Manualidades

Publicado en por rottenmind


 

Ella jamás creyó que a su edad pudiera llegar a pasarle eso y no era porque nunca lo hubiera pensado, realmente no lo había necesitado.

Casada a los diecinueve años con un joven de veinticuatro, fue aleccionada, entrenada y guiada por él hacia caminos del placer que difícilmente otras mujeres consintieran transitar; baste decir que en cuarenta años de matrimonio conoció todo tipo de sucedáneos fálicos y hasta incursionó en la zoofilia.

Junto con la menopausia y cuando se creía liberada para mantener un sexo tranquilo, el accidente del marido lo confinó de por vida a la quietud de un lecho y con él murieron todas sus expectativas.

Convertida de la noche a la mañana en una abnegada samaritana, su cuerpo pareció ir muriendo lentamente y transcurrido el primer año, no sólo las sensaciones sino hasta el mínimo pensamiento erótico se fueron esfumando y así transcurrieron estos cinco años.

Por esa razón y porque a través de tantos años supieran mantener encendido el brasero del amor y el sexo, pensó en la autosatisfacción solamente como una necesidad propia de adolescentes pero no, de pronto y sin casi pensarlo, se ve inmersa en ese mundo.

Ahora y vaya a saber Dios por qué razón, un algo inesperado parece volverla a la vida; bañándose bajo la ducha tibia, en su afán higiénico, los dedos tropiezan con la cabecita escondida del clítoris y es como si un choque eléctrico se descargara por los finos chorros de la lluvia.

Aficionada por años al más exquisito sexo oral que le proporcionaba el marido, sabe reconocer al instante el origen de esa conmoción. Con una mezcla de temor y esperanzada curiosidad, va deslizando los dedos por sobre la recortada alfombra entrecana del vello púbico hasta que las yemas detectan el nacimiento de la arrugada capucha del clítoris y con inmenso cuidado la presiona.

Mágicamente recuperada la sensibilidad, el contacto la estremece y ya los dedos van descendiendo para meterse adentró de la vulva; siempre se he jactado del aspecto de ese interior y sabe que el amplio óvalo nacarado es más que apto para que los dedos resbalen deliciosamente sobre su lisura y al tanteo busca esos pellejitos que rodean al agujero de la uretra.

Conoce sobradamente que ese hoyo al que la gente cree un mero agujero por donde orinar, estimulado debidamente se convierte en un exquisito instrumento del goce y piensa que delicia tan grande es volver a sentirse viva; uniendo la acción al pensamiento, hace a los dedos restregar suavemente los diminutos pliegues en tanto siente como en el fondo de las entrañas reaparecen aquellas perdidas sensaciones a pájaros espantados desbandándose a otras zonas, haciendo palpitar su corazón con sobresalto y entonces restriega decididamente.

 

Las finas agujas del agua golpeándole la cabeza para deslizarse luego por su cuello, escurriendo por la canaleta natural  entre los pechos hasta expandirse en chorros a lo largo del vientre y concentrarse en la entrepierna, aportan un elemento lubricante que favorece el rozar de los dedos y en tanto abre las piernas para facilitar la masturbación, se apoya con la otra mano en los azulejos. Encorvándose, da mayor alcance al brazo y lleva los dedos a recorrer todo el entorno. Ya los dedos se ensañan con los repliegues de los labios menores que los años les  otorgaran aspecto de colgajos  y eso la lleva a encerrarlos entre índice y pulgar para restregarlos entre sí y balbuciendo guturalmente se alienta a sí misma.

 

Íntimamente se siente tan desmandada como cuando su marido la poseía y ella le rogaba por mayor virulencia en el coito y ya los dedos se dirigen decididamente a la entrada a la vagina para tantear con cuidado e introducir en ella a índice y mayor unidos.

La larga abstinencia ha comprimido sus carnes, estrechando el que fuera un elástico y generoso canal vaginal y a los  dedos se le hace dificultoso separarlos, pero como el pulgar friega en círculos al endurecido clítoris, tal como le sucediera en su juventud cuando fuera desvirgada manualmente por su novio de entonces, empuja contra la recia resistencia de los músculos hasta que son los nudillos quienes le impiden ir más allá.

Encorvando los dedos, inicia una exploración a las carnes que lentamente van distendiéndose, buscando en la concavidad anterior el bultito de Punto G que tantas alegrías le diera al contacto con una verga y sumando el anular, lo rasca con vehemencia.

En la medida en que los dedos la socavan, va acuclillándose para dilatar mejor al sexo y corcovea como si en realidad la estuvieran poseyendo. Es que en sus entrañas vuelven a producirse las contracciones espasmódicas del deseo para desde ahí expandirse a todo el cuerpo y ya jadeante por el vigor que pone en la masturbación, se apoya con un hombro en los azulejos, resbalando hasta quedar sentada.

Entonces y con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados por el goce, hace que la otra mano confluya a la entrepierna y en tanto la primera continúa con la masturbación aun más reciamente, esta se aplica a restregar duramente al inflamado clítoris.

Encogiendo las piernas abiertas, hace que la mano que se solaza en el clítoris, comience un ir y venir desde ese punto hasta sumarse alternadamente a los otros dedos. Eso termina por enloquecerla y extremando la apertura de  las piernas, alarga ese periplo hasta contactar a la  negra apertura del ano y cuando esa estimulación hace estallar su sensibilidad, va introduciendo todo el largo dedo mayor al  recto.

Diciéndose que aquella puede ser una magnífica ocasión para alcanzar esa acabada que no tiene desde hace tanto tiempo, incrementa el ir y venir de los dedos. Experimentando la antigua sensación de que los colmillos afilados de secretos perros intentan separar los músculos de sus huesos para llevarlos al caldero hirviente del vientre, siente la imperiosa necesidad de orinar nunca concretada que prologa sus orgasmos y afanándose  en el sexo y el ano, ya no tiene límites para expresar  a voz en cuello su excitación.

Durante unos momentos más sigue penetrándose con dos dedos en el ano mientras restriega desesperadamente al inflamado clítoris, hasta reconocer como entre los dedos de la vagina vuelve a escurrir la tibia emulsión mucosa y ya en el paroxismo, saca los dedos del ano para que junto a los otros dos de la mano se hundan profundamente en la vagina hasta que, envarándose, como paralizada, experimenta el más formidable orgasmo de los últimos años

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