Amo a mi padrastro

Publicado en por rottenmind

           

 

 

              VERA

 Germán había preparado todo cuidadosamente y luego de despedir a su mujer en la terminal de ómnibus, volvió a la casa a tiempo para ayudar a su hijastra a poner la mesa mientras esta terminaba de cocinar.

Transcurrida la cena en medio de comentarios sobre la expectativa que tenía su madre por regresar al pueblo donde naciera después de quince años de ausencia y mientras ella buscaba el postre, él le dijo que utilizaría el baño antes que ella, porque si esperaba a que terminara con sus prolongados baños de inmersión tendría que hacer sus necesidades en el jardín.

En medio de las protestas de la chica sobre que no era realmente tan abusadora y las pícaras alusiones de él acerca de que tal vez aprovechaba las largas inmersiones vaya a saberse para que cosas íntimas, entró al cuarto de baño no para evacuar necesidad alguna sino para buscar en el placard los toallones y esconderlos subrepticiamente en el dormitorio, tras lo cual volvió a tiempo para ver regresar a Vera con el postre.

A pesar de no alcanzar aun los catorce años, la hija de su mujer prometía convertirse prontamente en una estupenda mujer, ya que en su rostro bellamente cincelado se esbozaba la nueva morbidez de los labios y las largas pestañas oscuras que enmarcaban la claridad de sus ojos verdes, pero cuando la chiquilina se paró para dirigirse a la cocina, corroboró su aserto por la sólida plenitud que estaban adquiriendo sus carnes; en súbita explosión hormonal, no sólo había crecido en estatura superando a su madre, sino que sus ahora largas piernas mostraban una redondez escultórica y tanto sus pechos como su grupa ostentaban tan maciza turgencia que mareaba.

 

Con su mente envuelta en las ensoñaciones que su fantasía elaboraba con respecto a su hijastra y a la certeza de que el plan urdido le rendiría los frutos deseados, la vio apagar las luces de la cocina e internarse en el cuarto de baño, desde donde escuchó el agua llenando la bañera y esperó pacientemente más de veinte minutos hasta que escuchó como la muchacha lo llamaba.

 

Influenciada por la bromas de Germán y dándole la razón por su morosidad en el baño, trató de compensar con ese; regodeándose en la tibieza del agua y aprovechando la cuidadosa enjabonadura, exploró con concienzuda prolijidad los nuevos recovecos y relieves de su vertiginoso crecimiento para encontrar que algunos sitios reaccionaban con inexplicables picores en su vientre.

Turbada vaya a saberse por qué temores, aceleró el trámite y al observar que de su gancho no colgaba el habitual toallón, salió del agua para encontrar que en el pequeño armario tampoco había prenda alguna. Alarmada, se sumergió nuevamente en el agua que ya comenzaba a enfriarse y encogiendo las piernas,  las rodeó con los brazos para formar un escudo a su desnudez y nerviosamente alzó la voz para llamar Germán.

Ni siquiera estaba segura de que aquel estuviera en el living como para escucharla, pero se armó de paciencia y coraje y elevando casi histéricamente la voz, prorrumpió en gritos cada vez más agudos; Germán se solazaba con la intranquilidad de la chiquilina y esperó hasta que sus gritos se hicieron desesperados para entonces abrir cuidadosamente la puerta del baño y, sin entrar, preguntar que le pasaba. Cuando Vera, en medio de reprimidos sollozos le dijo que no podía salir del agua a causa de que en el baño no había conque secarse, se hizo el extrañado porque su madre descuidara ese detalle; pidiéndole que esperara, fue hasta el dormitorio y tomando el más acolchado, simuló pudor pasando tan sólo el brazo por la puerta.

 

Sorprendida porque su nuevo cuerpo atemorizara a su padrastro, le dijo que no podía salir del agua y que fuera él quien entrara para llevárselo junto a la bañera; ante su invitación, Germán se introdujo decididamente y sentándose en el borde casi detrás suyo, dejó caer el esponjoso toallón al suelo al tiempo que le decía admirado cuanto había crecido desde que él colaborara con su madre en bañarla cuando era poco más que una bebita y tomando una esponja que flotaba en el agua, la alzó por sobre su cabeza para dejar caer un chorro que escurrió a lo largo de la columna vertebral, produciéndole un estremecimiento.

Había tal intencionalidad en el gesto del hombre que Vera comprobó con espanto que había caído en una trampa de la que difícilmente podría zafar, ya que se encontraban absolutamente solos y estaba totalmente a su merced; estrechando aun más sus piernas para aplastar los senos contra ellas, se encogió temerosamente pero en silencio, como aceptando el acoso de Germán.

Aquel tomó un jabón y tras pasarlo suavemente por sus hombros y omóplatos, con su mano mojada fue extendiéndolo en cremosa espuma a todo lo largo de la espalda, descendiendo cada vez un poco más hasta llegar al nivel del agua y, sin embargo, no detuvo el perezoso masajeo sino que la maciza consistencia de las carnes pareció incitarlo y ya en franca caricia, descendió hasta el nacimiento de la rendija entre las nalgas y luego de explorar la contundencia de aquellas, internó dos dedos en la hendidura en clara búsqueda del ano que, por el encogimiento de la criatura no le fue posible alcanzar pero no obstante, hizo a los dedos recorrerla de arriba abajo en una especie de masturbación que conmocionó a Vera, ya que no sólo no le desagradaba sino que incrementaba los consquilleos en sus entrañas.

El había decidido que se daría y le daría a su hijastra el tiempo necesario hasta hacer que la misma chiquilina fuera quien se le entregara sin obstáculo; luego de unos momentos de aquello, en los que comprobó la aquiescencia tácita de la muchacha, enjabonó abundantemente sus manos y con ellas fue reconociendo los hombros y nuca en lerdo manoseo que  extendió al cuello para luego descender hacia el pecho.

Aunque nunca fuera acariciada por un hombre, reconocía que las manos de su padrastro despertaban en todo su cuerpo cosquillas y picores desconocidos y una especie de lasitud que la hacía desear el contacto de las manos en tanto que de su pecho brotaban suspiros y jadeos involuntarios y, cuando las manos de Germán presionaron la parte superior de los senos, aflojó inconscientemente el apretón de los brazos, permitiendo a los dedos deslizarse sobre ellos.

Con suma ternura, los dedos acariciaron suavemente los senos que no eran tan pequeños como el corpiño hacía suponer y por primera vez la recién desarrollada jovencita comprobó la delicia que era sentir unos dedos que no fueran los suyos amasándolos despaciosamente, buscando rascar las  apenas dilatadas aureolas y pellizcar tenuemente los puntiagudos pezones.

Todavía la vergüenza y el temor le impedían manifestar lo que su cuerpo experimentaba y decidió permanecer quieta a disposición de Germán y someterse a lo que él quisiera sin hacer manifestaciones que pudieran perjudicarla luego; aguantando el aliento, dejó que el desprendiera sus brazos de las piernas para que, con los senos a su disposición, se inclinara sobre ella y mientras la mano seguía sometiendo a uno, buscara con su boca la temblequeante masa del otro.

Emociones encontradas se daban en el cuerpo y mente de la chiquilina que, a pesar de su corta edad no ignoraba las relaciones entre hombre y mujer ni tampoco lo terrible que una chica de su edad mantuviera relaciones con un hombre mayor y mucho menos con su padrastro, pero la revolución que aquello despertara en sus glándulas y hormonas con angustiosas sensaciones de placer que llenaban su pecho de un aire ardiente y sus entrañas de extrañas contracciones y picores al tiempo que la sangre latía en sus sienes hasta abrumarla.

Obnubilada por eso y el temor  a lo desconocido, no le impidieron ver como Germán se había ido arrodillando contra la bañera para alcanzar con más comodidad los senos a los que no había cesado de besar para hacer que la lengua vibrante recorriera demandante la piel  alternándolo con pequeñas succiones que iban dejando pequeños círculos rojizos en la blanca superficie, derivando lentamente hacia donde se alzaban los pequeños conitos de las pulidas aureolas.

Involuntariamente, en primitiva reacción, sus manos buscaron la cabeza del hombre, no para apartarla de sí sino para presionarla acariciante contra el pecho mientras emitía un gruñido entre satisfecho y mimoso; viéndola ya entregada a sus oscuros deseos, Germán llevó la lengua a fustigar reciamente al sensible pezón y ante el respingo ansioso de Vera, lo encerró entre los labios para someterlo a hondas chupadas al tiempo que índice y pulgar de la mano ejercían similar tarea restregando y retorciendo al otro.

Aquello era delicioso y el placer que estaba conociendo le hacía sentir como si una tibia melosidad fuera esparciéndose por todo el interior del cuerpo, obligándola a emitir sus ansias en cortos jadeos que no lograba dominar; muy suavemente, Germán fue recostándola contra el fondo de la bañera y, sin dejar de juguetear con su boca en los senos, deslizó la mano dentro del agua, escurriendo por el vientre hasta tomar contacto con la mojada y naciente alfombrita velluda de la entrepierna.

Vera no era lerda ni timorata y muchas veces había dejado a sus dedos deslizarse sobre ella en forma instintiva, sin pensarlo realmente pero respondiendo a un mensaje atávico del ser y ahora comprendía el por qué de esa necesidad; cautamente, dos dedos de Germán tantearon en el inicio de la rendija y encontrando aquella carnosidad que a veces la hacía respingar por su intensa sensibilidad ante los roces al bañarse, fue presionándola en leve movimiento circular y para su grato descubrimiento, ese estregar la hizo murmurar un dulce asentimiento mientras cosquilleos desconocidos se instalaban en su columna vertebral y el fondo de las entrañas.

Ella era consciente de la violación a que estaba consintiendo y aun pareciéndole un horror que fuerza sometida por quien consideraba como un padre, sentía cómo el cuerpo le reclamaba ese sexo con primitivo instinto; un sollozo de inconsciente rebeldía estalló en su pecho y tibias lágrimas se desliaron por sus mejillas, pero el hurgar de los dedos de Germán dentro de la rendija sobando suavemente los repulgues de los labios internos incremento el picor en sus entrañas y acezando entre el hipar del lloriqueo, sintió como su padrastro iba introduciendo suavemente un dedo en la vagina.

El miedo ancestral de la hembra la hizo juntar las piernas y estrechar el órgano, pero él esperó pacientemente su lento relajamiento para luego continuar hasta tropezar con algo que la hizo estremecer y que instintivamente la hizo presentir era el mentado himen; temerosa de salir lastimada, y ahogada por los gimoteos, le suplicó al hombre que no le hiciera daño pero él, abandonado un instante el chupeteo a los senos, le dijo que no sólo no iba a sufrir sino que lo disfrutaría como a nada en su vida.

Paralizada, comprobó como él iba empujando casi milímetro a milímetro contra el obstáculo que por unos instantes resistió elásticamente pero finalmente se rasgó; Vera esperaba que el dolor la traspasara pero, asombrosamente, sólo sintió una especie de pellizco y luego sus músculos apretados se vieron separados por el dedo que penetró hasta que los nudillos de Germán se estrellaron contra la boca.

Realmente, la presencia del dedo ocupando la estrechez de la vagina le proporcionó una sensación agradable que no sabía si verdaderamente era placer pero que, definitivamente, no le disgustaba; sin embargo esa instintiva reserva que tienen las mujeres para expresar sus verdaderos sentimientos la hizo no manifestar cosa alguna y sintió como él encorvaba el dedo para explorar minuciosamente todo el interior y al llegar a un lugar de la cara anterior, debió detectar algo que buscaba, ya que la yema se estacionó allí para restregar suavemente y junto a nuevas sensaciones de un goce nuevo, notó que ese algo cobraba volumen.

Vera ignoraba la existencia de ese Punto G que Germán acabada de  ubicar y que, como ella sentía, respondía al estímulo con una velocidad no común, transformándose rápidamente en una especie de almendra que se encargó de incentivar al tiempo que redoblaba la acción de su boca sobre los senos que ya endurecidos e inflamados por la excitación, respondían con la fuerte erección de los pezones a los que ya no sólo chupaba vigorosamente sino que comprimía con la lengua contra los dientes y estos mismos luego los roían incruentamente en delicados mordiscos.

Un confuso disfrute estremecía a la chiquilina e involuntariamente llevó sus manos a acariciar la cabeza de quien, si bien tenía conciencia de que estaba violándola, la estaba introduciendo a un mundo del que había oído hablar pero al que no pensaba acceder en años y al que ahora habitaba de la mano de su padrastro.

Ante la tímida respuesta de la chica, Germán decidió acelerar el trámite introduciendo otro dedo junto al primero y así, índice y mayor comenzaron a recorrer el canal vaginal en un ir y venir que paulatinamente fue adquiriendo  velocidad y cuando Vera comenzó a menear la pelvis en instintivo coito, sumó el anular para formar una cuña que, como si fuera un miembro, socavó profundamente la vagina; totalmente desmandada en primitiva respuesta animal a la cópula, la chica no sólo acariciaba prietamente la cabeza del hombre sino que todo su cuerpo cimbraba por el deseo y la pasión desatados y en tanto sentía extrañas revoluciones en su vientre con espasmódicas contracciones, jadeaba ostensiblemente mientras rogaba a su padrastro por más y más de aquello que la satisfacía tanto.

El no quería lastimarla sino conducirla a un goce tal que en el futuro la chiquilina no sólo no hiciera conocer esa relación que, aunque no biológica era socialmente incestuosa, sino que se convirtiera en su amante; la jovencita bufaba y suspiraba en tanto con los ojos cerrados presionaba su cabeza contra la dura superficie de la bañera y entonces Germán dejando de lado los senos, ascendió por el cuello arqueado, trepó por el mentón y alojó su boca sobre los labios abiertos de su hijastra que, sin la sorpresa que sería dable esperar, adaptó la boca a ese requerimiento, entregándose con gula a un vehemente besar.

El pasó su otro brazo por debajo de la nuca para ceñirla fuertemente y entre chupones y lengüetazos, ambos se alentaban se recíprocamente, la una pidiendo por más y el otro prometiéndole convertirla en una mujer total; el chapoteo que producía su brazo ejecutando el vaivén copulatorio manifestaba la intensidad del sometimiento y este se acrecentó cuando la niña expresó estentórea que se sentía morir.

Ese émbolo entrando y saliendo de su vagina, aparte de complacerla como nunca consiguiera hacerlo otro contacto físico de ningún tipo, colocaba en su cuerpo manifestaciones disímiles, ya que en tanto un melifluo dulzor ocupaba ciertas regiones del cuerpo, histéricas contracciones aguijoneaban sus entrañas y unos diminutos lobos hambrientos se adueñaban de músculos y tendones como si quisieran separarlos de los huesos para arrastrarlos hacía el volcán ardiente que bullía en el fondo del sexo; por otra parte un calor afiebrado consumía su pecho, la saliva se espesaba inundando su boca y garganta en medio de gorgoritos provocados por el jadeo, hondos sollozos le impidieron respirar y apartando decidida la cabeza de Germán para tomar aire, sintió como todo en ella hacia eclosión; en medio de lloriqueos y risas, se tensó arqueada para luego ir relajándose en una amodorrada calma.

Conciente de que su hijastra estaba alcanzando el primer orgasmo de su vida y sintiendo como entre sus dedos escurrían los tibios jugos uterinos, él siguió penetrándola cada vez con menos ímpetu, acompañando los momentos de la muchacha y cuando aquella aflojó el cuello tensado contra su brazo, dejó que tan sólo dos dedos siguieran estimulándola con tierna dulzura hasta que la chiquilina desfallecida se derrumbó como aletargada.

 

El proceso del desvirgamiento manual más el saboreo de las carnes de Vera no sólo lo habían complacido sino que lo excitaron de una manera inusual y sentía sus genitales invadidos por un calor inmenso y la verga erecta como pocas veces lo estuviera; quitándose prestamente los pantalones bajo los cuales no llevaba prenda interior alguna en previsión a lo que iba a realizar, se desprendió de la mojada remera y tras descalzarse, volvió junto a la bañera y acuclillándose a su frente, despertó con caricias a la relajada muchacha.

Su instinto de mujer le decía que, aun disfrutándolo como lo hiciera, esa relación no era buena pero tampoco tenía forma de revertirla y que, sin dudarlo, se convertiría en la amante de su padrastro quiéralo o no, ya que la disyuntiva que se le planteaba tendría finales similares; si lo denunciaba a la policía, ocasionaría a su madre el disgusto de tener una hija que, aunque violada, fuera amante de su marido del que indudablemente se separaría y, por otra parte, si efectivamente se convertía en la amante secreta de Germán, posiblemente conocería los mejores placeres del sexo pero con la aflicción de engañar a su madre.

 

Germán no la dejó abandonarse a esas cavilaciones, ya que llevando sus ágiles manos a renovar las caricias a los senos y diciéndole que le permitiera guiarla, la alzó por las axilas y cuando estuvo erguida, le pidió que se arrodillara con el torso apoyado contra el borde de la bañera; Vera no podía ignorar su nueva desnudez  y en una mezcla de vergüenza con curiosidad, no pudo menos que buscar con los ojos al erecto falo que, a su consideración de ignorante, parecía monstruosamente grande.

Justamente y cuando estuvo acomodada, él tomó con una mano al miembro y en tanto lo exhibía ante sus ojos, le prometió que esa verga la haría la más feliz del mundo si ella consentía en hacer lo que le propusiera; Vera había acordado para sí que la segunda opción sería la más conveniente para todos, ya que, aunque traicionada por su hija y su marido, su madre proseguiría considerándose felizmente casada y ella obtendría el supuesto benefició de no caer en manos de cualquiera  y ser vejada sin consideración ni respeto.

Sospechando de qué se trataría, vio confirmado su aserto cuando Germán acercó el pene a su cara y diciéndole que lo mirara bien, le pidió que se lo chupara; desconcertada y sí con bastante temor y asco, expresó tímidamente su desconocimiento de cómo pero él le dijo que comenzara por perderle el miedo acariciándolo con los dedos mientras lo besaba y lamía pero que todas las mujeres sabían hacerlo con destreza y nadie jamás se había ocupado de enseñárselo.

Algo de ese conocimiento instintivo del sexo en las mujeres debía de ser cierto, ya que con sólo tocarlo y acercar el rostro, el tibio contacto y las acres fragancias inspiraron en ella un sordo deseo que no tenía explicación; con un poco de repugnancia, extendió la lengua para lamer la tersa superficie de la oblonga cabeza y el gusto agridulce no le disgustó, más bien puso una malsana curiosidad en su mente aun virgen.

Su mano pequeña envolvió la rígida masa de carne y aunque los dedos no alcanzaron a rodearla totalmente, descubrió que ese calor le resultaba agradable y tímidamente, comenzó a deslizarlos a lo largo del pene en una improvisada y atávica masturbación; tímidamente, separó los labios para dejar extenderse a la lengua y la fina punta rozó el húmedo glande.

Ese desconocido sabor entre dulce y salado puso un algo extraño en sus entrañas, haciendo que los labios se cerraran para sorber la saliva  en un insólito chupeteo que, sin saber por qué, fue alternando con lamidas a lo largo de toda la testa al tiempo que la mano resbalaba sobre el tronco de arriba abajo; alentándola con alabanzas por su instintiva destreza, Germán puso una mano sobre su cabeza para inducirla a un ligero movimiento que fue introduciendo de a poco al glande por entero en la boca.

Un deseo irrefrenable la hacía regodearse en aquella mamada y con un apasionamiento que desconocía en ella, Vera abrió aun más la boca para ir introduciendo esa verga cuyo grosor le parecía imposible de soportar, pero, una combinación muscular y glandular la hizo distender elásticamente la quijada y entonces la verga ocupó todo el interior hasta que la nausea puso coto a su entusiasmo.

Aleccionando su inexperiencia, Germán aferró la cabeza para mantenerla quieta e imprimió a su pelvis un movimiento de vaivén por el que el falo entraba y salía de su boca mientras le pedía que chupara con mayor intensidad y que, cuando él la soltara, hiciera eso mismo pero pajeándolo con la mano cada vez que lo retiraba de entre los labios.

Ella comprendió sus instrucciones y cuando él la soltó, ciño los labios contra el pene invadida por una jubilosa gula y sintiendo sus anfractuosidades venosas en la súbitamente sensible piel de los labios, se esmeró en el sube y baja de una deliciosa mamada que acompañó con el vaivén de los dedos, ciñéndolo y resbalando en la saliva que ella dejaba al salir.

Reclamándole que lo hiciera acabar aunque Vera no supiera que era eso, él la alentó con aduladoras palabras sobre que buena mamadora era y eso puso en ella un incontinente deseo por saber de qué se trataba aquello, esforzándose en la tarea y con atávica dedicación, chupeteó golosamente la testa tanto como succionó voraz todo el tronco que llenaba su boca y aplicó las manos a un excitante vaivén que la satisfizo.

Su padrastro bramaba y acompasaba el cuerpo al ritmo de boca y mano, hasta que en un momento determinado y en tanto volvía a sujetarla por la cabeza, proclamó su próxima acabada; un chorro de un líquido viscoso y caliente llenó su boca pero cuando pretendió echarse atrás para poder respirar, las manos de él y un vigoroso empujón que hizo penetrar más aun a la verga se lo impidió y para no ahogarse, resollando por la nariz, tuvo que tragar el meloso fluido y un exquisito sabor a almendras dulces la enajenó, dejando que las sucesivas y espasmódicas eyaculaciones se deslizaran gustosamente en tanto ella paladeaba con delectación el néctar ignorado.

Olvidada de quien era y quién el hombre, como una hembra primigenia satisfecha y en tanto seguía masturbando con la mano la verga, sus labios y lengua se dedicaron a un frenético lamer y chupar al órgano, trasegando ávida los jugos corporales y restos del esperma que finalmente habían excedido su boca.

 

Contento ante la respuesta de su hijastra, Germán la alentaba a seguir con ese juego para mantener enhiesto al miembro y cuando finalmente la muchachita calmó su ánimo, se inclinó para asirla por las axilas y hacerla parar. Guiándola de la mano, la aproximó hasta el próximo lavabo y acomodándola frente al sanitario, le indicó que apoyara sus manos sobre él.

Obediente, Vera colocó las manos en la superficie de la pileta en tanto sentía como su padrastro la alejaba hasta que los brazos quedaron casi estirados y separándole los pies para hacerla formar un triángulo cuyo vértice era la entrepierna, se acuclillaba detrás para llevar su boca a recorrer lamiendo y besuqueando la incipiente prominencia de las sólidas nalgas en tanto una mano de escurría entre las piernas para que los dedos palparan acariciantes el bajo vientre.

La reciente mamada de la que aun conservaba el sabor en la boca, había obrado de una manera que la chica comprendía era su respuesta natural como mujer y era la instalación en su cuerpo de un deseo apasionado por concretar con el hombre algo que la llevara a disfrutar de aquellas sensaciones que experimentara con los chupeteos a sus senos y el delicioso trabajo de los dedos en el sexo.

Parte de eso ya se estaba cumpliendo porque mientras los dedos iban descendiendo  hacia la vulva, la boca fue aproximándose a la hendidura entre las nalgas y la lengua tremolante comenzó su tremolar para ir bajando los el barranco carneo hasta alcanzar  el prieto haz del ano, sobre el que se detuvo para estimularlo en una caricia que le pareció exquisita.

Un cosquilleo nuevo ocupó la zona lumbar y como una dulce vibración, fue trepando a lo largo de la columna hasta alcanzar la nuca donde terminó por estallar como un fuego de artificio cuando él acompañó la acción dilatante de la lengua con la mínima introducción en la tripa de la punta de un dedo.

Germán unió a la pequeñísima sodomía el accionar de la otra mano en el sexo, estimulando al clítoris y estregando los labios internos con una ternura que a ella la deleitó en tal forma que acompañó sus inconscientes gemidos de placer con un asentimiento clamoroso por más, cosa que su padrastro se apresuró a contentar; cambiando de posición, se colocó invertido bajo ella para que su boca reemplazara a los dedos y esa mezcla de lambeteos  con besos y succiones a la vulva la altero tanto que ella misma separó aun más la pies para luego flexionar las rodillas y facilitar un mejor trabajo de la boca.

Entusiasmado por la entrega de la chiquilina que ya se comportaba como una verdadera mujer, Germán puso su mejor empeño en chupetear los abundantes tejidos arrepollados de la vulva y mientras el dedo seguía con esa sodomía inaugural que iba profundizado  muy despaciosamente, dos dedos de la otra mano se introdujeron suavemente a la vagina.

Ahora la pelvis de su hija se meneaba ostensiblemente en un natural movimiento copulatorio y la chica lanzaba exclamaciones de satisfacción al tiempo que lo incitaba a darle más placer; luego de unos momentos en que los dedos encorvados recorrieron el canal vaginal ya cubierto por una plétora de espesas mucosas al tiempo que el del ano se introducía totalmente al recto en una serie de morosos vaivenes y la boca  se hacía un festín en la succión del inesperadamente desarrollado clítoris, el movimiento pélvico de Vera le dijo que ya era tiempo.

Asiéndola por la caderas, aproximó el cuerpo hasta que su verga erecta tocó las carnes de ese sexo que había dilatado suficientemente y guiándola con una mano, la embocó sobre la palpitante vagina; volviendo a aferrarla con mayor fuerza sabiendo la instintiva reacción de la muchachita, fue empujando con vigor pero sin violencia, verificando su aserto por la forma en que el cuerpo de Vera se estremecía en un brusco respingo y sus  mimosos gemidos se transformaban en ayes  de dolor.

El conocía el porte de su falo y sabía que hasta mujeres experimentadas habían sufrido por esa razón; por eso y en consideración a que realmente podía considerarla como una hija aunque no lo fuera biológicamente pero sí por crianza, a la que además pensaba convertir en una amante permanente y no en el fruto de una violación efímera, fue penetrándola con una lentitud exasperante, ya que la chica no cesaba en sus quejas y sollozos.

Deteniéndose un instante, intentó tranquilizarla con cariñosas palabras en que le explicaba que no deseaba hacerla sufrir sino introducirla al mundo real de las mujeres y que ella debería entender que ya no había vuelta atrás y sí la certeza de que podía disfrutar de aquello, tanto o más de lo que lo hacía su madre; aprovechando la ventaja de su estatura que casi doblaba a la de la pequeña y en tanto sentía los muslos conmovidos estremecerse contra los suyos, llevó sus manos a acariciar los senos colgantes que reaccionaron a los toques tal como inauguralmente.

Sobando tiernamente las macizas peras y estimulando entre los dedos las recias excrecencias de los pezones, fue consiguiendo disminuir los gimoteos a un suave hipar que se diluyó totalmente cuando llevó una de las manos a estregar al clítoris; evidentemente, Vera respondía positivamente al sexo clitorial, ya que los músculos que ceñían apretadamente al miembro se distendieron y, aunque gruñendo sordamente, no sólo soportó que la verga separara la estrechez del cuello uterino, sino que ella misma reanudo voluntariamente la flexión de las rodillas y el menear de la grupa.

Balbuciendo palabras inconexas sobre lo maravilloso que era aquello y que finalmente la hiciera su mujer, dio piedra libre a su padrastro quien inició lo que fue convirtiéndose en una verdadera cópula; era casi espantoso y sublime ver la alta y musculosa figura del hombre acoplada como la de un fauno mitológico a  la de la pequeña pero perfecta y prodigiosamente formada figura de la virgen que parecía disfrutarlo tanto o más que quien la poseía.

Asida firmemente al borde de la pileta, con el rostro transfigurado en lúbrica expresión de goce y los ojos clavados en el torso poderoso del hombre que le estaba proporcionando la mayor y placentera experiencia de su vida, lo invitó vulgarmente a que la poseyera aun más y mejor y cuando su padrastro multiplicó la vehemencia de la penetración, se sintió tan dichosa como nunca lo fuera.

Conociendo ya su disfrute por medio de la sodomía, Germán llevó  uno de sus pulgares a abrevar en la entrada a la vagina para luego arrastrar la tibia liquidez del flujo hasta el ano, donde, muy lentamente, fue introduciéndose para contento de la chiquilina que manifestó con bronca satisfacción cuanto le complacía aquello; la penetración simultánea, si bien aun le resultaba dolorosa, también la proporcionaba una felicidad ignorada que se acercaba bastante al masoquismo y enloquecida por el placer, subía y bajaba el torso de tal manera que su grupa se meneaba rudamente contra la pelvis del hombre y así se debatieron por unos minutos hasta que Germán, perdida ya toda cordura, sacó el falo chorreante de jugos del sexo para apoyarlo contra los esfínteres que dilatara el dedo.

A pesar de las sensaciones maravillosas que le proporcionaba el dedo en el ano acompañando a la verga, el tamaño de aquella aun le resultaba incómodo para un ámbito tan elástico como la vagina e imaginarla irrumpiendo a la tripa en la que todavía el dedo le parecía enorme, puso una alarma en su mente; en una tardía reacción, trató de librarse de semejante penetración e intentó una débil resistencia que sólo hizo que su padrastro acelerara los tiempos y en lugar de la lerda introducción con la que pensaba sodomizarla para no lastimarla, apretando su cabeza contra el borde del lavabo e inmovilizando las caderas con la otra, empujó decididamente y el portentoso falo se introdujo velozmente en el recto.

El sufrimiento por los músculos distendidos tan violentamente no sólo la paralizó totalmente sino que también le quitó el aire de los pulmones hasta el punto que un quedo graznido surgió de su garganta invadida súbitamente por una saliva espesa y de la boca que la mano comprimía de costado contra el artefacto, brotó abundante para formar un charquito que mojó sus mejillas; el sufrimiento la cegaba con una rojiza oscuridad y ya desesperaba de angustia y dolor, cuando el choque de la pelvis de Germán contra sus nalgas pareció disparar u gatillo que la liberó de la inmovilidad y el grito que surgió estridente y estentóreo, por el movimiento adelante y atrás que su padre le imprimió a la caderas haciendo que el miembro se deslizara fácilmente en la tripa, no sólo acalló el alarido sino que lo convirtió en un gorgoteante murmullo.

Todavía sin dar crédito a lo que sentía, el vaivén de la verga la estaba conduciendo a una dimensión del disfrute que no creía posible que existiera, superando con creces a los placeres de la masturbación, el sexo oral y el fantástico coito anterior; proclamando su complacido asentimiento con palabras por las que alababa la vehemente sodomía, acompasó el flexionar de las rodillas al compás oscilante del hombre y cuando este aflojó la presión a la cabeza, reinició el mecer del torso, dándose envión con los brazos en la pileta.

Satisfecho por la incontinencia sexual de la que sólo media hora antes era virgen de toda virginidad, Germán le indicó que apoyara la frente sobre un brazo acodado en el borde y llevara la otra mano hacia su sexo para restregarlo masturbatoriamente; Vera jamás lo había hecho pero conocía las fenomenales sensaciones que él la produjera con su boca y dedos.

Buscando a tientas sobre la húmeda vellosidad, asentó dos dedos sobre la irritada y crecida capucha del clítoris y sorprendido por lo que hacerlo le transmitía a través del tacto, estregó reciamente la excrecencia y una instintiva avidez la hizo deslizarlos por sobre los congestionados colgajos en tanto replicaba el ritmo de la culeada.

Viéndola tan aplicada y tan fervientemente entusiasta, Germán sacó la verga del ano para volver a introducirla en la vagina y ante eso, su hija pareció enloquecer, pregonando en sordos bramidos poblados por soeces palabras que conscientemente no debería conocer, el placer de ser poseída de semejante forma y extendiendo los dedos para acariciar el tronco fálico, se sumó a la penetración.

Tampoco el hombre comprendía del todo el demonio que había despertado en la muchacha pero sí que en adelante, su vida se convertiría en un jolgorio sexual por el que disfrutaría indiscriminadamente de ambas mujeres y, tal vez, simultáneamente; encontrando una cadencia en las penetraciones, fue alternando entre el ano y la vagina, comprobando que la chica ocupaba con sus dedos el lugar vacante en el sexo.

Los gemidos, ayes, ronquidos y bramidos de la singular pareja llenaron el cuarto hasta que él volvió a sentir el llamado genital y concentrándose en la sodomía, arribó por fin a su expansión, derramando en la tripa de su hija los espasmódicos chorros del esperma; en tanto la jovencita disfrutaba del baño seminal a sus entrañas y él alzaba su cuerpo para estrecharlo contra sí mientras sus manos sobaban cariñosos los temblorosos senos, le prometía y se prometió que aquellos quince días se transformarían para ambos en un paraíso del goce y la pasión.

 

 

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