Pago extra

Publicado en por rottenmind

 

Celina hacía cuatro años que cobraba la pensión de su marido en el mismo banco, cuando intempestivamente el sistema cambió y tuvo que ir a otro distante más de veinte cuadras de su casa.

El desconocimiento no sólo de la zona sino del banco mismo la desorientaba hasta que dio con la cola que le correspondía. Ella era bastante reservada, pero tal vez los nervios de andar con dinero en un lugar no habitual, la hicieron trabar conversación con la mujer que la antecedía y, como suele ser habitual en esos lugares donde la demora es larga, otra gente fue sumándose a la charla.

Entre quienes lo hicieron, se encontraba el hombre que ocupaba el sitio detrás de ella y sin darse cuenta en un principio, dejó que la conversación se encaminara hacia temas personales.

La amable volubilidad del hombre le caía simpática y, de una manera no deliberada, fue dando lugar a que él desarrollara un velado juego de seducción que, a su edad, la reconfortaba.

Pedro no era jubilado sino que iba a cobrar la jubilación de su madre, pero aun así, tampoco era joven. Rondando los cincuenta y pico, aparentemente se mantenía en forma por el cuerpo que, debajo de la remera parecía no tener adiposidades y su rostro rectangular se ajustaba al largo de su cabello entrecano.

En síntesis, para una mujer constituía una atracción y de pronto se encontró imaginando que pensarían sus hijos si ella, a sus casi sesenta años, tenía una aventura con un desconocido. Cierto era que desde que muriera su marido tres años antes, los muchachos habían bromeado sobre su abstinencia y hasta le adjudicaban posibles aventuras con conocidos o parientes, pero ella, a pesar de necesitarlo desesperadamente después de casi cuarenta años de intensa practica del sexo, se negaba a admitirlo públicamente y sobrellevaba la situación con largas e intensas masturbaciones mientras recordaba las que solía hacerle su marido sólo para hacerla entrar en clima.

Tal vez fuera por la proximidad con la primavera que aun encendía el fuego hormonal en sus entrañas o porque en definitiva el hombre le resultaba atractivo, se sentía excitada, sintiendo como el refuerzo de la bombacha iba absorbiendo los jugos que emitía el útero pero, dándose su lugar, desvió evasivamente la conversación hacia temas neutros y cuando llegó su turno de cobrar, se desentendió del hombre que había dicho llamarse Pedro.

Con el dinero en el bolso, se dio vuelta para despedirse de ese fugaz compañero pero se dio cuenta de que este ya no estaba detrás de ella. Sin embargo y nomás salir del banco, lo encontró aguardándola. Sin demasiados prolegómenos y aunque ella intentó eludirlo cruzando la calle, la abordó para manifestarle su pena por ver a una mujer de sus condiciones físicas e intelectuales, viviendo en el ostracismo de su viudez sin permitirse el consuelo de tener una aventura sexual.

Mientras más lo escuchaba, más se convencía de que el hombre tenía razón y que, indefinitiva, si lo hacía, quedaría formando parte de su más honda intimidad, sin tener que dar cuenta a nadie por sus actos. Claro que tampoco era cuestión de entregarse así como así y le dio largas al asunto, buscando excusas endebles para que el hombre las fuera derribando una a una, hasta que sin un asentimiento verbal explícito, dejó que él la tomara por un brazo y así caminaron hasta que Pedro detuvo un taxi y le dio una dirección.

Celina jamás había estado en un albergue transitorio e imaginaba cosas oscuras pero, aparte de la discreta iluminación de los pasillos, nada hacía presumir nada extraño. Cuando entraron al cuarto, la golpeó un fuerte tufo mezcla de perfumes baratos con desinfectantes, pero el resto constituyó toda una novedad, desde la gran cama hasta la estratégica iluminación y el gran espejo a la cabecera del lecho, haciendo juego con el que se veía en el techo.

Siendo esa su primera relación sexual con un hombre que no fuera su marido, todavía estaba bastante cohibida y permanecía estática contemplando cada detalle de la habitación, cuando Pedro, que se había desprendido diestramente de su ropa, la tomó de la mano para conducirla junto a la cama. Dejando el bolso junto a la mesa de noche, le quitó suavemente la remera por encima de la cabeza para luego bajarle el pantalón junto con la bombacha y arrodillándose junto a sus piernas, los sacó delicadamente por los pies, aprovechando para despojarla de los zapatos.

Ella había reaccionado ante esa dedicada y gentil actitud y diciéndose que por algo había aceptado, se despojó del corpiño, aunque estaba un poco avergonzada por la apariencia de sus senos, que ya apachurrados por los años, pendían un poco flojamente a pesar de no haber perdido nada de esa sólida pesadez de su juventud.

Como había especulado, Pedro debería de practicar algún deporte, porque su cuerpo, casi sin adiposidades salvo esa pancita que suelen desarrollar los hombres, tenía la apariencia magra de un atleta. Parándose, la tomó por los hombros para, con suavidad y firmeza, hacerla sentar en la cama y luego, tomando su cabeza entre las manos, acariciando tiernamente el corto cabello casi blanco, inclinarse y depositar un beso que apenas rozó sus labios.

Como si fuera una chiquilina, con un intenso revoltijo de mariposas en el vientre y temblando toda ella, aceptó casi con renuencia ese primer beso que recibía de un hombre después de tanto. Tenía miedo de que su larga abstinencia, que se prolongaba más de cinco años, desde cuando Jorge enfermara, le hubiera hecho perder la sensibilidad bucal, pero ese es un mecanismo que maneja nuestra memoria muscular y los mustios y delgados labios se abrieron golosos para unirse a los de Pedro.

Es extraordinario como la edad cronológica no tiene nada que ver con nuestras reacciones más primitivamente animales e, instintivamente, ella tendió una mano para aferrar la nuca del hombre y profundizar ese beso que se le hacía maravillosamente delicioso después de tanto y tiempo envió la lengua a buscar ávidamente la que se introducía en su boca.

Falta de aliento por la falta de costumbre y la intensidad de los besos, escuchó como el hombre le pedía con amable firmeza que se quitara los dientes postizos para después chuparle el pene. Nuevamente, la novedad de lo inesperado y el hecho de estar entregándose como si fuera una prostituta a un hombre del que desconocía todo, le causó una especie de repulsa, pero la racionalidad se impuso a sus pruritos de madre de familia y, reconociendo que ya era tarde para lágrimas, bajó la cabeza avergonzada para quitarse las dentaduras de arriba y abajo al tiempo que se acuclillaba frente al hombre.

La boca hundida la abochornaba, sintiéndose como la verdadera anciana que era, pero Pedro calmó sus inquietudes alzándole la cabeza por el mentón y rozando con el miembro los fruncidos labios. Hacía años que ella no hacía una felación, pero esa experiencia no se pierde y aspirando con fruición ese olor característico de un sexo masculino, entreabrió los labios para dejar que la lengua saliera al encuentro del glande.

El sabor picante de esa mezcla de orines con sudor impactó en sus papilas y entonces, tomando entre los dedos esa verga aun tumefacta, la sostuvo erguida mientras la lengua se regodeaba escarceando por todo el ovalo. Mientras sentía bajo sus dedos como la carnadura iba cobrando volumen, la lengua serpenteó alrededor del surco desprovisto de prepucio y luego, como atraída por un imán, fue deslizándose a lo largo del tronco hacia abajo hasta llegar a la base.

Los testículos no caían flojamente sino que formaban un apretado bulto en el que el escroto estaba surcado por las arrugas de infinitos meandros, casi desprovistos de vello y una gula voraz la llevó a encerrarlos entre los labios para sorberlos en hondas succiones que le permitían degustar el acre jugo que exudaban.

La mano experta en cientos y cientos de mamadas similares, oprimía y soltaba ese proyecto de falo al tiempo que ejercía un suave vaivén que la llevaba hasta el glande, al cual envolvía con imperiosas caricias. Recordando cosas que su marido le pidiera durante años y que ella se negara a realizar, no por asco sino porque no quería que él la considerara una puta, llevó la cabeza más allá y atravesando tremolante el perineo, buscó el orificio del ano.

Evidentemente, su presunción sobre lo que se pensaría de ella era acertada, porque apenas la punta vibrante estimuló la negra apertura, flexionando las rodillas para abrirse más de piernas y facilitarle la tarea, Pedro le manifestó que nunca hubiera imaginado lo puta que era. Lejos de ofenderla, esa calificación pareció predisponerla para demostrarle lo buena que era y en tanto ya masturbaba francamente la verga, se aplicó con labios y lengua a chupetear ese ano que la excitaba con sus acres sabores.

Roncando agradecido por su buena disposición, Pedro la alababa al tiempo que la incitaba para que subiera a realizarle una verdadera mamada. Embargada por una excitación que escocía en el fondo de su vientre, abandonó repentinamente la entrepierna para envolver entre los labios la lisura del glande y comenzando con pequeñas succiones, fue introduciéndolo lentamente en la boca.

Ciertamente y a pesar de no tener todavía la rigidez total, el miembro era por lejos más grande que el de su marido, especialmente por el grosor. Sin embargo, y el hombre había tenido razón, la falta de las dentaduras facilitaba la introducción sin tener que esforzarse tanto y las encías rozando la piel le transmitían una sensibilidad de la que la hubieran privado los dientes.

Ciñendo con los labios la venosa piel del que ya era un falo y actuando como una especie de tubo elástico, la boca comenzó a subir y bajar a lo largo del tronco y en cada oportunidad, el miembro se adentraba un poco más hasta que el glande rozó la campanilla, provocándole una arcada que supo refrenar pero que le fijó el límite de hasta donde introduciría la verga.

A Celina le había gustado siempre chupar un miembro y nuevamente sentía esa gula animal con la que se satisficiera por tantos años; combinando el accionar de la boca con el de los dedos, dejaba al falo cubierto de saliva cuando se retiraba hacia la punta y entonces la mano la ceñía para darle una recia masturbación.

Sin darse cuenta, el placer que le producía esa felación la hacía roncar y gruñir de gusto y Pedro, tratando de satisfacerse rápidamente para luego ejecutar sin urgencias lo que tenía planeado, la aferró por la cabeza y empezó a menear el cuerpo en lentas oscilaciones que convertían a la boca desdentada en un símil idéntico de una vagina.

Aun sin los dientes, el grosor del falo la obligaba casi a dislocar las mandíbulas, pero el goce que recibía  del roce de la piel contra las encías la hacía desmayar de gusto, no pudiendo dar crédito a experimentar tanto placer; ya en el colmo de la exacerbación y mientras la verga penetraba la boca como un ariete sin control, agregó a las chupadas un restregar rotatorio de los dedos y al escuchar como el hombre le anunciaba la proximidad de su eyaculación, obedeciendo a un impulso ciego, deslizó el dedo mayor sobre el perineo para luego de tantear cuidadosamente, hundirlo totalmente en el ano.

Pedro ahora bramaba de placer e intensificando el hamacar del cuerpo en medio de alabanzas sobre sus virtudes prostibularias, eyaculó en su boca. Los chorros espasmódicos del semen estallaron sobre la lengua pero, cuando hizo intención de retirar la verga de la boca, él la sujetó firmemente en tanto pegaba los últimos remezones. Casi sin espacio para separar los labios y sintiendo como la cremosa esperma llenaba su boca al punto de ahogarla, haciendo un esfuerzo, tragó el lechoso pringue y entonces, el añorado fragante sabor de almendras dulces colocó en su cuerpo y mente la reminiscencia de tantas felaciones que la dejaran igualmente exhausta y, sin cesar de sodomizar a Pedro con el dedo, se dio un banquete con aquel elixir maravilloso.

 

Agotada por el esfuerzo y tras colocarse nuevamente los dientes, Celina se dejó caer sobre la cama y así estuvo por unos momentos para recuperar el aliento, ocasión que aprovechó el hombre para acostarse a su lado y tras pedirle que se calmara porque aquello ni siquiera había comenzado, delineó su cuerpo con la punta de los dedos y ante el respingo que pegó Celina a causa de la excitación que fogoneaba su vientre y a la que no había mermado sino acrecentado la eyaculación de Pedro, puso el acento en los senos, aquellos que la avergonzaran sin razón aparente, porque su aspecto hizo gruñir al hombre de satisfacción.

Juguetonamente, tomó la comba que formaban sobre el pecho y sí, su apariencia de pera madura se veía deslucida por la flojera fofa con que cedían oscilantes al sacudimiento pero, de acuerdo a los años que ella le confiara que estuviera casada y experto en eso de valorar y poseer los cuerpos a mujeres maduras, Pedro consideró que, a pesar de la edad y el trajín sexual con el aditamento del amamantamiento a sus hijos, llevaba ventaja sobre otras mujeres que aun menores que ella, semejaban poseer deslucidas pasas de uva.

Como Celina, aun con los ojos cerrados, le pedía murmurando mimosamente que no la tratara como a una prostituta sino como a una mujer desesperada por tantos años de abstinencia, decidió tranquilizarla y acercando la cabeza hacia su pecho, extendió la lengua para que esta se deslizara acariciante sobre los senos que a ese contacto se estremecieron convulsos como los hubiera atravesado una corriente eléctrica.

Estirándose en un sensual desperezo, acarició la cabellera de Pedro mientras lo alentaba para que siguiera chupándole los pechos y entonces este se encaramó sobre ella, haciendo que la lengua tremolante recorriera los achatados senos para después recalar por los alrededores de las dilatadas aureolas.

Celina expresaba su contento en leves jadeos entrecortados por apagados gemidos y Pedro, luego de marcar el perímetro oscuro con pequeños pero hondas succiones que dejaron una corona de círculos rojizos, hizo que la lengua fustigara reciamente los largos pezones que se erguían endurecidos por la pasión.

El sentía debajo de su cuerpo como Celina se agitaba sacudiendo la pelvis y decidió darle mejor placer a esa mujer que, casi anciana, se comportaba como una joven en erupción. Suplantando la boca por las manos, que sobaron y estrujaron los enrojecidos pechos, recorrió el abdomen hasta alcanzar la leve pancita y descendiendo la cuesta que la llevaría al Monte de Venus, la lengua se enfrentó con la alfombra un tanto hirsuta y canosa pero cuidadosamente recortada y saboreando el sudor acumulado en ella, llegó al nacimiento de la raja, a la cual presidía el capuchón arrugado de un clítoris largo y grueso que se alzaba como un carnoso tubo.

Encerrándolo entre los labios, terminó de alzarlo para después hacer que la lengua lo azotara en vibrante flameo. De ordinario y tal vez a causa de los hijos cuando eran pequeños, Celina no era lo que se dice una gritona, pero ahora, lo deliciosa que le resultaba esa “minetta”, la hacía prorrumpir en sonoros gemidos y ayes que contribuyeron a la excitación del hombre quien, dejando de lado los senos, hizo que los pulgares abrieran el telón de los labios mayores de esa vulva un poco demasiado desarrollada.

Los ennegrecidos bordes cedieron blandamente a la distensión, dejándole ver el espectáculo maravilloso que es para los hombres un sexo femenino; quizás fuera por naturaleza, por la edad o por la frecuencia e intensidad de tantos años de traqueteo, pero lo cierto era que por detrás de los labios mayores se ocultaba un raro y extraordinario panorama.

Los labios menores cubrían totalmente al óvalo con una profusión de pliegues que, arrepollados, semejaban intrincados corales, pero la consistencia carnea los hacía caer en forma de colgajos que, cual barbas de gallo, ocultaban hasta la misma entrada a la vagina.

Volviendo a utilizar los dedos, separó esa especie de corola que semejaba una exótica flor carnívora para encontrar, en contraposición, el pulido fondo de la cuenca. En su base, los pliegues mostraban un pálido rosado que hacia los bordes iba oscureciéndose hasta un ennegrecido morado en los bordes, pero el ovalo conservaba aun una prístina pureza a semejanza del interior nacarado de los bivalvos con que se denomina vulgarmente al órgano femenino. Promediando la mitad inferior, se abría un dilatado orificio urinario y debajo de él, ya sin la cubierta de los colgajos, rodeado de carnosidades, se abría el agujero vaginal.

Dispuesto a hacerse un banquete con ese variado menú, y en tanto llevaba un índice a frotar delicadamente todo el perlado interior, hizo a la lengua escarbar en el hueco del capuchón para atisbar la blancuzca cabecita ovalada del pene femenino a la que protegía una membrana elástica. Con el índice y el pulgar atrapó el tubito desde arriba para ir frotándolo en una masturbación en miniatura, en tanto azotaba el glande con la lengua.

Totalmente fuera de sí por ese maravilloso cunni lingus único, Celina estrujaba entre los dedos los senos que había sensibilizado el hombre al tiempo que enterraba la cabeza en la cama, arqueando el cuerpo mientras de su boca salía una serie ininterrumpida de angustiosos asentimientos, sintiendo que la lengua se empalaba para rastrillar los colgajos hasta el agujero inferior, donde, ahusándose, penetró limpiamente a la vagina para agitarse en su interior al tiempo que sorbía los jugos agridulces de ese sexo reseco y envejecido.

Los dedos seguían masturbando cada vez más apretadamente al clítoris y si bien las succiones al agujero vaginal lo complacían, a Pedro lo alucina el despliegue casi grosero de los arrepollados colgajos y luego de sacudirlos aleatoriamente con la lengua, comenzó a encerrarlos entre los labios para chuparlos con ansiosa gula, estirándolos como si quisiera comprobar los límites de su elasticidad, con lo que la mujer prorrumpía en jadeantes grititos de placer en tanto sacudía la pelvis arriba y abajo como anhelando un inexistente coito.

Entonces fue que el hombre se dijo que ya estaba bien de aquello y que Celina estaba lista para lo que la sometería a continuación; acomodándose frente a las piernas, las alzó hasta colocarlas sobre su pecho para apoyar la verga contra la vagina. A pesar del trabajo de la lengua y la cantidad de saliva que lo hacía brillar como si estuviera barnizado, el agujero mantenía una mínima apertura y tal vez a causa de los años sin dilatarse para dar cabida a miembro alguno, no cedía fácilmente a la presión.

La misma Celina se mostraba preocupada por esa especie de vaginitis que la hacía comprimir los músculos pero, aunque antaño tuviera dominio sobre ellos como fruto de las clases de dilatación y compresión que tomara para los partos y que continuara practicando para obtener más satisfacción sexual ahora, de manera autónoma, sus fibras parecían negarse a la penetración.

Al hombre pareció disgustarle ese impedimento y mientras le decía groseramente que no se hiciera la estrecha, puso todo el peso de su cuerpo en el empuje para que la enorme barra de carne fuera introduciéndose lenta e inexorablemente en el canal vaginal. Ella nunca había imaginado que la falta de sexo pudiera haber modificado esos tejidos vaginales que, además de los tres hijos que pasaran por él, en franca y desmesurada competencia recíproca de resistencia con su marido, habían sido capaces de sostener las más ridículas posiciones o soportar con alegría ser penetrada por distintos sucedáneos fálicos en clara demostración de su capacidad de dilatación y lubricación.

Cinco años había bastado para que esas cualidades desaparecieran o por lo menos necesitaban ser reeducadas para recuperar esas condiciones. Por el momento, sólo podía aguantar estoicamente el sufrimiento que le provocaba el tránsito del falo y gimiendo quejumbrosamente, aguantó a pie firme la arremetida del descomunal príapo hasta que lo sintió trasponer el cuello uterino.

En verdad, a Pedro era la primera vez que le costaba tanto penetrar a una mujer y sintiendo como los músculos se ceñían como una mano alrededor del falo, redobló la intensidad del coito para iniciar un lento vaivén que, junto a los hipantes sollozos que arrancaba de esa cuasi anciana, le provocaba a él la sensación de estar desvirgando a alguna jovencita.

Los dolores producidos por el roce de la verga desgarrando y lacerando tejidos eran infernales, pero gracias a una recuperada lubricación que iba cubriendo paulatinamente de mucosas el conducto vaginal, Celina comenzó a disfrutar de la cópula y estimulando al hombre para que no cesara en tan magnífica penetración, se asió a los antebrazos que él apoyaba en el lecho para proyectar la pelvis al encuentro de ese órgano bestial que le hacía gozar tanto.

Ateniéndose a esa respuesta, Pedro fue guiándola para modificar la posición y poniéndola de costado, cruzó su pierna izquierda por sobre la derecha de ella al tiempo que le alzaba la izquierda de manera de quedar encastrado en la entrepierna y de esa forma, tan sólo los testículos quedaban fuera de la vagina. El ángulo también incidía y esos raspones monumentales hacían temblar a Celina de placer.

Dándose cuenta de que la abstinencia de la mujer no se debía a su continencia sexual y que, vencida la barrera de lo socialmente correcto, Celina se manifestaba como una verdadera perra en celo, licenciosamente lujuriosa y dispuesta a llevar a cabo las más perversas vilezas, sacó la verga de la vagina y acostándose boca arriba con las piernas abiertas y los pies apoyados firmemente sobre la alfombra, le indicó que se parara de espaldas  a él y flexionando las rodillas, descendiera el cuerpo para penetrarse con el fantástico falo.

Hacía muchos años que no practicaba esa posición pero el cuerpo mantiene latente su memoria y casi instintivamente, apoyándose en las rodillas del hombre, se inclinó hasta que la verga volvió a rozar los colgajos mojados de la vulva y esta vez fue ella quien tomó impulso para que el miembro fuera penetrándola hasta sentir como golpeaba contra su estómago.

Ese goce único que provoca un buen coito la invadió y pronto había encontrado la cadencia para subir y bajar, sometiéndose a sí misma casi con alevosía. Ya desmandada por tanto disfrute, se incorporó para subirse a la cama y acaballada al hombre, con los pies a cada lado de las caderas, le pidió que la sostuviera por las manos para iniciar una cabalgata al falo que enardeció a Pedro.

Resultaba contradictoria la figura de esa mujer, madre y abuela, que manifestaba su edad sólo por la blanquecina cabeza pero que, muscularmente mantenía las formas y acuclillada sobre el hombre como si fuera un mitológico fauno, lo jineteaba para penetrarse con el mismo entusiasmo de cuando tenía veinte años.

Las piernas respondían al entrenamiento del yoga y las rodillas actuaban como verdaderas bisagras permitiendo que la mujer alzara el cuerpo para luego caer a plomo, chasqueando las carnes al estrellarse contra las del hombre, quien colaboraba meneando la pelvis para que la verga acompañara el ritmo del coito. Un ronquido fatigado daba cuenta del agotamiento de Celina y entonces Pedro le soltó las manos para asirla por las caderas y subiendo por los dorsales, la atrajo hacia él.

Ronroneando mimosa, ella apoyó sus manos en el pecho del hombre y en tanto aquel sobaba y estrujaba tiernamente los senos oscilantes, ella inició un movimiento pélvico que daba cuenta de su prolongada práctica; quebrando la cintura, hacía subir y bajar la grupa, combinándolo con un adelante y atrás que alternaba con un rotar digno de una bailarina árabe.

Esa recuperada habilidad para el sexo no facilitaba que ella obtuviera su orgasmo, porque durante toda su vida útil como mujer no siempre llegaba a la satisfacción plena y debía conformarse – y conformar a su marido – con profusas eyaculaciones que no conllevaban esa sensación única de la pequeña muerte orgásmica. Sin embargo, ahora y en esta cópula que a su edad podía ser la postrera, ansiaba desesperadamente que el hombre la llevara al orgasmo y por eso le suplicó que la hiciera gozar en forma total, rompiéndola toda hasta hacerla acabar como una yegua.

Haciéndola arrodillar hizo sobre el borde de la cama con el peso del cuerpo sostenido por los antebrazos, flexionando las piernas para engancharla desde bien abajo, Pedro introdujo el falo nuevamente en la baqueteada y ahora profusamente lubricada vagina. Celina evocaba nostálgicamente situaciones similares y pensando en como su marido la hacía llegar al orgasmo en esa posición, se acopló al bamboleo del cuerpo del hombre, hamacando el suyo en un alucinante vaivén que hacía entrechocar chasqueantes las carnes mojadas.

Sintiendo en los músculos los dientecillos voraces de las bestias que parecían querer separarlos de los huesos para arrastrarlos al convulsionado vientre en el que el escozor de esas ganas tremendas de orinar insatisfechas presagiaban la proximidad del orgasmo, lo proclamó a voz en cuello pero, para su desgracia, eso tuvo un efecto negativo en Pedro.

Su propósito final no era dar satisfacción a las mujeres maduras a las que acostumbraba seducir, sino denigrarlas y humillarlas en una vindicta infame. Sacando el falo chorreante de la vagina, lo apoyó contra en negro ano y empujó.

Una sola vez en la vida y durante aquellos primeros siete años de matrimonio en que se dejaron llevar por la lujuria desenfrenada con su marido y en una noche especialmente borrascosa en que se dieran a las mayores vilezas, Jorge intentó sodomizarla y no obstante su frenética oposición lo había logrado, pero a mitad del acto ella no aguantó el sufrimiento y escapando de la cama, se encerró en el cuarto de baño para no salir en tres horas, luego de las cuales se encerró en un tenso mutismo que duró varios días.

Treinta y tres años después y a manos de quien menos lo sospechaba, estaba viviendo la misma situación, pero ante su decidida oposición, el hombre, que no la amaba como su marido y sí en cambio quería cumplir con aquello de romperla toda, se inclinó sobre su espalda y pasándole una mano por la garganta, presionó la tráquea en un amenazador estrangulamiento y desoyendo sus ruegos, hizo que la ovalada punta del pene desplazara dolorosamente los esfínteres.

Aparte de aquella huella traumática en su memoria, los partos y los años habían desarrollado una incipiente hemorroide en Celina y ahora, el sufrimiento que le provocaba el paso del falo la cegaba de dolor y a su pesar, un grito espantoso surgía entre sus labios, mezclándose con los gorgoteantes sollozos y las lágrimas de rabia que caían de sus ojos.

Contento por haber logrado su humillación total, el hombre no sólo no amainó con el violento hamacarse del cuerpo sino que multiplicó los enviones mientras que Celina se debatía a los gritos, golpeando con desesperación la cama a puñetazos al sentir como la verga destrozaba al recto pero también que, allá, en lo más profundo de sus entrañas, ese martirio colocaba una pizca de placer sadomasoquista que la llevó a enviar una de sus manos a estimular reciamente al clítoris hasta sentir la expansión del contenido orgasmo y en medio del ahogamiento que le provocaban a la fatiga, el dolor y el llanto, notó como él sacaba la verga para terminar de masturbarse con las manos y eyacular los espasmódicos chorros del semen sobre sus nalgas y espaldas.

Sumida en una desfallecida modorra de lo que le era imposible emerger, quebrantada, molida y lacerada, no supo cuanto tiempo estuvo sumergida en una rojiza tiniebla hasta que, reaccionando, comprobó que Pedro  había desaparecido y del contenido de su bolso que estaba desparramado sobre la cama, faltaba un reloj y el dinero de la jubilación.

 

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