La familia 2

Publicado en por rottenmind

LA FAMILIA

 

Ana María y Laura, en la tranquilidad que la soledad de las distantes habitaciones para huéspedes les proveía, también habían liberado los demonios oscuros de sus fantasías y represiones, desatados en violentos y sádicos acoples, dando rienda suelta a sus gargantas en gritos escalofriantes y bramidos que expresaban la inmensa satisfacción del goce irrestricto. Sin embargo, esa actividad tan deliciosa como demoníaca y tan placentera como aberrante de la pareja femenina, no había pasado desapercibida para un testigo que capitalizaría en su beneficio el conocimiento del secreto.

 

Los intereses de la familia eran tan variados como extensos. La fortuna inicial del viejo general de la Independencia, originada en parte por herencias recibidas de los primitivos ascendientes españoles dependientes de la Corona y en parte a las inmensas cantidades de tierra que se mensuraban en leguas, otorgadas como prebenda por sus acciones militares al servicio de la nación, se había visto incrementada con el desarrollo de la industria frigorífica y la inversión en nuevas tecnologías industriales acompañando el crecimiento del país.

Ya desde mediados del siglo diecinueve, la familia había abierto cuentas en los más importantes bancos de Inglaterra, acumulando en ellos ingentes cantidades de dinero, no sólo  giradas desde la Argentina, sino también las ganancias de otros negocios que se gestaban y desarrollaban totalmente en el exterior y que no pasaban en absoluto por el país.

Desconcertaba que, siendo habitualmente una familia prolífica, había quedado reducida al nacimiento de Ana María en el año sesenta y cinco, como única heredera y descendiente del apellido glorioso. Las empresas se habían ido modernizando y adaptando su actividad a la tecnología, pero en realidad y tanto como las explotaciones agropecuarias, se mantenían más como una tradición que como una fuente confiable de ingresos. No obstante y como ahora componían un holdíng en el que había otros accionistas, Roberto se había hecho cargo de la Presidencia, más para evidenciar la posición hegemónica de la familia que como una necesidad laboral, puesto que la fortuna invertida y acumulada en el exterior, libre de los vaivenes político-sociales del país, le aseguraría el bienestar a varias generaciones.

Como hombre mundano e intelectualmente preparado, Roberto se había volcado a la parte industrial, ejerciendo un manejo holístico y superficial de las empresas, dedicándose por entero a las relaciones industriales de muy alto nivel, por lo que su vida transcurría en una continua participación y organización de simposios, congresos y eventos nacionales e internacionales.

A pesar de la apostura que aun conservaba y el hecho de no haber alcanzado todavía los cincuenta, no era hombre afecto a las aventuras, aunque no despreciaba las ocasiones en que una hermosa mujer lo seducía pero no sacaba provecho de su encumbrada posición para obtener favores femeninos ni era promiscuo, como le constaba, Ana María solía serlo.

Sin embargo, las sospechas confirmadas de que su nuera Mónica, de tan refinadas maneras y distinguido aspecto, fuera capaz de sostener relaciones sexuales con un tipo tan brutalmente ordinario como el chofer no cesaban de darle vueltas en la cabeza. De pronto, cobró conciencia de que no era la rebeldía de un padre que siente la humillación de su hijo ofendido sino que la realidad era la exasperación de no poseer como hombre lo que un simple empleado usufructuaba.

En su fuero interno debía de admitir que la mujer de su hijo siempre lo había puesto sexualmente incómodo. Desde el mismo día en que le fuera presentada, su figura espigada de formas sólidas y la extraña lejanía que tenía en los grandes ojos claros sumadas a su actitud amablemente fría, provocaron en sus riñones ese llamado primitivo de la hembra alzada y un afán animal por poseerla, que se instalaba en su entrepierna ante su sola presencia o el escuchar el suave ronroneo de su voz baja y roncamente sensual. Con todo, era la mujer de su hijo y debía de respetar ese hecho, pero ahora, la comprobación de su infidelidad y de que bajo esa apariencia fina y delicada se escondía una apasionada mujer, la colocaba en un plano diferente, más humanamente vulnerable y por lo tanto, accesible.

Sentado en el confortable sillón de su despacho, su mirada se perdía en la nada, mientras su cerebro se agitaba en la loca fantasía del espléndido cuerpo de Mónica, desnudo y a merced de sus más imaginativas poses sexuales, debiendo hacer un verdadero esfuerzo para salir de ese marasmo en lo hundía el ya casi incontrolable deseo de poseerla.

En las escasas ocasiones en que podía compartir el tiempo con Mónica, su mirada, a la que trataba de otorgar  con dificultad la opacidad de la indiferencia, se solazaba con la belleza de su nuera; imaginaba sus labios de tersa morbidez envolviendo su verga o estimaba con ojos golosos la turgencia de los grandes senos a partir de los gruesos pezones que se evidenciaban bajo las delgadas telas veraniegas y tenía la vívida sensación de sus dedos engarfiándose  sobre las nalgas generosas que parecían empujar sus faldas ajustadas en un intento continuo por excederlas.

Fue durante uno de los desayunos familiares en que creyó entrever la oportunidad de tener un acercamiento físico con su nuera. Alberto se encontraba en una de las estancias con el fin de realizar algunas mejoras, actividad a la que parecía haberlo aficionado el intenso calor en la ciudad y Claudia había partido hacia uno de los studs en el que iban a realizar una extracción de semen a uno de los padrillos. Los mellizos tenían planeado pasar el día en la quinta de unos amigos y Ana María aprovecharía el fresco de las primeras horas para continuar su ronda de compras en compañía de Alejandra. El acostumbraba concurrir a su oficina en compañía de Pedro, su yerno, quien era director de una de las compañías que funcionaban en el mismo edificio, pero esa mañana le pidió que partiera solo, ya que tenía concertada una reunión a las diez de la mañana en la Secretaría de Industria.

 

Terminado el desayuno, se cambió en su dormitorio y sentado en el escritorio, vio partir al resto de la familia, incluido Martín como cancerbero de su mujer e hija. Asegurándose de la soledad en que se encontraban, se dirigió al dormitorio de Mónica y golpeó discretamente la puerta. A la invitación a entrar de su nuera, abrió la puerta y encontró a esta sentada sobre una larga butaca, maquillándose ante el gran espejo de la cómoda. Su cuerpo estaba envuelto en una esponjosa bata blanca de toalla – señal evidente de que acaba de bañarse – que destacaba con precisión fotográfica el brillo de la abundante y ondeada melena de color caoba natural que se derramaba sobre sus espaldas.

Con el lápiz de labios en su mano congelada por la sorpresa, miró asombrada a su circunspecto suegro que solamente estaba vestido con un mínimo short, exhibiendo su fuerte torso tostado por el sol y la cama solar. Rápidamente, Roberto se aproximó colocándose a sus espaldas, dejando descansar posesivamente las manos por un momento sobre sus hombros y cuando la joven iba a ensayar una débil y tardía protesta, se inclinó para, de un hábil tirón, bajar la bata hasta la cintura. Asiendo fuertemente los pechos entre sus manos, la estrechó fuertemente contra sí haciéndole sentir la dureza del miembro en la espalda mientras sus dedos estrujaban dolorosamente los senos.

Ante la escandalizada respuesta de su nuera, que trataba inútilmente de desasirse de sus manos, clavando en ellas las filosas puntas de sus uñas y tratando de levantarse, él fue relatándole sobre su conocimiento de la relación con Martín, haciéndole creer que sabía mucho más de lo que ella podía imaginar, amenazándola con descubrirla ante toda la familia y encargarse de difundir personalmente la promiscuidad de su vida íntima, llegando incluso y si era necesario, a esas revistas en las que era tan asiduamente requerida.

Asumiendo tácitamente aquello por lo que la chantajeaba y sollozando desesperadamente, Mónica le suplicaba angustiosamente que fuera magnánimo y no cumpliera con sus amenazas; que ella a cambio, le prometía enmendarse si él le daba la oportunidad. Como si estuviera seguro de la perversa lujuria de su nuera, aunque ni siquiera podía pasar por su fantasía más loca lo que verdaderamente aquella hacía en una cama, asió su pelo y enrollándolo en una gruesa torzada, la utilizó para manejar su cabeza.

Obligándola a darse vuelta en el asiento con violencia y tirando hacia atrás su cabeza como si quisiera desnucarla, le ordenó que le sacara el pantaloncito y tomara su pene, asegurándole que iba a llevarse una sorpresa, única en su vida.

Con el cuello estirado por la torsión, ella asintió trabajosamente y cuando él aflojó la presión, lo desprendió del short y, efectivamente, se llevó una sorpresa; el miembro de su suegro, aun fláccido y colgante, era el pene natural más grande que viera en su vida. Todavía estupefacta, sintió las manos de él empujando imperiosamente la cabeza y su boca se estrelló contra los genitales.

Con una mezcla de rabia, resignación y excitada curiosidad, Mónica estiró su mano derecha y tomando entre sus dedos al caído pene, comenzó a acariciarlo, restregándolo tenuemente con sus uñas. Ante ese estímulo, la verga fue cobrando tamaño y consistencia.  Inconscientemente y con la naturalidad de la costumbre, la joven salivó abundantemente en sus manos y abrazando al que ya era un falo imponente, comenzó a masturbarlo apretadamente, dando los dedos un movimiento de rotación que enardeció a su suegro. Mientras sus dedos subían y bajaban haciendo bramar a Roberto, olvidada ya de la situación, de quien era y con quien lo estaba haciendo, su boca buscó golosa la base de los genitales y fue ascendiendo desde el mismo ano en tanto sus labios sorbían la acre sudoración de los testículos, con sañudos tirones a la arrugada bolsa.

Con los fogones de su sexo ardiendo a pleno, la boca ascendió lamiendo, chupando y mordisqueando la piel venosa de la verga portentosa, despertando su ávida inquietud ante el grosor desusado que sus largos dedos no alcanzaban a abrazar. Los dedos prepararon hábilmente el terreno, separando y corriendo la membranosa piel del prepucio, dejando expedito el camino para que la lengua recorriera fustigando la tierna sensibilidad del surco y los labios se afanaron sorbiendo esos jugos en medio de sonoros chasquidos y el sordo gemido que brotaba de su pecho.

El pene de Roberto no era como todos los que había conocido en su vida, que no eran pocos, ya que, en vez de una gran cabeza y un tronco que se iba adelgazando, inversamente, la cabeza era relativamente pequeña y a partir de ella el tronco se iba engrosando hasta la base donde adquiría el tamaño de una botella de gaseosa. Lubricados por la espesa saliva, los dedos no se daban descanso, restregando y arañando con dureza el tronco del pene y entonces, la boca desesperadamente abierta de Mónica, tomó posesión del glande al que lamió con frenesí en tanto lo encerraba entre la húmeda tibieza del interior de los labios, besándolo y succionando tiernamente hasta que la apertura casi dislocada de su mandíbula, le permitió alojar en su interior al gigantesco príapo. Con pequeños movimientos de la cabeza hacia los lados, fue introduciéndolo hasta sentir como su fuerte carnadura en el fondo de la garganta la acercaba a la arcada y entonces comenzó con un suave vaivén, estregándolo sobre las paredes interiores de las mejillas.

Roberto no había esperado tan rápida ni febril respuesta a sus requerimientos y hundiendo sus manos en la espesa melena, comenzó a hamacar su pelvis penetrándola como a un sexo, dejando que de su pecho brotaran broncos bramidos. Bramidos que parecieron desquiciar totalmente a la joven, quien volcó a la fuerte refriega de sus manos y boca toda su experiencia, clavando sus uñas profundamente en la carne y dejando a los dientes raer suavemente la encendida carne, incrementando la fuerza de la succión hasta que sintió envararse el cuerpo de su suegro expulsando la abundante carga espermática. Golosamente, fue tragando la profusión seminal con la fruición de un néctar y siguió chupando al miembro hasta que, necesitada de aire, abrió la boca y las últimas gotas manaron de él, atrapándolas con la lengua y llevándolas hasta las papilas, saturadas de ese sabor almendrado que la alucinaba.

Obnubilada, seguía mamando de la verga aunque esta había perdido ostensiblemente su consistencia, cuando Roberto fue recostándola en el butacón con la espalda contra los cajones de la cómoda mientras sus manos sobaban y estrujaban esos pechos de gelatinosa oscilación que siempre lo habían perturbado. La boca buscó angurrienta las oscuras y arenosas aureolas, lamiéndolas y chupando con pasión desenfrenada, provocando en la joven pequeñas sacudidas de dolor al producir en la delicada piel oscuras hematomas rojizas que pronto tornarían al violáceo. La pasión masoquista de Mónica despertó a estos estímulos y su mano acudió a castigar al pezón del otro seno, clavando en él las uñas al tiempo que lo retorcía con rudeza.

Observando la intensidad de su goce, él tomó su otra mano y la incitó a acompañar a la primera con el otro pecho y cuando ella se encontró empeñada en flagelarse a sí misma con auténtica saña, él comenzó a descender lentamente por los fuertes músculos de la meseta del vientre hasta arribar al elevado promontorio del Monte de Venus y quedó deslumbrado por el espectáculo del sexo. De un tamaño fuera de lo común, la vulva delicadamente depilada lucía espléndida, como provista de dos abultadas almohadillas, hinchada y oferente, con sus labios gruesos como dedos ampliamente dilatados entre los que asomaban los rizados y numerosos pliegues del interior de carnosidades casi obscenamente groseras.

Separándolas con dos dedos, hundió su boca en el óvalo mágico de iridiscentes tonalidades, azotando primero la pequeña apertura de la uretra  y buscando luego con ansiosa premura el manojo de delicadísima piel que cubría al clítoris que, ya excitado y de un tamaño respetable, se erguía endurecido presto para ser sometido dejando adivinar la blanquirosada cabeza del mínimo glande. Roberto lo envolvió entre sus labios, succionándolo fuertemente y sintiendo como iba creciendo todavía un poco más. Luego de un momento, la boca bajó a abrevar en la apertura de la vagina que, festoneada por una red de crestas carnosas, se dilataba dejando ver la oscuridad del antro cavernoso y mientras la lengua serpenteante se adentraba en esa oscuridad arrastrando a la boca los fragantes jugos femeninos, clavó las uñas de sus dedos índice y pulgar en el sensibilizado clítoris, haciéndola estallar en agradecidos sollozos de placer.

Sin dejar de rascar el apéndice sexual, la boca recorrió todo el sexo, succionando y mordisqueando, en tanto que dos dedos  se introducían en la vagina, hurgando con las gruesas uñas en las mucosas del anillado tubo y, cuando creyó haber encontrado esa callosidad que enloquece a las mujeres, se esmeró friccionándola al tiempo que sentía que había acertado  por la violenta reacción de Mónica, que comenzó a agitar espasmódicamente su cuerpo ondulante, hasta que en medio de un quejumbroso gemido los fluidos inundaron sus dedos.

Todavía su vientre se sacudía por las contracciones vaginales, cuando él, alzándole las piernas y apoyándolas en sus hombros, la penetró sin consideración alguna. El tamaño monstruoso del falo que destrozaba los delicados tejidos enardeció a la joven que, meneando rudamente sus caderas, profundizaba la dolorosa penetración hasta sentir como la cabeza de la verga se estrellaba contra los tejidos del útero.

Totalmente fuera de sí, con las manos engarfiadas en el borde del asiento, los ojos en blanco y las venas del cuello a punto de estallar por la tensión a que era sometido su cuerpo todo, Mónica balbuceaba incoherencias entre las que se alcanzaba  a distinguir una mezcla de soeces maldiciones y amorosos murmullos de agradecimiento.

En el momento cúspide del placer de su nuera, Roberto retiró la verga chorreante del interior. Ante el reclamo desesperado de la mujer por la ausencia del falo, lo presionó contra los esfínteres del ano y, a pesar de que los gritos de protesta se habían convertido en verdaderos alaridos de dolor, lo hundió profundamente hasta que sus ingles chocaron contra la grupa poderosa.

Inició un furioso vaivén que socavaba sañudamente al intestino, arrancado ayes de placer y sufrimiento en la joven que, gracias a esa demente tortura, estaba alcanzando su segundo orgasmo. Recibió la eyaculación de su suegro como el epílogo deseado para la relación sexual más satisfactoria de su vida y, lentamente, se fue hundiendo en una piadosa bruma rojiza.

 

 

Claudia había concurrido más temprano de lo habitual al stud, ya que su tío Antonio le había prometido dejarla asistir al espectáculo siempre alucinante que suponía la extracción de semen a un padrillo de pura sangre. Luego de tomar unos mates bien calientes, acompañó a su tío a los corrales arrepintiéndose de haber elegido ese liviano solero de gasa ya que, en pleno diciembre, el viento fresco de la mañana soleada le ponía la piel de gallina y evidenciaba la falta de corpiño por la manera en que sus pezones endurecidos por el frío sobresalían bajo la débil tela, provocando miradas cómplices entre la peonada.

Cruzando los brazos como inútil barrera para la malicia curiosa de los hombres, se apoyó contra las maderas de la tranquera para observar mejor la operación sin perderse detalle, aunque no era la primera vez que veía un caballo sirviendo a una yegua. Cuando trajeron al esbelto semental negro y le quitaron la manta, este tiró del cabestro y alzando la cola, comenzó a girar en erráticos círculos que iban excitándolo en tanto que, con los hollares dilatados, olfateaba el olor de la hembra en celo y dejaba escapar un ronco relincho.

Al cabo de cinco minutos en los que enardecieron aun más al caballo, llevando a la yegua contra el viento para que el olor llegara al padrillo, trajeron a la hembra y el peón que sujetaba al semental se vio en figurillas para poder sofrenarlo. Ataron firmemente la cabeza de la yegua a un grueso palenque y acercaron al padrillo que, relinchando sordamente, lamió el sexo de la yegua que, excitada, levantó dócilmente el corto muñón de la cola vendada. El macho ya tenía la inmensa verga rosada con manchas negras totalmente erecta y con ella se azotaba la panza, masturbándose.

Cuando tras aflojar un poco la correa, lo azuzaron, apoyó sus patas delanteras en la grupa de la yegua que, como justificándose, intentó una débil resistencia tratando inútilmente de cocear con sus patas atadas a las delanteras en tanto que el macho iba trepando lentamente sobre su lomo con la verga enhiesta que era sostenida derecha por dos hombres con guantes de goma, guiándola hacia la vulva de la yegua que latía, dejando ver su interior rosado al dilatarse.

Con pequeños remezones y cortos pasos, el caballo la fue penetrando en medio de agudos relinchos de la hembra hasta que la larga verga desapareció toda entera dentro de ella. El macho afirmó los cascos contra el costillar y su boca mordió la cruz de la yegua que, con las patas traseras abiertas, soportaba el poderoso meneo en el que la verga entraba y salía socavando sus entrañas mientras tironeaba desesperadamente del cabestro atado al palenque.

Cuando los hombres estimaron que el caballo estaba por eyacular, retiraron a la yegua. Sosteniendo el falo chorreante que despedía nubes de condensación por el frío, lo metieron dentro de un largo tubo de plástico transparente y de pronto, un chorro impetuoso de un líquido lechoso comenzó a caer dentro del recipiente. Al cabo de un minuto, tres litros de costoso esperma, eran cuidadosamente tapados con un cierre hermético para ser llevados a la heladera de la veterinaria.

 

Durante todo el proceso de apareamiento, Antonio había permanecido observando a Claudia, que constituía un espectáculo en sí misma. A medida en que el caballo iba montando a la yegua, las expresiones del rostro dejaban traslucir sus emociones y evidenciaban su propia excitación sexual. La boca entreabierta dejaba escapar un leve jadeo que se manifestaba en el vapor que surgía de sus labios, dando paso a la lengua ansiosa que entraba y salía mojándolos con abundante saliva y los dientes se clavaban nerviosos en ellos, en tanto que musitaba soeces palabras de aliento para el macho, indicándole como y cuanto penetrar a la yegua.

Las manos, olvidadas ya de cubrir a los endurecidos pezones, se abrían nerviosamente para luego cerrarse en apretados puños que daban pequeños golpes sobre la madera, acompasados al ritmo de penetración y la cabeza se tendía anhelosa hacia delante con los músculos del cuello tensos, los ojos desorbitados por la ansiedad, las narinas dilatadas tanto como los hollares del semental y cuando el caballo acabó, cerró los párpados con un profundo suspiro de alivio al que se sumó un sordo ronquido satisfecho.

Tragando saliva con dificultad y parpadeando fuertemente para eliminar las lágrimas que habían inundado sus ojos, volvió lentamente a la realidad mientras sentía que desde su entrepierna desnuda, tibias gotas de jugos vaginales corrían por el interior de sus muslos. Viendo la conmoción que el espectáculo había producido en Claudia, Antonio le pasó un brazo protectoramente sobre los hombros cuya piel estaba erizada y helada, comprobando que la desenfada y masculinizada jovencita temblaba como una hoja y las lágrimas escurrían por las mejillas empalidecidas.

Apretándola cariñosamente contra sí y mientras le palmeaba el hombro como a una niñita, la condujo hacia la zona de boxes, tratando de distraerla con la promesa de la visita a Danzarín, el más viejo y prestigioso de los sementales del haras, libre ya de los servicios como padrillo. Más animada y con una sonrisa helada en sus labios todavía temblorosos, pasó un brazo alrededor de la cintura de su tío y conversando animadamente, llegaron a los establos.

No obstante el familiar calificativo de tío, Antonio era en realidad un medio hermano de su padre, fruto de un segundo matrimonio de su abuelo. Doce años menor que Roberto, tenía muchas de sus características; la serena firmeza y armonía de las facciones, la estatura - mayor que la media - y la misma reservada simpatía. Nunca había querido seguir estudios universitarios y desde su servicio militar como granadero se había aficionado de tal manera a los caballos que en la actualidad era uno de los mejores instructores de salto. Precisamente él, con su insistencia, había logrado que Claudia, en quien veía un físico perfecto para jinete de salto, cobrara por los caballos una pasión similar a la suya. Lo único que aun confundía y desasosegaba al tío eran las actitudes excesivamente campechanas de la niña y un aspecto que, si no fuera por las rotundas formas del cuerpo, por altura y movimientos llevaría a confundirla con un muchacho.

No había preconcebido nada, pero al ver la reacción casi orgásmica de Claudia ante la cópula animal y al sentir el calor de su cuerpo a través de la delgada tela del vestido que dejaba transparentar las oscuras aureolas humedecidas por el sudor de sus pechos, decidió comprobar con prudencia cuánto había de femenino en su sobrina.

Cuando entraron a las cuadras, el calor encerrado entre las gruesas paredes de ladrillo, sumado al que generaba la acumulación de pasto seco, los recibió como un cálido abrazo que compensaba la inusual frescura de la mañana. La transpiración enfriada provocaba escalofríos en la jovencita que recibió la oleada tibia de los boxes con gratitud y aspiró con fruición el áspero y acre aroma clásico de esos sitios, mezcla de pasto seco, granos, orines y sudores de los animales que, a su olfato, sabían a deliciosos perfumes.

Cuando se acercaron al box de Danzarín, el viejo padrillo los recibió con un relincho bajo e íntimo de reconocimiento que sólo utilizada con algunas personas. Mientras acariciaba la testa del animal famoso y aquel tomaba delicadamente con sus belfos el puñado de maíz que la joven había recogido de un balde próximo para llenar su mano, no pudo menos que admirar la perfección de formas del alazán, con su dorado pelaje brillante por el continuo rasqueteo y cepillado. Como agradeciendo el trato y la visita de la joven, el semental decidió beneficiarla con la exhibición del atributo que, además de su velocidad y resistencia proverbiales, lo había convertido en histórico padre de cracks.

Relinchando en sordina mientras subía y bajaba su cabeza exhibiendo la belleza ondulada de sus largas crines, en medio de una contradanza de pasos cortos y nerviosos, comenzó a desplegar el esplendor de la larga y gruesa verga en un show al que parecía estar acostumbrado; el gran pedazo de carne rosada pendía flojo y laxo, hasta que de pronto cobraba una rigidez extraordinaria y el caballo la estrellaba contra su peluda panza para luego estregarla contrayéndola y volver a dejarla pender flojamente. Ante esa masturbación habitual en los machos, los ojos de la jovencita habían vuelto a alucinarse con la verga animal y teniéndola casi al alcance de la mano, aspiraba profundamente los olores que emanaban de los genitales, sintiendo como una aluvión de mariposas enloquecidas se agitaban en sus entrañas, volviendo a excitarla.

Absorta en la complacencia de una especie de masturbación mental y con la boca abierta para dejar paso al vaho ardiente de su respiración, era consciente de que la mano que Antonio apoyaba en sus hombros se deslizaba acariciante a lo largo de la columna vertebral hasta alojarse sobre la barrera que en la cintura formaban los pliegues de la amplia pollera plisada, para luego y morosamente, frotar amigablemente la prominencia de sus nalgas. Ante la aparente indiferencia de Claudia, que había se había acodado en la media puerta y apoyaba el mentón sobre las manos, la de él se escurrió bajo la tela sutil y sobó suavemente pero con firmeza los glúteos, provocando en ella un leve gemido satisfecho.

Animado por esa actitud y comprobando con cierta sorpresa que la muchacha no llevaba bombacha, deslizó sus dedos en la profunda hendedura, excitando levemente la apertura anal y alojándose luego sobre el sexo totalmente mojado a lo cual, Mónica respondió con una condicionada apertura de la piernas, mientras dejaba escapar un hondo suspiro y lengua y dientes maceraron los labios hinchados, acompasándose a la lenta masturbación de padrillo.

La mano experta exploró concienzudamente a todo lo largo del sexo deslizándose en los jugos que empapaban la vulva y finalmente, se hundieron en ella, buscando entre los pliegues lo que él suponía era un diminuto apéndice. Sorprendido por el tamaño de ese clítoris que, al tacto aparentaba ser un verdadero pene femenino, lo tomó entre sus dedos índice y pulgar, frotándolo y retorciendo suavemente. La joven se había asido con ambas manos al borde de esa media puerta del box, totalmente extraviada por lo que realizaban; el caballo masturbándose y su tío en el sexo. Con un ronquido gutural e inclinándose aun más, acomodó el cuerpo para alzar su grupa oferente.

Antonio se dejó caer de rodillas y acomodándose invertido bajo el dosel de la amplia pollera entre las piernas separadas de su sobrina, se posesionó del sexo, lamiendo y succionándolo de arriba abajo para luego asentarse sobre el clítoris, fustigándolo con la lengua. Los labios rodearon a la fuerte excrecencia y mientras la mordisqueaba con sus dientes romos, sus dedos índice y mayor penetraron la vagina de la que rezumaban olorosos jugos, explorando concienzudamente su interior, rascando en todas direcciones. El cadencioso hamacarse del cuerpo de Claudia le indicó que ya estaba a punto e irguiéndose, se desprendió los pantalones y, tras arrollar la falda sobre su cintura, sosteniendo al miembro que ya estaba totalmente endurecido, la penetró profundamente, sintiendo como a su paso se dilataban agradecidas las carnes ardientes de la vagina.

Acezando fuertemente, Claudia se asía desesperada a la puerta, disfrutando de aquello a que su tío la sometía mientras sus ojos dilatados esperaban ansiosos la eyaculación del padrillo. Antonio la había aferrado por las caderas y la verga la penetraba en un soberbio y violento vaivén mientras los cuerpos se meneaban hamacándose en la búsqueda frenética de la satisfacción, que al fin llegó. En tanto que la mirada alucinada de la muchacha se extasiaba con la vista del poderoso chorro seminal que salía despedido de la verga prodigiosa de Danzarín, derramándose inútilmente sobre el heno, su útero descargaba su satisfacción bañando sus entrañas de un cálido bienestar.

Temblando como achuchada, Claudia cayó de rodillas con el pecho bombeando desesperadamente en busca de aire mientras su vientre se contraía en violentos espasmos. Tomándola en sus brazos, Antonio la llevó hasta un box vacío y, depositándola sobre la paja fresca, terminó de desnudarla. Con los ojos cerrados, la muchacha permanecía desmadejada y de su boca escapaba un ronco bramido que entremezclaba con cariñosos murmullos. El hombre se tendió de costado a su lado y mientras la besaba suavemente en la boca, su mano se deslizó sobre los senos fascinantes que ante la caricia, se contraían nerviosamente. En medio de un quejumbroso ronroneo y aun con los ojos cerrados, la joven abrió ávidamente la boca para alojar en ella y dando dura batalla, a la lengua de su tío, en tanto su cuerpo ondulaba espasmódicamente ante el placer que las caricias le procuraban.

Las manos de Antonio se dedicaron, con cierta crueldad afanosa, a estrujar los senos agitados, esmerándose con saña en apretar y retorcer los pezones, mientras las uñas hacían estragos en la pequeña mama. La joven domeñaba penosamente los gritos que acumulaba en su garganta con los dientes apretados y las manos se clavaban en la paja impulsando su cuerpo, hasta que Antonio, tan enloquecido como ella, dejó los senos y arrodillándose sobre su cara, introdujo en su boca la cabeza húmeda de la verga.

Sintiendo en los labios el gusto agridulce de sus propios jugos, un voluptuoso y abrasador deseo fue seduciendo a sus sentidos. Aferrándose a los fuertes muslos del tío, abrió desmesuradamente la boca y sus labios se cerraron apretadamente sobre el grueso falo, succionándolo con ansias vehementes. Antonio sacudía acompasadamente la pelvis, ayudando a que la verga penetrara cada vez más profundamente en la boca y ella debía sofrenar las incipientes arcadas que su roce le provocaba. Sus manos acudieron a colaborar, abrazando prietamente los testículos y las carnes del falo en un alucinante vaivén al tronco que acrecentaba con movimientos giratorios.

Antonio bramaba como un toro en celo y tomando su cabeza por los cortísimos cabellos, comenzó a menearla para evitar que la boca se desuniera del miembro, hasta que de pronto, su cuerpo se envaró y una catarata de esperma melosa y fragante se derramó impetuosa, llenando toda la cavidad. Como él no le permitía mover la cabeza, Claudia tuvo que tragar esa inmensa cantidad de semen encontrándolo realmente sabroso y agradable, aplicándose a la succión de la cabeza ovalada, sorbiendo con deleite la pringosa esperma que escapaba de la boca.

Ella comenzaba a sentir como nuevamente se encendían las brasas del vientre y su tío tenía, al parecer, una vitalidad inagotable, ya que tomando al miembro entre sus manos, lo masturbó para evitar que su rigidez decreciera y, poniéndola de costado, le hizo encoger la pierna derecha casi hasta los pechos, ordenándole que la sostuviera así. El estiró su otra pierna verticalmente, apoyándola en su hombro y con la verga ya endurecida, volvió a penetrarla profundamente por la vagina. El roce del falo así dirigido, restregaba duramente la piel interior del sexo y por momentos se le hacía tan placentero como doloroso.

Pero Claudia ya comenzaba a sentir ese cosquilleo que nacía en su región lumbar y llevaría deslumbrantes estallidos a su cerebro nublándole la conciencia, anunciándole la llegada inminente del orgasmo. También los afilados dientes de los invisibles monstruos que la habitaban iniciaban el macerar a sus músculos, pretendiendo separarlos de los huesos para arrastrarlos al caldero hirviente del sexo. Viendo su alienación, Antonio la puso de rodillas y cuando ella esperaba una nueva arremetida al sexo, él apoyó firmemente la cabeza del falo contra la rosada y fruncida apertura del ano. Venciendo lentamente la débil resistencia de los músculos, introdujo totalmente el grueso miembro hasta que sus testículos golpearon contra el sexo de la muchacha. Esta vez, el sufrimiento pudo más que la vergüenza y la prudencia y un grito estridente, horrísono, rompió la quietud del aire denso del establo. Nunca su ano había sido hollado, aun en sus más entusiastas y volcánicas relaciones con mujeres mayores y el dolor era inimaginable; cualquier cosa que ella hubiera podido presumir de esa penetración, era superada con creces por la cruda realidad.

Insultando groseramente a su tío, pegaba puñetazos enfurecidos sobre la paja, hasta que aquel comenzó con un suave hamacar del cuerpo y el imponente príapo se deslizó deliciosamente por su intestino, elevando su placer a un plano de inefable gozo. Una arrebatadora sensación de éxtasis la hacía sentir colmada, ahíta, pletórica de una exquisita sensación de bienestar y, rindiéndose a la vesánica penetración, cayó en el más sublime embeleso. Hamacando su cuerpo y apoyándose firmemente en los codos, se unió al tiovivo infernal disfrutándolo como nunca lo había hecho anteriormente.

Tal y como había sucedido momentos antes en los corrales, la imagen de la hembra poseída por el macho volvía a reflejarse en las descontroladas actitudes de tío y sobrina. No era una violación sino una cópula, un coito salvaje en el que la mujer combaba y estiraba su cuerpo convulsivamente para facilitar la intrusión y el hombre incrementaba el sometimiento, aplicándole fuertes apretujones y pellizcos en los senos y en el vientre. Aullando de placer, Claudia extendió su mano derecha estregando rudamente al clítoris y cuando sintió como la marea cálida del orgasmo comenzaba a invadirla, saturando de líquidos en interior de la vagina, hundió dos dedos en ella para masturbarse con vehemencia. Antonio sintió ese fuerte tirón en los riñones anunciándole la eyaculación y sacando el pene del ano, dio vuelta a su sobrina e introduciéndolo en su boca abierta, descargó el torrente espeso del semen que aquella tragó con fruición, mientras sentía que de su vagina manaban las densas mucosas del orgasmo.

 

 

Afanosamente ocupada en la organización de los festejos navideños, Ana María solía encerrarse por las tardes en su cuarto de lectura que, tal como el escritorio de Roberto era un sitio inviolable, al que nadie podía acceder a menos que ella lo invitara a compartir esa sensación inigualable de íntima paz y tranquila soledad.

Mientras confeccionaba la lista de regalos que aun le faltaban adquirir, incluyendo los de Martín y Laura, se entretuvo fantaseando con el desafío que le supondría el atreverse a entrar en aquel porno-shop de la calle Lavalle y adquirir el vibrador que con avergonzados mimos le exigía la mulatita. Con la vista perdida en los lomos de los libros de la abundante biblioteca y la imaginación desbordada por el recuerdo del sexo de la brasileña en su boca, pensando en qué se sentiría al penetrarla con un falo, no advirtió que la puerta se había abierto silenciosa, empujada suavemente por su yerno y que, una vez adentro, este cerrara sigilosamente con llave.

Recién cuando Pedro avanzó hacia ella, se percató de su presencia e iba a increparlo duramente por esa invasión a su intimidad cuando recordó los días venideros y el clima de tolerancia que la Navidad imponía. Colocando en su rostro una sonrisa espléndida que realmente dejaba trasuntar la vitalidad que le era propia y que en los últimos tiempos se veía sublimada por esa inyección de amor y sexo, gloriosa y placenteramente proporcionada por Laura, palmeó invitadora y amistosamente el amplio sillón en el que se hallaba recostada.

 

Este muchacho Pedro siempre la había intrigado. A pesar de sus modales comedidos y correctos, mantenía una distancia con la familia que no lo hacía del todo simpático, era como sí de manera gentil pero rígida, no se abriera sinceramente ocultando su verdadera personalidad. Sin embargo, hacía una buena pareja con su hija Alejandra que, tan seria y correcta como él, era demasiado reservada y metida para dentro desde la niñez, aun con sus hermanas y ella misma, que no acababa de descifrarla.

Desde aquel pacto no escrito con Roberto, esa tolerancia y el no inmiscuirse en los asuntos de los demás eran como un dogma para la familia. Todos - y ella más que nadie – se sabían poseedores de vicios, miserias y vergüenzas que esconder. Como buena madre a la que no se le escapaba nada de lo que sucedía en la casa, conocía de la homosexualidad de Claudia, de las costumbres solitarias de Melissa y hasta de algún jueguito erótico que ensayaba con su hermano mellizo. Conocía de las esporádicas infidelidades de Roberto y era consciente de que en las últimas semanas, en la mente de la familia flotaba la incertidumbre de su excesiva confianza con Laura. Todos sabían lo que necesitaba ocultar el otro, pero en tanto la discreción hiciera que no tomara estado público, simulaban desconocer los hechos evidentes, elaborando hacia fuera la santidad de la unidad familiar. Sospechaba que Alejandra era tan viciosa o más de lo que lo había sido ella, pero su indiferencia la desorientaba. Nunca habían compartido confidencia alguna y menos aun sobre sus relaciones sexuales con este muchacho dos años menor que ella, aparecido de la nada, convertido en su primer novio y con el que contrajera enlace sólo seis meses después.

La reserva de Alejandra no podía contra la curiosidad suspicaz de sus miradas, que adivinaban debajo de las ropas, los moretones y chupones que ella trataba inútilmente de ocultar. Suponía que algunas virtudes físicas de Pedro hacían que su hija soportara esos arañazos un tanto sádicos que a veces entreveía por algún escote travieso y se preguntaba si ella no aportaría voluntariamente una dosis de masoquismo al disfrutar realmente de la situación.

 

Observándolo sin prejuicios, el muchacho era atractivo; alto, más de uno ochenta seguro, cuerpo atlético bien trabajado, ojos negros, un rostro regular y una melena castaña casi rubia, suavemente ondulada y un poco larga para su gusto. Sentándose junto a su suegra, desplegó una sonrisa pianísticamente marfileña y con el mayor desparpajo, sin inhibición alguna y de alguna manera brusca, la ordenó sin ambages que se desnudara.

Ante la agria respuesta de Ana María, dudando de su cordura y por la insolencia de su actitud, él le pidió calmosamente que volviera a sentarse y que no hiciera tanto alarde de su virtud. Diligente, prendió el televisor y metiendo un casette en la maquina de video, dejó que las imágenes hablaran por sí mismas.

Alucinada, se veía a si misma llevando de la mano o abrazada a Laura mientras se dirigían por los recónditos pasillos que ella había creído desiertos hacia el cuarto de huéspedes, convertido ya en nido de amor, deteniéndose frecuentemente para besarse apasionadamente o manosearse mutuamente. Por la falta de luz, las imágenes no eran demasiado claras pero, inconfundiblemente, eran ellas dos. Las que seguían eran lapidarias e innegables; filmadas a través de la puerta entreabierta, la nitidez era increíble y las mostraba ya sobre la cama, totalmente desnudas, revolcándose en medio de sonoras exclamaciones de placer, sometiéndose a las más escandalosas succiones y penetraciones.

A los pocos minutos, Pedro apagó piadosamente la máquina y contempló a su suegra con una sonrisa irónicamente condescendiente. Era tal la perversa lubricidad que destilaban los ojos de su yerno, que Ana María perdió la compostura y escondiendo la cara entre las manos, estalló en rabioso y acongojado llanto. Sentándose a su lado y susurrándole palabras cariñosas al oído, mezcladas con una implícita amenaza en la que la invitaba a un juego de imaginación sobre cual sería la reacción de la familia ante el conocimiento del video, él comenzó a desprender uno a uno la larga serie de botones que cerraba la blusa a sus espaldas. Cuando terminó, ya ella estaba resignada a satisfacerlo con tal que esas imágenes no tomaran estado público, lo que significaría el desmoronamiento de la familia.

Mansamente, consintió que él terminara de quitarle la blusa y luego el corpiño, dejando ver los espléndidos senos agitándose conmovidos por su respirar entrecortado, mezcla de jadeo y sollozo. Arrodillándose frente a ella, separó las manos que protegían inútilmente los pechos y, muy tenuemente, los acarició con sus largos dedos, de increíble suavidad y tersura. Ana María sentía que, a pesar de lo violento de la situación y a su misma repulsa, los senos respondían instintivamente al estímulo adquiriendo mayor dureza, cubriéndose de rubor e irguiendo los grandes pezones. Pedro los acariciaba casi con devoción, encerrándolos entre las manos y dejando que estas escurrieran lentamente hacia las abultadas aureolas, rascándolas tenuemente y tremolando sobre los pezones.

A medida que esa caricia iba excitándola, ella se erguía apoyando las manos sobre los almohadones y parecía elevarse al ritmo de los dedos. Pedro sabía lo que la mujer estaba sintiendo a pesar su fingida indiferencia, de esa mirada perdida en el vacío y la posición hierática del cuerpo; acercando la boca a los senos, dejó que la lengua reemplazara a los dedos, recorriendo ávidamente toda la superficie de los pechos mientras excitaba al pezón con la sierpe vibrátil de su punta.

Los senos temblaban estremecidos, con esa gelatinosa cualidad que siempre le había llamado la atención a Pedro. La boca se posesionó de un trozo de piel justo en el borde de la aureola, donde comenzaban a nacer esos gruesos gránulos que lo excitaban e inició una succión que fue incrementándose paulatinamente hasta que la mujer exhaló un profundo gemido de dolor. Satisfecho con eso, chupó aun con más fuerza, sabiendo que un hematoma se estaba formando entre sus labios.

Sin saber a ciencia cierta por qué ni para qué, Ana María hundió sus manos entre la espesa cabellera de su yerno que, enardecido, corrió la boca y sus labios atraparon al pezón para que muy lenta y suavemente, sus dientes romos comenzaran a mordisquearlo. Ante el jadeo ansioso de la mujer, los dedos de la mano rodearon al otro pezón e iniciaron una rotación entre ellos, retorciéndolo dolorosamente y en tanto ella prorrumpía en desgarradores lamentos, él mordió fuertemente el pezón al tiempo que clavaba sus uñas fuertes y afiladas en el otro.

Sufriéndolo en carne propia, ahora tenía la certeza de sus suposiciones con respecto a Alejandra. Lo que le estaba haciendo Pedro era una verdadera tortura, pero a la vez excitante y por fin comprendía como se podía llegar al placer a través del dolor. Los dientes y las uñas que se clavaban en su carne llevaban el goce al borde de lo excelso, lo aterrador y lo sublime. Durante diez minutos, Pedro se aplicó concienzudamente a orlar la cúspide de los senos con una serie de grandes chupones fuertemente rojizos y las uñas dejaron surcos sanguinolentos en la comba, mientras que los pezones, después de tanto suplico, lucían hinchados y el menor roce la hacían lanzar exclamaciones de dolor.

A pesar del sufrimiento, su mente era un verdadero maremágnum de sensaciones encontradas mientras algo inédito bullía en su vientre y sentía como verdaderas marejadas de hirvientes flujos concurrían al sexo, que seguramente excederían. Cuando él hizo intento de quitarle la falda, ella misma colaboró desprendiéndose de la fina prenda junto a la trabajada pieza de lencería que era la trusa.  Sabiendo ya lo que quería, se echó desenfadadamente a lo largo del sillón y dejando que una de sus piernas permaneciera apoyada en la alfombra, alzó la otra para engancharla en el respaldo. Sorprendido por la repentina aquiescencia efervescente de su suegra, Pedro miró arrobado el majestuoso bulto de la vulva; los labios exteriores exageradamente inflamados lucían de un color casi violeta y abriéndose pulsantes, dejaban entrever la multitud de finos pliegues rosados que brotaban desde el interior.

Levemente, fue rozándolos con los labios, sintiendo que a su contacto la mujer se estremecía como galvanizada por choques eléctricos. Con su lento ir y venir desde el Monte de Venus hasta el agujero del ano, fue humedeciendo con saliva los tejidos henchidos de sangre que abultaban casi hasta la grosería y que a su contacto, iban dilatándose mansamente. Separándolos con los dedos, contempló ese maravilloso y singular espectáculo que es un sexo femenino y no se repite de la misma forma en ninguna mujer; el gran óvalo de perlados e iridiscentes matices rodeado de una espesa capa de retorcidos pliegues, albergaba en la parte superior al triángulo provocativo de apretados y delicadísimos tejidos que abrigaban al erecto clítoris de generosas dimensiones, justo por encima del agujero de la uretra. Más abajo, con un latido casi siniestro y bordeado por un encaje de carnosidades con aspecto de crestas, se abría el oscuro agujero de la vagina, del cual manaban hilos de flujo que escurrían hacia la hendedura de las nalgas.

Tremolando agitada, la punta de la lengua se deslizó por el fondo del óvalo sorbiendo los tibios jugos que lo inundaban y el poderoso aroma almizclado de la hembra en celo hirió el olfato de Pedro que, excitado como un animal, envolvió entre los labios el manojo de pliegues, aferrando la enhiesta carnosidad y chupándola con frenesí. Ana María ya había perdido todo control de sus actos y se revolvía angustiada mientras mesaba sus revueltos cabellos, emitiendo un graznido monocorde y rítmico en lo que se suponía deberían ser gemidos gozosos.

Pedro también había alcanzado un cierto ritmo, sorbiendo y lamiendo alternativamente la piel agobiada del sexo mientras que dos dedos se hundían dentro de la superficie vaginal para rascar con aberrante ferocidad las espesas mucosas. En su delirante divagar enajenado, Ana María le suplicaba que profundizara la penetración y que agregara más dedos a ella.

La lentitud, hacía que los jugos vaginales lubricaran los dedos y los músculos, acostumbrados por los partos, se dilataran complacientes en cada penetración, hasta que, como la de un paciente y experimentado ginecólogo, toda la mano del hombre se encontró en el interior. El sentía contra su carne los músculos temblorosos adaptándose y rodeándola, contrayéndose y dilatándose y profundizó aun más hasta tocar la cervix que protege al útero. Ana María debía de taparse la boca para reprimir los gritos y sollozos que semejante fricción le provocaba pero que, finalmente, no pudo refrenar cuando, respondiendo a sus histéricos reclamos de mayor vigor, él fue cerrando la mano en un puño y como un bestial ariete arremetió contra las carnes en una deslumbrante cópula.

Nunca había experimentado semejante penetración y cuando superando al sufrimiento, el goce la alcanzó, acompañó el ritmo de la intrusión con todo su cuerpo ondulando vigorosamente a la búsqueda del orgasmo. El retiró la mano de su sexo y, haciéndola arrodillar sobre los almohadones asiéndose al respaldo, separó con sus manos las nalgas y buscó con la cabeza del falo la fruncida entrada al recto. Presionando fuertemente, la verga entera se deslizó dentro del intestino y un nuevo sufrimiento placentero se agregó a los recientemente padecidos por la escultural matrona. Mientras la penetraba e inclinándose, Pedro se ensañaba pellizcando los pezones, pero al ver que ella estaba próxima a acabar, clavó una uña sobre el glande del clítoris, elevándola a la más excelsa cima del placer y cuando le eyaculó en el ano, ella alcanzó su más grande orgasmo, derrumbándose sobre el sillón.

Durante más de una hora, Pedro estuvo sometiéndola a los más siniestros y aberrantes actos sexuales que la llevaban al desvanecimiento por la intensidad del goce y el sufrimiento, en los cuales ella había tomado parte activa con licenciosa, vesánica e incontinente impudicia para convertirse en la partenaire ideal de un hombre que la hacía experimentar vibrantemente de goces fascinantes a través del dolor y los más escalofriantes martirios.

 

Con la solícita atención de Laura, a la que tuvo que contarle hasta el más mínimo detalle de lo que le relató como una especie de violación extorsiva, pero sin revelarle ni admitir cuanto había disfrutado con su participación voluntaria en los atroces coitos, curó las heridas y rasguños de las partes más delicadas y expuestas, colocándose algodones debajo de las prendas íntimas para evitar el roce que la hacía sufrir intensamente. Con una fina blusa de seda de cuello alto, enfrentó a la familia durante la cena, especialmente las miradas insolentemente traviesas de Pedro, agradeciendo que aun faltaran más de diez días para la Nochebuena, en la que debería lucir el escotado vestido que le había regalado Roberto para celebrar los veinticinco años de casados.

 

 

 

Esa semana se vivió en la casa un clima especialmente festivo con las urgencias propias de los grandes eventos; limpieza de antiguas piezas de vajilla y platería, exhumación de antiguos y bordados manteles de finas telas, elección de lujosos envoltorios para los regalos que fueron colocados debajo del alto pino iluminado del vestíbulo, contratación de una empresa para el servicio de catering, toda vez que sus únicos empleados formarían parte del festejo y un montón de nimiedades más que mantuvieron a Ana María con la excitación de una quinceañera. En ese lapso y en tanto aplacaba con sus  cariñosas efusiones las ahora desmandadas urgencias sexuales de su patrona, estrenando con un éxito extraordinario el placentero vibrador, Laura fue curando los rasguños y disolviendo con suaves masajes los moretones de los senos, hasta lograr que la piel volviera a lucir libre de todo rastro.

 

 

Con todas las luces encendidas, la vieja mansión parecía haber recuperado los esplendores de antaño y sus ocupantes estaban lujosamente ataviados para la ocasión; todos los hombres vestían smocking, incluido Martín, que había alquilado uno pagado por Mónica.

Las mujeres, en cambio, parecían rivalizar en la exhibición de sus ropas. Ana María vestía el costoso regalo de Roberto, un espectacular vestido de Valentino en su característico color rojo, con un profundo escote que dejaba al descubierto toda la parte interna de los senos y se extendía justo hasta debajo del ombligo. Alejandra se había atrevido por primera vez a calzarse un vaporoso vestido de gasa, con una pollera plato totalmente rosada y dos anchas fajas de la misma tela que, naciendo desde la cintura, cubrían escasamente sus opulentos senos, dejando traslucir la contundencia de sus aureolas y pezones y que se anudaban en un simple moño en la nuca, descubierta por el complicado peinado que recogía su cabello.

Mónica, por su parte, parecía decidida a blanquear sus preferencias sadomasoquistas y había enfundado su torso en un ajustado corset de finísimo cuero charolado negro que dejaba casi al descubierto los senos, exhibiéndolos como en una bandeja. Una ajustada falda del mismo material complementaba el conjunto y los zapatos, de altísimos tacos, le otorgaban un aspecto fatal y satánico.

Claudia estaba verdaderamente deslumbrante, con su cortísimo cabello retinto peinado en mechones endurecidos con gel y una infartante blusa negra absolutamente transparente haciendo juego con una micro-minifalda roja, tan corta que dejaba escapar la parte baja de sus nalgas y mostraba claramente el pequeño triángulo de la tanga, del mismo color y material que la blusa. La quinceañera Melissa había optado por la comodidad de una solera campesina de bambula y encaje de algodón y, como detalle, un broche de gasa verde en el tobillo izquierdo.

Finalmente, la más sencilla pero no menos impactante, era Laura; con un escueto top de algodón blanco que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel para mostrar hasta el mínimo detalle de sus pechos y un simple pantalón blanco y elásticamente maleable de tiro demasiado bajo, casi impúdico, que dejaba en evidencia la ausencia total de ropa interior al hacer evidente la profunda hendedura de la vulva.

 

A pesar de esta verdadera exhibición de sensualidad femenina, la cena, que se sirvió puntualmente a las diez de la noche, transcurrió en un clima de alegre camaradería familiar ajustado a la fecha que se celebraba. Ana María había tenido la astucia de distribuir los cubiertos de forma tal que las parejas secretas que ella suponía o tenía la certeza de que lo fueran, disfrutaran de su mutua compañía.

El exquisito menú y los añejados vinos adecuados para cada plato fueron servidos con absoluta maestría por el personal contratado. Una hora y media después realizaban el brindis final, ya bastante achispados. Cuando los em

pleados se retiraron, no sin antes distribuir estratégicamente en pequeños grupos de sillones y mesas abundantes canapés y bebidas, la familia se trasladó al gran living y los hombres, envidiosos de la cómoda frescura de las ropas femeninas, no dudaron en desprenderse de las chaquetas y los ajustados moños que la formalidad asfixiante les había impuesto.

 

Sin la incomoda y comprometedora presencia de gente extraña, se distendieron, dedicándose a conversaciones más confidenciales y a contar chistes de todo calibre, sorprendiendo que fueran las mujeres las más lanzadas en cuanto a la crudeza del lenguaje y la descripción minuciosa y procaz de ciertas situaciones.

Minutos antes de la medianoche, todos acudieron a la galería trasera y allí, en medio de tambaleantes y cómicos tropezones de beodos, encendieron los espectaculares fuegos artificiales que todos los años hacían preparar especialmente para ellos. Arrobados como chicos ante el espectáculo deslumbrante de las luces multicolores y sus ruidosas explosiones en el cielo oscuro, apuraban grandes cantidades de champan en repetidos y temulentos brindis. Pasados esos diez minutos de fantástica alegría, se dispersaron en grupos o parejas por la extensa propiedad, conversando con mayor o menor incoherencia de las pocas ideas lúcidas que el consumo de alcohol les permitía enhebrar.

El que prudentemente había consumido menos alcohol, sólo lo indispensable para no parecer descortés, había sido Martín. Merodeando silenciosamente por la casa, advirtió el acoso al que Claudia había sometido durante toda la noche a la pequeña mulata aprovechando los rincones oscuros para manosearle los pechos o abrazándola fugazmente desde atrás, hundir su mano bajo el tiro del pantalón con el beneplácito de Laura. Ahora, tras el desbande general, las vio alejarse hacia el dormitorio de Claudia, sosteniéndose una a la otra, abrazadas por la cintura.

Desde la cómoda discreción de un sillón, observó como los patrones se esfumaban discretamente de la escena; a Ana María hacia su cuarto seguida a pocos pasos por Pedro y, a Roberto, introduciendo disimuladamente al santa sanctorum de su escritorio a la depravada Mónica.

 

 

Haciendo un esfuerzo, Melissa ayudó a su hermano, demasiado ebrio para hacerlo solo, a llegar hasta el cuarto del sauna. Una vez que entraron, ella bajó la tranca de madera que cerraba la puerta. Aunque el sistema estaba apagado, dentro del cuarto el calor era insoportable, cosa que se incrementó cuando la jovencita abrió los grifos de agua caliente del jacuzzi y las nubes de vapor comenzaron a inundar el aire espeso y caliginoso.

Sentando a Héctor sobre el largo banco de madera, le sacó fácilmente la camisa y con cierta dificultad, los pantalones, los zapatos y la ropa interior. Este esfuerzo y el agobio del calor, la hicieron desprenderse del amplio solero que, húmedo por el aire y la transpiración se pegaba a su cuerpo, mostrando que, como de costumbre, no usaba ropa interior. No era la primera vez que los dos estaban juntos y desnudos. Desde niños habían jugado con la mutua exploración de sus cuerpos y, aunque él nunca había intentado penetrarla, se habían divertido en interminables sesiones de caricias y besos a sus órganos genitales.

Aunque menos ebria que él, Melissa también estaba mareada pero esa embriaguez la había excitado sexualmente, haciéndole perder el sentido de la prudencia. Arrodillada junto al banco, tomó en su mano el pene fláccido y lo introdujo totalmente en la boca para comenzar a succionarlo amorosamente y en la medida que este cobraba tamaño, obnubilada, hizo que sus manos colaboraran con la boca, masturbándolo apretadamente.

Ante la inédita actitud de su hermana, Héctor reaccionó y dejándose caer al suelo, la condujo para colocarse de tal manera que los dos pudieran satisfacer al otro. Invertidos y soldados en esa posición, se estrecharon prietamente de las nalgas y sus bocas se hundieron en los sexos, solazándose en la succión recíproca. Cuando la histérica angustia del deseo insatisfecho colmó la capacidad de aguante de Melissa, se deslizó arrastrando a su hermano dentro del agua. Haciéndolo sentar de espaldas contra la pared de la tina cilíndrica, se puso en cuclillas sobre él manteniéndose aferrada la borde y con la otra mano condujo la verga de Héctor al encuentro con su sexo. Tomando impulso, se dejó caer sobre ella sintiendo como, a pesar del agua, el falo raspaba rudamente el interior de la vagina novel, provocándole una deliciosa sensación de lujurioso bienestar. Gimiendo sordamente, comenzó con una fuerte y lenta flexión de las piernas y el miembro fue inundándola del placer más exquisito jamás experimentado, que se incrementó cuando Héctor, apoderándose de los senos, los estrujó con firmeza entre sus dedos chupando rudamente sus pezones.

Los gritos ansiosamente histéricos de los mellizos eran amortiguados por las paredes de madera que encerraban entre ellas el secreto de esa unión antinatural y pecaminosa que, cuándo llegó a su clímax, los encontró conmocionados por sus violentas respuestas a la penetración y Melissa, deslumbrante de felicidad, pletórica y ahíta de satisfacción, sentía al ardiente semen de su hermano colmando su vagina como una cálida fuente de placer.

 

 

Sigilosamente, Martín seguía con su recorrida por los salones de la casa, hasta que una serie de ruidos y voces airadas a los que luego siguieron gritos acongojados y sollozantes en demanda de auxilio, lo llevó a la galería trasera que daba a los jardines sobre la barranca del río.

Quien así lo hacía era Alejandra que, tan borracha como Alberto, había estado sosteniendo una discusión de locos, vehemente y violenta en la que ambos se reprochaban su sumisa esclavitud a las desquiciadas costumbres sexuales de sus respectivas parejas y que culminó cuando ella le aplicara una cachetada a su hermano que, perdido el equilibrio, resbalara sobre los pulidos mosaicos para golpear su cabeza sobre la base de una de las columnas. Asustada y abrazándolo, gritaba desesperada en busca de ayuda, sin darse cuenta que el golpe sólo había contribuido a entrar en la inconsciencia a su hermano, pero que en realidad estaba ileso.

 

Con una sonrisa mefistofélica de satisfacción por esa circunstancia fortuita que le permitía llevar a cabo sus planes largamente elucubrados pero jamás concretados justamente con la mujer que él más deseaba hacerlo, se aproximó a Alejandra. Tranquilizándola con suaves palabras de consuelo, pidiéndole calma, la condujo hasta la escalinata que bajaba al parque y, sentándola en el más próximo al cesped, subió nuevamente a la galería y, trajinando con el cuerpo de Alberto, lo acomodó en uno de los sillones de mimbre.

Quitándose el saco y la camisa, los dejó sobre otro sillón, tomó una botella de champán de un balde de hielo que reposaba sobre la pequeña mesa y, junto con dos copas, las llevó hasta donde estaba Alejandra. Con un lento balanceo casi autista, la mirada perdida en la vana contemplación del oscuro horizonte del río, las piernas separadas y las dos manos unidas cayendo sobre el hueco de la falda, no se opuso cuando Martín acercó una copa del vino a sus labios bobaliconamente abiertos y la ayudó a apurarla hasta el final.

Susurrando melifluas palabras de seductor halago, él fue escanciando copas que ella apuraba casi automáticamente pero, aunque más ebria que nunca, tenía sus sentidos más alerta y sensibilizados. Era consciente de que el hombre se aprovechaba de su estado de confusión y, sin embargo, no intentó repeler sus manos cuando este acarició levemente los senos por sobre la delgada tela, empapada por el champán que había chorreado de su boca y la intensa transpiración que la calidez de la noche hacía brotar profusamente del cuerpo. Acostumbrada desde siempre a la violencia de su marido, disfrutaba de la suavidad de las manos del hombre y sabía en medio de su inconsciencia, que allá, en las remotas profundidades del sexo, comenzaban a agitarse los aleteos sutiles de la angustiosa necesidad sexual.

Jadeando agitadamente, dejaba escapar un leve, casi inaudible gemido entre sus labios resecos por la afiebrada fascinación que el hombre ejercía sobre ella. Nunca antes había tenido contacto con otro hombre fuera de su marido, quien paulatina y pacientemente la había habituado a la “normalidad” de aquellas relaciones aberrantes como si fueran comunes y naturales, colmando con su sapiente perversidad y con creces, todas sus expectativas con respecto al sexo pero siempre la había carcomido la curiosidad de cómo sería en realidad hacerlo con otro hombre sin la exigencias y presiones a las que Pedro la sometía.

Desinhibida por el alcohol, la circunstancia, la soledad y su propio deseo, deshizo el moño que anudaba las fajas a su nuca para dejar al descubierto la esplendorosa belleza de sus pechos. El hombre contemplaba alucinado los hermosos senos que, sin ser demasiado abundantes, caían delicadamente con una comba perfecta, exhibiendo las aureolas profundamente rosadas elevándose como otro diminuto seno y rematadas por los erguidos pezones, que oscuros y gruesos, ostentaban la profunda hendedura del conducto mamario. Cayendo de rodillas ante ella, Martín acarició entre sus dedos la tersa piel del pecho y su lengua concurrió a recorrer ávidamente con la sierpe afilada de su punta, las transpiradas aureolas y el hinchado pezón.

Ella se relajó ante la ternura de la caricia y percibió entre nubes, como el hombre se esmeraba recorriendo los senos con su boca, lamiendo, besando y succionando delicadamente la humedad que los cubría, mientras que una mano sobaba suavemente la tierna pulposidad del pecho, rascando amorosamente la pulida superficie y pellizcando tenuemente la dureza del pezón. Ella tuvo certeza de adónde los conduciría aquello y sus manos desprendieron el broche de la falda para deslizarla trabajosamente hasta sus pies. La otra mano del hombre comprobó la nerviosa sensibilidad de su rodilla, que reaccionó eléctricamente a ese contacto y luego la rodeó para ubicarse en el hueco de la corva, que rascó casi imperceptiblemente. Después y como con renuencia, se deslizó a lo largo del interior del muslo para rebuscar en su entrepierna, rascando la empapada tela de la lujosa lencería. Dos dedos se escurrieron por debajo de la trusa, excitando el pequeño plumón de vello púbico y restregando los labios de la vulva, masturbándola con cuidadosa y obsesiva prolijidad, hizo que ella envarara su cuerpo en la tensa espera de algo más definitivo y profundo.

 

Abrasándola estrechamente, la arrastró consigo sobre el cesped. Contagiada de su vehemente urgencia, abalanzándose contra él, Alejandra se desprendió del vestido enganchado a sus pies y, desabrochándole los pantalones, la emprendió con los genitales, atrapando entre sus manos la verga que a la sazón ya estaba húmeda y en el esplendor de su erección. Resollando fuertemente por los hollares de la nariz y como poseída, abrió la boca ávidamente e introdujo el falo lo más profundamente posible, succionándolo con inusitado vigor fervoroso, ayudándose con las manos que masturbaban el tronco, acariciando los genitales y el ano del hombre.

Asombrado por la respuesta sexual de la mujer más inescrutable e imprevisible de la casa, Martín acomodó su cuerpo colocándose invertido debajo de ella y, tomándola por las nalgas, bajó de un tirón la bombacha e introdujo su boca dentro del sexo de Alejandra, succionándolo y lamiendo sabiamente los retorcidos pliegues y el clítoris mientras ella respondía en furiosas felaciones al falo hasta conducirla a las puertas del orgasmo, que la muchacha recibió en medio de quejumbrosos rugidos de satisfacción mientras su boca recibía el surtidor lechoso del semen.

Sorpresivamente, la actitud cariñosa de Martín cambió radicalmente. Desasiéndose de ella, que aun persistía con sus desmayadas caricias, la dejó tendida en el pasto y se encaminó nuevamente a la galería. Yendo hacia la figura de Alberto, lo despojó del cinturón de cuero y tomando una botella de vodka, volvió a su lado. Colocándose un par de guantes quirúrgicos y tendiéndose junto a ella mientras calmaba las convulsivas contracciones de su vientre acariciándola con ternura, fue haciéndole tragar pequeños sorbos del ardiente licor que Alejandra recibió agradecida por la sequedad de su garganta. Con las caricias, el hombre mantenía encendidos los fogones del deseo y con el licor, la conducía hacia una pérdida total del control de sus actos.

Cuando comprobó que, a pesar de estar consciente, era incapaz de realizar ningún movimiento coherente y estaba totalmente sometida a su capricho, rasgó la tenue tela del vestido que yacía a su lado, atándole fuertemente las manos a la espalda. Tendiéndose sobre ella y al tiempo que mascullaba palabras ignominiosas contra la honorabilidad de las mujeres de la familia y prometiéndole que con él iba a experimentar el condigno castigo que todas merecían por su promiscuidad, pasó de lamer y chupar fuertemente sus senos a morderlos con ferocidad, hasta que la sangre brotó de las trémulas carnes de la joven que apenas si atinaba a expresar unos gorgoteantes graznidos que morían en sus labios.

Con el rostro transformado  en una máscara de la crueldad  y el gusto de la sangre que parecía  enardecerlo aun más convirtiéndolo en una bestia, de dos fuertes dentelladas arrancó de cuajo los pezones de la mujer que, paralizada por el terror y el dolor, sólo atinaba a suplicarle sollozante que tuviera piedad y no la mutilara más. Como si el ruego y la satisfacción de verla sufrir de esa manera contribuyeran a enloquecerlo más, el hombre bajó su cabeza y separándole brutalmente las piernas, hundió la boca ensangrentada en el sexo de Alejandra para, entre sus gritos desesperados, clavar los dientes en el manojo de pliegues que rodeaban al clítoris y, sacudiendo frenéticamente la cabeza, los fue cortando hasta arrancarlos.

 

Transida por el dolor y al borde del desmayo, Alejandra había surgido del marasmo del alcohol con sus sentidos totalmente recuperados y el sufrimiento que le producían las mutilaciones  de  los dientes la  hacían estallar  en desgarradores lamentos y llanto que el hombre acalló, dándola vuelta y poniéndola de rodillas. Las manos atadas a la espalda, la obligaban a mantener el equilibrio apretando el pecho contra el cesped y aquello le provocaba dolores cada vez más intensos mientras sentía que iba desangrándose.

Sacando del bolsillo de pantalón un grueso consolador de látex y colocándole un profiláctico, la penetró repetidamente por el sexo. Después de varios remezones violentos, lo dejó a un lado y, colocándose él otro profiláctico, se colocó en cuclillas y la fue penetrando por el ano, con una violencia tal que las lágrimas saltaban de los ojos de Alejandra.

Mientras la poseía, el hombre rugía fieramente y una expresión satánica se iba dibujando en su rostro desfigurado por la furia. Aferrando las manos atadas a la espalda, fue elevándolas, haciendo que el dolor provocado en las coyunturas de los brazos, ya en el nivel de fractura, la obligara a clavar la cabeza en el suelo y alzar desmesuradamente la grupa, facilitando la penetración. Sin salir de ella, pasó el cinturón de su hermano por el cuello usándolo como rienda de la que tiraba fieramente mientras reanudaba la violación. Junto con su eyaculación, sintió en el trozo de cuero que enrollaba en  sus manos todo el peso muerto del cuerpo de Alejandra.

Quitándose el profiláctico, lo anudó y guardó en el bolsillo del pantalón, el cual se colocó junto con la camisa. Tomando el consolador y los restos sanguinolentos, los llevó hacia donde roncaba Alberto. Despojándolo previamente de los pantalones, quitó cuidadosamente el profiláctico aun húmedo con las mucosas vaginales de Alejandra del miembro artificial y lo colocó en su pene fláccido. Tomando los restos de los pezones y el clítoris, los restregó contra su boca y, luego de hacerle presionar con sus dedos el cuero del cinturón, volvió junto a la joven, colocándoselo en el cuello y dejando caer a su lado los pedazos de carne. Recogiendo las botellas y las copas, las llevó hasta el auto de la familia y con él se alejo calmosamente de la casa, dirigiéndose a uno de los numerosos clubes nocturnos de la zona donde era hartamente reconocido y podrían dar fe de su presencia en el lugar.

 

Los primeros rayos del sol, cabrilleando sobre el horizonte acuático del río, filtraban oblicuamente entre los frondosos árboles del parque, tiñendo de una luz rosada las paredes grises de la centenaria mansión y el cadáver desarticulado sobre un charco de sangre de Alejandra.

 

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