En familia

Publicado en por rottenmind

 

 

Oriunda de la ciudad de Azul, con sus diecinueve años recién cumplidos, Soledad había llegado a Buenos Aires para estudiar psicología. Aunque no eran acaudalados, sus padres tenían un buen pasar y le habían comprado un pequeño departamento cercano a la Facultad.

Inscripta en la Universidad, por su carácter simple, llano e ingenuamente desfachatado, había hecho rápidamente amistad tanto con chicas como con muchachos y al poco tiempo formaba parte de un grupito que recorría distintas discotecas los sábados por la noche.

Ella se había iniciado sexualmente a sus tempranos dieciséis años, aunque recién a los diecisiete tuviera su primera penetración. En ese largo año que le sirviera de preparación, había justificado su popularidad entre los compañeros de secundaria por su habilidad en las felaciones a las cuales accedía con un fervoroso entusiasmo propio de una mujer adulta.

En todas esas relaciones que ella misma provocaba, no había existido la mínima sombra de cariño sino un vehemente deseo de conocer un poco más del sexo pero sin comprometerse ni conceder el favor de su virginidad a nadie de quien no estuviera verdaderamente enamorada. Claro que, finalmente, había creído estarlo y en la complicidad del asiento trasero de un viejo automóvil, una de las tantas vergas que transitaran entre sus manos y boca había penetrado su sexo.

Naturalmente, a ese período dorado del enamoramiento que fue aprovechado por ese circunstancial “novio” para someterla tantas veces como pudo, devino la desilusión del abandono. Tras un lapso en el que se descubrió engañada, encontró que su mismo desprendimiento apasionado y gracias a la indiscreción del muchacho que la convirtiera en una deseable prostituta gratuita, le posibilitaba elegir entre varios pretendientes a gozar de sus favores.

De esa manera y hasta poco antes de terminar la secundaria, se había dedicado con denodado entusiasmo a satisfacer satisfaciéndose ella misma, hasta que todo pareció estar a punto de desmoronarse; estaba embarazada.

Si el ser madre soltera es generalmente un problema, en una localidad provinciana como Azul era un desastre; un baldón que caería no sólo sobre ella sino toda la familia. Pero la mentalidad práctica de sus padres se impuso a pruritos religiosos y sociales; en un santiamén salió “de viaje” con su madre hasta una localidad vecina y tras ese fin de semana largo, regresó aliviada a recibir el diploma que le otorgaba el bachillerato.

Naturalmente, ese antecedente fue el detonante para que sus padres le prohibieran volver a salir con sus antiguos compañeros y la incitaran a proseguir una carrera universitaria en un lugar donde nadie la conociera, cumpliendo un secreto sueño de esa muchacha a la cual el sexo le importaba más que tener un título y el vivir sola en una gran ciudad le daba la oportunidad de su vida.

No había elegido por causalidad la carrera de psicología sino porque la misma especialidad le decía que allí encontraría personas con la mente suficientemente abierta - o perturbada - como para dar cauce a sus ambiciones, si no profesionales pero sí físicas. Y durante un tiempo, todo había sucedido así; los fines de semana eran propicios para sus propósitos en la barahúnda general de las discotecas, donde se dejaba llevar por el aturdimiento de la música y el alcohol, aunque a este último le tenía respeto y trataba de no excederse en su consumo como era habitual en sus compañeras.

Con la lección aprendida en carne propia, tampoco era de darse a expansiones físicas como aquellas que, cuando no obtenían el éxito deseado entre los varones, no sólo bailaban entre ellas sino que terminaban la noche satisfaciéndose las unas a las otras. Esa misma reticencia, pareció alentar pensamientos equívocos entre los componentes del grupo y, sin que ella se diera cuenta, mezclaron en su jugo de frutas una dosis importante de pastillas de Rohypnol pulverizadas. Cumplido el efecto hipnótico de la droga, con su involuntaria pero activa participación, la habían sometido a las más aberrantes prácticas sexuales, tanto con hombres como con mujeres.

 

Naturalmente y por las propiedades intrínsecas de esa llamada “droga de la violación”, tras una efímera narcolepsia, al otro día no recordaba absolutamente nada de lo sucedido y en esa ignorancia permaneció hasta que recibió en su casa un sobre conteniendo un CD, en el cual se descubrió protagonizando aquella orgía infernal y una nota diciéndole que si quería que ese material no fuera subido a Internet y deseaba rescatar el chip de la cámara con que se había grabado, debía hacer entrega de cinco mil dólares.

Después de ver hasta el cansancio las imágenes en las que se revelaba como una diosa de la lujuria y la incontinencia sexual con varios hombres y mujeres, cayó en la cuenta de que no había manera de que pudiera reunir ese dinero, especialmente porque no trabajaba y todos sus gastos eran pagados por sus padres. Tampoco el círculo de amigos íntimos y familiares era amplio y entonces sus posibilidades terminaron reduciéndose a su hermano mayor.

Ocho años más grande, Fabián era ingeniero agrónomo y explotaba sus propios campos, con lo que tenía esa suma y más; el asunto era como plantearlo para que no pensara que ella se comportaba como una prostituta, habida cuenta de lo sucedido anteriormente. Sin embargo y cuando lo llamó por el celular para explicarle todo, encontró en su hermano la misma mentalidad práctica que sus padres un año antes.

Todo había sido arreglado para aquel viernes y él personalmente había hecho la transacción con una chiquilina que aparentemente era una mensajera inocente del grupo, ya que ni siquiera tenía la edad suficiente como para pertenecer a él.

 

Ahora y en la tranquilidad del departamento, acompañada por la novia de su hermano y un primo de aquella que viniera como guardaespaldas por si acaso sucediera algo, mientras Fabián se dedica a destrozar con un martillo la pequeña pieza electrónica, en un arranque de confianzuda desfachatez, ella coloca en el reproductor el DVD que tantos dolores de cabeza le diera.

Sin pronunciar palabra pero en una especie de acuerdo tácito de silencio, con el sonido de la música de la reunión en la cual ella fuera la partícipe estrella junto a otras cinco personas, incluidas dos mujeres, los cuatro han tomado asiento en un largo sillón para observar absortos las imágenes.

Ella sabe en que momento comenzarán a pasar cosas y espera ansiosamente cuál será la reacción de sus acompañantes, especialmente su hermano. Sentada junto al primo de Valeria y como le ha pasado cada vez que se ha visto, no puede evitar una punzada de excitación clavándose en sus entrañas mientras se ve siendo despojada de la ropa por parte de las dos mujeres quienes, en medio de lúbricas caricias y besos, la guían para que arrodillándose frente a uno de los hombres, le realice una de sus famosas felaciones.

Verdaderamente, ella es una artista en aquello del sexo oral y pronto escucha los susurrados y admirados comentarios entre Fabián y Valentina, en tanto siente crecer en su vientre y mente unas ansias desbocadas por realizar aquello que contempla. Casi sin proponérselo y al tiempo que su boca se abre para dejar escapar el aliento ardiente de su pecho en cortos jadeos anhelosos pero aun con la vista fija en mirar como chupa y lame la verga que masturba con los dedos, apoya nerviosamente su mano sobre el muslo de Enrique.

Conscientemente, ella no tiene idea de lo que hace y al tiempo que humedece con la lengua los labios resecos, los dedos que engarfiaba en la pierna del hombre, se deslizan acariciantes sobre la tela del pantalón para palpar el ya prominente miembro del vigoroso muchachón. Al tanteo de su mano experta, la verga promete ser de proporciones y en tanto mira la pantalla, observa de reojo el bulto que cada vez se endurece más bajo los apretones de sus dedos.

 

Las imágenes parecen haber contagiado a su hermano, quien lentamente va despojando a Valentina de su ropa mientras se trenzan en una verdadera batalla de labios y lenguas. Aliviada por no ser ya el foco de atención, conduce su mano hacia la bragueta del pantalón que Enrique ha desprendido y bajando con experto cuidado el cierre, introduce los dedos para apartar la tela del calzoncillo y atrapar la verga todavía amorcillada.

Al tacto, esta tiene la consistencia que a ella le gusta para iniciar una felación y extrayéndola totalmente del pantalón, ve con golosa avidez el tamaño y grosor de ese miembro que al convertirse en falo será portentoso. Escurriéndose del asiento, se arrodilla frente las piernas abiertas del hombre y con una viciosa angurria, levanta con los dedos la verga para alojar la lengua en la base del tronco y desde allí viborear sobre los arrugados testículos que están cubiertos de sudor y de esos jugos mucosos que brotan del sexo masculino al excitarse los hombres.

Como siempre, ese sabor le parece exquisito y único en cada uno de los tantos hombres a los que ha mamado. Este tiene un particular picor que excita sus papilas gustativas y que la hace recorrer cada meandro de la piel rugosa hasta que su saliva cubre por entero al escroto y entonces los labios se empeñan en atrapar los tejidos entre ellos para succionarlos apretadamente hasta enjugarlo totalmente y así, despaciosamente, va recorriendo toda la superficie mientras su mano continúa en su trabajo de mantener excitado al miembro.

Su gula es voraz y entonces, serpenteando a lo largo del tronco, la lengua va recogiendo sus humedades hasta llegar adonde debería existir un prepucio pero en su lugar encuentra al surco basal del glande totalmente desprotegido. La afilada punta viborea tremolante en todo el derredor, limpiándolo de esa especie de cremosidad que habitualmente se deposita en él y cuando oye al muchacho exclamar su complacencia, sube para fustigar la ovalada cabeza con una lentitud que a ella misma la exaspera, encerrándola entre los labios en pequeñas chupadas.

La verga aun conserva esa flaccidez que la entusiasma, y abriendo la boca desmesuradamente como una anaconda, la apoya sobre la lengua para luego ir introduciéndola totalmente en la boca, donde la lengua se encarga de macerarla con rudos azotes. Entretanto, los dedos que en la base rodean al tronco le hacen fricciones en forma circular y despaciosamente, este va cobrando la rigidez aparentemente definitiva.

Soledad la siente crecer en su boca y cuando ya parece ocupar toda ella, inicia un lánguido vaivén que complementa con la hondura de las succiones. Le parece mentira estar chupando semejante falo en presencia de su hermano pero ya nada le importa sino satisfacer su cada día más imperiosa necesidad sexual.

Con el rabillo del ojo alcanza a vislumbrar como la otra pareja ha quedado totalmente desnuda pero por un momento la figura agraciada de Valentina desaparece y ella se da cuenta adonde ha ido cuando siente como sus manos van desprendiéndola desde atrás de la blusa y el corpiño con esa habilidad innata en las mujeres para broches y botones y luego, unos dedos largos y sedosos comienzan a recorrer la piel de su espalda con esa levedad conque las mariposas rozan los estambres de las flores.

 

En sus alocados periplos por las discotecas y tal como otras muchachas, ha tenido contacto sexual con mujeres pero a pesar de su intensidad, conscientemente nunca ha ido más allá de besos apasionados y caricias a pechos, traseros y vulvas. Ahora, la ternura de esas manos eleva la temperatura de su excitación, haciendo irreprimible sus ansias por succionar cada vez más hondamente esa verga maravillosa.

Arrodillada detrás de ella, Valentina copia su forma y mientras se afana chupeteando, lamiendo y masturbando al falo, los dedos de la mujer palpan cuidadosos la morbidez gelatinosa de los pechos oscilantes y sus yemas van comprobando la textura de las aureolas. El roce de la piel sobre los gruesos gránulos sebáceos que orlan la aureola coloca una angustiosa urgencia en su bajo vientre y cuando sólo la punta de los dedos tienta apenas la cúspide de los pezones, el estallido de deseo la supera.

Distrayendo la boca para proclamar su repetido asentimiento a la otra muchacha, acentúa el trabajo de las manos en la masturbación, haciendo que ambas complementen el subir y bajar por el tronco con un movimiento circular en direcciones opuestas.

Verificada su complacencia, los dedos de Valentina realizan en los senos un delicado trabajo de orfebrería, rascando con sus cortas y afiladas uñas las aureolas al tiempo que encierra entre la tenaza de sus pulgares e índices a las mamas para luego ir retorciéndolas cada vez con mayor fortaleza hasta que, ante los ayes y gemidos de Soledad, las uñas son las que se hunden en la carne como exquisitos cilicios que la enardecen para que vuelva a someter la verga a hondas chupadas que hacen hundir sus mejillas por la presión succionante.

Sin dejar de juguetear con los senos, la boca de Valentina se desliza a lo largo de la espina dorsal en acuciantes lamidas y chupones hasta que, arribada a la frontera física de la pollera, lleva las manos a su cintura para desprender el cierre.

Con la misma destreza que demostrara con blusa y corpiño, va bajando simultáneamente la falda junto con la pequeña bombacha hasta sus rodillas y entonces sí, la boca tiene el espacio suficiente como para deambular premiosa en la zona lumbar. En tanto una mano palpa catadora la fuerte consistencia de las nalgas, la otra se pierde en la entrepierna para explorar la prominencia del sexo.

Con una suavidad y ternura que sólo una mujer puede prodigar, los dedos se deslizan curiosos sobre la depilada vulva para luego hurgar en el nacimiento de la raja a la búsqueda del ya semi erecto clítoris. Escarbando con meticulosa prudencia, busca lo que esconde el capuchón epidérmico hasta encontrar el diminuto glande. Tras estimularlo con una leve vibración circular, los dedos resbalan en la húmeda lisura del óvalo, recorriéndolo por entero, verificando la dilatación de la uretra para después buscar la aun prieta apertura de la vagina.

Aquellos toqueteos, más la despaciosa marcha de la lengua tremolante por dentro de la hendidura que separa las nalgas, hacen que, sin dejar de chupar y masturbar al miembro, Soledad de a sus caderas un suave movimiento ondulatorio que indica a la otra mujer el grado de excitada aceptación que la caricia le provoca.

Los dedos de Valentina recorren perezosamente todo el sexo, patinando en la delgada capa de secreciones hormonales que lo cubre, mientras labios y lengua llegan a su primer destino que es el negro haz de frunces del ano. Tremolante como la de un reptil, la lengua escarcea sobre los esfínteres que, en una respuesta primitiva, se dilatan mansamente para, en un movimiento de sístole-diástole, fruncirse y abrirse alternativamente al compás del delicioso lambeteo.

Ansiosa porque esa exquisita tortura no termine jamás, Soledad incrementa la actividad de su boca en un vaivén enloquecedor de la cabeza mientras los dedos colaboran masturbando reciamente al falo y casi como en un acto reflejo, el dedo mayor de su otra mano se introduce dentro del pantalón para buscar penetrar el ano del hombre.

Casi como si estuvieran mimetizadas, los labios de la muchacha ahora succionan fuertemente la tripa saboreando las mucosas que esta expele, en tanto un dedo, a imitación de lo que ella esta haciendo en Enrique, se introduce en su vagina para rascar encorvado las mucosas del interior.

Un tumulto de enloquecida desesperación puebla su cuerpo y nubla sus sentidos por la urgencia en cristalizar en eyaculaciones y orgasmos lo que está realizando en el hombre y consecuentemente, ser satisfecha en plenitud por la mujer. Mientras le pide a en susurrados gemidos que la posea totalmente, acelera la actividad de boca y manos hasta que, hundiendo reciamente dos dedos en el ano masculino para estimular la próstata, siente como el hombre se tensa y envara, listo para eyacular; momentos después, semi ahogada por el fervor con que chupa la verga, recibe en su boca y rostro los chorros espasmódicos del semen.

Retirando los dedos del recto, se satisface rescatando cada gota del esperma que todavía brota del falo y en tanto lo degusta embelesada como si fuera un néctar, siente como Valentina, más corpulenta que ella, la levanta y arrastra hasta dejarla boca arriba en el sillón.

Con un pie apoyado aun en el piso y la otra pierna alzada sobre el asiento, todavía paladeando el gusto almendrado del semen que arrastra con los dedos desde su mentón, ve como Valentina le separa más las piernas para acercar su rostro a la pelvis. Presintiendo el estado de excitación a la que la ha llevado la formidable mamada al hombre y lo que ella realizara en su sexo con labios, dedos y lengua, la fogosa muchacha estira la lengua tremolante para que esta se deslice a lo largo del sexo, desde los ya sensibilizados esfínteres anales hasta la inflamada erección del pene femenino.

Reclinándose en un codo para poder observar a quien le esta proporcionando tan magnífico goce, acaricia los revueltos mechones de la corta melena al tiempo que le suplica con exigente urgencia que la haga llegar al orgasmo. Acomodándose mejor, Valentina abre con índice y pulgar los labios mayores de la vulva y la lengua se abate entonces sobre los fruncidos corales de los pliegues que rodean al óvalo.

La abundancia de estos, hace que la lengua multiplique su accionar para irlos separando a los lados y finalmente hundirse entre ellos en búsqueda de la suave tersura del fondo nacarado. Dura y afilada, la punta rebusca rodeando al óvalo, escarba incisiva en el dilatado agujero de la uretra y luego desciende hasta las filigranas carneas que protegen la entrada a la vagina. Allí escarcea unos momentos sobre ellas, se escurre por el sensibilísimo perineo, degusta los jugos naturales del ano y más tarde sube nuevamente para introducirse curiosa dentro de la vagina.

Soledad recibe alborozada la introducción del órgano al vestíbulo vaginal y se estremece de placer cuando aquel hurga en sus carnes hasta una profundidad que evidencia su longitud, para sorber golosa las mucosas que la calentura se han encargado de espesar. Los labios colaboran con la lengua, aplicándose como una ventosa succionante en tanto que, aquel elástico miembro se mueve ágilmente dentro del canal vaginal.

Levantado su vista, la muchacha clava los ojos lujuriosos en los de Soledad y advirtiendo su histérica angustia pero sin dejar de chuparla ni por un momento, desplaza su cuerpo para ir acomodándose ahorcajada e invertida sobre ella. Al ver las delgadas pero torneadas columnas de los muslos a cada lado de sus hombros y ante sus ojos los bordes ennegrecidos y ya dilatados de la vulva dejando entrever el rosa de su interior, comprende la intención de la mujer y, aunque nunca en su vida se le ha cruzado por la mente satisfacerse en un sexo femenino, es tanto el fervor con que Valentina ha vuelto a atacar el suyo que no duda un instante.

Abrazando las rotundas nalgas, se da impulso para alzar la cabeza y al aspirar con las narinas dilatadas los fragancias íntimas que expele la vagina en mínimas flatulencias, no sólo no siente la menor repulsa sino que un anhelo salvaje y primitivo la compulsa a acercar la boca para dejar que la lengua tome contacto con la oscuridad de los labios mayores.

Aunque ocasionalmente ha saboreado sus propios jugos al conseguir una eyaculación masturbándose con los dedos o mamando alguna verga que estuviera en su vagina, presume que, así como el sabor del semen masculino difiere en cada hombre, las secreciones humorales femeninas también. Y comprueba que no ha estado equivocada; en contraste con las suyas, las mucosas hormonales de Valentina poseen un enigmático dulzor que, al deglutirlas, dejan un excitante vestigio de ácido picor.

Con una habilidad que desconoce poseer pero que es ingénita a todas las mujeres a la hora del sexo, sigue el ejemplo de su mentora y la boca toda se dedica con meticulosidad de orfebre en reconocer todas y cada una de las partes de ese sexo que, cada vez más, la incita a su profundización.

Valentina ha modificado la posición de ambas y ahora se encuentran a lo largo del asiento, ensambladas una a la otra para satisfacerse con dedos y bocas en medio de sordas indicaciones y mutuas amenazas amorosas de cuanto hará disfrutar la una a la otra pero, pero en un momento dado, alcanza a ver como dos vigorosos muslos masculinos se acercan a los de Valentina y una verga, larga, gruesa y erecta, desplaza los dedos que está introduciendo a la vagina para penetrarla despaciosamente hasta que los testículos que se estrellan contra el sexo oscilan colgantes ante sus ojos.

Justamente, a causa de esa penetración que indudablemente la complace, la otra muchacha ha incrementado la actividad de su boca en el sexo mientras con dos dedos la somete tan satisfactoriamente que, adaptándose a la nueva situación, continúa regodeándose en el clítoris de Valentina, extendiendo sus lambeteos y chupones al mismo tronco de la verga cuando esta sale cubierta por los fluidos vaginales.

Durante unos momentos sólo se escuchan en la habitación los ayes y gemidos de las mujeres junto con los chasqueantes sonidos de las lenguas, labios y la pelvis del hombre chocando contra las mórbidas carnes de las nalgas de Valentina, pero el tamaño del falo debe estregar duramente la vagina porque, a poco, sus gemidos van convirtiéndose en bramidos entrecortados por sollozos.

Sin embargo, aquellos llantos y ronquidos deben obedecer al placer más profundo, ya que sólo sirven para que se ensañe cada vez más en socavar la vagina de Soledad y sus labios y dientes se prenden a los colgajos para tirar de ellos como si quisiera arrancarlos en tanto la otra mano se introduce por debajo de las nalgas para escarbar a la búsqueda del ano y dos dedos lo penetran con tanto cuidado y suavidad como firmeza.

Esta también ha encontrado como satisfacerse simultáneamente en los dos sexos y en tanto succiona prietamente al clítoris con labios y dientes, sus dedos aprietan y restriegan duramente los testículos del hombre. En lo mejor de aquella combinación de cunni lingus con cópula y masturbaciones, siente como la cabeza de Valentina se aparta de su sexo y dos manos masculinas le alzan las caderas para colocar debajo de ellas un grueso almohadón.  Esa posición sólo puede obedecer a un sólo propósito y efectivamente, la cabeza oval y tersa de un falo comienza a recorrer su sexo de arriba abajo, resbalando en el pastiche de jugos y saliva.

Todavía se pregunta cuál de los dos hombres está penetrando a la chica y quién es el que intenta hacerlo con ella, cuando el inesperado volumen de un falo que parece ser bastante más grueso de lo común, le hace lanzar una exclamación de dolorosa sorpresa. Sea quien sea el portador de semejante maravilla, el primo de Valeria o su propio hermano, es consciente del daño que está produciendo en los tejidos vaginales cuyos los músculos se contraen instintivamente a su alrededor,  aumentando con ello el sufrimiento que, a su pesar, va convirtiéndose en un coito de sublime placer.

Evidentemente, los hombres forman un dúo formidable y en tanto ella deja por unos momentos el sexo de la muchacha para clavar la cabeza echada hacia atrás sobre el tapizado, abriendo la boca para dejar escapar los ayes satisfechos de su pecho, quien estaba penetrando a Valeria, retira la verga portentosa cuajada de espesas mucosas vaginales para apoyarla entre sus labios y empujar.

Una gula lujuriosa es más fuerte que todo el escaso pudor que aun pudiera quedarle y los labios se distienden para recibir el tronco del magnífico príapo que lentamente va ocupando toda la boca hasta que un amago de náusea la sacude y el hombre comprende cual es su límite. Basculando lentamente las caderas, hace que la verga la penetre como si se tratara de una vagina y entonces ella, arqueando más su cuello para hundir la cabeza en el sillón, le hace el juego al complementar el vaivén con fuertes chupadas de sus labios.

Entretanto, quien está socavándola duramente por el sexo, revela su identidad al convocar a Valentina a seguir jugueteando con el clítoris mientras él la posee y arengándola a ella para que les demuestre toda la profundidad perversa de su concupiscencia. 

A pesar de la incontinencia que la habita desde su primera adolescencia, la vigorosa figura de su hermano nunca ha poblado el mundo de sus fantasías sexuales pero no niega que su lúbrica lascivia la hace gozar a pleno de aquella verga excepcional y en tanto se esmera en chupar lo más intensamente posible al falo que penetra su boca, en muda aceptación a aquella cópula fraterna, encoge y engancha en la cintura de Fabián sus talones al tiempo que menea contenta la pelvis.

Enrique saca al falo de su boca y vuelve a introducirlo en el sexo de la otra muchacha quien, obedeciendo las indicaciones de su hermano, se ceba con dedos y boca en el largo e inflamado clítoris, haciendo que ella reaccione para hacer lo propio y regodearse en la tibia carnosidad del pene femenino. Durante varios minutos se prolonga ese coito saturnal hasta que, como si se tratara de una ensayada coreografía, los hombres retiran al unísono los miembros de los sexos para apoyarlos contra los anos y empujar sin piedad alguna.

Soledad, vaya a saberse por qué, siempre ha preservado la virginidad de sus esfínteres anales, aunque siempre se ha preguntado si, a juzgar por la cantidad de hombres que cambian sus preferencias sexuales, ese miedo que subyace en su mente no responde más que a un mito. Aparentemente, algo de eso hay, ya que en la orgía del video se ha visto sodomizada varias veces pero aunque su cuerpo no demuestre tener memoria consciente de eso, es evidente que al desplazamiento inicial y seguramente brusco de los esfínteres, no se ha sumado otro sufrimiento y con un picor extraño partiendo desde el mismo ano para recorrer la columna vertebral y estallar placenteramente en su cabeza, se deja estar para sentir como el largo y grueso miembro va sodomizándola hasta que los testículos de Fabián se estrellan contra sus nalgas.

Valentina parece estar gozándolo de la misma forma por la manera en que ha vuelto a adueñarse de su sexo, no solo con la boca sino penetrándola con dos dedos engarfiados por la vagina. Con los sentidos exacerbados por las penetraciones y ese clima de perversa lascivia que parece transmutarse de uno al otro en forma exponencial, ciñe aun más los muslos de su hermano con los talones para darse impulso y hacer que su cuerpo todo colabore, alzado, en la sodomía, al tiempo que, siguiendo el ejemplo de la otra muchacha, se refocila en los aromáticos e inflamados tejidos en tanto sus dedos se adentran en el sexo, masturbándola con frenético placer.

La cadencia de ese goce infinito la sume en un absorto ensueño, disfrutando de aquel sexo múltiple como jamás lo hubiera imaginado hasta que, en un momento dado, la situación cambia; Enrique deja de poseer a Valentina y esta se retira de encima de ella mientras que su hermano, sin retirar la verga del ano, va echándose hacia atrás.

Ayudada por Valentina, rota sobre la verga para quedar ahorcajada de espaldas sobre la pelvis de Fabián, mientras la muchacha le acomoda las piernas para que se acuclille y en tanto su hermano reinicia la sodomía desde abajo, la lujuriosa muchacha se restriega contra ella. Los labios mórbidos, fragantes y gustosos de sus propios jugos vaginales y la lascivia que la chica pone en las besos, terminan por enajenarla y respondiendo de la misma manera, se trenza con aquella en una verdadera batalla en la que las bocas se buscan con desesperación para agotarse en sonoras succiones y fuertes lambeteos mientras las manos buscan los senos de la otra para sobarlos y estrujarlos con vehemente frenesí.

Fabián la sostiene por las caderas al tiempo que la alza para que ella cabalgue su pene y, despaciosamente, va haciéndola recostar con la colaboración de Valentina. En la medida que cambia el ángulo, la sodomía acrecienta la magnitud del roce incrementando su placer y así, apoyando las manos echadas hacia atrás en los hombros de Fabián, disfruta ya no sólo con el manoseo a los pechos, sino que la otra chica se esmera en chupetear hondamente sus mamas y cuando ella prorrumpe en gozosas exclamaciones por las que proclama la hermosura de lo que están haciéndole experimentar, la boca de Valentina va bajando a lo largo del vientre para finalmente arribar a la entrepierna.

La boca se abate vorazmente sobre los ennegrecidos labios mayores que, dilatados, dejan al descubierto los colgajos rosados que laten como una siniestra flor carnívora. Nuevamente, labios y lengua hacen suyos aquellos pliegues palpitantes al tiempo que los dedos escarban el hueco en un movimiento semicircular que los lleva a hurgar cada rincón de la vagina cubierta por una espesa capa de mucosas.

El inefable disfrute que la invade alcanza su punto cúlmine cuando las recias manos de Fabián se apoderan de los senos para someterlos a recios estrujamientos y en ese momento, Valentina se aparta de ella para dejar lugar a Enrique, quien, acuclillado como una fiera carnicera y con la poderosa verga en ristre, se acomoda para introducirla en la vagina.

Con toda la angustia que le provocan los primeros síntomas del orgasmo y un natural temor a esa doble penetración de la que ni siquiera ha oído hablar, expresa sollozante su aprensión pero, cuando la verga va adentrándose lentamente en la vagina y el volumen de los dos falos moviéndose en su interior le hace preguntarse si soportará semejante bestialidad, una sensación de benéfico bienestar va invadiéndola  y al conjuro de esos miembros entrando y saliendo sincrónicamente, las anheladas reacciones de su cuerpo anunciándole al advenimiento de su satisfacción, ponen una revolución espasmódica en su vientre.

Una mezcla sadomasoquista de dolor-goce oscurece su mente y en tanto proclama y exige de los hombres que la hagan acabar, el estallido líquido de su alivio la conmueve en tanto Fabián y Enrique derraman en su sexo y ano los melosos chorros de sus espermas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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