sin tiempo, esa delectación se extendió hasta que la muchacha sintió el picor insoportable que precedía a sus orgasmos y los agudos colmillos de las bestias oscuras de las entrañas se revolvieron contra sus músculos para arrastrarlos al volcán que ardía en el fondo de su sexo.

Por las humedades que manaban entre sus dedos, la mujer comprendió el estado de la chica pero estaba decidida a llevar ese primer contacto hasta su última consecuencia; añadiendo otro dedo a la penetración y encorvándolos, les imprimió un movimiento giratorio de casi ciento ochenta grados que los llevaba a rastrillar todo el interior del canal vaginal y, que junto al insidioso vaivén con que la penetraba, se convirtieron en una verdadera cópula; sobrepasada por un tropel de sensaciones, Camila parecía querer rasgar al colchón con las manos atenazadas y cuando la mujer abandonó al clítoris para subir a lo largo de su vientre sin dejar de someterla a la masturbación, apresó la cabeza entre sus manos para conducirla hasta su boca. El sabor del propio sexo terminó por aumentar su histérica congoja y, en tanto que las dos bocas se fundían en una inacabable batallas de lengüetazos, besos y chupones, sintió como la mano de Delfina abandonaba la vagina para luego introducir a índice y mayor en su ano.

Acostumbrada al sexo anal justamente por sus hijos, aquello no debería haberle supuesto una molestia, pero fue tanta la fortaleza con que la mujer la aferró con un brazo por el cuello para estrecharla contra sí y hundir la boca en la suya en desesperados chupones a los que entremezclaba los bramidos de su excitación, que no pudo menos que sentirlo como una violación sodomita. En instintiva defensa, el cuerpo se arqueó como para repeler la agresión pero no hizo sino incrementar la hondura de la penetración y entonces sí, desbordada por la pasión, se aunó a los esfuerzos de la mujer.

Eran como dos bestias salvajes en la ruda pelea del celo más primitivo y, fundiéndose una en la otra, piel contra piel, carne contra carne, resbalando en la mezcla de sudor, saliva, babas y lágrimas que las cubría, alcanzaron sus orgasmos en medio de balbucientes reclamos de amor entremezclados con el llanto de la satisfacción.

Rato después, largo rato después, descansando acurrucada en brazos de Delfina, escuchó como esta le revelaba con infinita ternura los cambios que se producirían en su vida; en lo aparente y ante los demás, seguiría siendo su”secretaria privada” y en la casa continuaría siendo encargada de su dormitorio, sólo para permitirles días de privacidad como aquel; por otra parte, recibiría una suculenta paga mensual y, como ella era la dueña de la fortuna familiar, establecería secretamente un fideicomiso que ella podría hacer efectivo a partir de la mayoría de edad y que la ayudaría a abrirse paso en la vida sin tribulaciones económicas.

También le dejó en claro que, aunque la amaba sinceramente, a sus casi cincuenta años no podía pretender que ella, a los dieciocho, abandonara aquello que le causaba felicidad, por lo que podría seguir dándose gusto tanto con Carlota como con sus hijos o cualquiera que le gustara sin que se opusiera, siempre que con ella se entregara totalmente.

 

Ya desde esa misma tarde y luego de acompañarla a una reunión de la fundación, dejó de lado para siempre el uniforme azul e iluminada repentinamente por la decisión económica de su patrona que ahora era en realidad su amante con mayúscula, decidió sacarle provecho a su placer; por  eso, en las noches y en contraposición a la empecinada inmolación en la que Carlota se entregaba a la muchacha, ella comenzó no sólo a restringir sus escapadas nocturnas al cuarto de los jóvenes, sino que, en extorsiones veladas por su mimosa obsecuencia, fue consiguiendo en dinero y especies el tributo a su entrega sin concesiones.

Seis meses más tarde, Camila se movía en la sociedad provinciana con la desenvoltura de quien ha nacido en ese ambiente y ya Delfina la comisionaba para que ejecutara en su nombre, trámites y diligencias que ella no podía efectuar personalmente a los que, posteriormente premiaba con enloquecedoras sesiones matutinas de sexo en las que Camila tocaba el cielo con las manos por la cantidad y variedad de juguetes sexuales con que ahora de daban placer recíprocamente.

Aquella semana prometía ser particularmente movida para la muchacha, ya que su amante había viajado a Punta del Este para acondicionar la chacra con vistas a una próxima temporada y alistar un cuarto más para ella, con lo que Camila tendría que ocuparse de diversos asuntos en lugar de Delfina.

El martes a la tarde y cuando se disponía a salir de la casa, recibió un llamado del patrón, quien le pidió que, al mismo tiempo que efectuaba los trámites pedidos por su esposa, le alcanzara a su despacho una carpeta conteniendo una escritura que firmara aquella la semana anterior y que debía de estar sobre el escritorio de esta.

Efectivamente, la carpeta estaba donde le indicara el señor y, tomándola junto con otros papeles que necesitaba, salió rumbo al centro. En ese breve recorrido pudo comprobar cuanto había cambiado desde que Vanessa la proveyera de su primer vestuario. Las miradas de los hombres seguían cargadas de una lujuriosa admiración y las de las mujeres conservaban la envidia propia del género, pero gracias al cuidadoso guardarropa del que la proveyera Delfina para que no desentonara en las reuniones, su figura había adquirido una prestancia y garbo tales que la convertían en un pimpante capullo de extraordinaria belleza.

A pesar de la desenvoltura que mostraba para todo el mundo, en lo privado seguía siendo la campesina dependiente de la autoridad patronal y, cuando después de golpear discretamente, entró a la antesala del despacho de Don Javier, la ancestral timidez del vasallo la invadió.

No era porque este fuera precisamente un ogro ni un viejo cascarrabias, ya que apenas transitaba la cincuentena y la intensa vida al aire libre practicando deportes lo mantenía en un estado atlético que sus propios hijos envidiaban y el rostro atezado por el sol, resplandecía cuando lo iluminaba su blanca sonrisa como ahora lo estaba haciendo con ella al darle la bienvenida y conducirla hacia el interior del despacho.

La severa decoración de la oficina la apabullaba y mientras admiraba la riqueza de la fina madera revistiendo las paredes, la inmensa biblioteca llena de volúmenes todos iguales y el gran escritorio de caoba, se dejó conducir pisando muellemente en la espesa alfombra hacia un largo sillón Chesterfield. Indicándole que le entregara la carpeta, el hombre la invitó a tomar asiento y, haciéndolo junto a ella, se abstrajo en la lectura del documento.

Luego de unos minutos en los que la muchacha inmovilizada por la sensación de claustrofobia que le producía el austero lujo de ese ambiente sumido en una penumbra que sólo rompía la luz de lámparas estratégicamente distribuidas, sentía crecer dentro de ella una inquietud desacostumbrada, Javier dejó de lado el expediente y reconfortándola con una sonrisa encantadora, palmeó cariñosamente sus manos apoyadas en las rodillas mientras la interrogaba sobre si su permanencia en la casa y sus nuevas funciones le eran gratas.

Desconcertada por ese súbito interés del hombre que escasamente le dirigiera la palabra en ese año y medio largo, trató de explicarle en su lenguaje recientemente adquirido lo que había significado para una campesina ignorante como ella acceder a cosas tan simples como el aprender a comer en una mesa formal o conocer la existencia de otras prendas de uso interior.

El hombre escuchaba atentamente la franca y cándida descripción de los muchos asombros que la civilización le había producido y, cuando agotó su extenso repertorio, Javier asió sus manos entre las suyas para reprocharle entre severo y sonriente, que no lo hubiera incluido a él en las furtivas visitas a sus hijos. Anonada por el conocimiento de que sus escapadas nocturnas ya no fueran un secreto, sólo atinó a balbucear deshilvanadas frases con las que únicamente aumentó su confusión.

Golpeada por la convicción de que si ya todos conocían su  descontrolado comportamiento sexual, aquello comprometería su permanencia en la casa y por consiguiente su futuro, rompió a llorar desconsolada y silenciosamente mientras ocultaba su rostro entre las manos.

Conseguido su objetivo, que era desarmar la parca y casi soberbia distancia de su actitud, Javier se dedicó a consolarla como si se hubiera excedido en sus modales sin premeditación. Acercándose a ella en tanto le pedía que lo perdonara por su brutal franqueza, sacó un pañuelo para enjugar tiernamente las lágrimas y, cuando Camila esbozó una débil sonrisa de agradecimiento, acercó su cara para besarla suavemente en los labios.

Los modales del hombre mayor y el fuerte olor a tabaco  amedrentaron a la muchacha y, a pesar de ensayar una vana negativa apenas susurrada, permaneció en suspenso y temblando de miedo; sabiendo de lo que eran capaces sus hijos con una mujer, Javier no dudaba que la tímida muchacha era protagonista privilegiada de las mayores depravaciones sexuales y, al parecer, era ella quien acudía en su búsqueda sin necesidad de coerción alguna.

 

Tomándola por el mentón y en tanto rodeaba sus hombros con un brazo, viboreó un instante sobre los labios temblorosos que cedieron maleables a la presión y, mientras excitaba las encías, fue recostándola delicadamente en el mullido asiento de cuero. Sin hacerse rogar, en esa obediencia primigenia del sirviente al amo, Camila no alentaba al hombre pero lo dejaba actuar mansamente, sin oponer resistencia alguna.

Aunque era hombre de conquista fácil y ese despacho era mudo testigo de la infinidad de mujeres a las que hiciera suyas, la admirable belleza morena del rostro y la morbidez de esos labios perfectamente dibujados tenían sin sueño al avezado abogado y, echando su cuerpo sobre el de Camila, la aferró por la nuca para someter su boca en una serie de besos, lengüeteos y chupones que dejaban a la muchacha sin aliento.

 

En aquel cuerpo acostumbrado no sólo a soportar sino a disfrutar del sexo, las respuestas eran absolutamente inconscientemente primitivas y, como si hubiesen encendido un mecanismo perverso, en su vientre se reavivaron las brasas nunca apagadas del deseo. De forma totalmente involuntaria, sus piernas se separaron y el cuerpo se acomodó para que el peso del hombre no la sofocara; una mano de Javier descendió a levantar el ruedo de la pollera e incrementando sus besos con vehemente gula, de alguna manera desprendió su pantalón para extraer la verga ya rígida. Guiándola con los dedos, escarbó sobre el refuerzo de la trusa hasta separarlo y embocar la testa del miembro en la vagina.

Habituada al volumen de los de sus hijos, la afilada punta ovalada no la molestó y, cuando el hombre penetró profundamente el canal vaginal, la muchacha envolvió las piernas en sus glúteos con golosa satisfacción. Con ser de menor largo que los de Emilio y Esteban, los años habían otorgado al miembro un grosor que magnificaba la fortaleza del músculo, restregándose rudamente sobre la epidermis condicionada para responder al menor roce.

Independientemente de la situación, toda ella respondía a los estímulos del hombre prodigándose en el besuqueo y en tanto se agarraba a los hombros de Javier, le pedía en lenguaje soez entre gemidos y ayes de complacencia, que la dejara beber en la fuente de aquel néctar almendrado que la enajenaba.

Saliendo de ella, el hombre se bajó los pantalones y sentándose en diagonal en la esquina del sillón, abrió sus piernas para que la muchacha se acomodara entre ella; con anhelosa voracidad, Camila se apresuró a arrodillarse en la muelle alfombra y llevó sus manos a la entrepierna de Javier. El grosor desusado de la verga la atemorizaba pero la atraía simultáneamente y palpando aquel tronco que nunca alcanzaría a abarcar con los dedos, acercó la boca al glande.

Con los dos hombres que conociera en su vida había podido comprobar que cada uno exudaba fragancias similares pero con matices distintos que las hacían particularmente atractivas y Javier no era una excepción; un aroma singularísimo gratificaba su olfato que, mezclado al de su sexo que aprendiera a degustar con especial beneplácito, hicieron dilatar las narinas de su nariz con salvaje angurria y la lengua salió de su escondrijo en vibrante exploración.

Tremolando nerviosa sobre la pulida superficie, enjugó sus propios fluidos y las papilas respondieron enviando un lascivo mensaje a su cerebro. Una ansiedad irrefrenable la hizo conducir la lengua hacia el surco en el que se mostraba el lábil prepucio remangado y allí se hundió para fustigar rudamente la sensible epidermis. La avidez la dominaba y formando con índice y pulgar un prieto anillo sobre el surco, inició un movimiento circular que hizo roncar al hombre de satisfacción mientras la lengua se dedicaba en colaboración con los labios a rec

orrer todo el derredor del tronco en una morosa marcha descendente.

Particularmente instigada por las acres secreciones de los testículos, se entregó afanosamente a recorrer su arrugada superficie y, en tanto que ahora su mano toda recorría la verga en una alienante masturbación en la que ponía el acento en una periódica maceración envolvente del glande, los labios efectuaban vigorosos chupones a la piel para estirarla elásticamente.

Enardecida por la recompensa que la esperaba al concluir con tan deliciosa tarea, subió nuevamente hacia la testa inflamada por el restregar de los dedos y, abriendo con golosa desmesura la boca, alojó en ella su inmensidad. A pesar de toda su experiencia y del condicionamiento muscular de la quijada, le costó introducirla, efectuando a modo de acostumbramiento una corta y repetida succión que abarcaba solamente desde el prepucio hasta la ovalada punta.

En tanto que una mano acariciaba los testículos, la otra recorría el tronco de la verga arriba y abajo con movimientos circulares, resbalando sobre la capa de saliva que manaba de su boca y, lentamente, casi imperceptiblemente, fue introduciendo la carnosidad cada vez un poco más adentro. Progresivamente y en un movimiento en el que retrocedía un tanto para luego avanzar escasamente, el miembro todo se encontró dentro de la boca; efectuando pequeñas oscilaciones de la cabeza, comenzó a retirar al falo con perezosa lentitud y, cuando su boca se dedicó a macerar nuevamente al glande, la mano retomó su lugar en la masturbación.

Ese movimiento alucinante para los dos se repitió durante unos momentos hasta que el hombre le anunció la proximidad de su eyaculación y entonces, mientras con su lengua improvisaba una húmeda alfombra sobre la cual se deslizaba la verga comprimida por los labios, la mano que amasaba frenética los genitales, envió un dedo a estimular la apertura del ano masculino y, al sentir los primeros estremecimientos del hombre junto con la expulsión del anhelado elixir en su boca, el dedo se hundió inmisericorde dentro del recto.

Javier bramaba del goce que le proporcionaba la felación sodomita y, en tanto él mantenía aferrada su cabeza entre las dos manos mientras meneaba enloquecido la pelvis, Camila se extasió bebiendo con fruición aquella cremosa melosidad hasta que ya no surgió ni el atisbo de una gota de semen.

Agotada por la intensidad con que había encarado al sexo oral, cayó rendida sobre la alfombra, ocasión que aprovechó el hombre para deshacerse de la camisa y terminar de sacar los pantalones por los pies. Luego y con infinita ternura pero sin levantarla del suelo, despojó hábilmente a la muchacha de su vestido para dedicarse a quitarle el corpiño y la bombacha.

Desnuda como Dios la trajo al mundo pero exhibiendo ahora la rotunda belleza de sus formas en plena sazón, la alzó para acomodarla sobre el asiento y, abriéndole las piernas, dejó a su lengua recorrer con molicie el transpirado interior de los muslos interiores. El interrumpido coito inicial y la posterior felación habían conducido a la joven a un estado de excitación que, sumado al cansancio físico, la sumía en una voluptuosa beatitud y, rezongando mimosamente insinuante, ofreció al hombre el espectáculo maravilloso de su sexo.

El vello recortado prolijamente por Carlota en un pulcro triángulo oscuro, sólo dejaba entrever una apretada rendija de la cual apenas emergía la insinuada prominencia del clítoris. Obnubilado por aquel sexo cuasi infantil, Javier extendió la punta afilada de su lengua sólo para darle una probada, pero una reacción natural e involuntaria hizo que a ese toque, los labios mayores se distendieran para ofrecerle una vista parcial del interior.

Entre el costurón externo cuyo oscurecimiento era ostensible, surgía el arrepollado frunce de los labios menores y el capuchón arrugado del clítoris se iba transformando en un grueso tubo carneo. Acelerando el tremolar del órgano a todo lo largo, Javier hizo que sus dedos índices separaran cuidadosamente la carne y ante su vista quedó expuesta la esplendorosa belleza del sexo; los ennegrecidos labios mayores daban marco a un contrastante óvalo intensamente rosado en cuyo fondo de iridiscentes brillos nacarados campeaba el agujero de la uretra. Rodeando aquel cuenco, se extendían dos pliegues cuyos meandros fruncidos iban desde el blancuzco lechoso hasta el ennegrecido violáceo de los bordes y su parte más voluminosa caía con la abundancia de las barbas de un viejo gallo.

Esos pliegues se extendían hacia arriba para formar el capuchón que apenas contenía la carnosidad erecta del clítoris que parecía querer romper la membrana que lo contenía y en la parte inferior, la fourchette, esa corona de tejidos que orlaba la entrada a la vagina que, gotosa y latiente, se abría como una boca alienígena.

 

En su larga y ajetreada vida como terrateniente, Javier había gozado de sus prerrogativas como patrón, no sólo con las mujeres de sus asalariados sino tomando provecho de que estas le entregaran a sus hijas, algunas aun no desarrolladas, pero jamás había contemplado un sexo tan hermoso en todos sus aspectos, ya que su frondoso desarrollo no lo mostraba como algo bestial sino que lo convertía en algo tan apetecible que lo sacaba de quicio, aun sabiendo por propia experiencia que estaba lejos de ser virgen.

Habituada al placer que le daban Carlota y Delfina, la joven no se apabulló porque Javier fuera el patrón y le pidió con desfachatada exigencia que la hiciera feliz. Este no necesitaba que lo incitaran y dejando a la lengua recorrer delicadamente todos y cada uno de los recovecos, sinuosidades y revueltas de los frunces, fue deleitándose con la fragancia y sabor de los jugos de natural almizcle.

Para Camila, la lengua era como si una fina herramienta de orfebrería fuera cincelando sus tejidos y, en medio de entrecortados jadeos, acarició la ondulada cabellera del hombre para instigarlo a que profundizara su accionar, en tanto que su pelvis ondulaba en pequeños meneos proyectando al sexo hacia la boca; toda aquella, no ya sólo la lengua, se había apoderado de la vulva y, en tanto que índice y pulgar de una mano ceñían al clítoris en vigorosas retorceduras, los labios maceraban entre ellos y contra los dientes los cada vez más inflamados pliegues. En un momento dado se invirtieron los roles y en tanto la boca sojuzgaba al órgano del placer con labios y dientes en intensos chupones y mordeduras, los dedos asían entre ellos los pliegues paralelos para estregarlos entre sí mientras tiraban de ellos para incrementar la afluencia de sangre.

Ya las ondulaciones de Camila se habían convertido en rudos empellones en busca de la satisfacción y, en consecuencia, Javier sumó al accionar de la boca el de los dedos de la otra mano. Uniendo índice y mayor, los hizo transponer el umbral jugoso de la vagina y allí escarbar encorvados hasta hacer contacto con la endurecida callosidad del Punto G. Ahora la muchacha no ponía freno a sus más desinhibidas exclamaciones, pidiéndole al hombre que la hiciera alcanzar de esa manera el tan ansiado orgasmo.

Decidido a complacerla complaciéndose, hizo que la mano abandonara la henchida prominencia y rastrilló con los dedos a lo largo de todo el canal vaginal en cadencioso vaivén copulatorio. Juzgando por sus gemidos y sollozos que la muchacha ya estaba a punto, redobló la intensidad de dedos y boca e imprimió a la mano un movimiento giratorio de ciento ochenta grados con el que desató un verdadero pandemonio en Camila quien, meneando descontroladamente sus caderas, prorrumpió en jadeantes exclamaciones de placer y el anuncio del anhelado orgasmo, cuya consecuencia líquida escurrió abundante entre los dedos del hombre.

Todavía la muchacha se estremecía a causa de las contracciones y espasmos uterinos, cuando Javier la colocó de costado y haciéndole encoger la pierna contra los pechos, embocó la verga contra la encharcada entrada a la vagina para que el grueso miembro se adentrara en ella; dando gracias a Dios de que su musculatura interna tuviera la virtud o condición de recuperar la tensión inicial cualquiera fuera el tamaño de lo que los dilataba, arañando con sus cortas uñas el cuero del asiento, se dispuso a disfrutar con la distensión de sus tejidos más sensibles. Al comienzo y a pesar de las mucosas que lubricaban abundantes el canal vaginal, el volumen de la verga le resultaba casi insoportable, pero en la medida que el tránsito se hacía más fuerte y los músculos cedían complacidos al roce infernal, comenzó a disfrutarla y, tomando ella misma su muslo para incrementar el doblez de la pierna, pidió al hombre que la penetrara con mayor vigor.

Estirándole la otra pierna para apoyarla sobre su pecho, Javier amplió la dilatación del sexo y, estrechando al muslo contra sí, inició un hamacar del cuerpo que llevaba su pelvis a estrellarse violentamente en la entrepierna. Aun sin penetrar más allá del cuello uterino, aquello era lo más grande que la joven soportara en su interior, aparte de dos vergas de sus hijos juntas.

Javier comprendió como aquello afectaba a la muchacha y, modificando su posición, la hizo arrodillarse sobre el borde del asiento con las piernas bien separadas. El ancho respaldo le permitía a Camila apoyar en él los antebrazos y asida al borde, quebró la cintura para que sus ancas se alzaran oferentes al hombre.

Tomándola por las caderas, el falo portentoso volvió a penetrar la vagina pero ahora, tras cada remezón, el hombre lo retiraba totalmente para observar fascinado como el órgano genital permanecía dilatado y, tras comprobar como las rosadas carnes volvía a contraerse, avasallaba los ennegrecidos colgajos hasta sentir los testículos golpeando el clítoris.

Enloquecida de placer y en tanto apoyaba la cabeza contra el cuero, la transpirada Venus morena impulsó su cuerpo hacia el miembro que la socavaba y, ondulando al cadencioso ritmo del hombre, le suplicó sordamente que la hiciera gozar más, sodomizándola.

Tras unos minutos en que Javier se empecinó en aquella cópula, obedeciendo a su propia e incontinente necesidad y los reclamos de la joven, pinceló en burdos brochazos de la verga a lo largo de la hendidura, para finalmente apoyar el ovalado glande contra el ano y empujar. Sin violencia alguna, sólo poniendo el peso de su cuerpo, consiguió que los fruncidos esfínteres anales fueran cediendo paulatinamente hasta que la cabeza desapareció en el recto.

El rugido contenido en el pecho de Camila fue convirtiéndose en sonoro bramido que, cuando él hizo penetrar al resto del voluminoso tronco, se transformó en un grito de fervoroso asentimiento y que, conforme él iniciaba un rítmico vaivén, devino en jubiloso jadeo. Durante un rato, los amantes se acoplaron cadenciosamente y, ya agotado por la intensidad del coito, el hombre salió de ella para quedar sentado en el sillón.

Camila también estaba derrengada y, manteniendo la posición, descansaba contra el respaldo mientras sentía fluir por los muslos interiores los jugos que rezumaba la vagina, cuando Javier la atrajo hacía él y ahorcajada sobre su pelvis, la hizo descender hasta que la verga penetró limpiamente en la vagina. Las manos apoyadas en el respaldo, hacían que sus pechos oscilaran frente al rostro de Javier y, en tanto intensificaba los empellones de sus caderas para multiplicar la efectividad del galope de la joven, manos y boca se dedicaron a estrujar, lamer y chupar las mórbidas mamas.

Eso complació tanto a Camila que su cuerpo no sólo efectuaba un instintivo movimiento de arriba abajo sino que lo complementaba con un adelante y atrás al que, ocasionalmente se sumaban giros por los que la verga se movía aleatoriamente en su interior. Era tal el enardecimiento de los amantes que, cuando Javier le pidió que saliera de él y se acuclillara en el asiento dándole la espalda, lo obedeció inmediatamente. Acariciando su torso resbaladizo, fue haciéndola descender hasta que el óvalo hizo contacto con la entrepierna.

Cubierta por las espesas mucosas de la mujer, la cabeza del falo tentó en el perineo para luego derivar hacia el ano que, ya dilatado, terminó de distenderse para alojar placenteramente todo el vigoroso tronco. Solicitándole al hombre que la sostuviera para no perder el equilibrio, ella acentuó la altura de las piernas colocándose en puntas de pie y, flexionándolas, empezó una jineteada en la que el miembro parecía a punto de salirse de la tripa al alzarse y que, al bajar, hacía al  vello púbico del hombre rozar reciamente sus carnes.

Como un mecanismo calculado con precisión, los cuerpos se embestían sonoramente y, en tanto que él la sostenía con sus poderosas manos, ella llevó las suyas a sofrenar la violencia con que los senos zangoloteaban dolorosamente contra el pecho. Ese contacto terminó por exacerbarla y las manos ya no trataban de contener a los pechos sino que los dedos se empeñaron en estrujarlos prietamente mientras retorcían sin piedad los pezones.

Camila sabía que una nueva descarga hormonal se aproximaba y, esperando que el hombre la acompañara en su alivio, lo proclamó a voz en cuello en tanto que sus manos abandonaban los senos para concurrir hacia la entrepierna, donde una se encargó de fustigar rudamente al clítoris mientras que dos dedos de la otra se encargaban de invadir la vagina en una masturbación que la sacó de quicio hasta que, sintiendo correr entre los dedos la tibia expulsión del orgasmo, recibió en la tripa los espasmódicos chorros de la simiente masculina.

 

El esfuerzo la había convertido en una escultura brillantemente barnizada por la abundancia de la transpiración que sentía correr en arroyuelos a lo largo de todo el cuerpo y, tras hacerla recostar un momento sobre el tapizado de cuero para que recuperara el aliento, Javier la condujo hasta un lujoso baño en el que le pidió que se duchara para volver a tener el pulcro aspecto que presentara al llegar.

Rápidamente, el agua caliente sacó de su piel aquel pastiche de sudor, saliva, babas y semen, mostrando nuevamente el satinado lustre de su piel. Javier había llevado al baño sus ropas y, a excepción de la bombacha que mostraba los rastros de la vehemencia masculina, el resto estaba impecablemente limpio. Guardando en el bolso de mano la trusa, se vistió con premura y, tras peinar la corta melena y retocar el escaso maquillaje, salió al despacho tan fresca como cuando llegara.

Tras recoger los papeles con que debía terminar los trámites para Delfina, salió a la calle con esa presunción y soberbia de quien se siente al mando de las situaciones y con el calor de aquella cópula ardiendo aun en sus entrañas, se felicitó a sí misma por el avance que realizara desde ser una humilde e ignorante chica campesina hasta ese hoy que se le presentaba venturoso.

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