Qué masaje...

Publicado en por rottenmind

 

Por ser ella misma deportista amateur pero sin demasiada convicción, había seguido la carrera de fisiatría pero una vez recibida a los veintiún años, descubrió que no era tan fácil conseguir trabajo, ya que en los hospitales las plazas no eran muchas y estaban ocupadas y en los gimnasios utilizaban más masajistas empíricos que profesionales matriculados.

Finalmente su búsqueda dio resultado en una empresa que prestaba servicios asistenciales domiciliarios a instituciones estatales o municipales; de cualquier manera no  era lo esperado, ya que la gran mayoría eran jubilados impedidos que más necesitaban apoyo que verdadera rehabilitación, pero la paga era importante y el trabajo liviano, así que se acostumbró a eso de deambular por la ciudad de un paciente al otro.

Ella había escuchado de un futbolista herido en un asalto y su posterior recuperación pero con el saldo de una invalidez. Como no era aficionada al fútbol, no ató cabos cuando recibió la orden de atender a ese paciente, aun cuando la edad le pareció demasiado baja para ser beneficiario, se dijo que podría ser un accidente y acudió a la cita sin preconceptos.

Realmente se hizo cargo de su distracción cuando la mujer le abrió la puerta y mientras la conducía al cuarto, le explicó que la bala en la cabeza había afectado la motilidad y su marido tenía las piernas absolutamente paralizadas. Nomás al entrar ala habitación, reconoció al ex jugador internacional y  se alegró de tener por una vez la oportunidad de atender a alguien que realmente la necesitara.

Después de presentarse y someter a Jorge a una serie de preguntas que le permitirían establecer un diagnóstico y con él una rutina de rehabilitación, le pidió a la señora que descubriera las piernas para un primer reconocimiento. Verdaderamente era un pecado ver que esas piernas musculosas y recias, estuvieran condenadas a la inmovilidad total y con su franqueza habitual que disgustaba a los ancianos, le dijo que antes de iniciar cualquier tratamiento, su deber era informarle que no alentaras esperanzas en cuanto a recuperar el movimiento y que su trabajo sólo serviría para mantener la masa muscular sin deterioro.

Jorge le contestó que a ese respecto ya había asumido su parálisis y que, agradecido por haber salvado la vida sin ser un vegetal total, sólo deseaba que sus piernas antes famosas no se transformaran en dos palitos de escoba; sentada a un costado de la cama, dejó a sus dedos expertos recorrer la recia musculatura para comprobar que esta parecía estar intacta y que además conservaba toda la sensorialidad a roces, pellizcos y pinchazos.

Tomándolo como un desafío, se aplicó a examinar una sólo pierna y para tener mejor sensibilidad táctil, se la encogió para abarcarla toda; ciertamente, los músculos parecían estar intactos pero se dijo que el hombre seguramente se sentiría menoscabado con la progresiva pérdida de peso y volumen por  lo que hizo trabajar a los dedos con cierta intensidad que hizo proclamar al futbolista lo bien que le hacía aquello.

Satisfecha por poder ser eficaz, comenzó con movimientos de tracción a pesar del peso muerto de la pierna; estaba en eso, cuando la esposa de Jorge le dijo que si no se ofendía, tendría que dejarla sola ya que sin conocer la hora exacta de su visita, había programado una cita con el abogado que estaba a cargo de la  causa.

La mujer se alegró cuando ella le respondió que tendría para más de una hora y que en caso de demora, ella se las arreglaría para esperarla hasta que volviera; a Mabel se le iluminó el rostro de alegría y diciéndole que ahora podía irse tranquila, le agradeció con un afectuoso beso en la mejilla y después de hacer lo mismo con Jorge,  salió del departamento.

Acostumbrado al trabajo de los kinesiólogos, Jorge iba señalándole que efecto provocaban sus sobamientos y cuanto se alegraba de que le hubiera tocado una chica tan joven y linda como ella; Silvina se divertía con los patéticos lances que se tiraban ciertos hombres maduros, pero en el caso de Jorge, se trataba un hombre joven y fornido que estaba en la plenitud de la vida y una cierta inquietud que ella reconocía como excitación, instaló un cierto escozor en el fondo de sus entrañas.

Pretendiendo ignorarlas tanto como a los cumplidos del hombre sobre su estatura de valkiria, la blancura de su piel, el claro de sus ojos o lo bien que combinaba con su bello rostro el largo cabello rubio recogido en una cola de caballo, prosiguió con el rudo trabajo de las manos pero no podía soslayar la presencia del bulto que tapaba un pequeña toallita en la entrepierna y que con la aproximación de los dedos sobre el aductor cobraba mayor volumen.

No era la primera vez que a un paciente le sucedía eso pero en general se trataba de viejos a los que simplemente se les ponía morcillona la verga pero nada más, en cambio esa crecía rígida levantando la tela que la protegía; cuando ella bajó la pierna derecha y se inclino para levantarle la izquierda, él extendió una mano y  tomando una de las suyas, la condujo hacia el miembro que descubriera con la otra en tanto le pedía en una especie de ruego y orden, que se la tocara un poquito.

Eso sí era la primera vez que le pasaba y turbada por lo que él quería, se inmovilizó por un momento que Jorge tomó como aquiescencia y los dedos rozaron la piel caliente de lo que ya era un falo portentoso. Silvina era una experta masturbadora e inconscientemente dejó que los dedos envolvieran la tremenda verga y sintiendo ella misma un salvaje tirón de deseo en el fondo de la vagina, acarició suavemente al miembro mientras sus ojos ansiosos de temor o anhelo, se clavaron en los del hombre que ante esa reacción, envolvió los dedos con su mano para iniciar un moroso movimiento de vaivén.

Al tacto, la verga era impresionante y comprobó sus grosor al no poderla abarcar totalmente con sus largos dedos; sin tener cabal conciencia de ello, de su boca entreabierta escapaba un sordo acezar y la garganta se le resecaba por los nervios; tragando dificultosamente saliva y sin apartar la mirada de los ojos del hombre, consintió que él comenzara una lenta masturbación que fue enardeciéndola.

Diciéndole suavemente que fuera buena y no lo dejara así, aceleró en vaivén que ella aceptó gustosa y cuando Jorge soltó sus dedos, autónomamente la mano toda siguió con la áspera masturbación; verdaderamente Silvina encontraba satisfacción en pajear a los hombres y sabiéndose segura en la intimidad que les daba esa soledad y la inmovilidad del hombre, dio a su mano un cadencioso ir y venir que la complació casi tanto como a Jorge quien murmurando groserías, alababa sus condiciones innatas de puta.

Lejos de ofenderla, aquello era siempre un acicate para sus lúbricos deseos rayanos a la incontinencia o furor uterino que se desbocaban cuando una situación no premeditada la acuciaba; Levantándolo entre dos dedos en forma vertical, bajó la cabeza y alojó su lengua tremolante en el nacimiento del tronco para luego ir ascendiendo lentamente hasta alcanzar la punta cubierta aun por el prepucio al que corrió con los dedos y abriendo desmesuradamente la boca, fue introduciéndolo en ella al tiempo que fijaba sus ojos entrecerrados por la lascivia en los de Jorge, quien observaba expectante lo que hacía.

La masa de carne fláccida fue ocupando su boca en tanto ella ejercía una suerte de masticación por la que la lengua la maceraba contra el paladar y el interior de las mejillas. Aunque realizaba aquello desde su primera experiencia con sólo catorce años, tal vez a causa de su obsesiva obsesión sexual, esa verga tenía una consistencia y textura como ninguna de las tantas que chupara en su vida y mientras se afanaba en esa succión a la que agregó un movimiento de la cabeza hacia los costados, rodeó la base entre índice y pulgar para formar un anillo que comprimía y soltaba al tronco, con lo que iba consiguiendo que la verga cobrara volumen.

Paulatinamente, sintió como el falo iba en camino de convertirse en tal y redoblando tanto la succión de la mamada como un mínimo vaivén masturbatorio de los dedos, consiguió que se irguiera lentamente y como ya no podía mantenerla enteramente en la boca, se concentró en un ir y venir de la cabeza sobre el glande que iba aumentando de tamaño gracias a esos esfuerzos.

Fascinada por el tamaño y la forma, se decidió y la fue introduciendo a la boca hasta que la cabeza rozó la garganta y aguantando la nausea, cerró prietamente los labios para empezar a retroceder en pequeños remezones en los que succionaba profundamente junto a la presión de la boca para luego aflojarlo totalmente, haciendo lo mismo con una mano, formando un tubo de mágicos placeres. De esa manera recorrió el estupendo tronco y al llegar al glande, reinició el movimiento hasta adquirir un verdadero ritmo.

Mientras Jorge la alentaba roncamente, ella detuvo el chupar por el cansancio que le provocaba y en tanto clavaba en sus ojos una mirada tan libidinosa como la sonrisa que distendía sus mórbidos labios, ejerció con ambas manos un extraño movimiento giratorio en el que cada una se movía en sentido inverso a la otra y juntas subían y bajaban resbalando en la espesa saliva que ella expulsara.

Cuando hubo descansado, volvió a las hondas chupadas y de esa manera, alternó los movimientos de boca y manos hasta que los bramidos del hombre le anunciaron su próxima eyaculación y a riesgo de que luego él no se recuperara, aceleró a chupadas y masturbaciones hasta que acompañados por lo rugidos de Jorge, los espasmódicos chorros del semen se volcaron en su boca.

 Ciñendo  los labios al tronco para evitar que ni siquiera una gota escapara de su boca, chupó intensamente en tanto los dedos completaban la masturbación: Lentamente y convencida ya de que nada surgiría de la verga, deglutió con fruición los restos de esa espesa melosidad le sabía a gloria.

Henchida de satisfacción por aquella fenomenal felación pero que sólo marcaba el prólogo de lo que ella pretendía realizar con el hombre, se quitó rápidamente la holgada y corta solera por encima de la cabeza, dejando en evidencia que sus hermosos senos carecían de sostén alguno. Despojándose con presteza de la mínima trusa, trepó enteramente a la cama para colocar los pies a cada lado de las caderas de Jorge y acuclillándose, hizo descender el cuerpo hasta que su sexo rozó la cabeza del falo que ella guiaba con los dedos.

Deseosa de experimentar el estregar de esa verga aun mojada por los restos del esperma y su saliva, lleva el glande a raspar deliciosamente al clítoris para luego estimular reciamente el interior de la vulva y recalar más tarde sobre el agujero de la vagina; como castigándose a sí misma, presionó con el óvalo dilatando los bordes carnosos y luego  alejó el cuerpo, como negándose el placer de la penetración y sólo cuando su angustia la obligó a hacerlo, se dejó caer lentamente, sintiendo como el falo portentoso iba separando sus músculos como nunca antes lo hiciera miembro alguno.

Recién cuando lo sintió hurgar en el fondo de la vagina y la vulva  depilada rozó contra el velludo pelambre del hombre se dio por satisfecha y apoyando las manos en sus rodillas para conservar el equilibrio, dio inicio a una cópula que se le antojaba maravillosa por el placer que le otorgaba la intensidad del flexionar de las piernas. Tan arrebatado como ella, Jorge acariciaba el interior de los muslos poderosos con sus manos y el pulgar de una de ellas se alojó contra el erguido clítoris, otorgándole un nuevo e inesperado placer.

Exaltada por la jineteada, ella irguió el torso y dándose empuje con las manos en la zona lumbar, se extasió en el fantástico galope, pero poco a poco la lujuria fue ganándola y posándolas en los senos que se agitaban levitantes, los sobó y estrujó entre los dedos y mientras sacudía sin control la cabeza echada hacia atrás, proclamó en roncos bramidos su necesidad de acabar.

 

Marcos confirmó que la parálisis había aumentado su concupiscente lascivia como en todos los discapacitados y diciéndole que quería conocer el sabor de su sexo y el gustito de sus eyaculaciones, le pidió que se acomodara para poder hacerle sexo oral; liberándose de las almohadas y guiándola con las manos, la hizo mantenerse acuclillada pero con los pies apoyados tras sus hombros.

Como la proximidad con el respaldo y la pared la obligaron a encoger y abrir las piernas hasta lo imposible, el sexo se ofrecía con una extraña flor carnívora ante los ojos del hombre, quien terminó de separar los labios mayores para llevar su lengua a recorrer tremolante los colgajos arrepollados del interior; Silvina creyó tocar el cielo con las manos e imprimiendo a su pelvis un corto menear adelante y atrás, colaboró con Jorge al tiempo que le pedía con vulgares adjetivos que le hiciera el mejor sexo oral con boca y dedos.

Satisfaciéndola, él se dedicó con ahínco a chupetear en hondas succiones al erecto clítoris mientras los dedos de una mano se encargaban de restregar entre sí los inflamados pliegues y un grueso dedo mayor iba hundiéndose lentamente en el ano; aquel placer excedía sus expectativas y en tanto que lo alentaba en medio de maldiciones y jadeos, consiguiendo que él convirtiera a la mínima sodomía en un enloquecedor vaivén, ella envió una mano a la entrepierna para reemplazar a la boca con un frenético restregar al clítoris  que momentos después fue nuevamente reemplazada por la boca del hombre y en tanto lo chupeteaba con  labios y dientes, formó una tenaza con índice y pulgar que, hundiéndose el primero en el ano y el segundo en el sexo, se cerró para que ambas se frotaran a través de las delgadas paredes de la vagina y la tripa, moviéndose en un enloquecedor movimiento basculante y de esa manera, su vientre derramó los ríos de la satisfacción en la boca de Jorge.

Por unos momentos más y en tanto él se deleitaba saboreando la dulzura de sus jugos, ralentando la acción del dedo en el ano, ella continuó restregando la prominencia del clítoris hasta que, rendida pero sabiendo que debe continuar para ejecutar aquello que la desvelaba antes del regreso la mujer., se rehizo y escuchando como Jorge alababa la consistencia de sus carnes y su natural predisposición para el sexo oral, se deslizó nuevamente hacia abajo para tomar el decadente pene entre los dedos.

A pesar de su enfermedad, Jorge parecía poseedor de una virilidad fuera de lo común, ya que, después de unos momentos en que ella sobara al miembro y lo introdujera  en su boca en avaricioso chupar, este fue recobrando poco a poco su erección.

Respondiendo al entusiasmo con que Silvina lo succionaba y masturbaba, el recio falo recuperó su rigidez y es entonces que ella, tras varios rápidos remezones de los dedos, colocó una rodilla a cada lado del torso de Jorge; tras restregarlo repetidamente contra los mojados e inflamados pliegues de la vulva, se inclinó hacia delante para buscar con la oblonga cabeza los frunces del ano.

Maravillado por la frenética incontinencia de la muchacha, el futbolista acomodó mejor el torso y esperó lo que ella haría mientras se regodeaba acariciando y estrujando la regia masa de esos senos colgantes; haciendo descender lentamente el cuerpo y en medio de sus exclamaciones que combinaban el placer con el sufrimiento, Silvina se penetró hasta que la velluda pelvis de él se estrelló contra las nalgas.

La soberbia verga parecía llenar toda su tripa, pero era ese martirio inicial que le provocaba urgencias similares a la evacuación el que la llevaría a la excitación total y apoyando las manos en los hombros de él, se dio envión para comenzar con un rítmico balanceo por el que el falo se hundía hasta lo más hondo de sus entrañas para luego ir saliendo hasta que la sensibilidad de los esfínteres le decía que no debía dejarlo escapar y entonces reiniciaba la sodomía.

Jorge estaba deslumbrado por la lascivia de esa mujer a quien creía una virtuosa jovencita y poniendo sus manos a trabajar, ciñó casi con saña los senos, dejando a pulgares e índices regocijarse en los pellizcos y retorcimientos a los pezones que provocan en  Silvina satisfechos reclamos para que los incrementara, complementándolos con la boca; levantando la cabeza cuanto podía, Jorge fue adecuando las fuertes succiones de los labios a la  dura tortura de los dedos.

Rugiendo de placer, Silvina se hamacaba encima de él que se entusiasmó con la recia frotación de la tripa a la verga y entonces, incrementó el alternado chupar y retorcer a las mamas, hincando en ellas  el filo romo de los dientes mientras con la uña del pulgar hacía una carnicería en la otra.

Ella no podía dar crédito del goce que obtenía del inválido y enderezándose, se elevó para sacar al miembro del ano y hundirlo en la vagina; la suavidad de los húmedos tejidos dio al hombre un respiro en la fricción y cuando ella recomenzó un movimiento basculante por el que la verga estregaba todo el interior del canal, le exigió que cambiara a alguna nueva posición

Sabiéndose próxima una nueva eyaculación, Silvina decidió hacerlo como nunca se había atrevido con nadie y volviendo a acuclillarse, se penetró para después descender hasta que sus nalgas estuvieron sobre la pelvis de él y, extendiendo las piernas, enganchó los talones  en los hombros de Jorge con los pies afirmados al respaldo; pidiéndole a él que estirara los brazos para aferrarse ambos por los antebrazos, inició un balanceo del torso que complementó encogiendo la piernas y así se deslizó sobre la verga  adelante y atrás.

Cuando se empujaba con los pies en el respaldo de la cama, se dejaba caer hasta que sus espaldas casi rozaban las rodillas del hombre y al tirar de los brazos junto al enganche de los talones, se enderezaba para que la verga penetrara totalmente la vagina y así, en ese enloquecedor balanceo, ambos fueron alcanzando el clímax hasta que los dos proclamaron simultáneamente el advenimiento de su satisfacción, sintiendo Silvina el placer de sentir en sus entrañas el tibio baño de esperma al tiempo que sus jugos se filtraban para empapar la velluda pelambre de Jorge.

Rendida pero satisfecha como una gata en celo, disfrutó unos momentos del palpitar del miembro en su interior para después salir de encima del desfallecido futbolista y dirigiéndose al baño vecino, recurrió a los auxilios del bidet para limpiar y  refrescar toda la entrepierna, tras lo cual secó la transpiración del cuerpo con una toalla que sacara del maletín. Colocándose la trusa, volvió a vestir la blancura impoluta de la suelta solera para después corregir el maquillaje y arreglar la desprolijidad del cabello; sentada a la mesa del comedor diario, esperó pacientemente el regreso de la mujer, a la que felicitó por la forma en que mantenía a su marido y, diciéndole que el pobre ahora descansaba después de tanto  trajín, se despidió con un beso hasta la próxima sesión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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