Cascos blancos

Publicado en por rottenmind

 

Mia estaba contenta con sus estudios pero, habiendo recibido su licenciatura en biología con honores, no podía decir lo mismo de su vida y de sí misma.

Hija de padres que habían hecho de la política no el desarrollo de una ideología sino un oficio por el que, en más de veinte años, habían ocupado distintos cargos gubernamentales, no podía quejarse de la vida regalada que le habían proporcionado, pero junto con esta se emparejaba su actitud indiferente para con ella como persona.

Siempre estaba primero la actividad partidaria y todo aquello que los mantuviera en la escena era prioritario, por lo que, si no estaban absorbidos por sus funciones, lo estaban viajando por todo el país e inclusive integrando comitivas presidenciales.

Otra adolescente hubiera recibido con alegría esa libertad que le otorgaban los padres pero en su caso ya llegaba al extremo de que ni se dieron por enterados de sus primeras salidas nocturnas ni ella tuvo a quien confiar al momento de su primera relación sexual.

No era que esta hubiera sido excepcionalmente especial; además de perder dolorosamente su virginidad, lo demás le había parecido egoísta y asquerosamente sucio por parte del muchacho. La verdad era que no había experimentando la menor sensación de placer y ni siquiera obtenido esas eyaculaciones que encontraba en sus masturbaciones.

Aunque estas contribuían a calmar esas extrañas manifestaciones de su bajo vientre, no hubiera accedido a ellas sino por el consejo de una compañera de estudios, la misma a la que acudiera para hacerla confidente de esa relación sexual con un hombre y que, con sabio criterio, la había convencido de  la conveniencia de prescindir de los hombres a una edad en que aun no tenia definida su personalidad como mujer y sí confiar en otras mujeres con las que sostener relaciones que contentaran a ambas sin la exigencia de compromiso alguno, la difamación y lógicamente, un enojoso embarazo.

La consecuencia natural había sido el inicio de unas relaciones sexuales con su amiga que, si bien calmaban las urgencias de su vientre, tampoco la dejaban del todo satisfecha por aquello de lo inmoral del sexo entre mujeres. Como si los íntimos secretos que sabían la una de la otra pesaran sobre ellas como una frazada demasiado pesada, terminó esas relaciones y comprobó con alivio que esa libertad le permitía moverse cómodamente en una posición ambigua que no la comprometía.

De esa forma, cuando su vientre le reclamaba ser satisfecho y si alguna muchacha la atraía especialmente, no dudaba al tiempo de encararla y conseguido el objetivo primario, dejaba de verla. Esa actitud se correspondía con la opinión que tenía de los hombres y así como ella usaba a otras mujeres solamente para satisfacerse, confirmaba su propósito de no ser jamás utilizada como un alivio higiénico por ningún hombre.

 

Con todo, aun no se definía como lesbiana y terminados sus estudios, sorprendió a sus padres con el anuncio de que había sido aceptada como voluntaria de las Naciones Unidas en el Africa. Más allá de la hipócrita protesta de cómo una chica de su nivel conviviría con los negros más pobres de la tierra, estos se alegraban de sacarse de encima a esa chica de extraño comportamiento que era blanco de rumores en el círculo social en que se movían y que no los beneficiaban en sus ambiciones.

 

Arribada a Rwanda, emprendió desde Kigali un largo camino en camión hasta el borde de la frontera con el Congo, en un poblado llamado Gisenyi, en cuyas afueras se había instalado un campamento para refugiados de las eternas guerras intestinas entre hutus y tutsis.

Los médicos de los Cascos Blancos ocupaban tiendas especiales en un reducto que rodeaba al hospital de campaña y a ellos le habían destinado una casa ruinosa que resultaba casi incongruente en esa soledad. En realidad, eran los restos de un antiguo almacén de ramos generales que funcionaba antiguamente con las caravanas que pasaban de un país al otro.

Una larga habitación de unos nueve metros de largo por cuatro de ancho daba albergue a las mesas y el instrumental necesario para que ella trabajara en la detección de enfermedades, virus y bacterias que afectaban a esa población móvil que se renovaba constantemente. El laboratorio daba a una galería en cuyos extremos se levantaban dos habitaciones; una era el almacén de suministros técnicos y drogas y estaba manejada por un inglés que tenía la particularidad de ser negro.

En realidad, difería totalmente de las etnias locales, ya que, alto y de cuerpo vigoroso, su cutis era apenas oscuro y sus rasgos más caucásicos que negroides. Aunque amable, se mostró parco y distante con las recién llegadas.

La otra muchacha era una francesa a quien recién había conocido al subir al camión que, aun con todo ese acento castizo que adquieren los europeos al aprender español, fue un alivio para Mia que lo hablara. Nathalie era una joven de aproximadamente su misma edad y para ambas fue una sorpresa el mobiliario del cuarto que les habían destinado.

La amplia habitación que sólo tenía una estrecha y alta ventana protegida con rejas y postigos, exhibía una mesa redonda con tres sillas, una antigua cómoda un tanto desvencijada y la estrella la constituía una enorme cama de bronce sobre la que colgaba un fino mosquitero. Encantadas por no tener que dormir en incómodos catres de campaña como esperaban, se apresuraron a correr el tul y la blanca colcha en cuya cabecera descansaban dos grandes almohadones con fundas de fina tela, las hicieron prorrumpir en entusiastas grititos de contento mientras se arrojaban sobre el muelle colchón para comprobar su elasticidad.

En alegre cháchara, desempacaron su ropa y acomodaron las prendas en los profundos cajones de la cómoda. Al terminar y súbitamente seria, como para poner las cosas en su lugar, Mia le dijo francamente a Nathalie que solía sentir un fuerte atracción hacia otras mujeres y que si a ella le molestaba compartir el lecho, lo entendería.

Con ojos de brillante picardía, la francesa le dijo que hacía más de cuatro años que estaba en las fuerzas de paz y se había acostumbrado a tomar las cosas como mandaba la ocasión, ya fuera con la comida, el vestido o el sexo y como el cuerpo era amo y señor, aunque no fuera homosexual, no sería la primera ni la última vez que estaría con una mujer.

En ese entendimiento, transcurrió el primer día en el que Mia acomodó el instrumental que habían traído como refuerzo al existente y, cuando luego de cenar los tres juntos en la mesa de la habitación, Edward les dio cortésmente las buenas noches para retirarse al almacén donde dormía, ellas lavaron los enseres y tras darse una ducha en el improvisado baño que habían construido junto al cuarto para ellas, se dispusieron a dormir.

Quitándose la bata, Mia se puso una trusa de algodón y como camisón utilizó una fresca camiseta tipo musculosa. Al acercarse a la cama, comprobó que Nathalie también sólo usaba la bombacha y que cubría su torso con una holgada camisa masculina. Un poco embarazadas por ocupar el mismo lecho y como si ambas quisieran poner distancia entre ellas, se dieron las buenas noches para darse vuelta mirando hacia el exterior.

Aunque simulaba dormir, a Mia se le hacía insoslayable la presencia de la francesa junto a ella y a pesar de que las separaba más de medio metro, le parecía sentir contra su espalda el calor que emanaba ese cuerpo al que apenas vislumbrara mientras la muchacha se secaba y vestía pero que la atraía como un imán.

Cerrando los ojos se perdió en la fantasía de contemplar al desnudo la figura de Nathalie; ninguna de las dos tenía formas espectaculares, eran más bien enjutas pero no frágiles y tanto sus pechos como sus grupas tenían esa sólida consistencia de las atletas. La imaginación hizo el resto y especulando con lo poco que había visto, idealizó que la piel habitualmente cubierta por la ropa se condecía con la rosada albura de las rubias verdaderas como lo era Nathalie y entonces, ilusionó con que los senos lechosos estaban coronados por aureolas rosadas y puntiagudos pezones.

Hundiéndose en una dulce modorra, divagó con que sus manos y boca recorrían el abdomen, bajando por el vientre y sumiéndose en una mata de rubio vello para terminar solazándose en la vulva ardorosa de la muchacha. No supo cuanto había dormido pero aun sentía casi palpablemente en su boca el conocido agridulce de un sexo femenino, cuando sintió que finos dedos se asentaban leves sobre la zona lumbar y adentrándose en el cañadón en el que apenas se distinguían las vértebras, ascendía suavemente hasta donde se arrollaba el borde de la camiseta.

Era la primera vez que otra mujer tomaba el papel activo en la seducción y eso la excitaba. Fingiendo que no sentía nada, dejó que los dedos siguieran su camino ascendente mientras la otra mano iba levantando la prenda para facilitarle el camino. Agudos como hojas de afeitar, los bordes de las uñas marcaban un sendero que llevaba a su bajo vientre un delicioso cosquilleo y cuando el borde de la camiseta no pudo ascender más por el obstáculo de senos y las axilas, los dedos fueron reemplazados por el tremolante vibrar de una lengua, depositando hilos de saliva que luego enjugaban tiernamente los labios.

A Mia ya se le hacía imposible reprimir su placer y mientras ronroneaba mimosamente ante las caricias y besos de la francesa, esta la dio vuelta suavemente para hacer que la boca recorriera remolona en nacimiento del vientre. Al quedar boca arriba, comprobó que Nathalie se había desnudado totalmente y acaballándose sobre su pelvis, restregaba lujuriosamente la suya contra el tejido de la trusa en la entrepierna.

Sintiendo como la muchacha corría la camisera hasta su cuello para apoderarse con manos y boca de sus senos y someterlos a agradabilísimos chupones y estrujamientos, se sacó la prenda por sobre los hombros y viendo esa actitud complaciente de ella, la francesa ascendió para que la lengua jugueteara caprichosamente contra sus labios.

En ninguna de las dos amantes parecía existir apuro alguno y así, asiéndose mutuamente las caras, se aplicaron con meticuloso cuidado a darse largos, lentos y profundos besos en los que parecían dejar el alma, de acuerdo a los suspirados murmullos con que se alentaban ininteligiblemente. Hacía meses que Mia no tenía sexo y al sentir la dureza de los pezones rozando sus senos y la pelvis ensayando un simulado coito, abrió y alzó sus piernas para enlazarlas en las nalgas de Nathalie

Las bocas sedientas finalmente se habían abierto para dejar que la gula de las lenguas solitarias las trabara en deliciosas batalles en las que se alternaban para vencer y ser vencidas, epilogando cada escaramuza con un loco chupeteo de los labios. Los dedos se hundían entre los cortos mechones que la geografía aconsejaba y las yemas de Mia encontraban gusto en acariciar la rubia mata lacia de la francesa como aquella parecía hallarlo en la negrura de sus ensortijadas mechas.

Lentamente y como si resbalara, Nathalie, deslizó la boca hacia su mentón, bajó a lo largo del cuello y escarceo en los huecos que formaban las clavículas para luego recorrer insinuante el rubicundo valle que precede a los senos. Las manos rodeaban la base de los pechos en apretada tenaza y la lengua viboreante se deslizó morosamente sobre cada una de esas copas invertidas, alternando sus roces con el de los labios que depositaban tan menudas como hondas succiones a la piel.

Tan deliciosa caricia sacaba de quicio a la muchacha que manoseaba con insistencia la cabeza de esa nueva amante y, dándose envión con los talones en la otra grupa, meneaba la pelvis como estuviera protagonizando un verdadero coito.

Esa reacción parecía ser la esperada por la francesa ya que modificó totalmente su actitud. Ya no era la suavidad y la delicadeza las que guiaban sus manos y boca, sino que estaba dominada por las más desenfrenadas ansias y en tanto una mano restregaba y retorcía reciamente al pezón de un pecho, lengua, labios y dientes competían en azotar, fustigar, chupar y mordisquear a la otra mama.

La desesperación por obtener un alivio a tanta crispación, hacía que Mia ondulara su cuerpo al tiempo que le pedía a la mujer que bajara a su entrepierna y ratificaba su pedido por la presión de sus manos a la rubia testa hacia abajo.

Finalmente y tal vez obedeciendo a sus propias ansias, Nathalie, descendió exploratoriamente a lo largo del abdomen, y en tanto sus labios y lengua enjugaban los sudores que se acumulaban en el surco y el ombligo, las manos continuaron laboriosamente rascando los gránulos de las aureolas y pellizcando los pezones.

Ya la boca arribaba a los arrabales de la mata de recortado vello negro que no se animaba a afeitar totalmente por temor a no poder conseguir luego con qué hacerlo y la boca buscaba establecer contacto con el nacimiento de la vulva, allí donde se erguía la masa carnosa del clítoris, cuando las manos abandonaron los pechos para acariciar a lo largo del sexo, mientras la francesa se acomodaba arrodillada entre las piernas abiertas de la joven.

Los dedos separaron los labios oscurecidos de la vulva para que la lengua se abatiera sobre el manojo de fruncidos pliegues que rodeaban al óvalo y en tanto Mia susurraba su complacencia, la lengua escarbó aun más para hurgar en la perlada superficie del óvalo, excitando primero el agujero de la uretra para luego descender hasta la corona de tejidos que rodeaba a la vagina y allí, extendiéndose como la de un reptil, penetrar vibrante hasta que los labios hicieron contacto con la carne para que se entretuvieran, la una escarbando dentro de la vagina y los otros succionando como una ventosa el introito, succionando los jugos que vertía la excitación.

Luego de unos momentos, la boca ascendió por el interior de la vulva hasta tropezar con el obstáculo que significaba el erecto clítoris y en tanto el dedo pulgar excitaba en círculos el lomo del capuchón, le lengua ahondó sañudamente en el glande oculto del pene femenino y cuando ya la muchacha gemía por el goce que le estaba proporcionando, tomó ese punto como un eje, para hacer girar su cuerpo y quedar acaballada e invertida sobre ella.

 

Alborozada por ese sesenta y nueve, Mia comprendió que desde ese momento iba a ser parte activa del acople y acomodando su cuerpo, extendió las manos para asir las caderas de la otra mujer e inclinar su grupa para que la boca pudiera tomar contacto con el sexo. En la semipenumbra del cuarto, además de aspirar con delectación los fragantes aromas que emanaba el sexo de Nathalie, pudo comprobar que este estaba totalmente depilado y la vulva mostraba un tenue brillo que destacaba su tamaño.

Grande, mucho más grande que cualquiera de las que tuviera en su boca, la vulva se alzaba carnosa, rojizamente inflamada y la rendija sólo mostraba un color más oscurecido en sus bordes. Bajando voluntariosa la grupa, la francesa le indicó silente qué esperaba de ella en tanto que una de sus manos se perdía por debajo de sus nalgas para que los dedos tomaran contacto con la vagina y la otra colaboraba con la boca en la maceración de sus labios menores y el clítoris.

Un ensamble perfecto acompañaba la pasión de las mujeres y cuando Mia hizo que su boca imitara a la de su amante como parte esencial de un mecanismo endiablado, se dedicaron a satisfacer a la otra satisfaciéndose a si mismas. Boca, labios, lenguas, dientes y dedos eran las herramientas que activaban el placer y, cuando ella sintió como dos dedos de la francesa escudriñaban en la rendija en la búsqueda del ano mientras los de la otra mano se introducían a la vagina en un coito alienante, hizo lo propio con su amante y entre ayes, gemidos, alabanzas y maldiciones sofocados, penetrándose con saña diabólica al tiempo que las bocas mordisqueaban flagelantes los clítoris, alcanzaron el placer inefable de sus orgasmos y degustando los sabores uterinos de la otra, cayeron en un letárgico sopor que no las abandonaría hasta la mañana siguiente.

 

Como si el hecho de vivir en una región casi fuera del mundo civilizado con reglas primitivas de convivencia justificara la actitud asumida la noche anterior, sin darse ni pedir explicaciones a pesar de no haber hablado ni una palabra durante la cópula, asumieron que esa sería su vida a partir de ese momento y en tanto Nathalie se iba a sacar muestras entre la población, ella se sumergió en la tarea absorbente de los análisis.

Llevaba más de dos horas inclinada sobre el microscopio, cuando sintió entrar al inglés quien, acomodándose en un viejo asiento de mimbre a sus espaldas, se interesó en porque una joven latinoamericana había tomado semejante decisión, exponiendo su vida, no sólo por las enfermedades y peligros del territorio, sino además por las actividades de verdadero bandolerismo que ejercían ambas facciones involucrados en la lucha por el poder.

 No tuvo ningún reparo en contarle a Edward cómo la actividad de sus padres influyera negativamente en sus relaciones y por qué había decidido que al servir a otros se estaría sirviendo a sí misma. El ingles le contó como él también había sido criado en un ámbito privilegiado pero que sus padres, diplomáticos ambos, su madre inglesa y él congoleño, prácticamente lo empujaron para que sirviera a sus semejantes aunque no fueran de las mismas etnias.

Y así, de confidencia en confidencia, pasaron largo rato hasta que en un momento determinado en que Mia se encontraba parada e inclinada sobre el microscopio, sintió en las caderas las manos poderosas del inglés y la vigorosa prominencia de su sexo presionando contra las nalgas.

Teniendo en cuenta que permanecería todo el día dentro del laboratorio y que la desnudez en el torso de las mujeres era natural en el lugar, solo llevaba una liviana musculosa que dejaba en evidencia no solo el volumen de los pechos sino también el tamaño de sus largos pezones que empujaban la tela como si quisieran escapar de ella. Por otro lado, calzaba sandalias y un cortísimo short completaba su indumentaria.

Acostumbrada a no usar ropa interior nada más que cuando dormía o menstruaba, no calculaba que la exhibición casi impúdica de su cuerpo pudiera haber excitado al negro. Iba a reaccionar airadamente cuando el hombre se lo impidió con la imposición de su corpulencia. Empujándola fuertemente contra el borde de la mesa, le tapó la boca con una de sus manos mientras la otra se metía decididamente por debajo de la camiseta para estrujar reciamente los pechos conmovidos.

Desde aquella primera y única relación sexual con un hombre, no sólo no había pensado en ellos como un vehículo de placer sino que despreciaba a cualquiera que hiciera un intento en ese sentido, pero ahora el peso de Edward y la manaza que le impedía no sólo gritar sino que hasta le cortaba la respiración, la aterraron e intentó una vana lucha para desasirse.

La diferencia física realmente hacía inútiles esos esfuerzos y el hombre se regodeó amasando sus pechos, comprobando la solidez de los erectos pezones para luego escurrir a lo largo del vientre, forzar la lábil resistencia del short, escarbar sobre el vello púbico y finalmente estregar dolorosamente el interior de la vulva hasta introducir un grueso dedo a la vagina.

Lo desagradable de la situación y la humillación de sentirse tratada como una cosa que satisfaría la concupiscencia del hombre, no hicieron sino desesperarla más y a pesar de la mordaza carnea, lograba emitir agudos chillidos y menear sus hombros al tiempo que sus manos se clavaban vanamente en los antebrazos masculinos.

Como si el manoseo al sexo hubiera sido una comprobación técnica, la mano del negro deslizó el cierre del pantaloncito para luego bajarlo hasta sus rodillas. Después de correr el microscopio, le quitó de un tirón la camiseta sobre la cabeza y la empujó para que su torso se inclinara sobre el tablero al tiempo que la mano que sellaba la boca se asentó firmemente en la nuca para presionar su cara contra la madera.

En medio de quejidos y maldiciones trataba de zafar de esa situación, presintiendo que el hombre la poseería desde atrás pero esa presunción se había quedado corta; Edward había asido entre sus dedos la fuerte carnadura del miembro y cuando Mia la sintió deslizarse contra el sexo sobre el flujo que este rezumara a pesar suyo, esperó resignada aquel reencuentro con un sexo masculino pero esa resignación se transformó en espanto al comprobar que el glande se asentaba contra el agujero del ano y sobre él presionaba duramente.

Aunque la sodomización anal con dedos figuraba entre sus actos sexuales lésbicos y encontraba placer en ello porque formaba parte de un todo donde intervenía la actividad de una boca u otros dedos en su sexo, nunca había pasado por su imaginación el hecho de ser penetrada analmente por un objeto fálico y mucho menos una verga.

El miedo o una instintiva defensa, contrajeron prietamente sus esfínteres y entonces, el hombre dejó caer una importante cantidad de saliva en la hendidura que escurrió al ano para que la ovalada cabeza del glande la utilizara como lubricación y, lenta, muy lentamente, fue penetrando a la tripa.

Como si la saliva hubiera actuado de benéfico bálsamo, los esfínteres accedieron a la dilatación que les imponía el falo y Mia sintió como si una espada flamígera la atravesara de arriba abajo para estallar en su cabeza. Junto con el grito estridente, todo el enorme falo se introdujo hasta que los testículos golpearon oscilantes contra su sexo.

Nunca algo de ese tamaño había habitado región alguna de su cuerpo y el sufrimiento arrancó lágrimas de sus ojos que deslizaron por las mejillas para unirse a los mocos que el convulsivo llanto hacía brotar de su nariz. Las maldiciones se habían trasformado en suplicantes ruegos al hombre para que no la hiciera sufrir tanto pero cuando aquel inició un lento hamacar de su cuerpo y la verga se deslizó como en una vaina natural dentro del recto, unas sensaciones placenteras como jamás experimentara parecían gratificarla desde rincones ignaros de sensibilidad hasta ese momento.

Aun en medio del desconcierto provocado por la dolorosa penetración, no podía dar crédito al placer tan inmenso que la invadía. Instintivamente, sus piernas se flexionaron y el cuerpo adquirió una ondulación que acompañaba el ir y venir del falo en la tripa.

La transformación de sus ayes y llanto en farfullados asentimientos hipantes y la respuesta corporal, dijeron al inglés que la muchacha ya estaba lista; liberándola de la mano que presionaba la cabeza contra el tablero, la hizo apoyarse en sus codos y en tanto él incrementaba el ritmo de la sodomía, sus manos aferraron los senos bamboleantes para sobarlos con más ternura que reciedumbre.

Nunca, jamás, ni en sus más alocadas fantasías, había imaginado que se pudiera llegar a gozar de tal manera y que sería un hombre quien se lo hiciera experimentar. Voluntariamente y haciendo que el short terminara por deslizarse hacia sus pies y desasiéndose de él, abriendo las piernas cuanto pudo, se equilibró mejor y de esa manera se asoció a la cadenciosa cópula al tiempo que le expresaba sin ambages todo el placer que le estaba proporcionando.

Una eufórica alegría como no sintiera en toda su vida la embargaba  y, tal vez basándose en el encendido pedido para que no cesara jamás de darle tanto placer, el hombre le alzó una de sus piernas y colocándole la rodilla sobre el borde la mesa, obtuvo una dilatación oferente de su entrepierna.

Sacando la verga del ano, la introdujo en el sexo para que la muchacha volviera a prorrumpir en doloridos ayes ante el grosor inusitado que llenaba su vagina hasta más allá del cuello uterino. Con excepción del momento de transponer los esfínteres anales, este era un nuevo sufrimiento que parecía no ser tan efímero como aquel, toda vez que las irregularidades de la verga iban destrozando los tejidos vaginales, vírgenes de esas refriegas.

Indudablemente más delicados que la tripa, sentía como fuego los desgarros y laceraciones pero aun estaba inmersa en la exaltación de la sodomía y al iniciar el inglés un acompasado vaivén, no pudo menos que manifestarle de viva voz el nivel de goce al cual la estaba introduciendo. Como para gratificarla aun más, él sacó la verga portentosa del sexo para mirar como el dilatado agujero palpitaba en un lascivo beso dejando ver parte del rosado interior y al recuperar su tamaño, volvió a introducirla en el ano.

Seguramente por falta de costumbre, los esfínteres habían recuperado su estrechez y otra vez el sufrimiento la sacudió, pero ahora sabía a que atenerse y recibió complacida el placer masoquista que le proporcionaba. Meneando entusiasta sus caderas, colaboraba con el negro en la penetración y hasta una de sus manos acudió a la entrepierna para estregar reciamente al clítoris.

Cuando Edward comenzó a alternar las penetraciones, creyó desmayar de dicha, ya que cada una de esas alternancias era como la primera y tenía la repetida sensación de una placentera violación a su virginidad. Luego de unos momentos de salvaje acople al cabo de los cuales Mia le dijo que deseaba alcanzar su satisfacción, el inglés se tomó un respiro y haciéndola dar vuelta, la alzó para acostarla de espaldas sobre la mesa con la grupa sobre el borde.

Agitados por la intensa actividad de la cópula, los senos de la chica, si bien no eran voluminosos ni pesados, oscilaron gelatinosamente sobre el pecho y el negro se apresuró a meterse entre las piernas abiertas para que su boca se apoderara de los pechos temblorosos. La lengua poderosa empaló los senos en vibrante lambetazos al tiempo que los dedos palpaban insistentemente las carnes que ellos mismos habían hecho inflamar con sus anteriores estrujamientos.

Después de tanta violencia, Mia disfrutaba con el frescor que la lengua llevaba a su piel y aquello realmente incrementó su felicidad cuando la boca de Edward, se abrió para encerrar entre los labios la protuberante mama e iniciar una serie de succiones que, cada vez más intensas, acrecentaban el escozor que en la zona lumbar le indicaba el grado superlativo de su excitación.

Aunque complacido con la textura y sabor de los senos, aquel no era el objetivo del inglés y alzándole las piernas encogidas, llevó la lengua a excitar tremolante al erguido clítoris. Acuclillado frente a ella, alcanzaba cómodamente hasta más allá del Monte de Venus y la lengua hurgó curiosa en la alfombrita cuidadosamente recortada que velaba oscuramente al sexo.

Aquello estaba verdaderamente cerca de lo que la muchacha estaba acostumbrada y ella misma tomó entre sus manos las corvas de las piernas para mantenerlas adecuadamente abiertas y encogidas y facilitarle al hombre una buena minetta.

Una vez excitado, el clítoris de Mia era verdaderamente respetable y eso ratificó la idea que él se hiciera con respecto a su sexualidad con sólo verla comportarse desde que había arribado. En Inglaterra era un habitué a locales de bisexuales y gays, habiendo encontrado que someter sexualmente a una lesbiana era una de las máximas satisfacciones que obtenía.

Mia y la francesita entraban dentro de los cánones que él había establecido para detectarlas y ese semestre en la soledad de la salvaje Africa le prometía un sinnúmero de satisfacciones.

Asiendo delicadamente el pene femenino entre índice y pulgar, lo sostuvo levantado mientras la lengua lo fustigaba con su punta hasta obtener un cierto endurecimiento y entonces los dedos realizaron una fricción masturbatoria que hizo estremecer a la muchacha. Manteniendo el ritmo de los dedos, con los de la otra mano abrió los labios mayores de la vulva para acceder a los rosados pliegues fruncidos del interior y atrapándolos entre sus labios y dientes, comenzó a succionarlos y mordisquearlos al tiempo que tiraba de ellos como queriendo devorarlos.

 

Aquello había conducido a la joven a la antesala urticante del orgasmo y en tanto le suplicaba que no la hiciera demorar en obtenerlo, estrujaba sus pechos con verdadera pasión.

Decidido a dar cumplimiento a su objetivo de llevar a la lesbiana al paroxismo del placer para luego medrar con la situación a su favor, sin cesar de satisfacerla y satisfacerse con la boca, llevó dos dedos a introducirse en la vagina para rascar impiadosamente el interior en un movimiento alucinante que daba a su muñeca, haciendo que los dedos engarfiados se movieran en un semicírculo infinitamente placentero.

Realmente eso superaba todo cuanto ella esperaba recibir de un hombre y sintiendo ya las primeras oleadas de su satisfacción inundándola, proclamó su advenimiento al tiempo que le suplicaba y exigía a la vez que no cesara con aquello hasta haberla hecho acabar.

Multiplicando el accionar sobre el clítoris, ya no masturbándolo sino retorciéndolo entre los dedos y haciendo un verdadero estrago con lengua, labios y dientes en los congestionados pliegues internos, agregó al movimiento de la mano el empuje de un ariete hasta que, en medio de alborozadas exclamaciones de contento, la muchacha expulsó su satisfacción que escurrió jugosa entre los dedos.

 

Mia aun balbuceaba su alegría por tan exquisita cópula, cuando el negro volvió a introducir el falo en la vagina y chapoteando en el caldoso jugo que la inundaba, reinició el coito hasta que la verga se transformó en un rígido falo y entonces se inclinó sobre ella.

Mia todavía no podía creer cuanto había disfrutado con aquel acople y todavía estaba inmersa en el confuso torpor en que la sumían los orgasmos, cuando sintió como el negro, sin salir de ella, la alzaba ensartada para  caminar dos pasos hacia el sillón de mimbre y, sentándose en él, la acaballaba entre sus piernas.

Con esa sabiduría innata que, como todas las hembras, tienen las mujeres para el sexo, por aquello de la supervivencia de la especie y ese mandato de dadoras de vida, Mia entendió lo que pretendía el hombre y acomodándose como él le pedía, esto era, con los pies apoyados en el asiento y las piernas flexionadas, inició un moroso subir y bajar que hacía a la verga golpear en el fondo de sus entrañas.

Esa posición extraña pero no incómoda, le daba a ella tanta satisfacción como no esperaba después de tan intenso orgasmo pero, pensando que tal vez había prejuzgado indebidamente a los hombres y por eso obtenía a sus manos tanto placer como nunca hubiera imaginado, no sólo se esmeró en darse nuevos impulsos con mayor flexión de las piernas, sino que se aferró al respaldar del asiento para pedirle a Edward que utilizara sus manos en acariciar sus pechos.

Los senos oscilaban frente a la cara del hombre y aquel, obteniendo tanto satisfacción como no esperaba que la chica le diera voluntariamente, no sólo los aferró entre sus dedos sino que la boca toda se puso a la tarea de chuparlos y lamerlos con una intensidad que hizo gemir a la muchacha.

Durante un rato se debatieron en fragorosa batalla hasta que el inglés la hizo descender del asiento y acuclillándola a su frente, le pidió que lo hiciera acabar con sus manos y boca.

 

Si algo había quedado como grato recuerdo de su primera y única relación con un hombre, era la consistencia melosa y el agradable sabor almendrado del semen que aquel había derramado en su boca y que ella relacionara siempre con un postre.

Después del tiempo sin medida que durara el acople con el inglés, era la primera vez que podía ver al miembro y se estremeció al pensar como su cuerpo había podido soportar semejante monstruosidad; con más de veinticinco centímetros de largo, la negra verga parecía una gruesa morcilla que sus dedos no alcanzarían a rodear.

Empapada por las mucosas de sus entrañas, brillaba tentadoramente y, asiéndola delicadamente por la base, comprobó que su especulación era cierta y la tenaza formada por índice y pulgar no conseguía abarcarla. Sin embargo, su textura le agradó y el tronco cubierto de desigualdades y venas hinchadas se le antojó irresistible.

Acercando la boca, el aroma de sus propios jugos la excitó y la lengua salió con ávida timidez del encierro de los labios para rozar con la punta el pringue oloroso de la vagina que estaba acostumbrada a disfrutar. Hacerlo provocó en su bajo vientre una reacción espontánea que se tradujo en que los labios, separándose cuanto podían, abrazaron al tronco de costado para chuparlo con fruición deslizándose arriba y abajo sobre el glande al tiempo que la mano colaboraba con recios apretujones.

Viendo su voluntariosa entrega, el hombre fue conduciendo su cabeza hacia arriba al tiempo que le pedía que la introdujera en su boca. Llegada a un profundo surco que, por debajo del glande lucía sin prepucio alguno, dejó a la lengua tremolar en su interior para degustar los jugos allí acumulados y entonces sí, estrechando entre sus dos manos la verga portentosa, hizo a la lengua realizar un lerdo periplo sobre la monda cabeza del glande y cuando este estuvo limpio, fue introduciéndolo tentativamente entre los labios.

A ella le parecía imposible que semejante brutalidad pudiera caber en su boca, pero, en la medida en que los labios chupeteaban, llenándolo de saliva, tal y como había sucedido con sus esfínteres anales, iba adaptándose a la dilatación y hasta sus mandíbulas parecieron dislocarse para dar paso al enorme príapo.

Aunque no entraba más allá de unos centímetros, esos siete u ocho eran suficientes para que ella ejerciera unas intensas succiones por las que el falo desaparecía un poco dentro de la boca y luego ella lo retiraba para acompasar la respiración y en ese ínterin, eran las manos las que masturbaban casi con saña las carnes en un sube y baja mientras rotaban en sentidos inversos.

Entusiasmado por su fervorosa felación, el hombre pedía que acelerara el trámite para poder eyacular rápidamente y entonces ella, en una perturbadora conjunción de boca y manos, lo masturbó y chupó simultáneamente hasta que, junto al envaramiento del negro, recibió con dichosa satisfacción una catarata de aquel jugo que la obsesionaba desde hacía tanto tiempo y del cual ahora podría disponer a discreción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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